LA CAMPAÑA DE 1638 (I PARTE)
Edición y notas de Juan L. Sánchez
1.-EL VIAJE A FLANDES.
Es la ciudad de La Coruña la ordinaria residencia de los capitanes generales del reino de Galicia, y
lo era al presente
D. Pedro de Toledo y Leiva, marqués de Mancera, del Consejo Supremo de Gue-
rra de S. M., al cual le había venido orden para prevenir todas las municiones y bastimentos nece-
sarios para el apresto y partida de la armada; y juntándose la leva de la gente de diversas partes,
como de Castilla, que, eran 1.000 hombres que había enviado el Condestable, y 1.200 que habian
llegado de Cádiz, levantados por diferentes señores de Andalucía, y la resta levantada en el reino
de Galicia, así por el gobernador y capitán general dicho, como por el conde de Altamira y otros
señores y ciudadanos de aquel reino. Habia grandes dificultades en apresurar estas prevenciones
por la tardanza que habia habido en juntar la dicha gente; por la dificultad en traer los bastimen-
tos de Neda, El Ferrol y Betanzos, y por ser siempre menester vientos del Norte, los cuales eran
contrarios entonces para la partida de la armada, con que (todo ello) fue causa de tardarse mucho
tiempo en ejecutarla.

Nombráronse para la partida las personas siguientes:

—Capitán general,
D. Lope de Hoces y Córdoba, caballero de la Orden de Santiago, señor de la villa
de
Ornachuelos [Hornachuelos], de los Consejos de Guerra e Indias de S. M.

—Almirante,
D. Andrés de Castro, caballero de la Orden de Alcántara, tio del conde de Lemus
[Lemos] y general de la Escuadra de Galicia.

—Y por maestro de campo de toda la leva,
D. José de Saavedra, caballero de la Orden de Santiago,
vizconde de Rivas, hermano del conde de Castellar, que había servido en los Estados de Flandes y
sido soldado, capitán de infantería y de caballos en ellos.

Iban tambien
D. Juan Pardo [y Osorio], almirante de la Escuadra de Galicia; Don Juan [Bravo] de
Hoyos, general de la Escuadra de las Montañas [La Montaña o las Cuatro Villas], con seis navíos
della, ambos del hábito de Santiago, y el capitán Francisco de Frixo [Feijóo] y Sotomayor, gober-
nador de la infantería de la Escuadra de Galicia.

Estando todos estos señores juntos en La Coruña, vino orden de S. M. para que hiciesen consejo
entre ellos sobre la partida de la Armada. Todos enviaron sus votos firmados y la mayor parte eran
(coincidentes) en que no se debía partir hasta la primavera siguiente, por haber entrado ya el mes
de noviembre y ser los vientos muy peligrosos y recios para poder pasar el canal; solo el
mar-qués
de Mancera y el maestro de campo D. José de Saavedra fueron de opinión que se debia aventurar
la partida por la mala comodidad que tenían los soldados en La Coruña, pues no había día que no
se muriesen 20 ó 30 de enfermedades, causadas de miseria y necesidad, y también por lo preciso
que era este socorro en Flandes. Y estando en esta controversia se resolvieron a despa-char un
correo a  S. M. suplicándole fuese servido de mirar las opiniones de todos y resolver lo que tuviese
por mejor para su real servicio.   

El correo se dio tan buena prisa que en pocos dias volvió con la respuesta, que fue mandar que con
el primer viento que hubiese favorable se hiciese a la vela la armada, porque S. A. el Señor Infante
le había escrito el aprieto en que estaban, por haber tomado los holandeses a Breda v los franceses
a
Landresi [Landrecies],  a Chasteau de Cambresi [Cateau-Cambresis] y la Capela [La Chapelle],
con que se veía en grande necesidad de ser socorrido. Con esta orden se embarcó toda la gente,
bastimentos y municiones, la víspera de Nuestra Señora de la Concepción, y el mismo dia envió a
llamar el general D. Lope de Hoces a todos los pilotos y cabos de la mar y de la infan-tería para que
dijesen su parecer; todos fueron de acuerdo que enviase una fragata para ver si el mar estaba a
propósito para partir y, que en pareciéndoselo así al capitán de dicha fragata, dispa-rase una pieza
para señal de que la armada partiese o, si no estaba a propósito, que se volviese. Con que en
oyendo Don Lope el ruído del cañonazo, mandó disparar dos piezas de leva,
y al pun-to levantó el
áncora y se hizo a la vela. En esta armada había 38 navíos, y muy pocos de impor- tancia para
poder pelear ni hacer resistencia de consideración; pienso que solo 12 pudieran defen-dense, que
eran 5 de Dunkerque y 7 de la escuadra de Galicia, porque todos los demas eran na-víos
embargados de mercaderes y fragatas pequeñas. Mas, fiados en la Virgen de la Concepción, iban
todos con muy buen ánimo.

A las diez del dia, llegando junto a la torre de Hércules, nos dio una calma que duró hasta el dia
siguiente; mas la confianza que habíamos tenido en la Santísima Vírgen nos valió de modo que
nos vino un viento tan favorable que levantamos el áncora [ancla], nos hicimos a la vela y en cinco
días dimos fondo en el puerto de Dunkerque, sin tener tormenta en el viaje ni visto enemi-go sino
solo una flota holandesa que iba haciendo su viaje con su mercancía y, al punto que nos vió, se
sotaventó para escaparse de nosotros. Con que habiendo echado todos los navios el án- cora,
envió a llamar el Sr. D. Lope de Hoces a  
D. Pedro Zapata, caballero de la Orden de Santiago,
gentilhombre de la boca de   S.M., capitán del tercio de D. José e hijo del conde de Barajas, y le
envió a S. A. con los despachos del Rey y nuevas de su feliz llegada. Y habiendo hecho todas las
diligencias que pudo por darse prisa, volvió con cartas de S. A. para todos, en que les hacía mu-
chas honras, y en particular a D. José, por la brevedad con que había solicitado la venida de este
socorro.

Digno es de ponderar el lucimiento que llevaba
el vizconde D. José de Saavedra en la Almiranta de
Dunkerque, llamada Santa María Stela Maris, y al que la gobernaba, que era el capitán Matías
Ranblaut, a
D. Pedro Zapata, Don Pedro de Sotomayor, dos frailes, uno dominico y otro carmelita
descalzo, a  D. Diego de Figueroa, sobrino del Conde del Puertollano, Juan Bautista Panceri, el
capitán D. Lope de Morales y su capellán mayor Quiñones, a todos los llevaba por camaradas y les
hacía el gasto, y a sus criados, con que fue excesivo. Trajo tambien orden para que se desembar-
casen las cajas de moneda que venían y se entregasen al pagador general, D. Juan de Lira, y para
que el tercio de D. José se desembarcase y alojase en las siete
chatelerías [castellanías] de Flan-
des, que son:
Spre [Ypre], Cassel, Ballu, Guarneton [Warneton], Bergas [Bergues], Furnos
[Furnes] y Burburque [Bourbourg].

Eran las compañías del tercio 24; la del maestro de campo, la de
D. Pedro Zapata, la de D. Luis
Caravajal [Carvajal], la de D. Juan Guerrero, la de D. Alvaro de Miranda, la de D. Gil Valentin de
Sotomayor, la de D. Pedro de Sotomayor, la de D. Juan Freixo [Feijóo], la de D. Cristóbal Confus-
co [Contefiesco], la de D. Sebastián de Osarta (López de Ozaeta), la de D. Antonio Girón, la de     D.
Francisco Delgado, la de  D. Antonio Gentil, la de D. Juan Pérez de León, la de Cristóbal de Vei-
mar [Bedmar], la de Gome Juárez, la de D. Martin de Sagastizábal, la de D. Juan Baço [Bazo] y
Moreda, la de D. Diego de Abengozar Coronada, la de Domingo de Garibay [Garizabay], la de
Pedro de Reyes, la de Francisco Pérez, la de D. Juan Antonio de Benavides y la de D. Francisco
Romero; estos dos últimos se quedaron en España, presos por orden de S. M. por quejas que ha-
bía habido de ellos en los tránsitos de su camino a La Coruña. Venia por Sargento mayor de esta
leva D. Diego Lopez de Zúñiga, que había sido capitán en estos Estados, y su maestro de campo
Prouez; las ayudantías, muchas
banderas [alféreces] y ginetas [sargentos] y otros oficios de la
primera plana (provistos) en soldados a propósito de los tres tercios viejos.

2.-REFORMA Y ACUARTELAMIENTO DEL TERCIO DE SAAVEDRA.
No sabré encarecer el gusto que todos recibieron en estos países con la venida de un tan grande
socorro de navíos y gente, por la mala fortuna de la campaña antecedente, que les tenia a todos
con gran melancolía y confusión, y así esperaban mejores sucesos por esta causa, como sucedie-
ron en adelante.  S. A. envió a Diego de Hernani, del Consejo de Guerra de S. M. y su contador, con
carta para D. José de Saavedra para que tomase muestra a su tercio, el cual se la dio con todo rigor
y puntualidad y se hallaron en las 24 compañías 4.200 soldados efectivos sin los oficiales. El dicho
contador les dió algunos vestidos de munición y coseletes, que no los traían, y se
reforma- ron 6
compañías en esta forma:

—La de
Don Antonio Girón, en el pié del castillo de Gante [Gand, Ghent];
—La de
D. Francisco Delgado en el Saso [Sas van Ghent];
—La de
D. Juan Pérez de León en Juliers [Jülich];
—La de
D. Francisco Romero en Liera [Lier];
—La de
D. Antonio Gentil en el tercio del conde de Fuensaldaña, y
—La de
D. Diego de Abengozar en el tercio del marqués de Velada.

Las otras compañías se dieron para reforzar las de los gobernadores de Ostende,
Nioporte [Nieu-
wpoort] y
Gravelingas [Gravelines]; la compañía de Pedro de Reyes quedó de guarnición en el pie
de la villa de Ostende, la de
D. Cristóbal Contefiesco en el fuerte de (San) Phelipe, que nueva-
mente se habia hecho junto a Gravelines, y la de
D. Juan Bazo y Moreda se agregó al tercio del
conde de Fuenclara, en lugar de la que se habia reformado del gobernador Marcos de Lima, a
quien poco hacía que cortaron la cabeza por la pérdida de
La Capela [La Capelle]. Quedaron en el
tercio 15 compañías, en las cuales habia 2.100 hombres que se habian empezado a reparar del
trabajo del camino y principio del invierno con los vestidos de municion y más de un mes que
habían estado alojados. Considerando esto el maestro de campo, y que estando tan divididos no se
podían ejercitar en saber disparar y entrar de guardia, hizo instancia a S. A. para que le metiese en
guarniciones allí cercanas para que pudiese sacar su tercio más disciplinado a campaña.

Con dicha diligencia le llegó orden para que entrase con su tercio de guarnición en las villas en
cuyas castellanías estaba alojado pero, estando ya para marchar, llegó la orden para que hiciese
alto, por cuanto aquellas guarniciones se habian dado a Carlo Guasco, maestro de campo de
italianos, que las habia negociado por (el) mucho favor que tenia con el señor príncipe Tomás
[
Tommaso di Savoia] y con el teniente de maestro de campo general  D. Esteban Gamarra. No faltó
quien murmurase sobre la pasión que el señor príncipe Tommaso tenía favoreciendo a los
italianos; pero los más eran de (la) opinión que esto se habia hecho por un presente que habia
dado Guasco a la mujer de Gamarra.

El maestro de campo
D. José de Saavedra sintió infinito el que se le quitase la guarnición por darla
a otro, y que se le hiciese tan mal hospedaje de recién venidos sus soldados, (pero) disimuló su
sentimiento. Estando en esto, llegó orden de S. A. para que enviase a su sargento mayor con 2
compañías á la villa de
Santomer [Saint Omer], 6 a la villa de Aire, y su compañía —con su perso-
na— a la villa de Dolens. Estas guarniciones son las peores del país, por estar vecino con el de
Artois, que está el más arruinado de estas provincias por las muchas entradas y
corredurías [co-
rrerías] que han hecho los franceses en él. Conocido por el maestro de campo que los burgueses
de estas villas no podian asistir de ninguna manera a los soldados, y que no habia aun orden para
darles pan de munición ni plazas, resolvió partir a Bruselas a besar la mano a S. A. y representarle
la necesidad en que estaba su tercio para que se sirviese hacerle merced de mandar que se le
ajustase como a los demas. S. A., como tan gran príncipe, considerando que el celo con que se le
importunaba era por la conservación de esta gente, que tanto trabajo y dinero habia costado a
España, mandó luego que se le diesen a D. José libranzas sobre el pagador general para que de la
caja real le pagase tres medias pagas y cuatro meses de plazas, y al
amán de Hornes, proveedor
general de víveres, para que le hiciese bueno el pan de munición desde el día que entró en dichas
guarniciones. Mas los pagamentos que vie- nen por la Pagaduría siempre llegan tarde, (tanto) que
de no haber sido por los socorros que el maes-tro de campo y sus capitanes dieron a sus sol- dados
hubieran perecido, porque hasta la mitad de la campaña siguiente no recibieron ningun dinero del
pagador.

3.-REGRESO A ESPAÑA DE LA ARMADA Y OTROS CABALLEROS.
En este tiempo los cabos (jefes) de la Armada que habia venido de España, despues de haber des-
cansado con el buen hospedaje del marqués de Fuentes, se fueron con él a Bruselas a besar la
mano de S. A., el cual los recibió con el agrado que acostumbraba y como un tan amable Príncipe.
A  D. Lope de Hoces y a
D. Andrés de Castro les dio a cada uno una tapicería muy rica y a los de-
mas les dio muy buenas joyas, con que despues de haber visto las mejores villas del país se vol-
vieron a Dunkerque a tratar de su vuelta a España. Envióles una orden del señor Infante para que
entregasen, de la dotación de los navíos, 600 hombres a
Pedro de la Cotera, teniente de maestro
de campo general, el cual, luego que los hubieron entregado, los envió con sus ayudantes a los
castillos de Amberes y Cambrai, y él quedó en Dunkerque hasta la partida de la Armada, la cual
llevó —en lugar de la gente que se le habia quitado— dos tercios de irlandeses de los Condes de
Tirol [Tyrone] y Tirconel [Tyrconell] en (los) que habia mas de 2.000 hombres. Con el primer
buen viento que hizo partió D. Lope, y con gran felicidad y breve tiempo llegó al puerto de La Co-
ruña, cargado de navíos de presa de franceses y holandeses que en el camino habia tomado.

Despues de esto S. A. mandó reformar un regimiento de alemanes del conde de
Hochstrate
(Hoogstraten) y otro de loreneses de monsieur Brun, cuya gente se agregó a diferentes regimien-
tos. También se reformaron 20 compañías de caballos, 4 de españoles, 4 de italianos y 12 del país,
y la gente se agregó a las demas compañías de caballos del ejército.

Este invierno se fueron a España muchas personas particulares, y entre ellos tres capitanes de
caballos reformados, que son:
—D. Jerónimo de Aragón, hermano del Duque de Terranova;
—D. Pedro Girón, hermano del Duque de Osuna, y
—D. Martin de Sarriá, caballero de la órden de Calatrava.

Capitanes en pié (vivos) de caballos se fueron:
—D. Fernando Tejada y Mendoza, cuya compañía se dió á D. Antonio
Viutrom (Buitrón),  
—D. Alvaro Sarmiento, hermano del Conde de Salvatierra, cuya compañía de caballos corazas se
proveyó en su teniente Duque, dándole patente de arcabuceros de infantería del tercio del
marqués de Velada.
—D. Antonio de Saavedra, cuya compañía se proveyó en el capitán D. Rodrigo Ladrón,
—D. Jacinto de Lares, cuya compañía se dio a D. Juan de Santander, y
—D. Pedro de Vaigorre, que se dio a Jacinto López, ayudante de teniente de maestro de campo
general.

Del tercio del Conde de Fuenclara se fueron:
—El capitán D. Francisco de Torres Castrejón, cuya compañía se proveyó en D. Pedro de Figue-
roa, caballero de Santiago, y
—El capitán D. Martin de Sepúlveda, cuya compañía se dio al alférez Juan del Río.

Del tercio del Conde de Fuensaldaña se fue el capitán Pedro Cuche, cuya compañía se dió al ca-
pitán Juan Adame Vela.

Por muerte de Don Luis de Lara se dió su compañía a D. Juan de Paz, alférez del dicho maestro de
campo (Fuensaldaña), y por muerte del capitán
Gayença [Cosgaya] se dió su compañía al capitan
D. Martin de Zayas y Bazán.

En el tercio de D. José de Saavedra, se proveyó la compañía de D.
Juan Antonio de Benavides que,
como he dicho, quedó en España, en el capitán
Mateo de Torres.

Fue tambien a España, a negocios del
señor Príncipe Tommaso, Carlo Guasco, maestro de campo
de italianos. Y tambien Francisco de Galarreta, que hacia oficio en el ínterin, de secretario de S.A.,
cuyo cargo quedó ejerciendo, tambien en ínterin, D. Martin de Ibarra, secretario de cámara.

En este tiempo llegaron nuevas de Alemania a S. A., que el general
Juan de Uberta [Weert] rom-
pió una armada francesa y, con la gloria de la victoria, se retiró a su cuartel y durmió con tanto
descuido que fué roto por el Duque de Ruán [Rohan] y llevado preso a Francia, donde está al
presente. En este ínterin llegó D. Felipe de Silva de Milan, donde era general de la Caballería, y
pocos días después llegó un correo de España en que S. M. le hacia merced del castillo de Ambe-
res. Y aunque rehusó el aceptarlo, al fin obedeció y lo tiene al presente, e hizo su teniente a Ber-
nabé de Vargas, cuya compañía se dió á D. José del Pulgar, alférez del
Marqués de Velada, en cuyo
tercio era capitán. Al
conde de Feria [Feira], que tenía el castillo de Amberes, le vino merced del
virreinato de Navarra, mas no tuvo efecto como adelante se dirá.

Despues de esto, considerando S. A. que era menester mezclar la gente vieja con la nueva, mandó
se le diesen 6 compañias al  tercio de D. José de Saavedra de cada tercio viejo y que él diese otras 6
en su lugar. Salióse el trueque en esta forma: del tercio
del marqués de Velada vinieron los capi-
tanes Alonso Lopez de Torremocha y Gaspar de Vega y fueron en su lugar
D. Martin de Sagasti-
çauelo [Sagastizábal] y D. Sebastián [López] de Ozaeta; del tercio del conde de Fuenclara vinieron
los capitanes D. Miguel de Lezcano y D. Pedro Zavala, con sus compañías, y fueron en su lugar las
de
Góme Juárez y Domingo de Gariçabay [Garizabay]; y del tercio de Fuensaldaña vinieron Juan
Adame Vela y D. Francisco Castrejón, y fueron en su lugar
D. Alonso de Miranda y Cristóbal de
Veimar [Bedmar].

A este tiempo llegó a Dunkerque un tercio de ingleses con 800 hombres, cuyo maestro de campo
Gach [Henri Gage] había sido sargento mayor de  Guillermo Tresin [William Tresham]. Poco des-
pues llegaron al mismo puerto:

—El marqués de Cerralbo, que venia por embajador ante S. A., y traía consigo a su mujer, al con-
de de Villalobos, su hijo, y a un hijo
del marqués de Velada.

—D. Antonio de Benavides, hijo del conde de Santistéban del Puerto, canónigo de Toledo, que ve-
nía por Camarero y limosnero mayor de S. A.

—D. Gaspar Nieto de Trejo, caballero de la Orden de Alcántara, del Consejo de Indias de S. M., que
venia por superintendente de la justicia militar, y

—Don Alberto Coloma, caballero de la Orden de Santiago, hijo segundo de
D. Carlos Coloma.

Después llegaron nuevas de Milán (de) como el Marqués de Leganés,  capitán general de aquel
Estado, había sitiado y tomado a
Breme en pocos días, que fue una gran dicha, con que los fran-
ceses quedaron sin ningun puesto en el Estado.
Al gobernador le dieron por infame, degradán-
dole de la nobleza y borrándole sus armas; a tres hijos que tenia los caparon y a dos hijas las me-
tieron monjas a fin que no quedase generación de un hombre que tan mal había cumplido con sus
obligaciones, defendiendo una plaza de tanta importancia de modo que no dio lugar a que se
pudiese socorrer rindiéndola tan aprisa. [
véase un comentario sobre los hechos]

Al fin de abril llegó un extraordinario de España, y las nuevas que trajo fueron que S. M. manda-
ba al
Barón de Valanzón (Balançon) se contentase con su sueldo pagado cada mes y (plaza) del
Consejo de Estado de este país; su cargo de general de la Artillería se dio al conde de Fontaine y el
que éste tenía de superintendente de Flandes se dio a
D. Andrea Cantelmo, y juntamente le hizo
merced S.M. de una patente de general de la Artillería. El gobierno de
Damas [Damme], que tam-
bién el dicho conde (Fontaine) tenía, se dio a monsieur de Créqui, maestro de campo de valones,
cuyo tercio se dio a
monsieur de Moleghien [Molinghem], teniente coronel del conde de Isembur-
gue  [Isenburg]; el tercio de valones que tenia el dicho conde (Fontaine) se dió á monsieur de Enin
[Jacques de Haynin, que tomó posesión el 21 de mayo de 1638].

4.-PRIMERAS OPERACIONES MILITARES.
En este ínterin, habiendo tenido S. A. noticia que el fuerte de la Cruz estaba desprevenido, mandó
al
maestro de campo Bertus [Georges Bertou], que tenia a su cargo los fuertes de Santa María y de
la Perla,  que sacase
la más gente que pudiese y 200 españoles que le dio el teniente del castillo de
Amberes, del tercio del Conde de Fuenclara, y que procurase tomar el fuerte por
interpresa
[asalto], llevando para ello pontones y todas las demas cosas necesarias. Intentó tomarlo, mas con
tan mala disposición y cuidado que vino a estar advertido el enemigo dello, con que el maes-tro de
campo se volvió sin haber hecho nada, y de pesadumbre, segun dicen, se murió, y se dió su tercio a
su sargento mayor
Catris [Robert Catrice].

Despues de esto, habiendo habido nuevas que el francés quería entrar en el pais de Artois para
tomar a Douai y meter en contribución a Flandes, mandó S. A.
al conde de Isenburg, gobernador y
capitán general del dicho país, que saliese en campaña y ocupase el puesto de
Arleis [Arleux],
puesto importante para impedir al enemigo la entrada, que pertenece a la jurisdicción de Cam-
brai. La gente que se juntó con él fueron los tercios
del marqués de Velada y el conde de Fuen-
saldaña, con sus sargentos mayores, y pocos días después volvió el (tercio) de Fuensaldaña a
Cambrai, llamado de su maestro de campo, que la gobernaba en el interin y temía le vendría a
sitiar el enemigo si no se hallaba con harta gente para defenderse. El tercio del marqués de Velada
partió a Flandes, de orden del conde de La Fontaine, con que no quedó el dicho conde de Isen-
burg sino con dos tercios de italianos de D. Francesco
Toralto [Toraldo] y de Carlos Guasco y parte
del tercio del barón de
Besmal [Wezemaal], y el teniente general de la caballería D. Juan de Vivero
con parte de la que tenia a su cargo en la frontera de Francia. Y estando fortificando este puesto
llegó orden a
D. José de Saavedra, que estaba en Flandes con su tercio y había rehusado obedecer
al conde de Fontaine por no estar aun público su cargo de general de la Artillería, para que
marchase al dicho puesto de Arleux, y que dejase 4 compañías en St.-Omer. Así lo hizo y marchó
con las 11 que le quedaban y, siguiendo los tránsitos que le habia enviado el
conde de Isenburg,
pasó por la villa de
Betuna [Bethune], donde halló al  magistrado muy alborotado por las nuevas
que les acababan de dar de que el mariscal de Châtillon entraba con gran furia en el país, habiendo
tomado a Saint Pau, Saint Martin y otros lugares y villajes que iba quemando. Y por no haber
tenido ningunas nuevas de esto con tiempo, estaba la dicha villa sin guarnición, con lo que dijeron
al maestro de campo que el francés les venia a sitiar, habiendo sabido del modo que estaba, y que
si no se quedaba allí con su tercio la plaza se rendiría al enemigo, por cuanto no era posible
poderse defender. Y estando el dicho maestro de campo D. José de Saavedra rehusan- do el
quedarse, con decir que le era fuerza seguir su orden, llegó monsieur de Gonzour, señor de Lillers,
y le dijo que el conde de Isenburg le habia mandado que donde quiera que le topase le dijese que
hiciese alto con su tercio en alguna villa, porque si no, la caballería del enemigo le rom- pería sin
ninguna dificultad. Con con que resolvió quedarse, repartiendo su tercio en la villa y los burgos, y
acomodó todas las cosas necesarias para ponerse en defensa.

Esa misma noche llegó a alojar el enemigo en los cuarteles que habia tenido la antecedente
D. Jo-
de Saavedra, con que toda la noche estuvo en arma con su gente, pensando que el enemigo le
venia a tomar los puestos; mas sabiendo por sus espías que el tercio habia quedado dentro, mudó
de parecer, acercándose a la villa de Aire, cuyo gobernador el Conde
Detre [d’Estaires], viéndose
en el mismo aprieto que los de Bethune por no tener ninguna infantería dentro, escribió a Don
José que le enviase alguna gente a toda prisa porque, si no, no era posible mantenerse por la faci-
lidad de la burguesía en rendirse. Y viendo el dicho maestro de campo la prisa que corria hacer éste
socorro y servicio a S. M., se resolvió, aunque no tenia orden, a hacerlo, para lo cual mandó a los
capitanes
Mateo de Torres, D. Juan Freixo y D. Pedro de Sotomayor que con 350 bocas de fuego
procurasen entrar en la villa de Aire a toda diligencia. Ejecutólo con tanta puntualidad el dicho
Mateo de Torres que, antes que fuese de dia, llegaron a las puertas y fueron recibidos del
gobernador con mucho gusto y, sabido (esto) por el Mariscal, mudó de parecer de atacar esta villa
—estando ya para enviar un trompeta a decirles que se rindiesen, que les haria muy buenos par-
tidos— y quedó desesperado viendo que este tercio le habia impedido el designio [plan] de llevar-
se estas dos villas
de calle [fácilmente], que lo tenia por cierto.

D. José despachó á toda diligencia a D. Juan Ladrón de Guevara, su ayudante, al
conde de Isen-
burg para darle cuenta de todo lo que habia pasado, que la necesidad forzosa habia sido causa de
haber aventurado aquel socorro que se metió en Aire sin orden y que avisase (de) lo que gustaba
que hiciese.  Le respondió dándole muchas gracias por el servicio tan particular que habia hecho
pues por su medio estaban seguras tres villas, las mejores de su gobierno, que eran St.-Omer, Aire
y Bethune, y que escribiría a S. A. para que tuviese memoria de hacerle merced por tan seña- lado
servicio. Mandó tambien el dicho conde que entrasen allí dos compañías de caballos italia- nos de
D. Cesare Toraldo y del marqués
Paravecino [Pallavicini], a las órdenes del dicho Don José de
Saavedra, para que las enviase a tomar lengua [informarse] del enemigo, y al magistrado de
Bethune le ordenó que le obedeciese y respetase como si fuera gobernador de la dicha villa en
propiedad.

En este tiempo la guarnición de Aire no estaba ociosa, pues habiendo conocido el gobernador que
la gente del enemigo corria hasta las puertas de la villa robando cuanto podia, mandó saliesen 200
bocas de fuego con los capitanes Torres y Freixo, y que una partida de la caballería de las
compañías de D. Tomás de Avalos y de D. Marco Antonio de Capua se dejasen ver. Luego que las
descubrió el enemigo, las acometió a gran prisa pensando hacerlos prisioneros, y ellos recibieron
la carga hasta la emboscada que estaba prevenida, de donde nuestros soldados dispararon a tan
buen
punto [blanco] que quedaron más de 80 muertos y heridos y la resta huyó. De nuestra gen-
te no se perdió ninguno y llevaron 30 prisioneros y 50 caballos a la villa de Aire.

En este tiempo llegó de España D. Miguel de Salamanca, caballero de la Orden de Santiago, por
Francia, con pasaporte que habia alcanzado de aquel rey; habíale S. M. hecho merced del Consejo
de Hacienda y de secretario de Estado y Guerra cerca de la persona de S. A., con que luego empe-
zó a ejercer su oficio. Estando en este tiempo la
reina madre de Francia en Bruselas, pidió convoy a
S. A. para ir a tomar los baños de Aquisgrán. De allí se fue a Holanda donde, pareciéndole que no
la agasajaban mucho, se pasó a Inglaterra con su hija, donde está al presente, bien arrepentida de
haber salido de la protección del Rey, pues hacía años que la sustentaba a grandísima costa. Todo
el mundo conoció que habia usado esta princesa de la ligereza francesa que se le había in- fundido,
pues hizo una acción de tanta ingratitud sin haber tenido ninguna ocasión para ello. Los soldados
se holgaron mucho de que se fuese, porque decían que ella y otros príncipes extranjeros que el rey
sustentaba eran causa de la dilación de sus pagas.

A este tiempo, el Conde Guillermo de Nasau, maestro de campo general de los holandeses, tomó
por interpresa el fuerte del dique de
Calo [Kallo] por haberle defendido mal el capitán que estaba
dentro; otros dicen que tenia trato con ellos. Su maestro de campo, Catrice, habiendo podido so-
correrlo a tiempo no lo hizo, con que por castigo se le reformó el tercio incluyendo a la gente en los
otros de su nación valona.

5.-EL ASEDIO FRANCÉS DE ST.—OMER.
El Mariscal de Châtillon, viendo que en St-Omer no habia más que 4 compañías del tercio de D.
José de Saavedra, y que la plaza ha menester más de 3.000 hombres para poderla defender, se
resolvió a sitiarla, tomando primero el puesto de Arque [29-V], cuyo castillo guardaba un sargen-
to con 50 hombres del tercio del barón de Wezemaal, que lo rindió habiendo aguardado algunos
cañonazos, y allí puso el cuartel del Rey, que es donde está siempre la persona que manda el ejér-
cito; despues atacó la abadía de
Demare [L’Audomarais], que es de la Orden de San Bernardo, y
está entre unos marrazos, con que es fuerte por naturaleza. Defendiéronla lo posible
Lannoy y
Dutally, capitanes del tercio de Wezemaal
; mas, habiéndoseles acabado la pólvora, se rindieron
con muy buenas condiciones. El Conde de La Fontaine que se hallaba en Flandes, como he di-
cho, viendo que ya estaba conocido el
designio [plan] de Châtillon, se puso con la gente que esta-
ba a su cargo en el cuartel del burgaje de
Buatene [Watten], de donde metió socorro en St. Omer
de 4 compañías de españoles del tercio
del marqués de Velada, que iban a las órdenes del capitán
D. Luis de Mieses, y 2 compañías de ingleses del tercio de
Treem [Tresham], tambien a la orden
del dicho D. Luis, el cual la llevaba para gobernar toda la infantería que estaba dentro como capi-
tán más antiguo español. Al Barón de Wezemaal, que estaba dentro con parte de su tercio, se dio
orden para que defendiese el puesto del
Vacque [Bacq], el cual es principal para poder socorrer la
dicha villa; mas no habiendo tenido Wezemaal tiempo para fortificarse, siendo su gente muy poca
y habiendo sido atacado del enemigo con gran fuerza, desamparó el puesto retirándose dentro de
Saint Omer, con que el enemigo le ocupó y fortificó y envió gente a tomar tres fuertecillos que es-
taban hechos en defensa del Neuf Fossé, que divide a Artois de Flandes. El mejor de ellos, donde
estaba la compañía del Vizconde de Furnes,
grandballu [gran bailío] de Cassel, se rindió a partido
al primer cañonazo, y los otros dos, que defendían villanos de la dicha
chatelería [castellanía],
fueron tomados por fuerza, habiendo degollado mucha cantidad de ellos, con que sin ninguna
resistencia pasó la caballería a Flandes tomando todos los villajes y la villa de Cassel, y se volvie-
ron a su ejército con grandísimos despojos. Viendo el conde de Fontaine que, habiendo ocupado
estos puestos el enemigo, no estaba él seguro en
Watten, se retiró con buena prisa a Vergas
Sanvinos
[Bergues-St. Vinocx], haciendo pegar fuego primero al dicho burgaje de Watten por
excusar no sirviese de cuartel al enemigo. No lo sintió poco la condesa de Isenghien, de quien era
el dicho burgaje, y él se fue a Bruselas a tomar la posesión del cargo de general de la Artillería.

El Conde de Isenburg, que tenia orden de pasar a Flandes con toda diligencia, partió de Arleux a
Bethune con los tercios de Guasco y Toraldo, un teniente general de la artillería con algunas pie-
zas y  D. Juan de Vivero, con la caballeria que tenia consigo y 3 compañías de Wezemaal que iban
en guardia de la artillería. El dia siguiente marchó de Bethune a Chuque [Chocques], habiéndo-
sele juntado el tercio de D. José de Saavedra y las compañías de caballos que estaban a su orden,
con lo cual marchó otro dia a pasar la
Lisa [Lys] por Marvella [Merville] y otro día llegó a Pope-
ringe, donde estaba
el príncipe Tommaso, el cual comenzó a gobernar el ejército, quedando el
conde cerca de su persona toda la campaña. Marchó el Príncipe de Poperinge a Bourbourg, y en los
villajes (de) alrededor acuarteló al ejército, donde se iba juntando toda la gente, asi de infante- ría
como de caballería, y todos los días llamaba a consejo a todos los oficiales mayores para ver en la
forma que se podía socorrer a Saint Omer, lo cual era muy
dificultoso por tener el enemigo ocu-
pado los principales puestos y ser su ejército dos veces mayor que el nuestro. La villa estaba en
gran necesidad por falta de municiones y bastimentos y era tan poca la gente que había que les era
fuerza estar siempre de guardia, aunque no habia abierto Châtillon trincheras, que se decia
esperaba tener nueva que los holandeses hubiesen sitiado a Amberes, para entonces comenzar él
a atacar a Saint Omer. Viendo el príncipe que Piccolomini no podía llegar tan a tiempo como la
necesidad lo requería, se resolvió a meter socorro en la villa para que se pudiese mantener por
algun tiempo. En la forma que fué (lo) pondré muy en particular, como quien se halló allí.

Para disponer el
príncipe Tommaso con mejor acuerdo el primer socorro que metió en la villa de St.
- Omer, envió a llamar a todos los oficiales del ejército para que dijesen su parecer, y propúso- les
la gente que tenia, y como el marqués de Fuentes, por orden de S. A., le había enviado alguna
cantidad de pólvora y cuerda, que era de lo más que necesitaba la villa, fueron todos de opinión
que era forzoso el socorrerla sin ninguna dilación con que, visto esto por S. A. el serenísimo señor
príncipe Tommaso, dispuso la marcha del ejército para el dia siguiente en esta forma:

Hizo formar 4 escuadrones volantes de todas naciones, cada uno de 1.000  hombres: el primero
llevaba
el conde de Fuensaldaña, el segundo D. Eugenio Onel [O’Neill], maestro de campo de ir-
landeses; el tercero  Dionisio de Guzmán, sargento mayor del tercio de Fuensaldaña, con su ter-
cio que iba en dos escuadrones, y el cuarto llevaba D. Francesco Toraldo con su tercio de napoli-
tanos, al cual seguía el tercio
del marqués de Velada con su sargento mayor,  Porcelo [Juan Por-
cel]; a éste seguían dos tercios de alemanes de Spinola y Rouvroy, y luego seguían dos tercios de
ingleses de
Tresen [Tresham] y Gach [Gage], y luego iba el sargento mayor de irlandeses con su
tercio, a los cuales seguía de retaguardia todo el tercio de D. José de Saavedra en dos trozos, que el
uno llevaba el maestro de campo y el otro su sargento mayor, Don Diego (López) de Zúñiga. Con la
caballería iba el conde
Juan de Nasao [Johann von Nassau-Siegen], de vanguardia de todo el
ejército, y con él iba D. Juan de Vivero, hermano del conde de Fuensaldaña, teniente general de la
caballería del ejército de la frontera de Francia, y Ludovico con los
corvatos [croatas] de su regi-
miento; y el (conde) de
Frocaz [Forjaz] fue enviado a pasar el Neuf Fossé y tocar a arma [trabar
escaramuza] al enemigo en todos sus cuarteles; D. Francisco Pardo, comisario general de la Caba-
llería de la frontera de Francia, quedó de retaguardia con algunos batallones. Al mismo tiempo que
el ejército marchaba en esta forma, el señor príncipe Tommaso mandó a
Paulo Fanfanelli,
sargento mayor de Carlo Guasco, que con su tercio se adelantase y ocupase la torre de la iglesia de
Watten, que está puesta en una montaña muy eminente [por lo tanto alude a la torre del monas-
terio, no a la de la iglesia, que está en llano, junto al rio] y tenían ocupada 50 franceses con un
oficial desde que el conde de ontaine desamparó aquel puesto. Los franceses, viéndose sin las
municiones necesarias y a la vista de un ejército como el nuestro, se rindieron a partido al dicho
sargento mayor.

6.-COMBATES EN TORNO A ST.—OMER.
Châtillon, pensando que el puesto de Watten era de grande importancia para ser dueño de la
ribera que va a Saint-Omer, había enviado al mismo tiempo dos tercios de franceses en que había
más de 1.000 hombres con todo su bagaje, los cuales llegaron allí cerca, cuando la torre se había
rendido. Los  maestros de campo, viendo lo dificultoso que les era el poderse retirar a su ejército,
hicieron escuadrón en una pradería que estaba toda cercada de setos, donde pensaban hacer muy
buenos acuerdos con nosotros; mas reconocido esto por el sargento mayor Fanfanelli, deseoso de
llevarse la gloria de este suceso, los atacó y a los primeros mosquetazos se le avisó al Príncipe To-
mmasso como habia arma en la retaguardia del ejército, y mandó al comisario general, D. Fran-
cisco Pardo, que fuese a reconocer lo que era. Reconocido lo cual, cercó con toda la caballeria la
pradería donde estaban los franceses; los cuales, viéndose en tal aprieto, echaron las armas en
tierra y pidieron cuartel; lo cual, visto por el sargento mayor Fanfanelli y por el comisario general,
se lo acordaron, y entre los soldados italianos y la caballería tomaron todos los despojos, dejando
(a) la mayor parte de los franceses
en cueros [desnudos]; y como pensaban estar en Watten algu-
nos días, traían todos los oficiales su bagaje y cantidad de víveres y municiones y muchos machos
de carga, con que fue muy buen dia para nuestra gente. Murieron de los nuestros dos capitanes: el
uno era un sobrino del conde Piccolomini, llamado como él, y el otro Marco Antonio
Feliche
[Felice], soldado viejo napolitano, y 5 soldados; de los franceses murieron un maestro de campo,
cuatro capitanes y 22 soldados;  y el otro maestro de campo con ambos tercios fue llevado al se-
ñor príncipe Tommaso, el cual mandó luego que los llevasen a Bourbourg y, cuando se rescata-
ron, se repartió el dinero entre el dicho tercio de Guasco y la caballería que había tenido consigo el
comisario general.

Despues de esto, habiendo reconocido el Príncipe Tommaso que el enemigo habia metido mucha
gente en el puesto del Bacq, y que si se los atacaba con aquellos escuadrones volantes que he di-
cho era aventurar una batalla, para lo cual no era buena sazón, porque si se perdía este ejército y el
Infante no rechazase al enemigo del
dique de Kallo, era tener los países perdidos, con lo que
resolvió meter el ejército en unas praderías y dormir aquella noche en batalla, donde, cuando es-
taban todos con el mayor silencio del mundo, mandó el Príncipe Tommaso a Juan Agustin Espi-
nola [Spinola] que marchase con su regimiento a
Niurlete  [Nieurlet], donde sabia que el enemi-
go no había hecho ninguna fortificación, y que metiese dentro de la villa 600 hombres; 300 de su
regimiento, con su sargento mayor, 200 italianos de Guasco y Toraldo, y 100 ingleses de Gage; la
pólvora y cuerda que he dicho arriba habia enviado el marqués de Fuentes.

El coronel Spinola ejecutó el meter este socorro con tan buena diligencia que, despues de haberle
entregado al capitán D. Luis de Mieses, que había  salido con barquillas a recibirle, volvió al ejér-
cito sin aventurar un hombre; con que visto por el príncipe Tommaso el buen suceso que se ha-
bía tenido, marchó con todo el ejército y entró con su persona en Bourbourg y la gente volvió cada
uno a los puestos de donde había salido.

Estando todos con el gusto que se puede pensar de haber dejado a Saint  Omer asegurado por al-
gunos dias, llegaron nuevas de S. A. en que avisaba que los holandeses habían fortificado el
dique
de Kallo todo cuanto se puede imaginar, y que pensaban luego poner sitio a Amberes, con que
todo el país estaba en un extremo peligro. Tambien avisó como Piccolomini quedaba con su ejér-
cito en Brabante hasta ver el fin de aquel suceso, sobre el cual S. A. cada dia tenia muchas veces
consejo, en que entraban el
conde de la Feira, Don  Felipe de Silva, el conde de Fontaine, D. An-
drea Cantelmo, el Padre confesor y otros, sobre lo cual siempre se hallaban mayores dificulta- des
por lo fortificado que estaba el enemigo, por la ventaja que nos hacia en el número de la gente y
por la falta de dineros con que se hallaba, mal ordinario en este pais; tambien llegó la nueva al
señor príncipe Tommaso como el mariscal de
La Foza [La Force] había llegado a juntarse con el de
Châtillon y, aunque su ejército no era tan fuerte, era más experimentado por las muchas oca-
siones en que se había hallado en Alemania. Tomó por su cuenta asegurar los víveres a Châtillon,
cuyo almagacén [almacén] estaba en Adras [Ardres], de donde juntamente venian todas las mu-
niciones, ya que de estos países no podian tener nada porque los corvatos [croatas] estaban siem-
pre emboscados, con que hacían estar a su caballería encerrada en sus cuarteles.

Supo tambien el Príncipe como La Force estaba a toda diligencia haciendo un fuerte en el dique
que va de Ardres para asegurar los víveres que iban a Châtillon y, para impedir esto, resolvió en-
viar al conde
Johann von Nassau con la mayor parte de la caballería y un escuadrón volante de
todos los  tercios, a cargo del maestro de campo Toraldo, con orden de rechazar al enemigo de
aquel fuerte. Mas habiendo llegado a la vista y conocido lo fortificado que estaba, fueron de pare-
cer de
revolverse [retirarse] sin haber hecho ningún ataque, asegurándole al Príncipe que no era
posible tomar el dicho fuerte sin llevar
galerias, que es una tablazón grande para defensa de los
mosquetes, por estar el dique principal donde se había de atacar tan angosto que mal cabian cua-
tro hombres de frente; y sintiendo el Príncipe que este puesto no se hubiese ocupado, le pareció
era forzoso adelantarse con el ejército al villaje de
Romenquien [Ruminghen], el cual tambien se
temia que le ocupase el enemigo. Llególe orden a
D. José de Saavedra que con su tercio marchase
a toda diligencia, dejándose el bagaje con lo demás del ejército, y que hiciese escuadrón delante de
dicho villaje; lo cual ejecutó con toda puntualidad y, antes que fuese de día, estaba ya en el dicho
puesto sin haber sido sentido del enemigo. La mañana siguiente llegó el
Príncipe con toda la
infantería y artillería, dejando la  caballería en los villajes de Ardres en retaguardia, y mandó al
capitán Gilles, ingeniero, que delinease la frente de banderas y las fortificaciones para ella, las
cuales empezaron luego a trabajar los soldados, y en menos de ocho días estuvieron en perfec-
ción; y pareciéndole al Príncipe que importaba tomar el fuerte que he dicho que habia hecho La
Force, envió al conde de Fuensaldaña con 50 caballos para que los reconociese; el cual, luego que
lo hizo, volvió y dijo que se conformaba con el parecer de Toraldo, de que no se podía tomar sin
llevar galerías, porque si no se perdería la gente sin provecho, por la
estrechura del dique.

En este interin llegó el alférez Ochoa, que era el que entraba y salía más a menudo en Saint Omer,
y avisó a S. A. como Châtillon había empezado a abrir trincheras por la parte donde no tiene ma-
rrazos [pantanos] la villa, que es la montaña de San Miguel [Saint Michel], desde la cual hacía
grandísimo daño con su artillería y con muchas bombas y granadas que tiraba, y que los
aproches
[trabajos  de aproximación] los hacía fortísimos, con que estaban con gran cuidado los que go-
bernaban dentro, que era en forma de junta que se hacia en el Magistrado, sin haber ninguno que
quisiese obedecer a Ochoa por cabeza principal, por la diferencia que traían entre el gran bailío,
vizconde de Liera
[Lier], y el mayor monsieur de Brandeque [sic], con que para hacer el servicio
del rey se juntaban con ellos el barón de Wezemaal, el capitán D. Luis de Mieses y el sargento ma-
yor de Spinola. Resolvieron que los españoles ocupasen las medias lunas de afuera, que caían a la
dicha montaña de St. Michel, mudándose una vez las compañías de Saavedra, que fueron las que
ocuparon primero el puesto con las de Velada; y estando una noche de guardia D. Rodrigo de Ro-
jas, capitán de Velada, queriendo mostrar la bizarría de su corazón, hizo una salida con muy poca
gente y llegó hasta cerca de las baterías del enemigo, al cual le retiraron los suyos con mucha
presteza, herido de un mosquetazo en el muslo; los demas puestos defendían diferentes
suertes
[clases] de naciones.















Sabido por el principe Tommaso todos estos sucesos de dentro de St. Omer y la gran falta que ha-
bía en la villa de municiones, por gastarse muchas en la defensa de los ataques, el temor que se
tenia de que los burgueses, viendo quemarse sus casas con las bombas no se levantasen contra la
guarnición, y ciertas sospechas de algunos que traían trato con el enemigo; mas todo lo aplacó y
pusieron de buen ánimo el Obispo y el
Abad de San Bertín, de la Orden de San Benito [San Ber-
nardo], una de las más principales abadías del país. Con que mandó S. A. volver a atacar el fuerte
que habia hecho La Force, por no hallar otro medio para impedir la violencia con que Châtillon
atacaba la villa, si no era tomándole puesto con que poderle impedir los convoyes. Y pasó en esta
forma.
La Coruña en 1634 (Atlas  
de Texeira).
El marqués de Mancera
La Torre de Hércules,
antiguo faro de fábrica
romana, que aun se
mantiene en pie.
La chatelerie de Ypres en
1582 (Guiccardini).
Esteban de Gamarra y
Contreras (1573-1671)
Aire sur la Lys
El marqués de Velada
El conde de Feira
El barón de Balançon
(detrás de Spinola)
Los fuertes de la Perla
(arriba) y Santa María
(abajo) protegían el flanco
izquierdo del fuerte de Kallo
(Liefkenskoek),mientras
que el de Verrebroek
guardaba el derecho.
El conde de Isenburg
Maria de Medici, reina ma-
dre de Francia (Pourbus)
Eugène de Lannoy tuvo
después una compañía de
caballos con la cual servía  
en 1644; sin embargo, Du-
tally no llegó a pasar la
muestra de diciembre de
1639, por lo que cabe cole-
gir que muriera a lo largo
de la defensa o en el curso
del  año siguiente. En el
lustro entre 1639 y 1644, 14
de los 15 capitanes del ter-
cio de Wezemaal perderian
la vida en combate.
El conde Paul Bernard de
Fontaine
Tommaso de Saboya, prín-
cipe de Carignano.
Paulo Fanfanelli mandó el
tercio de Carlo Guasco
desde que éste se ausentó
de los Países Bajos,  a
principios de 1638, hasta el
10 de abril de 1640, en que
regresó con patente de
general de la artillería y el
tercio se proveyó en el
también SgM reformado
Giovanni delli Ponti, que lo
había sido del regimiento de
su hermano Ottavio.
Disgutado por no haber
salido con la promoción,
Fanfanelli regresó a Italia y
se enroló en las tropas del
Papa Urbano VIII. Murió el
20-VIII-1643, en la retirada
de Navicello, durante la
llamada «guerra de los
Baberini».
Arriba, estado actual de la
iglesia de Nieurlet, en torno
a la cual se dieron fuertes
combates duran- te el
asedio.  (abajo, pintura de
Vrancx, detalle)
Jacques Nompart de
Caumont, duque y mariscal
de La Force
Johann v. Nassau-Siegen
© JUAN L. SÁNCHEZ.
CONTINUACIÓN
LORENZO DE CEVALLOS
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Fort Liefkenshoef