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| ESTUDIOS HISTORIOBÉLICOS. EDICIÓN DIGITAL |
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| LA DEFENSA DE LOS DOMINIOS ESPAÑOLES DE LA CASA DE AUSTRIA, DE CERIÑOLA A ROCROI. |
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| En noviembre de 1759, es decir, justo un siglo después de la Paz de los Pirineos, la flota británica derrotó a la francesa en la bahía de Quiberon, en una batalla más conocida por el nombre de les Cardinaux. Apenas una semana después, la prensa londinense comenzó a hablar de annus mirabilis (año de los milagros), rescatando una acuñación casi centenaria que había quedado como expresión de alivio por la superación del incendio y la peste de Londres de 1666. Pero su senti- do era diferente, ya no de alivio sino de hervor patrótico, pues festejaba la serie de victorias británicas de aquel año sobre los franceses en las batallas de Minden, Lagos y Quiberon, asi como las conquistas de Quebec y de la isla de Guadulupe. También la historia militar española tiene su annus mirabilis, aunque como re- sultado de una inferencia de John Elliott para su estudio sobre el Conde Duque. El conocido hispanista halló el paralelismo con el caso británico en otra serie de cinco victorias españolas alcanzadas en 1625 sobre los holandeses (toma de Bre - da, reconquista de Salvador de Bahía y defensa de Puerto Rico), los ingleses (de- fensa de Cádiz) y los franceses (socorro de Génova). Sin embargo, aquel ramillete de marciales lustres palidecería de haberse contrastado con los alcanzados en 1652, nueve después de Rocroi, cuando se tomaron Barcelona, cabeza entonces de la sublevación catalana; Gravelines y Dunkerque en Flandes, o Aumont, Chau- nu y Vervins, en Picardía, preludio de la conquista de Rocroi del año siguiente. Además, en Italia, el Marqués de Caracena lograría el mismo año reducir a Casa- le Monferrato, la gran fortaleza ante la cual habían fracasado en el último cuarto de siglo Ambrosio Spinola, Gonzalo Fernández de Córdoba —el de Fleurus, no el de Ceriñola— y el marqués de Leganés. La historiografía francesa clásica ha venido propugnado que el orígen monocau- salista de tales éxitos, reputados de efímeros, había que buscarlo en la la revuel- ta frondista, sofocada en 1653, cuando lo cierto es que se prolongaron temporal- mente hasta que Juan de Austria y Condé aniquilaron ante Valenciennes al ejér- cito de la Ferté (17.VII.1656), pudiendo Turenne escapar a duras penas. Un gran lienzo de Teniers en el Museo de Amberes, no lejos de donde estuvo emplazada la antigua ciudadela, inmortaliza aquella gesta. Francia solo pudo darle la vuelta al curso de la guerra con la ayuda británica, a raiz de su alianza con Cromwell. La armada inglesa capturó parte de nuestra flota de la plata en 1656 y evitó que la de 1657 llegara a las arcas del rey bloqueándola en Santa Cruz de Tenerife; además, su actuación en la batalla de las Dunas de Dunkerque (14.VI.1658), bombardean- do desde el mar a nuestras tropas,fue esencial para impedir el socorro de la plaza. No fueron las pérdidas de Dunkerque y de Valenza las que sellaron la suerte de una larga guerra (1635-1658) que tuvo notables y variadas alternativas y que dis- curría mucho peor para nuestras armas apenas un decenio atrás, sino la falta de recursos para proseguirla lo que condujo a la Paz de los Pirineos. Aparte la larga pervivencia de una causalidad tan inconsistente, sorprende también que se origi- nara —bien que dos siglos después de los hechos— en la misma Francia que ha- bía alentado las rebeliones de Cataluña, Portugal y Nápoles. ¿Cómo podía obviar- se que primero el Parlamento de Paris y luego la regencia enviaran emisarios de paz a Madrid, o el que igualmente facilitaran salvoconductos para que los repre- sentantes flamencos atravesaran, en plena guerra, el territorio galo? Aquella paz se frustró por las exageradas pretensiones de la diplomacia española al tratar de imponer a Luis XIV su perdón a Condé, entonces aliado de España, lo que parece denotar un exceso de confianza en la solución de la guerra por la vía militar. Fue un error de cálculo. No se contó con que Inglaterra pudiera desequilibrar la rela- ción de fuerzas porque el Lord protector tenía problemas internos en los que en- frascarse y Francia cobijaba a los hijos del decapitado Carlos I, aunque poco tar- daría en expulsarles para echarse en brazos de su verdugo. No me extenderé más con esta digresión que solo pretende llamar su atención sobre un hecho tan ma- nido como a mi juicio controvertido y que me atrevo a reputar de infundado tras haberlo desmenuzarlo monográficamente: que Rocroi fuera la tumba de la infan- tería española o que en aquel envite cambiara de manos la hegemonía militar eu- ropea. Julio Albi, que no llegó a cuestionar la magnitud de la derrota, al menos advertía que la orillaban dos victorias tan incuestionables como los franceses re- putaban la suya: Honnecourt, en Picardía, un año antes (26.V.1642), y Tuttlingen, en Alsacia (23.XI.1643), apenas unos meses después. En la primera el vencedor fue todo el ejército vencido ante Rocroi, pero en la segunda bastó sólamente una fracción de aquel, el ala derecha de Isenburg, que herido de gravedad en Rocroi cedió su mando a Caspar von Mercy,el vencedor de Tuttlingen, a quien suele con- fundirse con su hermano Franz,feldmarschall imperial.Es costumbre atribuir es- ta victoria al ejército imperial, cuando el protagonista no fue otro que el Ejército de Alsacia (1633-48), pagado por el rey de España y fiscalizado desde Milán, igno- to históricamente hasta su descubrimiento por D. Quintin Aldea, bibliotecario de la RAHE. Cierto que también cooperaron las exiguas tropas del Duque de Lorena, subsidiado por España, pero todas las unidades que intervinieron en la derrota de Rantzau,incluso las del Duque,permanecerían en la nómina de Felipe IV hasta su licenciamiento en 1659-60. Definitivamente, no parece que Rocroi tenga el peso preciso para desequilibrar el fiel de la balanza de la hegemonía militar europea; si acaso, para aliviar el sobrepeso de uno de los platillos. No cuestionaré que en 1667, cuando Luis XIV rompió arteramente la paz firmada y jurada, principiando la Guerra de Devolución, la inversión de los platillos; es decir, la irrupción fran- cesa como nueva potencia hegemónica se había producido ya; pero el rey Sol ha- bía dispuesto de 9 años de paz para prepararla —su fase larvaria— mientras que España había agotado hombres y recursos en una guerra contra Portugal que a los lusos les hubiera resultado muy difícil sostener sin la considerable ayuda ma- terial y militar franco-inglesa. Por cierto, no era ya Cromwell quien regía los des- tinos de Inglaterra sino Carlos II, acogido en los Países Bajos españoles tan pron- to como fué expulsado de Francia. Claro que, para remover cualquier problema de conciencia o gratitud, el Braganza puso de por medio hija dotada con Tánger y Bombay, junto a privilegios comerciales en la trata de negros con Brasil y las ex- portaciones de vinos de Oporto. No dudo que nuestra diplomacia podría haber ofrecido tanto o más, pero de nuevo se echó sobre el ejército la responsabilidad de la solución militar ignorándose que también Francia, todo lo subrepticiamen- te que pudiera, se implicaría en obstaculizar. Al abordar ya el tema de la disertación, debemos salvar un fortuito anacronismo. Ceriñola (1501), precede en 17 años a la jura de Carlos I, el primer Austria, como rey de Castilla y de Aragón, que ya recibió de su predecesor Fernando —como re- gente por Juana la loca—una monarquía unificada, extensiva a toda la península excepto Portugal, desde la anexión de Navarra en 1512. De hecho, la maquinaria bélica levantada por los Reyes Católicos para la conquista de Granada, mostró su eficacia en muy diferentes escenarios: —En la defensa militar del Rosellón y la Cerdaña (1495-99), que Carlos VIII ha- bía restituído a la Corona de Aragón por el Tratado de Barcelona de 1493. —En el afianzamiento aragonés en Nápoles, tras expulsar de allí a los franceses en 1496 y en 1503. —En las conquistas norteafricanas de Melilla (1493), Mazalquivir (1505), el Pe - ñón de los Velez (1508), Oran (1509), Bujía, el Peñón de Argel y Trípoli (1510). —En la rápida anexión de Navarra por el Duque de Alba (1512), ratificada por Luis XII de Francia el año siguiente. También se habia intervenido militarmente en Italia a favor de los Médici de Flo- rencia y del depuesto Sforza en Milán (Novara, 1513), aunque el segundo fuera enseguida despojado de su estado lombardo por Francisco I, recien exaltado al trono francés (1515). La España que recibía el primer Austria era por primera vez una unidad dinástica y tambien territorial, independientemente de los derechos reconocidos y jurados por los fueros de sus diferentes reinos. Estaba sólidamente asentada en el N. de Africa y el S. de Italia, donde ya había comenzado a actuar como árbitro político, de acuerdo con los dictados del Papado. Por el apoyo prestado a Julio II en la Li- ga que éste organizó contra Francia, el ejército de Ramón de Cardona, virrey de Nápoles, fue vencido en Rávena (11.IV.1512) por Gastón de Foix, cuya muerte en la batalla permitió a su cuñado Fernando el Católico reclamar la sucesión del rei- no navarro. Rávena no era la primera derrota que sufrían las tropas españolas tras la conquistas de Granada. Anteriormente, el Gran Capitán había sido vencido en la primera batalla de Seminara (1495), y Garcia de Toledo en Djerba o los Gel- ves (1510), pero ninguna de las tres tuvieron consecuencias decisivas porque pu- do preservarse el núcleo del ejército, el contingente español. En los dos primeros casos, los generales vencidos dieron la vuelta a la situación en menos de un año, expulsando a los franceses de Nápoles y el Milanesado respectivamente. Ahora bien, mientras que Ceriñola había sido un enfrentamientos de corte defensivo, donde la elección del terreno jugó un papel determinante, mismo efecto que tu- vo en Garellano (28.XII.1503) el asalto sorpresivo al real enemigo, Rávena se dio en campo abierto, con la infantería desplegada en los tres gruesos escuadrones que durante años sería la formación clásica entre ejércitos enfrentados, ya sin ba- llestas.Debe de llamar nuestra atención por el hecho de que las picas y arcabuces españoles fueran cruciales en la preservación del ejército —como en Rocroi— al desbaratar las cargas de la infantería y gendarmería gala.El paralelismo ya fue ad- vertido por Quatrefages, si bien —y a mi juicio— bajo una formulación algo desa- justada. Cito literalmente:«Ravena y Rocroi, en este orden, entrada y salida de la escena militar de una gloriosa infantería».De haber aplicado al caso de Rocroi el mismo herramental que le permitió estimar la cifra de bajas que costó la toma de Orán en 1510; esto es, la comparación de muestras consecutivas del ejército, creo que hubiera sido más cauto, aunque tal empeño no constituía el objetivo de su inspección.Yo no solo me tomé el trabajo de hacerlo, sino que logré identificar a los 95 capitanes de infantería española presentes en la batalla, de los cuales só- lamente murieron 16 frente a los 45 del enemigo. Cierto que perecieron algunos más de las restantes nacionalidades a sueldo del rey de España, pero también lo es que sobre aquel acontecimiento bélico corren todavía demasiadas exageracio- nes, salvo quizá una de las escasas reminiscencias de un testigo y actor en la jor- nada:el duque de Alburquerque, al cual cito también textualmente:«De cada diez muertos, seis fueron franceses». Volviendo atras sobre Rávena, lo cierto es que el escuadrón híbrido de picas y bo- cas de fuego, el despliegue táctico que presidirá la época de los tercios, estaba ya listo para el asalto a la supremacía militar en el campo de batalla, todavía nomi- nalmente en poder de los piqueros cantonales helvéticos, cuyo ocaso se puso de manifiesto en Marignano (13.IX.1515), la batalla que permitió a Francisco I des - pojar al duque Maximiliano Sforza del Milanesado. Cuando Carlos I vino a España para ser jurado por las cortes de sus reinos, pudo pregonar ante los diputados reunidos en Zaragoza que estaba en paz con toda Eu- ropa (Portugal, Francia, e Inglaterra), en sintonía con el Papado y que solo solici- taba a sus súbditos contribuciones para luchar contra los turcos, enemigos de la Cristiandad. El rival era temible, sin duda. En 1516, Selim I, conquistaba Siria y en la gran mezquita de Alepo se hacía proclamar califa de todos los creyentes del Islam; poco después, se apoderaba de Arabia, Palestina y Egipto (1518), amplian- do el dominio otomano sobre 4 millones de kms. cuadrados —repartidos casi por igual entre Europa y Asia y medio millón en Africa— y una población estimada en más de 60 millones de seres. La de España no llegaba a los 7 y Francia tenia unos 18. No erraba Carlos I al identificar a éste formidable enemigo que, bajo Solimán triplicaría su extensión, sobre todo en Asia y Africa, aunque también absorvió ca- si enteramente al antiguo reino centro-europeo de Hungría, curiosamente omiti- do por el Emperador siendo su hermana María reina consorte del mismo y cuya defensa —al menos la parte que sobrevivió al desastre de Mohacs (1525)— cons- tituiría una de las prioridades de su política imperial. No en balde su hermano Fernando se tituló igualmente rey de Hungría y para sostener aquella frontera se formó en 1531 la primera unidad de infantería de carácter permanente en nues- tra historia militar; es decir, el primer tercio que llevó tal nombre (ver Sarmiento y Ripalda), concebido en principio como fuerza de intervención rápida en el exte- rior. De ahí que sus primeras actuaciones tuvieran por escenario Hungría (1532), Koroni (1533-34), Túnez (1535), Provenza (1536), Saboya (1537-38) o Castilnovo de Esclavonia (1538). Posteriormente servirían otros dos en Hungría entre 1545- 55, coadyuvando a la preservación de aquel territorio al que Solimán tuvo siem- pre en su mira y donde precisasamente moriría. Tampoco previó Carlos que, durante su reinado y el de sus sucesores, Francia lle- garía a ser un enemigo aun más enconado que los turcos, con quienes sellaron u- na alianza que aun renovaría Luis XIV. Alianza mal vista y peor entendida en su tiempo, pero que respondía nuevamente a intereses nacionales. Salvo algunos ca- balleros jerosolimitanos, los franceses no tuvieron que combatir a los turcos aho- rrándose la sangría que le supuso a España su papel de adalid de la Cristiandad, aunque curiosamente el título de cristianísimos continuara siendo patrimonio de los reyes de Francia hasta la extinción de su monarquía. No solo fueron nuestros Austrias paladines de la religión, sino también de una ortodoxia, la romana, que les impulsaría a luchar contra un nuevo enemigo, esta vez supranacional: el mo- vimiento reformista, prontamente reputado de herejía independientemente de su amplia difusión en el N. de Europa, el S.R.I., Francia o Flandes, lo que tampoco e- vitó luchas contra el Papado en el siglo XVI (Clemente VII y Paulo IV), ni la hos- tilidad de Urbano VIII (1623-44),proclive a una Francia aliada sucesivamente con todos los enemigos de la iglesia romana, fueran turcos, protestantes alemanes, daneses y suecos o ingleses, los primeros en separarse de su seno por aquel Enri- que VIII, tío del Emperador, el mismo a quien antes se había proclamado como defensor de la fe católica. Ni la política ni la diplomacia francesa apreciaban con- tradicción ni rubor tratándose de la preservación del interés nacional, la recupe - ración de sus antiguas fronteras, en tanto que la carolina estuvo más mediatizada o comprometida con la del Sacro Imperio Romano y la de los Austrias menores parecía no tener más aliento que la salvaguarda de la reputación. Seguidamente repasaremos los diferentes coflictos bélicos que sostuvieron los Hasburgo espa - ñoles a lo largo de los 122 años que median entre la guerra de Navarra (1521) y Rocroi (1643), un período caracterizado por la incontestable supremacía militar de sus ejércitos, interesando más que sus causas o consecuencias el repaso de los hitos bélicos que se produjeron en los distintos frentes,que agruparemos en 5 es- pacios geográficos: Italia, la frontera otomana, el Imperio, Flandes y Francia. Lo que menos podía imaginar el jóven rey en sus distintas juras (1618-19) es que el primer conflicto de su reinado se produciría con sus propios súbditos, hallán- dose ya en Alemania para su coronación imperial, dignidad electiva en la que su- cedió a su abuelo Maximiliano (1520), imponiéndose sobre otro candidato, Fran- cisco I de Francia, que pronto se tornaría en su más encarnizado rival. Mientras tanto, en España, el creciente descontento por las medidas fiscales votadas en La Coruña para sufragar la coronación abocó en dos revueltas casi simultáneas, am- bas populares (1520-22): las Germanías del reino de Valencia y las Comunidades de Castilla. Aprovechando tanto la ausencia del emperador como sus problemas internos, Francisco I invadió Navarra con un ejército al mando de André de Foix, señor de Lesparrou, que tras rendir la fortaleza de San Juan de Pie de Puerto (15. V.1521) y con la colaboración del partido agramontés, conquistó el reino en dos semanas, jurándose por rey a Enrique II Albret (o Labrit). Después decidió atacar Logroño, que sitió del 5 al 16 de junio, aunque hubo de retirarse al acudir a soco- correrla el Condestable de Castilla, que le derrotó en la batalla de Noain, a la vis- ta de Pamplona (30.VI.1521),donde entró el dia siguiente.Aun no se habían some- tido algunas villas y castillos agramonteses cuando otro ejército francés, al man- do del almirante Bonnivet, tras apoderarse del castillo de Behovia, puso cerco a Fuenterrabía (6.X.1521), que capituló el 18 tras rechazar tres asaltos del sitiador. Hasta el 1 de febrero de 1523 no pudo el Condestable plantar su ejército frente a la ciudad, que bloqueó hasta su capitulación (5.III.1524). [De nuevo, en la biogra- fía de Francisco Sarmiento, hallará el interesado un relato más extenso de los he- hos que abrieron la primera guerra contra Francia]. A) GUERRAS EN LA PENINSULA ITALIANA. Aunque la primera guerra defensiva de los dominios españoles de la casa de Aus- tria se dio España, alcanzó también a la península italiana, donde las tropas espa- ñolas tomaron la iniciativa y expulsaron a los franceses del Milanesado, que ocu- paban desde 1515. Los momentos culminantes del primer enfrentamiento arma- do entre el Emperador y Francisco I, a veces llamado Guerra de los Cinco Años (1521-25), fueron: la ruptura de las defensas francesas en Vaprio, junto al río Adda (8.XI.1521), anticipando el método que se emplearía después en Mülhberg (1547); la toma de Milán (19.XI.1521), aunque el castillo permanecería en manos francesas hasta el 14.IV.1523. Al intentar recobrarla Lautrec, fue completamente vencido en la batalla de Bicocca (27.IV.1522), a la vista de la capital lombarda (de hecho, hoy uno de sus barrios). La arcabucería española tiroteó a placer a los pi- queros suizos que sufrieron fuertes pérdidas y hubieron de retirarse antes de lle- gar al choque, sustanciando la primacía del arcabuz sobre las picas como arma ofensiva. Fue tan fácil y poco costosa que, desde entonces, el topónimo pasó a ser sustantivo en nuestra lengua, designando a lo que se gana sin esfuerzo. El 17.IX. 1523 otro ejército francés al mando de Bonnivet sitiaba la capital lombarda, que defendió Prospero Colonna. Le socorrió Carlos de Lannoy, virrey de Nápoles; los franceses levantaron el campo (14.XI.1523) y se replegaron sobre Robecco, que fue asaltado, su guarnición casi exterminada y capturado todo el bagaje, armas y caballos (19.I.1524); el 26 de marzo, tras otra pérdida similar en Sartirana Lome- llina, Bonnivet agrupó las reliquias de su ejército en Novara y ordenó la retirada hacia Francia.En la persecución, apenas pasado el Sessia, se trabó combate en el bosque de Rovasenda, donde murió Bayard, héroe francés conocido como “el ca- ballero sin miedo y sin tacha” (30.IV.1524). Para aligerar su paso, los franceses abandonaron la artillería en Bard, que fue transportada a Shantià. El ejército im- perial invadió Provenza, sometiendo a su capital, Aix (30.VII.1523), pero no pudo tomar Marsella, que resistió 38 dias de trinchera abierta (23.VIII-29.IX).Tras em- barcar la artillería en Tolon, tomada previamente, el ejército imperial regresó a Lombardía, amenazada por Francisco I, en tan sólo 23 dias de marcha, proeza co- nocida como «la bella retirada». El rey francés cercó Pavía desde el 24.X.1524, aunque el dia anterior, en San Donato Milanese, al S. de Milan, su vanguardia fue duramente castigada. La heróica defensa de la plaza por Antonio de Leiva y la de- rrota y captura del rey francés en la batalla del 23.II.1525 son sobradamente co - nocidas para insistir sobre ellas. Francisco I, cautivo en Madrid, aceptó las térmi- nos de la paz que le fueron impuestos (14.I.1526). Apenas se vió en libertad, Francisco I denunció el Tratado de Madrid y logró la alianza de ingleses, venecianos, genoveses, el duque de Milán y el Papado, signa- tarios de la Liga de Cognac (2.V.1526), atizada por el Papa Clemente VII. Las ac - ciones más descollantes fueron la defensa de Milan (30.VI – 21.IX.1526), la toma y saco de Roma (5.V.1527-17.II.1528), la caida de Pavía (4.X.1527), tras un mes de cerco por los franceses, que el año siguiente invadieron y ocuparon el reino de Nápoles, excepto la provincia de Calabria y la propia capital, asediada inutilmente por por Lautrec desde el 29.IV. El virrey Hugo de Moncada pereció en el combate naval de Cabo d'Orso, en el golfo de Salerno (28.V.1528),pese a lo cual el Papa re- husó sumarse al asedio y, poco después, Andrea Doria abrazó el partido imperial. El asalto al cuartel francés de Campo Vecchio (28.VIII.1528) puso a los sitiadores en fuga y su capitulación en Aversa les obligó a evacuar el reino. En Lombardía, tras haber resistido dos sitios en Milán, Antonio de Leiva derrotó en la batalla de Landriano a Saint-Pol, que cayó prisionero (6.VI.1529). La paz de Cambrai, llama- da también de las Damas, puso fin a la guerra. (5.VIII.1529). Pese a que el Duque de Milán había militado contra el Emperador, éste le restituyó el gobierno de su estado en noviembre del mismo año. (Para un relato más detallado de estos he - chos, véanse las biografía de Urbina, Ripalda y Grado). © JUAN L. SANCHEZ |
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| El texto reproduce mi disertación, leída el pasado 26.X.2009, en el Curso de Introducción a la Historia militar de España del I.H.C.M. Dada la densidad del tema a tratar, hube de apelar a condesarlo sobre la marcha. En esta versión, los en- laces a otras páginas del sitio per- mitirán al interesado obtener una visión más amplia de los hechos comentados. La mayoría de tales enlaces son de carácter biográfico, por lo que habrá de localizarse en ellos el período o tema tratado. ABAJO: Otro momento de mi intervención en el turno de preguntas. |
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| Retrato de Louis II de Bourbon, príncipe de Condé, más conocido como el «Gran Condé». David Teniers el jóven, el mismo pintor de la liberación de Valenciennes, le retrató con bengala de alto mando y banda blanca, el distintivo francés, pero también pudo haberlo hecho con la roja de los Austrias, a los que sirvió como ya habían hechos sus antepasados parientes el Condes- table de Borbón (que murió en el asalto de Roma, en 1527) o Carlos I, Duque de Aumale, exiliado en Bru- selas desde 1595 y donde murió en 1632. Luis II podía haber seguido sus pasos, pero la diplomacia espa- ñola se empecinó en imponer a Luis XIV su perdón, que equivalía a la recuperación de sus bienes, como años más tarde intentaría la británi- ca (1709) forzar al mismo monarca a que luchara contra su propio nieto, el ya rey de España Felipe V. En nungún caso se avino el Rey Sol, que además de preservar su dig- nidad lograría que Francia saliera airosa de ambos trances. En cuanto a Condé, bastó que personalmente implorara el perdón a quien también llevaba su sangre para que lo ob- tuviera en 1660. |
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| El Peñón de Argel en una cromoli- tografía decimonónica. Originalmen- te consistía en una fortificación eri- gida sobre la isla del extremo iz- quierdo, padrastro que dominaba la ciudad de Argel y su puerto. Su guarnición fue miserablemente a- bandonada a su suerte, pese a que pudo haberse socorrido, lo cual no constituiría una excepción en otros enclaves fronterizos frente a los turcos. Barbarroja lo tomó en 1529 y unió la isla a la plaza mediante un muelle artificial de 250 m de largo x 25 de ancho, erizado de defensas, que aseguró durante tres siglos la plaza y su puerto. |
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| La victoriosa campaña militar de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, el año 1501, fue una de las más dilatadas, tanto en el tiempo como el espacio, de que haya registro en el alborwar de la Edad Moderna. Desde finales de marzo hasta mayo, combatió una sublevación en la Alpujarra, donde tomaría Lanjarón (15.V) y Órgiva, que el rey le dio en señorío. Después embarcó sus tropas en Málaga rumbo a Mesina, donde se reforzó antes de zarpar para el so- corro de Hereklion (entonces la ve- neciana Candía), en la isla de Creta, que logró el 2.X. De regreso a Sici- lia, atacó la isla de Cefalonia, en el Jónico, que los venecianos habían entregado a los turcos en 1485. Tras un duro asedio (8.XI al 24.XII), con- siguió tomar San Giorgio, capital de la isla, que devolvió a la Serenísima. |
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| El Duque de Alburquerque, no es el único protagonista de la batalla de Rocroi que nos pone en anteceden- tes sobra la sangría que padeció el ejército de Condé. Sirot, que mandó la retaguardia francesa, reconoció en sus memorias que solo en el bombardeo artillero nocturno pre- vio a la batalla, sufrieron los suyos 2.000 bajas. Otro testigo francés, el coronel del regimiento Royal Cava- lerie, refirió en una carta a sus pa- dres, que he visto impresa y pu- blicada, la aniquilación de su regi- miento en 15 minutos al cargar so- bre un escuadrón de infantería es- pañola. De los 400 que cargaron, sólamente 40 sobrevivieron. |
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| Solimán el Magnífico, más conocido en Turquía como el Legislador, fue el sultán que más largo tiempo regió los destinos de la Sublime Puerta (1520-1566). Tenía 25 años de edad y ya el primer año de su gobierno conquistó Belgrado (1521) y expul- so de Rodas a los caballeros de San Juan de Jerusalén. Tras derrotar al rey Luis II de Hungría en Mohacs (29.VIII.1526), entró en Buda y ame- nazó a Viena en 1529 y 1532, oca- sión ésta última en que el Empera- dor pudo pavonearse de haberle puesto en fuga "sin calzar una es- puela". Aunque Buda no sería reco- brada hasta 1686 (por cierto, la van- guardia del asalto era española, co- mo rememora una placa en la mura- lla), la situación en aquella frontera mejoró desde 1543, con el concurso de los tercios españoles y la larga guerra otomana contra los persas. Solimán murió precisamente en Hungría, en Szigetvar (5.IX.1566), tratando de elevar con su presencia la moral de sus tropas en aquella frontera, tras el desastre de Malta del año anterior. |
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| Carlos I fue rey de España a los 16 años, aunque no fue jurado como tal hasta los 18, ejerciendo la regencia el Cardenal Cisneros. Ya éste, en 1516, envió una expedición contra Argel al mando de Diego de Vera pa- ra desalojar de la ciudad a Arudj o Aruch Barbarroja, pero D. Diego fue derrotado (30.IX.1516) y tuvo que reembarcar, sufriendo una tempes- tad en la que perdió muchas naves. Tras la muerte de Aruch (1518), Car- los I envió otra expedición contra la misma plaza al mando de Hugo de Moncada, que desembarcó el 16.VIII. 1519. Ante las disensiones con su segundo, ordenó reembarcar a las tropas pero el dia siguiente (24.VIII), de nuevo una tempestad arruinó a su flota, varando muchos navíos sobre la costa argelina. Se dice que Khayr Ad-Din o Jeredin Barbarroja, que había sucedido a su hermano, qedó rico con los despojos. Estos hechos no se incluyen en el texto porque los Barbarrojas eran a la sa- zón aventureros y solo posterior- men te actuaría el segundo al ser- vicio turco .En la pintura, Carlos (centro) aparece junto a su hermano Fernando (izquierda) y apoyando su mano sobre su hermana Leonor, la mayor, que no aparece en nuestro fragmento. |
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| Arriba, la flota turca surta en la pe- queña rada del puerto de Toulon, refugio y base operativa durante años desde donde atacaron encla- ves cristianos. Hay algunas pinturas y aguadas turcas que las rememoran pero ésta de M. Nasuh (¿?-1564) re- produce con mucha fidelidad la de- fensa que aun cierra la Petite Rade por la parte de Malandrier, la Gros- se tour o Tour Royale, cuya cons- trucción ordenó Luis XII a un inge- niero italiano en 1512. No estaba aun concluída, aunque sí artillada, cuan- do los españoles la tomaron en 1523 para utilizar sus cañones contra Mar- sella. Cuando se levantó el sitio so- bre ésta última, la artillería volvió a Tolon pero para ser embarcada so- bre las naves de Hugo de Moncada, cuya muerte se glosa también en el texto. Abajo, el autor ante el foso que la rodea por la parte terrestre, donde se halla la puerta de acceso y el puente levadizo antepuesto. El interior es actualmente visitable, aunque solo en determinados dias de la semana. |
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