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| RODRIGO DE TOLEDO (1541-1593) CAPITÁN DEL TERCIO GEMELO DE NÁPOLES (1567-1571); MDC DE DICHO TERCIO (1571-1574), CASTELLA- NO DE PAVÍA (1574-1578) Y DE ALESSANDRIA (1578-1593), MdCGRAL (1591), CAPITÁN GENERAL DEL EJÉRCITO DE PIAMONTE (1593). ASCENDENCIA Fue segundogénito de Sancho de Toledo y Rojas (1496-1539), señor de las Villorias (Salamanca, hoy Villoria), y de Francisca de Valcárcel, señora de Doncos (Lugo), de la cual heredó el señorío aunque, al morir sin posteridad, pasó a su hermano mayoraz- go, Fernando (†1608). Era bisnieto de Garcia Alvarez de Toledo, I duque de Alba y so- brino de Fernando Alvarez de Toledo, el Gran Duque, que favoreció su carrera militar hasta límites escandalosos en su tiempo. Sabíamos que su padre casó jóven, con 20 años de edad (1516) y que Rodrigo fue fru- to tardío del matrimonio, pero no tenía ni remota idea de que lo fuera tanto y he debi- do retrasar una década su fecha de nacimiento, que conocemos por un informe del Comendador mayor, de febrero de 1574. El 14 de agosto de 1571, siendo ya maestre de campo, el secretario Zayas —escribiendo al doctor Martin de Velasco, del Consejo de Flandes— le reputaba con razón de «jóven e inexperto». Rodrigo acababa de cumplir la treintena y era ciertamente muy jóven para alcanzar tal empleo, al que entonces so- lo llegaban soldados mucho más curtidos, señalados y maduros que él. De hecho, la carta de Zayas, que menciona también al MdC Fernando de Toledo, constituye una crítica a las últimas designaciones del duque de Alba para cubrir las vacantes de San- cho de Londoño (†1569) y Alonso de Ulloa (†1571) en los tercios gemelos de Lombar- día y Nápoles que servían en Flandes. El aludido Fernando de Toledo, también joven y sobrino del Duque, no era el hermano de Rodrigo arriba mencionado, sino un hijo segundón de Catalina, hermana del Gran Duque de Alba y esposa del III conde de Al- ba de Liste; además, siendo hermano menor de la mujer del duque, también era su cuñado. Sin embargo, el biógrafo Angel Salcedo y muchos otros después, confundie- ron algunos aspectos de su vida con la del homónimo hijo bastardo del Duque, gran prior de Castilla en la Orden jerosolimitana y virrey de Cataluña. FLANDES (1567-1574) Desde luego, no exageraba Zayas al tacharlo de inexperto. Heredero de su madre, Ro- drigo no fue de aquellos segundones que tuvieran que hacer carrera en la adminis- tración o el ejército, que le atraían menos que la Iglesia aunque tampoco fuera ésta una vocación duradera. Finalmente, para enderezar una vida de tumbos, no ajena a la prematura pérdida del padre, su madre le confió a la tutela de su poderoso y reputado tio, que tallaría y favorecería su carrera en la milicia pese a las ampollas que levantara tan descarado nepotismo. Al Gran duque, eso le importaban un bledo. «—¡Si no había nacido aun cuando yo era ya capitán!», se quejaba uno de los prete- ridos por el meteórico ascenso del citado don Fernando, sobrino y cuñado del Duque, en 1569. No menos sonoras quejas promovió el de Rodrigo, dos años después, que por acompañar a su tio a Italia había recibido una compañía en el Tercio de Nápoles, antes de cruzar los Alpes, cuando nunca antes se había calado un morrión! Y 4 años después, al morir Alonso de Ulloa, le designaría sucesor al mando del tercio, pasando por encima de capitanes que habían luchado en la guerra de Siena (1553-57), en la defensa de Nápoles, en la isla de Djerba (1560), el socorro de Orán (1563) la conquis- ta el Peñón de los Vélez (1564), en Córcega y Malta (1565) y en tantísimos combates empeñados en las cubiertas de aquellas galeras que protegían la frontera sudoriental del Imperio. Aunque muy verde soldado, no cabe duda de que Rodrigo —como no podía menos— supo responder a la confianza de su tío armándose de valor. Juan de Arquellada, que sirvió en su tercio, nos recuerda las numerosas heridas que surcaban su cuerpo, algu- nas de las cuales narra en su relato de aquellos combates, que no vieron la luz hasta su publicación, en 1999, por la Diputación de Jaén: «En el tiempo que se batía la villa de Mons de Henao, salieron de ella 3.000 franceses a donde estaba el MdC don Rodrigo de Toledo con unas compañías de españoles y entra- ron con tanta furia que, si no fuera —como era— genta tan valerosa la que alli estaba, los degollaran sin duna ninguna. Mas como los españoles les vieses venir, afirmáronse con ellos valerosamente, de manera que les dieron bien en qué entender, aunque eran pocos. Ese dia mataron los franceses a 10 españoles y hubo algunos heridos, entre los cuales fue el maese de campo don Rodrigo de Toledo, el cual peleó como un Roldán y mató a muchos franceses antes de que le diesen las 13 heridas con que le retiraron, que se entendió que no viviera. De los franceses murieron mas de 50, que quedaron en aque- llos lodos sepultados, antes de que se recogiesen los enemigos a la villa porque había acudido a socorrer a don Rodrigo mucha gente española». Más adelante, refeferirá como fue herido otra vez durante el sitio de Haarlem (1573), «de tres arcabuzazos que lo llagaron muy mal, aunque no murió». En esta ocasión, Arquellada trazó el siguiente elogio de su jefe: «Era uno de los más valerosos hombres que S.M. tenía a su servicio, que tenía más de 20 heridas en su cuerpo que le dieron sobre Mons, cuando se rompió a los franceses que traía el príncipe de Orange, que peleó allí más que Escipión en las guerras de Cartago». CASTELLANO EN ITALIA (1574-1593). El «Tercio de Nápoles» del Ejército de Flandes fue disuelto por órdenes del goberna- dor Requesens, junto al llamado «Tercio de Flandes», el 27 de julio de 1574, quedan- do reformado el MdC y 14 de sus capitanes; solo 4 mantuvieron sus compañías, aun- que incoporadas a otros tercios. La Corte conocía estos planes de reforma con ante- rioridad, pues no se explica de otra manera que, el 1 de agosto de dicho año, en una relación del secretario Zayas sobre las mercedes concedidas por S.M., le hallemos proveído con el castillo de Pavía y una pensión de 500 ducados anuales en el Estado de Milán. Tras tomar posesión de su gobierno, en noviembre, Rodrigo solicitó un permiso (licencia) para ir España, donde se hallaba en 1575. Apenas de regreso a Pa- vía, solicitó y obtuvo otro, que disfrutó durante 1576. El 5 de mayo de 1578 mejoraba el rey su destino concediéndole la castellanía de Ales- sandria, la más importante de Lombardía tras la del castillo de Milán, que aparejaba la capitanía general de Ultra Po y un plaza en el Consejo Secreto; es decir, el colateral del aquel Estado. Como ya hiciera anteriormente, apenas tomada la posesión, jurado el cargo y prestado el pleito homenaje, solicitó otra licencia para España, que entró en el Consejo el 28 de noviembre de dicho año y fue resuelta satisfactoriamente el 14 de diciembre siguiente. Normalmente, tales licencias (raras e infrecuentes en la época) se concedían por 3 meses y excepcionalmente por 6, pero Rodrigo pudo disfrutar de 8 meses. Aparte los numerosos permisos y el preceptivo informe sobre la situación defensiva de la plaza a su cargo, que evacuó en 1579, no queda constancia de otras ac- tividades durante su gobierno, bastante tranquilo por cierto, hasta que en 1589 deci- diera Felipe II intervenir en apoyo de la Liga católica en Francia. MAESTRE DE CAMPO GENERAL Y CAPITÁN GENERAL (1591-93). En 1591 fue nombrado MdCGral de la expedición que había de aportar refuerzos al Ejército de Flandes. En principio debía conducir un contingente de 5.000 hombres formado por el tercio de españoles de Luis de Velasco y el lombardo del señor de Sassuolo, pero como éste se retrasaba, finalmente hubo de salir sólamente con lel primero. Partió de Alessandria el 1 de agosto y llegó a Namur 57 dias después (26 de setiembre), uno de los más lentos registros estudiados por Parker, pero es preciso apuntar en su descargo que Lesdiguières estaba al acecho y la marcha hubo de ser muy precavida. Aunque el francés no se atrevió a atacarle, lo haría poco después con las tropas que también el Papa envió en apoyo de la Liga católica, que conducía el du- que de Montermarcciano. De todas formas, su misión no acabó en Namur, sino en las cercanías de Reims, en Francia, donde el 13 de noviembre entregó el tercio a dis- posición de Camillo Capizzuchi, como tenía ordenado. Desde allí, regresó a Milán acompañado de una reducida escolta. Felipe II asistía al duque de Saboya con un ejército auxiliar español que mandaba el alcarreño Antonio de Olivera, veterano de Flandes. Enfermo y enfrentado al Duque, hubo de solicitar su relevo, siendo designado Rodrigo para sustituírle. Pese a las se- veras instrucciones del Condestable de Castilla, gobernador del Estado, que le pres- cribían acometer la recuperción de Bricherasio y Cavour, perdidas por el Duque el año anterior, se dejó convencer por éste para atacar Exilles y Oulx, en el valle de Dora, entonces pertenecientes al Delfinado francés. Tras la caída de la primera, mediando un corto asedio (4-17 de mayo), Rodrigo solicitó la autorización del Condestable para emplear las tropas españolas en la toma de Oulx (Ours). «Juntas que sean todas las fuerzas, que conforme a lo que he dicho serán hasta 12.000 infan- tes, 1.600 caballos y 400 arcabuceros a caballo, se podrá ir con 4 cañones y otras tantas pie- zas de campaña la vuelta de Ors [Oulx], donde está el enemigo, haciendo a la mitad del cami- no un tránsito en Salabertan [Salbertrand] y el día siguiente presentarnos a la vista de Ors [Oulx] con la forma y ventaja que el sitio nos será maestro. Si el enemigo saliere le haremos rostro y si se estuviere quedo en la tierra le batiremos de manera que será fuerza que deje el puesto o que le desbarate la artillería. Y si, avisado de nuestras fuerzas, se resolviere a reti- rarse, sería ésto lo que se podría desear porque tomaríamos todo el valle [de la Dora] y daría- mos la vuelta al de Pregelada [Pragela]. Y con hacer allí un fuerte, y otro en el valle de Luser- na, forzaríamos a los de Briquerasco [Brecherasio] y Cabor [Cavour] a dejar los fuertes, pues que no pueden esperar socorro de ninguna parte». El 30 de mayo, el Condestable desgranaba su respuesta en los siguientes términos: «La voluntad de S.M. es y ha sido expresa de que en ninguna ocasión se ha de entrar, ni dar esperanza de meter su Ejército en el Delfinado, donde veo que van enderezados los designios de S.A. [el Duque]. Yo no puedo dispensar, ni V.m. debe venir ni poner la mira más que en solo cobrar a Briquerasco y Cabor, echando al enemigo de los estados del Smº Duque y esto con la mayor brevedad que fuere posible, sin perder ningún tiempo. Y al contrario, en cualquier dila- ción, asi por no dar tiempo al enemigo como porque me hallo cargado con gran golpe de gen- te y sin género de remedio para pagarla y entretenerla, y aun sin esperanza de poderlo tener de ninguna parte; de manera que podría trocarse la suerte deshaciéndose nuestras fuerzas y rehaciéndose las del contrario. Y asi vuelvo a decir que, si bien V.m. es de opinión de detenerse en la entrada de esos valles, yo no la apruebo por lo que arriba he dicho y porque los franceses, según parece, no se hallan de presente para resistir a ese Ejército, de suerte que tanto más fácilmente se acabe lo que falta por hacer, que es lo que desea S.M. por servicio su- yo y lo que conviene al Smº Duque. Y si para el buen efecto desto y no de otra cosa, halla Vm con su prudencia que —conviniendo entrar por Ors (Oulx) y los valles de Pragela, ganándolos y quitándoles los bastimentos y armas con que podrían ayudar a Briquerasco y Cabor— es tan fácil cuanto se me avisa y Vm. —como quien está al pie de la obra, bien informado y cierto de ello— ve que es así y que la fortificación que tiene hecha el enemigo en Ors (Oulx) no será bas- tante para impedir el pasar adelante, ni dilatar el llegar a cobrar lo perdido, con que se acaba esa guerra, vengo en permitir a V.m. que siga esa derrota, sin que por ese camino le parezca que se abre puerta a S.A. para los designios del Delfinado, lo cual, como arriba digo y como diré siempre, ni conviene a S.A. ni a S.M. por ningún respeto en memoria del mal suceso que la otra vez se tuvo entrando a buscar al enemigo. Y advierto a Vm que no le engañen con decir que, tomados esos valles y pasos, no puede bajar el enemigo a socorrer a Cabor y Bri- querasco pues, aunque no sea con tanta comodidad y con artillería, lo podrá hacer de otras mil maneras por otras partes.» Rodrigo quiso persuadirse de que la toma de Oulx resultaría tan fácil como la había pintado. El 7 de junio se presentó allí con un corto destacamento de infantería y una compañía de arcabuceros a caballo. Copado por fuerzas muy superiores, intentó re- gresar a Exilles, su punto de partida. La mayor parte de sus hombres lo consiguieron, pero él extravió el camino en Salbertrand y acabó perdiendo la vida. Uno de sus su- bordinados redactó un informe de aquel suceso, que publicamos más abajo. La peri- cia y recursos militares de su jefe no quedan en muy buen lugar, pero se trata de un testimonio de primera mano que viene a refutar algunas falacias que los franceses propagaron sobre aquellos hechos. Rodrigo no aparece citado en el World Biographical Index (WBI), siendo ésta la pri- mera biografía esencial que se publica del personaje, al cual se aproximó Rafael Var- gas-Hidalgo en Guerra y diplomacia en el Mediterráneo. Correspondencia inédita de Felipe II con Andrea y Juan Andrea Doria. Madrid, 2002, pgs. CCC-CCCI. . © JUAN L. SÁNCHEZ. |
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| Fernando Álvarez de Toledo, III duque de Alba, tío de Rodrigo de Toledo, cuya carrera militar tuteló desde sus comienzos. (Retrato de Willem Key, pintado en 1568, recien llegado a los Paises Bajos). |
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| La Torre de Doncos, en Lugo, formaba parte del antiguo señorio que Rodrigo heredó de su madre, Francisca de Valcárcel. Al morir sin sucesión, pasó a su hermano Fernando, señor de las Villorias por herencia paterna, que reunió así ambas herencias. |
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| Las tropas españolas lograron entrar en Haarlem el 13 de julio de 1573, tras un largo asedio que había comenzado el 11 de diciembre del año anterior. Rodrigo, gravemente herido durante el sitio, convalecía en Bruselas de sus heridas. (Grabado de Frans Hogenberg) |
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| La villa de Mons, capital de la provincia de Hainaut, había caído en poder de los protestantes el 24 de mayo de 1572. El ejército de Flandes, al mando de Fadrique de Toledo, hijo del duque de Alba, se puso sobre la villa el 23 de junio y acabó rindiéndola el 20 de setiembre. Pero antes hubo de rechazar dos intentos de socorro: el primero, mandado por el señor de Genlis, hugonote francés, fue derrotado en Hautrage, cerca de Quievrain, el 19 de julio; el segundo, al mando de Guillermo de Orange en persona, lo fue en la noche del 11 de setiembre, merced a una «encamisada» (ataque nocturno) que mandó personalmente Julian Romero. Rodrigo cayó herido durante una salida de la guarnición el 23 de agosto. (Grabado de Braun & Hogenberg) |
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| ARRIBA, el asedio y conquista del fuerte de Exilles, cerca de Susa, por las tropas del duque de Saboya, apoyadas por un fuerte contingente de tropas del rey de España. El fuerte cayó el 17 de mayo, tras 13 dias de asedio. La villa, al fondo, fue incendiada. ABAJO, una impre- sionante foto aérea del estado actual del fuerte, muy remozado durante los siglos XVII y XVIII. |
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| Bricherasio, en el Valle de Pellice, había sido sorprendida por Lesdiguières en 1592. Los franceses la fortificaron pero no pudieron impedir su reconquista por las tropas hispano-saboyanas en 1594. |
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| Cavour está cerca de Bricherasio y no lejos de los Alpes, visibles al fondo, pero también en medio de la llanura padana. Para controlar el paso entre Saluzzo y Pinerolo, se construyó el castillo en la cima del cerro, del que todavía se conservan restos. |
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| Oulx, citada en nuestros textos como Ors, está en el valle de la Dora, no lejos de Exilles, a las que separa el pueblo de Salbertrand. En éste último moriría Ro- drigo, retirándose de Oulx. |
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| RELACIÓN DE LA PÉRDIDA DE DON RODRIGO DE TOLEDO. |
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| Lunes, 7 de junio, subió García de Mieres de Exilles, cuartel que estaba a su cargo, y habiendo estado con el Sr. D. Ro- drigo de Toledo a solas, en su aposento, salieron y oímos misa juntos. Me mandó ir con ellos, solos los tres, sin tratar- se a la comida sino de pasatiempos. Acabada, se levantó García de Mieres y dijo: —Hemos de ir por ahí. Don Rodrigo respondió: —Vamos. Se fue a su cuartel y, poniéndose la gola y espaldaracetes, le dije que me parecía que era más que pasear. Y tomando ca- ballos salimos de los cuarteles sin avisar a maestre de campo ni cabo de ninguna nación, sino al Conde Martinengo, que pasando por su tienda le dijo que salía a ver la campaña llevando en su compañía dos alféreces entretenidos en éste campo, llamados Lorenzo Morales y Alonso Pimentel, hombres de quien el Duque y todo el campo hacen mucho caudal. Y tomando la manguardia García de Mieres, con los españoles, comenzó a marchar, y Don Rodrigo en batalla con los napolitanos, que serían todos hasta 500 de entrambas naciones. Y porque era la guarnición toda de aquel cuar- tel mandó, porque no quedase solo y con las banderas, que le ocupasen 200 milaneses de Borso Acerbo. Y marchó con la dicha orden, llevando por descubridores 20 soldados con un sargento. El camino va por la falda de la montaña que tenemos a mano derecha y el río, harto rápido, a mano izquierda. Es cami- no espacioso, que cabe un carro, y llegados a lo más ancho se descubre un casar en lo llano llamado Salabertán [Sal- bertrand]. Envióse a reconocerlo con los 20 soldados y 27 arcabuceros de a caballo que S.A. el Duque tiene de guarni- ción en el castillo que tomamos [San Columbano], que aquí no tiene otra caballería, y habiendo reconocido que estaba desamparado y yermo, pasamos por él. Sería de casi 200 casas en una calle muy larga, con algunas que respondían a la montaña y otras al río. Pasado éste, estaban otras diez casinas poco más adelante y en ninguno de éstos dos lugares, ni en ninguna punta o reducto que la montaña hace en todo este camino, que es de 4 millas, no dejamos guarnición ni cuer-po de guardia para nuestra retirada. Solo se dio orden a Alessandro Caracciolo, capitán y sargento mayor napolita- no que tiene a su cargo el Tercio [del marqués de Trevico] y el fuerte superior a San Columbano, con el capitán Villa- nueva, que bajase por la cumbre de la montaña a lo largo de ella. Debióse de entender mal la orden porque toda ésta gente, que sería hasta 200 hombres, bajó a la llanura donde nosotros estábamos. Al cabo de un rato, habiendo llegado a vista de Ors (Oulx), cuartel y estancia del enemigo, estando el río en medio, se mostraron 4 caballos y esguazaron el río, y de allí a poco hasta otros 20, a la mira de la otra parte del rio. Mejoramos con una manga que llevaba don Diego de Córdoba hasta las trincheras que tenían de ésta parte del rio, junto a la mon- taña, en un repecho que había reconocido y practicado en mi presencia García de Mieres, porque se habían de plantar allí dos piecezuelas para desalojar de la plaza de armas al enemigo, que estaba entre Ors y el río, teniendo a Ors por es- paldas y por frente el rio, el cual atraviesa por lo llano, arrimándose de una montaña a la otra. En estas prácticas comenzó el enemigo a sacar su grueso, en dos escuadrones de infantería, en forma de media luna, haciendo de entrambos uno que sería de hasta 2.500 infantes. Los [caballos] corazas guarnecieron el costado del río y los arcabuceros a la frente, mejorándose poco a poco a la frente las [dos] tropas de caballos, que serían hasta 600. Y habiendo visto yo que estábamos suspensos y no bien puestos me llegué a don Rodrigo, en presencia de García de Mieres, y le dije que perdonase mi atrevimiento y recibiese la advertencia de que estábamos mal [dispuestos] si no guarnecía la montaña, que era nuestro abrigo, y sería nuestra muerte pues la caballería nos había de ganar la llanura, no teniendo nosotros ninguna. Dijo que le parecía bien y que lo haría. De allí a poco, por el repecho que dije que eran trincheras del enemigo, se des- cubrió gente a pie que se mejoraron a la montaña, subiendo uno a uno y dos y tres. Volví a advertir a Don Rodrigo, mostrándoselo. Respondióme que no era nada, que ya los vería pasar. Le repliqué: —Cuando V.S. les vea pasar ya no tendrá remedio. Y advierta V.S. que la gente de Alejandro Caracholo está en lo lla- no, a nuestra retaguardia, y la montaña está sin reparo. Díjome que estaba bien porque haría más bulto. Esto fue en presencia del marqués de Este y de los entretenidos ya dichos y de otros muchos. Luego el enemigo comenzó a pasar en grupa al repecho un buen golpe de infantería y gente gallarda a ganar la monta- ña, nuestro abrigo; los cuales después se supo eran arcabuceros de a caballo. Vuelto yo a mi porfía, mandó al capitán Villanueva subiese a la montaña con los mosqueteros que bajó de su fuerte y a Alejandro con la demás. Nos retiramos 200 pasos y mandó hacer escuadrón de todos. Las picas, que serían hasta 150, en un puesto de ningún efecto, estando en la frente de una manga que llevaba don Diego de Córdoba, con García de Mieres a la falda de la montaña. Visto que el enemigo se mejoró y la caballería comenzaba a desguazar y que un hom- bre a caballo, con seis infantes, nos vino a reconocer por el otro lado del río hasta descubrir nuestra retaguardia, el ca- sar desguarnecido y la montaña sin abrigo. Siendo advertido de todo esto don Rodrigo, delante del escuadrón, y que por la punta del repecho se mejoraban banderas [enemigas] con gran golpe de gente, habiéndolas visto, [nos] mandó retirar, volviendo las caras como estaban cada uno. García de Mieres no lo consintió, injuriando de palabra a algunos soldados y oficiales. Así don Rodrigo se dejó persuadir de tan mal parecer y se apeó y armó de peto y espaldar a prue- ba, que le trajo un paje. Vista ya nuestra perdición, pues que la montaña era comenzada a ganar y la llanura nos la cortaba la caballería, madó retirar a buen paso al casar de Salabertan. El que tenía la montaña hizo punta y la desamparó, de manera que no pasó hombre sin volver la cara al enemigo, cargando con ésto tan gallardamente que los villanos y lacayos a pedradas los hacían despeñar. Llegado don Rodrigo al casar, pasó la palabra [de] que los caballos cortaban al entrar en él a Garcia de Mieres y a la manga que había ido de vanguardia y ahora era nuestra retaguardia. Mandóme don Rodrigo con 20 picas que acudiese a la boca de un callejón y guardase aquel paso hasta que me enviase más y llegase Garcia de Mieres. Así, volviendo con las demás picas don Rodrigo, le dije: —Mire V.S. que los caballos que han intentado cortar por aquí lo han de hacer por la boca del casar, porque aunque no son más que 7 va tras ello otra tropa de 25 ó 30, que marcha entre el casar y el rio. Estuve allí hasta que García de Mieres llegó con pérdida del capitán Ottavio Imperato. Mandó don Rodrigo a su ayu- dante que saliese gente a nuestro socorro de los cuarteles; con el alférez Alonso Pimentel, ordenó que marchase la vanguardia y que el alférez Morales, con un capitán italiano, que cupase otro paso con unas picas. Él fue a la retaguar- dia de todos y García de Mieres a la vanguardia. Al desembocar el casar había dos caminos: uno que iba a la montaña, camino de San Columbano, y el camino real, por donde habíamos venido. Y allí se hizo tan recio (don Rodrigo), sin querer pasar adelante, que dió lugar a que la Caballería viniese ya a cortar el camino real. Los soldados, despechados y atemorizados, rompieron por él, tomando el camino de la montaña y éste mismo le fue forzoso tomar a él, por haberse detenido a resistir a los soldados. Don Rodrigo tomó uno de los callejones que desembocaba a la montaña antes de sa- lir del casar. En su alcance, la infantería que venía con las banderas enemigas, los que se habían apeado de a caballo y los villanos. Cargaron de manera que, unos a pedradas y otros despeñados, de ellos murieron [salvo] algunos que, dejadas las armas, escaparon a San Columbano y a nuestros cuarteles. Don Rodrigo, habiendo tomado un camino que no era usado, no tenía salida. Por no poder el caballo, se apeó y llegó a un barranco que hacía un arroyo, a mil pasos de nuestro Exilles y alli fue muerto. Un soldado que otro dia estaba de ronda al alba, dió parte a otros tres de dónde le ha- llarían y así fueron antes de amanecer y le trajeron desnudo, en carnes, con muchas heridas en la cabeza y puñaladas. Según relación del que [se] llevó el zapato de su pie cojo, en testimonio de que le había muerto, y sus vestidos, dice que vinieron a brazo partido después de estar bien herido y que peleó valerosamente hasta que con un puñal, abraza- dos, lo mató. Los dos alféreces entretenidos que he dicho y yo nos retiramos por el camino real, con algunos otros que nos hicieron compañía, teniéndola todos de los 27 arcabuceros a caballo de S.A., haciendo algunas paradas y frente a 7 caballos, que fueron los que nos apretaron en la carga con el calor de sus tropas, que venían bien cerca, pasándonos por delante y con harta prisa algunos capitanes, desamparndo a sus compañías. Aseguro a V.E. que no se retiraron por el camino 50 hombres y que si los demás lo hiceran no se perdiera nadie con la orden que envió don Rodrigo a los cuarteles. Salió el capitán milanés que se llama Justiniano, que había quedado en Exilles y, aunque en viendo al enemigo se le volvieron muchos de sus soldados, bastó que llegara con 50 para que, viéndoles el enemigo y que estaban tan cerca de nuestro cuartel, volvieran grupas. García de Mieres fue preso en la misma montaña y llevado desnudo por unos soldados que le iban maltratando hasta que Monsieur de Bonne le conoció y se lo quitó de las manos diciendo que era el Bornio de la Provenza. También que- dan presos los capitanes don Diego de Córdoba, Pedro Jerónimo de Villanueva y don Vicente Toraldo y muertos el capitán don Juan de Mújica y el capitán Ottavio Imperati, con 100 soldados poco más o menos. |
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