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| ESTUDIOS HISTORIOBÉLICOS. EDICIÓN DIGITAL |
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| LA BATALLA DE ROCROI (19.V.1643) REMITIDO POR D. ANTONIO BERMEJO |
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| Unos 300 metros antes de llegar al pueblo encontraremos una paqueña cartela con la indica- ción "Stèle". Giramos para meternos en la pequeña carretera que conduce a Sevigny-la-Fôret; luego, a unos 500 metros, torceremos a la derecha siguiendo la indicación "Stèle". Por éste ca- mino, hoy alquitranado, que años atrás ni senda era y había que hacerlo a pie, iremos atrave- sando por el centro del campo de batalla hasta llegar a la borna o estela que la evoca; está muy cerca. Pero antes, vamos a detenernos un instante, entre dos fuegos, para recordar por qué lle- garon hasta aquí unos miles de hombres a matarse. España llevaba ocho años luchando, sin interrupción, contra Francia y sus aliados en la gue- rra de los Treinta Años. En 1643, Melo quiso atacar el primero invadiendo Francia. Quizá sus éxitos en las campañas precedentes, como la victoria de Honnecourt (26 de mayo de 1642), a pocos kilómetros de aquí, le hicieron pensar que era un gran militar cuando sólo era un político que se vió metido, sin pedirlo, en el ejército; él mismo reconocía sus limitadas cualidades cas- trenses. Antes de Rocroi escribía al rey: «Pruebe V.M. cuanto quiera mi voluntad pero no más mi fortuna». Al inicio de la campaña Melo tenía concentrado su ejército en tres zonas: Artois, Hainaut y Alsacia, él estaba en Bruselas y al empezarla se trasladó a Lille ordenando el desplazamiento de las tropas hacia la frontera con Francia pero sin dejar ver por donde la cruzaría. Su idea era cru- zarla lo más lejos de la zona de Amiens donde sabía se encontraba el duque de Enghien, el futu- ro Gran Condé, con su ejército, espiando los movimientos españoles. Según las maniobras de Melo y de su general Isenburg parecía que los tres cuerpos de ejér- cito pensaban irrumpir en territorio francés entre Guisa y Vervins. El mismo duque de Enghien escribía a su padre: «Los enemigos entrarán en Francia por el lado de Vervins». Pero no fue así. En la noche del 11 de mayo Isenburg giró bruscamente hacia el sur y por la mañana tempra- no estaba a las puertas de Rocroi. Cercó la plaza con tal rapidez que los labriegos salidos al campo ni tiempo tuvieron, al avistar las tropas, de regresar a sus casas y hubieron de refugiarse en Sevigny-la-Foret. El duque de Enghien no perdió tiempo. El 10 de mayo se había puesto en marcha en direc- ción a Peronne intentando averiguar la marcha de su enemigo. Tan pronto supo que los españo- les se dirigían a Rocroi se vino hacia aquí pasando por Guise, Vervins y Aubenton, en una mar- cha contra reloj. El duque necesitaba llegar a Rocroi antes de que los españoles la rindieran, dejaran en ella guarnición y prosiguieran su invasión hacia el sur. El día 18, a media mañana, los sitiadores detectaron la llegada a la zona de la punta de van- guardia enemiga. Los franceses se habían desplazado a tal velocidad que Melo, avisado de su presencia, apenas lo creyó. La altiplanicie de Rocroi tenía zona de bosques y de pantanos. El lado donde estamos nosotros y donde se asentaron las tropas de Melo en espera de intervenir en el asedio, era un ancho rectángulo despejado y seco; más lejos, al oeste o hacia nuestra izquier- da, si miramos a Rocroi: el horizonte quedaba cerrado por un espeso muro de árboles, maleza y fango. Melo estaba seguro de que el enemigo no llegaría por aquella zona aunque puso algunos centinelas. Pero el cinturón de árboles y zona pantanosa tenía una franja elevada de terreno más practicable, al noroeste de Rocroi, por donde hoy están las carreteras a Le Rouilly y Taille- tte. Los franceses entraron por allí y empezaron a organizarse en orden de batalla a la izquierda de donde estamos, a unos cientos de metros de donde estaba Melo. Los españoles quedaban a nuestra derecha. Melo ordenó que las piezas de artillería que apuntaban hacia la plaza dieran media vuelta poniéndose cara al visitante y avisó a Beck, que estaba junto a Château-Regnault, para que viniera rápido. Se dice, quizá con fundamento, que si las tropas españolas hubiesen atacado aquella misma tarde a los franceses —que llegaban cansados, sin organizar y además impresionados por la muerte de su rey Luis XIII, fallecido el día 14 de mayo, noticia que acaban de conocer— el efec- to sorpresa les hubiese llevado a una victoria casi segura. Pero Melo no se atrevió, quizá espe- rando los refuerzos de Beck o temiendo ser atacado por la espalda desde la plaza asediada si precipitaba el ataque. La tarde del día 18 transcurrió en preparativos, cada uno buscando su orden de batalla. Cuando llegó la noche los dos ejércitos quedaron uno frente a otro, separados por la oscuridad y una franja de tierra. Se habían congregado en esta planicie unos 45.000 hombres, la mitad por cada bando, más o menos, aunque las cifras varían según las fuentes. Aquí toda la noche, a campo raso, cubiertos por la humedad pegajosa del lugar, esperando el alba para empezar a matarse. Amaneció. Todo estaba dispuesto. Fontaine que era el maestre de campo general y tenía 66 años, había colocado parte de la caballería en cada ala y en el centro la infantería valona, italia- na y alemana; en segundo escalón, los tercios españoles. Los franceses adoptaron una disposi- ción algo parecida pero más abiertos y colocando en las alas alguna infantería. La caballería francesa se puso en movimiento; el ala derecha conducida por Enghien junto a Gassion se echó contra el ala izquierda española al mando de Alburquerque. Este, al advertir la maniobra, prefirió salir al encuentro. Cada bando relató los inicios de la batalla a su manera. Vincart, comentando la acometida de Alburquerque dice: —«Cerró con tan grandísimo valor con la dicha caballería e infantería francesa que rom- pió la vanguardia de dicha caballería, haciendo abertura en los escuadrones enemigos, de- jando muchísimos franceses caer por muertos y muchos de ellos pidiendo cuartel.» En cambio, el duque de Aumale escribió que: «Al despuntar el día el ala derecha francesa dirigida por el duque de Enghien comienza el combate. Quince escuadrones apoyados por un batallón de infantería derrotan a 1.000 infan- tes escogidos y deshacen la caballería de Flandes». Que cada uno diga lo que le parezca, lo cierto es que la suerte o la habilidad o la buena di- rección de la empresa no acompañó a los españoles. La caballería francesa dislocó sus filas, que pronto quedaron envueltas aisladas y dispersas; era la desbandada y la huida sin saber adónde. Los franceses siguieron aniquilando y avanzando por entre filas dislocadas de gente sin mando, hasta que llegaron a los tercios españoles, bien colocados, que se habían limitado a repeler agre- siones sin recibir instrucciones concretas. Melo viendo la desbandada de gente tuvo la vaga es- peranza de que Beck llegaría con sus refuerzos, y dio orden a los tercios de resistir. Pero Beck, que estaba llegando a Rocroi, al ser advertido por los fugitivos del desastroso giro de la batalla decidió no acudir. Y Melo, comprendiendo que todo estaba perdido, abandonó el campo sin or- denar la retirada de los tercios que se quedaron solos, abandonados a su suerte, luchando con- tra todo el ejército del duque de Enghien. Los Tercios se agruparon, formando un gran rectán- gulo, como fortaleza humana imposible de asaltar. Recibían fuego de artillería, cargas de caba- llería, asaltos de infantería, y las brechas abiertas en las paredes humanas eran cerradas y las filas que sucumbían reemplazadas. Los escuadrones pronto quedaron diezmados o aniquilados, solo el del Sargento Mayor Juan Pérez de Peralta estaba entero y a él se unieron los restos de cada tercio. Enghien, que deseaba rendirlos por miedo a que les llegaran refuerzos, les mandó un trompeta, como pudiera enviar heraldo a un castillo o fortaleza extrañado de que fueran «tan bárbaros que llegaban a extre- mos tales». Y les pidió capitular como en plaza fuerte, respetando sus vidas y cuanto llevaran excepto las armas. Así lo hicieron. No tenían otra salida. Eran las diez de la mañana del 19 de mayo. Dos horas habían estado luchando los tercios, solos, abandonados y seguros de su derro- ta. Fue el sacrificio inútil; inútil, sangriento y heróico. Ningún monumento a la memoria del he- roísmo gratuito; sólo el recuerdo, y algún nombre de lugar como el de Rouge Fontaine. Dicen que después de la batalla tan cubierta de sangre quedó la hondonada que, desde entonces, el pago se llama "Rouge Fontaine". Es todo el recuerdo de los Tercios españoles en este prado. En un recodo del camino, a la izquierda, está la estela en recuerdo de la batalla; más o me- nos por donde los tercios opusieron su tenaz resistencia. Hoy y desde el 1993, fecha que aparece en el suelo empedrado, la borna tiene derecho a estar sobre alto pedestal y rodeada de arboles; antes estaba clavada en tierra y sin la compañía del camino; estaba perdida y olvidada, tan olvi- dada como los que murieron en su alrededor. Tiene cuatro caras, cada una con una inscripción: 1.—"Victoire du duc d'Enghien sur les espagnols". 2.—"Champ de bataille de Rocroi". 3.—"1922", año en que fue eregida la estela, el 6 de agosto, en presencia del príncipe Sixto de Borbón. Y 4.—"19 mai 1643". Aquí, en este lugar, es donde, aproximadamente, se acercaron los oficiales españoles acep- tando la capitulación. Entre ellos vendría el sargento mayor Juan Pérez de Peralta, un héroe de la batalla, un desconocido. Y aquí sería donde preguntaron a los españoles, si la frase es cierta: —«¿Cuántos érais?». —«Contad los muertos y los prisioneros». Los tercios de Rocroi se rehicieron; alguno había quedado casi por completo aniquilado, co- mo el mandado por el conde de Villalba que tantas bajas tuvo que lo llamarían, en lo sucesivo, "Tercio de la Sangre". Hoy sigue vivo, es el Regimiento de Soria. COMENTARIO: En relación con el texto precedente, lamento concluir que se aleja notablemente del decurso de los hechos actualmente conocidos. Hoy sabemos mucho más sobre el desarrollo de aquella batalla gracias a la exhumación de documentos españoles y franceses nunca antes utilizados, testados con otros testimonios contemporáneos (Alburquerque, Pellicer, Novoa, Sirot, Montbas ..., etc). Si tiene oportunidad, lea los extensos artículos que he publicado sobre el tema en la re- vista Researching & Dragona, donde hallará una amplia inspección de las fuentes que nos per- mitieron identificar y descorrer el mito de Rocroi, en realidad un montaje propagandístico francés que logró instalarse en la Historia por la parcialidad y falta de rigor con que la batalla ha sido estudiada hasta el presente, incluyendo la última inspección de Juan Carlos Losada en Batallas decisivas de la Historia de España (Madrid, Santillana, 2004), la enésima persona que ha escrito sobre la batalla sin saber lo que dice ni por qué lo dice. El duque de Aumale escribió sobre su familia, expulsada de Francia, para reivindicar su re- greso a Francia, que finalmente consiguió, aunque hubo de ceder al estado el palacio de Chan- tilly, rehabilitado a sus expensas. En realidad, nunca se propuso investigar la batalla, para cuyo desarrollo se basó exclusivamente en las relaciones coetáneas francesas, compuestas por un equipo de redactores proclives a la familia Condé que encabezó La Moussaie, ayudante de cam- po y compañero de juegos infantiles del duque de Enghien. Aquellos relatos, publicados en la Gaceta de Francia, el Mercure, panfletos y hojas volanderas son absolutamente falaces porque pretendieron y consiguieron transformar una batalla intrascendente y de consecuencias irrele- vantes (la pérdida de Thionville), en una gran victoria militar que consiguió estabilizar a la bal- buceante regencia y retrasar seis años el comienzo de la Fronda. Usted ha advertido ya que, so- bre el desarrollo del combate, cada parte dice una cosa. Una evocación turística puede perfec- tamente aludir a estas discrepancias de parte, pero la misión del historiador no puede limitarse a constatarlas sino que debe profundizar en las divergencias y resolverlas. El texto de Vincart es más fiel con la secuencia de los hechos, pero también es parcial. Como secretario de Melo (uno de los cinco que trabajaban para el gobernador), su relato no puede transmitir que éste hubiera abandonado la lucha más que hacia el final de la misma; además, no fue testigo ocular y precí- samente el desenlace del combate aparece ambiguo y poco trabajado en su relato. Pero lo cono- cemos mejor por testimonios de soldados que allí se hallaron, como el canario Francisco Dávila Orejón, que acabó sus dias como gobernador de La Habana, el relato de un soldado del tercio de Garciez que utilizó en sus memorias Matias de Novoa, ayuda de cámara de Felipe IV, o la carta familiar que escribió a sus padres el marqués de Montbas, coronel del aniquilado Regi- ment du Roi de Cavalerie. La fuente pri mordial de la Historia son los documentos originales. Gracias a las cerficaciones de servicios de numerosos soldados aue combatieron en Rocroi, a las revistas militares de aquellos años, a las relaciones de prisioneros que se conservan en Vincen- nes, etc. conocemos hoy mucho mejor lo que en realidad sucedió en aquella batalla, que dista mucho de lo que se dice sobre ella en los textos históricos. Véamosla en suma: Melo nunca tuvo intención de dar la batalla hasta recibir a Beck, a quien necesitaba porque aquel experimentado soldado fué quien le llevó a victoria el año anterior en Honnecourt. Beck llegó ante Rocroi sobre las 8 de la mañana, pero el combate había comenzado 5 horas antes y, para entonces, ya solo resistían dos o tres escuadrones españoles; las demás tropas, que solo tenian órdenes de defenderse, acabaron abandonando el campo de batalla, hacia donde estaba Beck con sus refuerzos. Durante la lucha, el ejército español tuvo la oportunidad de vencer al enemigo cuando las dos alas del ejercito de Condé fueron vencidas y rechazadas, momento en que los franceses comenzaron la retirada a la que se refiere Sirot, el jefe de la retaguardia fran- cesa, en sus memorias. Por cierto, estas son muy fieles a las hechos pero, como no gustaron en Francia, ha sido tildado de desmemoriado y de confundir y trastocar sus recuerdos. Por ejem- plo, reconoció que en el bombardeo nocturno previo a la batalla, los españoles causaron 2.000 bajas al enemigo, algo que todos los historiadores franceses han tratado de refutar, sin apor- tar pruebas y apelando a supuestos ridículos. En cambio, el duque de Alburquerque supo, antes del 15 de junio, que más de 5.000 franceses habían faltado a su muestra general y lo que nosotros sabemos es que Condé tardó un mes en reorganizar su ejército en Guise, «como si hu- biera sido vencido», en palabras de Thédore Yung. Cuando pudo ponerse en marcha hacia Sierck, el ejército que llevaba consigo era muy distinto al que había desplegado frente a los españoles en Rocroi, pero estos detalles no pueden percibirlos más que los estudiosos. Sirot consiguió deshacer uno de los 6 batallones en que, incialmente, estaba desplegada la infantería española, el de Castellví. Otros dos más —uno de los de Garciez y el de Velandia— se- rían también descompuestos, pero los supervivientes se agregaron a los demás, acabando por formar dos escuadrones fuertes que los franceses no lograron abrir, pese a cargarlos 6 veces (Aumale solo reconoce 3). En este punto de la lucha, con el ejército de Condé muy desorganiza- do y menguado (había sufrido más bajas que el de Melo), sin artillería (tomada y clavada en ambas alas por los españoles), y amenazado por la proximidad de Beck, que podía venir al cam- po de batalla en cualquier momento, Condé ofreció capitular a los dos escuadrones españoles: uno la aceptó inmediatamente, bajo la condición de que los superivientes fueran conducidos a Fuenterrabía; pero el otro no. Condé tenía ya que vencer sólamente a un escuadrón y Beck, em- barazado por la marea humana que se le iba uniendo, seguía sin poder obrar. Además los fran- ceses habían conseguido reutilizar dos cañones, como recuerda Sirot, con los cuales comenza- ron a bombardearles. Sólo entonces aceptó capitular el último escuadrón, formado inicialmen- te por el Tercio de Alburquerque —al mando del SgM Pérez de Peralta— al que se habían incor- porado los supervivientes del tercio de Castellví. Pero Condé endureció las condiciones porque ya temía menos a Beck y sólamente les garantizó «el salvo de la vida y sus pertenencias». Los franceses capturaron en Rocroi 3.826 prisioneros (conocemos la cifra exacta, con des- glose de oficiales a partir de sargentos), pero unos 2.000 de ellos fueron entregados en Fuente- rrabia a finales de julio de 1643. En el otoño de dicho año solo quedaban en Francia unos 1.500, que fueron socorridos por el gobierno de Bruselas hasta su intercambio en 1646. Baltasar Mer- cader fue el encargado de pagar sus asistencias, pero sus cuentas revelan que, en realidad, pu- dieron ser hasta un centener menos, ya que algunos lograron evadirse. Novoa dice que los que llegaron a Fuenterrabía se fueron a sus casas; Pellicer que fueron enviados a Cataluña, pero lo cierto es que las revistas del Ejército de Flandes experimentan un incremento de efectivos entre el 7 de noviembre de 1643 y el 1 de julio de 1644. La mayor parte de los capitanes de infantería española que combatieron en Rocroi estaban ya en Flandes antes del otoño de 1643 y casi todos ellos fueron recompensados con el mando de una compañía de caballería. Otro hecho que no puede olvidarse, aunque no lo haya citado nadie, es que Felipe IV no llegó a enviar a Melo los 2.000 españoles comprometidos en junio de 1643, que prometió transferir del Ejército de Ara- gón. Item más, en diciembre de 1643, una escuadrilla de 4 fragatas zarpó de Dunkerque con importantes refuerzos para España, entre ellos el regimiento de caballería (desmontado) de Carlos de Padilla, que había luchado en la batalla. De manera que, lejos de ser reforzado, el Ejército de Flandes —presuntamente aniquilado en Rocroi— pudo incluso permitirse reforzar al que combatía en la Península contra franceses, catalanes y portugueses. El Tercio de Villalba tampoco fue aniquilado en Rocroi; en realidad, ninguno lo fue, siendo el de Castellví el que más bajas sufrió, tanto en oficiales como soldados. Algunas de las tradicio- nes militares españolas suele estar infundadas, siendo la del «Tercio de la Sangre» una de ellas. Tal apelativo lo ganó en la batalla de Les Avins (1635), que los franceses llaman Avein, donde murieron 8 de sus 15 capitanes y los demás cayeron todos prisioneros. En 1643, el tercio tenía 18 compañías, pero aun ignoramos si todas ellas estuvieron presentes en la batalla de Rocroi, dado que 11 compañías aun no identificadas de los 5 tercios españoles quedaron en Cambrai para resguardo de aquella frontera. En todo caso, solo es segura la muerte de uno de sus capitanes en la batalla: Pedro de Porres Vozmediano, aunque también es probable la de Juan de Barbón y Arango, del cual carecemos de noticias posteriores. Los 8 siguientes fueron capturados a lo lar- go de la lucha, aunque dos de ellos lograron escaparse y regresar al Ejército. 1.-Bernadino de Castro (fuente española), pudo escapar. 2.-Luis de Costa (fuente española), pudo escapar. 3.-Pedro Luis Dávila (SHAT no 19) 4.-Francisco de Arbaiza (SHAT no 14), regresó en 1646. 5.-Alonso de Torres (SHAT no 15) 6.-Cristóbal Márquez (SHAT no 13), regresó 1644. 7.-Manuel de León y Sarabia (SHAT no 3), regresó 1646. 8.-Alonso de Sosa (SHAT no 17) Al término de la campaña de 1643, el tercio estaba formado por 8 compañías que contaban 86 oficiales y 643 soldados (729 hombres); pero los siguientes capitanes, que habían combatido en Rocroi, habían sido ya promovidos a capitanes de caballos: 1).-Martin de Zayas y Bazán. 2).-José de Vera y Osorio. 3).-Alvaro de Miranda. 4).-Diego de Goñi Peralta y Fernández, y 5).-Silverio Benavente de Quiñones. Para completar las 18 compañías que tuvo el tercio antes de la batalla, nos faltan: 1).-Maestre de Campo. 2).-Pedro de Sao Paio (Sampayo), y 3).-Andrés Gonzáles de Asarta. Antes de la batalla, el tercio tenía casi 1.400 hombres; de manera que registró unas 550 bajas entre muertos, prisioneros y desertores a lo largo de toda la campaña de 1643, y no sólamente en Rocroi, donde debieron concentrarse la mayor parte. De ellos, unos 350 entre prisioneros y capitulados fueron posteriormente intercambiados; de manera que los muertos y desertores no pudieron exceder de 200, unas cifras que no permiten hablar de aniquilación salvo que no se- pamos lo que decimos. Esto me lleva a enlazar con la tan manida frase de "Contad los muertos", acuñada por los propagandistas franceses, pero tomada del italiano Siri. Vittorio Siri había publicado en 1642 el primer tomo de su «Mercurio overo Historia de' co- rrenti tempi», un trabajo histórico muy sesgado, financiado por los franceses e impreso en Ve- necia bajo menciones de impresión falsas. En dicho libro, tras narrar el combate de Avigliana (10.VII.1630), que los franceses llaman Veillane, inventó una imposible conversación entre el duque de Montmorency y Martin de Aragón, a la sazón maestre de campo del Tercio de Lom- bardía, al que hace prisionero del primero cuando ni siquiera se hallaba en el lugar de los he- chos. Pues bien, interrogado Don Martín sobre cuál era el número de los vencidos, Siri le hizo responder: —«Los de mi nación no saben lo que es retroceder. No hay más que contar los muertos o prisioneros». Aunque explícita, la extensión de la respuesta carecía de la garra y concreción con la que volvería a usarse para Rocroi. Pero el argumento era el mismo, como también la causa eficiente, pues no hay que olvidar que Siri era un agente de la propaganda francesa en Italia y no me ex- trañaría su colaboración con Renaudot en la primera conformación del mito de Rocroi, aunque no la haya investigado aún. La realidad de lo que sucedió en Rocroi es compleja de explicar porque queda muy lejos de lo que se ha venido torpemente admitiendo por una historiografía entregada a las tesis france- sas, basadas en fuentes de orígen panfletario antes que documental. Resulta curioso que, excep- to quien suscribe —perdón por la inmodestia, pero es cierto— nadie haya trabajado las relacio- nes de prisioneros españoles que compusieron los franceses y que aun se conservan (Service Historique de L'Armée de Terre, Vincennes). Sin embargo, cualquier autor da cifras abultadí- simas que nada tienen que ver con la realidad, muy distinta a como suele pintarse. En todo ca- so, le apuntaré un detalle final. En la Edad Moderna, Rocroi constituye un precedente singular porque no hay constancia de una batalla campal resuelta con la capitulación en campo abierto de una parte del ejército rival. He ahí la mayor originalidad táctica de Condé en aquella batalla extraña en la que, como ya denunció el duque de lburquerque, «Melo no dispuso el ejército para luchar sino para mostrarle». Y era cierto. Su despliegue no estuvo enfocado a plantear un combate, ni los escuadrones tenían la compactación necesaria para hacerlo; de hecho, inicial- mente tenían la mitad del tamaño que generalmente utilizaba la infantería del Ejército de Flan- des. Sólamente cuando, dado el cariz de la lucha, los tercios españoles se unieron para formar escuadrones fuertes, fueron capaces de oponer una resistencia eficaz a los franceses, hasta el punto que éstos fueron incapaces de deshacerlos. Condé ganó la batalla a costa de pérdidas su- periores, hecho que se negaría e invertiría, pero so supo vencer en ella. La suya fue una victoria pírrica que la Regencia necesitaba resplandeciente y acabó lográndolo. De manera que Renau- dot, Siri, La Moussaie y otros propagandistas fueron los verdaderos vencedores de Rocroi; pero en la lucha, la infantería española no pudo ser vencida. Lo anterior no significa que quiera aferrarme a otro mito: el de la invencibilidad de los ter- cios españoles. Casi cien años antes que en Rocroi, esos tercios ya fueron duramente batidos en Ceresole Alba (15.IV.1544) y basta recordar los nombres de Djerba (1560), Heiligerlee (1568), La Goleta (1574), Fontaine Française (1595), Turnhout (1597), Las Dunas (1600), etc. etc., para percibir que numerosas y frecuentes derrotas se entreveran con otras tantas victorias en aquel glorioso pasado historiobélico. Lo que la propaganda francesa consiguió enterrar en Rocroi es que su infantería no estaba aun madura para arrebatar a la española la supremacía en los cam- pos de batalla, como tampoco habían logrado los suecos 9 años antes en Nordlingen. El escua- drón erizado de picas bien servidas seguía bastándose para detener las cargas de la caballería e infantería, incluso atacado por los 4 costados, guste o no a los teóricos de la "Revolución militar moderna", entregados a juguetonas especulaciones antes que a la árdua tarea de documentar sus tesis. Pero la Historia tiene mucho más que ver con la matemática o con la música de lo que generalmente aceptamos. También tiene su lenguaje específico, que procede del análisis tesi- tual, su prueba del 9 y hasta sonidos acordes o chirriantes. Es cierto que cualquiera puede entender sus signos pero interpretarlos rigurosamente es otra empresa. Como en matemáticas, también hay mucha gente capaz de perderse en el limbo. Juan L. SANCHEZ. |
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| Rocroi, en las Ardenas, conserva prácticamente la misma fisonomía que tenía en el siglo XVII, aunque sus fortificaciones fueron mejoradas por Vauban tras la devolución de la plaza a Francia en virtud del Tratado de los Pirineos (1659). Los españoles la habían tomado en 1653, diez años después de la famosa batalla. |
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| Despliegue de la batalla de Rocroi en uno de los medallones del gran lienzo de Sauveur Le Comte para la galería de las batallas del Palacio de Chantilly. |
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| La iglesia de Sévigny-la-Forêt, municipio donde se halla el pequeño munumento o estela que rememora la batalla (abajo) |
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| Un ejemplo típico de pintura glorificante es el cuadro que François Joseph Heim (1787-1865), ejecutó casi dos siglos después de la batalla (1834) para el Museo de Versalles. El duque de Enghien, montando un inmaculado caballo blanco, aparece en el punto donde convergen las líneas de fuga de los implorantes soldados españoles y los corceles que caracolean a la derecha. Más que realizado para una galería histórica parece re- producir los móviles propagan- dísticos de una guerra entonces bicentenariamente periclitada. La pose de los infantes españoles, literalmente echados a los cascos del caballo del general enemigo, ofende gravemente a la verdad histórica y no rinde justicia a quie- nes, mirando siempre a la muerte de cara, ganaron su derecho a vivir, reconocido en su tiempo mediante una capitulación entonces sin precedentes, así como una honra imperecedera que trasciende todas las con- tingencias de aquel hecho his- tórico, inclusas su significación y consecuencias. |
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| Dos documentos que forman parte de la completa relación conservada sobre los prisioneros españoles tomados en Ro- croi. Aparte las dificultades inherentes al reconocimiento de una caligrafía apresurada, es preciso salvar los frecuentes errores de transcripción de los apellidos castellanos. Así, "Joseph en douze" es José de Andueza; "François de St. André", Francisco de Santader y "Vitort de Gouuara, castillan de Cigonia", responde a Victor de Guevara, castellano de Segovia. Una transcripción muy curiosa, aunque relativa a la naturaleza de uno de los prisioneros es Cuida la Cara, que en realidad alude a la capital de la Alcarria, Guadalajara. |
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| Francisco de Melo de Braganza (Estremoz, 1597 - Madrid, 1651), I conde de Asumar (1636), en Portugal, y I marqués de Vellisca (1646), en España, que sus su- cesores llamaron Villescas. Fue embajador ante el duque de Saboya (1632), las repúblicas de Lucca y Florencia (1633-36) y el Emperador (1638); luego, virrey de Sicilia (1639-41), de donde pasó a Flandes tras asistir como plenipo- tenciario a la Dieta de Ratisbona. Carecía de experiencia militar, pero logró recuperar las plazas fuertes de Aire (1641), Lens (1642) y La Bassée (1642), antes de de- rrotar completamente al mariscal de Guiche en Honnecourt (26.V.1642), donde los franceses perdieron 4.000 muertos y 3.500 prisioneros. Pero debía aquellos éxitos a la experiencia de Jean de Beck, que la víspera de la batalla se hallaba al mando de otro cuerpo de ejército (5.000 hombres), 26 Km. al E. de Rocroi. Melo decidió avisarle y aguardarle antes de dar la batalla, pero desplegó torpe- mente y antes fue atacado y ven- cido por el duque de Enghien. Pese a sus notables carencias, recibió en 1647 el mando del Ejército de Cataluña, pero se le privó del mismo tras la caída de Tortosa (14.VII.1648) y se retiró a la Corte, donde moriría rico por sus latrocinios en Aragón. |
| Henri-Eugène d'Orleans (1822-1897), duque de Aumale, en un retrato de F. Winterhalter. Cuarto hijo del rey Luis Felipe I de Francia (1830-1848), fue estu- diante aventajado y militar dis- tinguido en Algeria, de la que fue gobernador hasta la revolución de 1848, que expulsó a su familia de Francia. Exiliado en Londres, consiguió regresar a Francia en 1871, tras el desastre de Sedán, recuperando su empleo de general de división; llegaría a ser inspector general del Ejército, miembro de las academias Francesa (1871), de Bellas Artes (1880) y de Ciencias Morales y Políticas (1880), ésta última tras volver de un segundo exilio (1886-89) que le obligó a donar al Instituto de Francia el palacio de Chantilly , restaurado y embellecido a su costa. Durante su primer exilio comenzó a interesarse por la Historia y, desde 1863, publicó su vasta obra "Histoire des Princes de Condé aux XVIe et XVIIe siècles", en 7 volúmenes, el último de los cuales aparecería en 1896, poco antes de su muerte. Su relato sobre la batalla de Ro- croi (tomo IV) es de corte pane- girista y solo dos de las exiguas siete notas explicativas invocan a una fuente. No obstante, para Lon- chay, célebre historiador belga, constituía no sólamente el trabajo definitivo sobre la batalla sino la obra maestra del relato de bata- llas. Ha transcurrido poco mas de un siglo y, sin embargo, parece que estemos a años luz de aquella forma de hacer Historia militar. La informática, la consulta telemática de libros y artículos, los archivos digitalizados fácilmente discri- minables, las fichas o notas in- vocables desde cualquier parte del registro, etc, son herramientas que nos distancian tanto de aquel pasado como el teléfono celular del telégrafo o el jet del globo aerostático. Aparte de la elevación de su discurso, el duque de Aumale no revela sino una servil sumisión a La Moussaie, ya descalificado por Michelet. Cita a Vincart en una nota, cuando es evidente que le ignora en todo el texto, pero sobre todo novela; es decir, fabula he- chos y situaciones. Como el desa- lojo de los arcabuceros desple- gados en el sotillo por un ataque combinado de infantería y caba- llería antes del comienzo de la ba- talla, cuando las fuentes son uná- nimes al declarar con dicha acción el comienzo de la batalla; o el des- piste de los jinetes españoles que van a dar contra el regimiento de Picardie, una información que sólo él sabrá como la obtuvo y que no parece estar en ninguna parte. Quizá en tiempos del duque de Au- male bastara el prestigio o la auto- ridad personal para referir algo inédito o inaudito sin apelar al so- porte documental que lo autoriza, pero ahora las cosas son distintas; sobre todo, porque la documenta- ción original que manejamos abrumaría a cualquier historiador no informatizado. Los servicios de oficiales y soldados que comba- tieron en Rocroi, certificados por superiores que los presenciaron, conforman un conocimiento de los hechos acaecidos que excede no- tablemente el que llegaron a tener los mismos protagonistas en su tiempo. Documentalmente ha- blando vivimos en un mundo panglosiano; sin embargo, cada vez se publican más textos absolu- tamente vituperables y procaces porque su nivel de investigación es inversamente proporcional al que nos permiten los actuales medios. |