ESTUDIOS HISTORIOBÉLICOS. EDICIÓN DIGITAL
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LA DEFENSA DE LOS DOMINIOS ESPAÑOLES DE LA CASA
DE AUSTRIA, DE CERIÑOLA A ROCROI.
En noviembre de 1759, es decir, justo un siglo después de la Paz de los Pirineos,
la flota británica derrotó a la francesa en la bahía de Quiberon, en una batalla  
más conocida por el nombre de
les Cardinaux. Apenas una semana después, la
prensa londinense comenzó a hablar de
annus mirabilis (año de los milagros),
rescatando una acuñación casi centenaria que había quedado como expresión de
alivio por la superación del incendio y la peste de Londres de 1666. Pero su senti-
do era diferente, ya no de alivio sino de hervor patrótico, pues festejaba la serie
de victorias británicas de aquel año sobre los franceses en las batallas de Minden,
Lagos y Quiberon, asi como las conquistas de Quebec y de la isla de Guadulupe.

También la historia militar española tiene su
annus mirabilis, aunque como re-
sultado de una inferencia de John Elliott para su estudio sobre el Conde Duque.  
El conocido hispanista halló el paralelismo con el caso británico en otra serie de
cinco victorias españolas alcanzadas en 1625 sobre los holandeses (toma de Bre -
da, reconquista de Salvador de Bahía y defensa de Puerto Rico), los ingleses (de-
fensa de Cádiz) y los franceses (socorro de Génova). Sin embargo, aquel ramillete
de marciales lustres palidecería de haberse contrastado con los alcanzados en
1652, nueve después de Rocroi, cuando se tomaron Barcelona, cabeza entonces
de la sublevación catalana; Gravelines y Dunkerque en Flandes, o Aumont, Chau-
nu y Vervins, en Picardía, preludio de la conquista de Rocroi del año siguiente.
Además, en Italia, el
Marqués de Caracena lograría el mismo año reducir a Casa-
le Monferrato, la gran fortaleza ante la cual habían fracasado en el último cuarto
de siglo Ambrosio Spinola, Gonzalo Fernández de Córdoba —el de Fleurus, no el
de Ceriñola— y el marqués de Leganés.

La historiografía francesa clásica ha venido propugnado que el orígen monocau-
salista de tales éxitos, reputados de efímeros, había que buscarlo en la  la revuel-
ta frondista, sofocada en 1653, cuando lo cierto es que se prolongaron temporal-
mente hasta que Juan de Austria y Condé aniquilaron ante Valenciennes al ejér-
cito de la Ferté (17.VII.1656), pudiendo Turenne escapar a duras penas. Un gran
lienzo de Teniers en el Museo de Amberes, no lejos de donde estuvo emplazada
la
antigua ciudadela, inmortaliza aquella gesta. Francia solo pudo darle la vuelta
al curso de la guerra con la ayuda británica, a raiz de su alianza con Cromwell. La
armada inglesa capturó parte de nuestra flota de la plata en 1656 y evitó que la de

1657 llegara a las arcas del rey bloqueándola en Santa Cruz de Tenerife; además,
su actuación en la batalla de las Dunas de Dunkerque (14.VI.1658), bombardean
-
do desde el mar a nuestras tropas,fue esencial para impedir el socorro de la plaza.
No fueron las pérdidas de Dunkerque y de Valenza las que sellaron la suerte de
una larga guerra (1635-1658) que tuvo notables y variadas alternativas y que dis
-
curría mucho peor para nuestras armas apenas un decenio atrás, sino la falta de
recursos para proseguirla lo que condujo a la Paz de
los Pirineos. Aparte la larga
pervivencia de una causalidad tan inconsistente, sorprende también que se origi
-
nara —bien que dos siglos después de los hechos— en la misma Francia que ha-
bía alentado las rebeliones de Cataluña, Portugal y Nápoles.  ¿Cómo podía obviar-
se que primero el Parlamento de Paris y luego la regencia enviaran emisarios de
paz a Madrid, o el que  igualmente facilitaran salvoconductos para que los repre
-
sentantes flamencos atravesaran, en plena guerra, el territorio galo? Aquella paz
se frustró por las exageradas pretensiones de la diplomacia española al tratar de
imponer a Luis XIV su perdón a Condé, entonces aliado de España, lo que parece
denotar un exceso de confianza en la solución de la guerra por la
vía militar. Fue
un error de cálculo. No se contó con que Inglaterra pudiera desequilibrar la rela-
ción de fuerzas porque el Lord protector tenía problemas internos en los que en-
frascarse y Francia cobijaba a los hijos del decapitado Carlos I, aunque poco tar-
daría en expulsarles para echarse en brazos de su verdugo. No me extenderé más
con esta digresión que solo pretende llamar su atención sobre un hecho tan ma
-
nido como a mi juicio controvertido y que me atrevo a reputar de infundado tras
haberlo desmenuzarlo monográficamente: que Rocroi fuera la tumba de la infan-
tería española o que en aquel envite cambiara de manos la hegemonía militar eu-
ropea. Julio Albi, que no llegó a cuestionar la magnitud de la derrota, al menos
advertía que la orillaban dos victorias tan incuestionables como los franceses re
-
putaban la suya: Honnecourt, en Picardía, un año antes (26.V.1642), y Tuttlingen,
en Alsacia (23.XI.1643), apenas unos meses después. En la primera el vencedor
fue todo el ejército vencido ante  Rocroi, pero en la segunda
bastó sólamente una
fracción de aquel, el ala derecha de Isenburg,
que herido de gravedad en Rocroi
cedió
su mando a Caspar von Mercy,el vencedor de Tuttlingen, a quien suele con-
fundirse con su hermano Franz,feldmarschall imperial.Es costumbre atribuir es-
ta victoria al ejército imperial, cuando el protagonista no fue otro que el Ejército
de Alsacia (1633-48),
pagado por el rey de España y fiscalizado desde Milán, igno-
to históricamente hasta su descubrimiento por D. Quintin Aldea, bibliotecario de
la RAHE. Cierto que también cooperaron las exiguas tropas del Duque de
Lorena,
subsidiado por España, pero todas las unidades que intervinieron en la derrota de
Rantzau,incluso las del Duque,permanecerían en la nómina de Felipe IV hasta su
licenciamiento en 1659-60. Definitivamente, no parece que Rocroi tenga el peso
preciso para desequilibrar el fiel de la balanza de la hegemonía militar europea;
si acaso, para aliviar el sobrepeso de uno de los platillos.  No cuestionaré que en
1667, cuando Luis XIV rompió arteramente la paz firmada y jurada, principiando
la Guerra de Devolución, la inversión de los platillos; es decir, la  irrupción
fran-
cesa
como nueva potencia hegemónica se había producido ya; pero el rey Sol ha-
bía dispuesto de 9 años de paz para prepararla —su fase larvaria— mientras que  
España había agotado hombres y recursos en una guerra contra Portugal que a
los lusos les hubiera resultado muy difícil sostener sin la considerable ayuda ma
-
terial y militar franco-inglesa. Por cierto, no era ya Cromwell quien regía los des-
tinos de Inglaterra sino Carlos II, acogido en los Países Bajos españoles tan pron-
to como fué expulsado de Francia. Claro que, para remover cualquier problema
de conciencia o gratitud, el Braganza puso de por medio hija dotada con Tánger y
Bombay, junto a privilegios comerciales en la trata de negros con Brasil y las ex
-
portaciones de vinos de Oporto. No dudo que nuestra diplomacia podría haber
ofrecido tanto o más, pero de nuevo se echó sobre el ejército la responsabilidad
de
la solución militar ignorándose que también Francia, todo lo subrepticiamen-
te que pudiera, se implicaría en obstaculizar.

Al abordar ya el tema de la disertación, debemos salvar un fortuito anacronismo.
Ceriñola (1501), precede en 17 años a la jura de Carlos I, el primer Austria, como
rey de Castilla y de Aragón, que ya recibió de su predecesor Fernando —como re-
gente por Juana la loca—una monarquía  unificada, extensiva a toda la península
excepto Portugal, desde la anexión de Navarra en 1512. De hecho, la maquinaria
bélica levantada por los Reyes Católicos para la conquista de Granada, mostró su
eficacia en muy diferentes escenarios:
—En la defensa militar del Rosellón y la Cerdaña (1495-99), que Carlos VIII ha-
bía restituído a la Corona de Aragón por el  Tratado de Barcelona de 1493.
—En el afianzamiento aragonés en Nápoles, tras expulsar de allí a los franceses
en 1496 y en 1503.
—En las conquistas norteafricanas de Melilla (1493), Mazalquivir (1505), el Pe -
ñón de los Velez (1508), Oran (1509),  Bujía, el Peñón de Argel y Trípoli (1510).
—En la rápida anexión de Navarra por el Duque de Alba (1512), ratificada por
Luis XII de Francia el año siguiente.
También se habia intervenido militarmente en Italia a favor de los Médici de Flo-
rencia y del depuesto Sforza en Milán (Novara, 1513), aunque el segundo fuera
enseguida despojado de su estado lombardo por Francisco I, recien exaltado al
trono francés (1515).

La España que recibía el primer Austria era por primera vez una unidad dinástica
y tambien territorial, independientemente de los derechos reconocidos y jurados
por los fueros de sus diferentes reinos. Estaba sólidamente asentada en el N. de
Africa y el S. de Italia, donde ya había comenzado a actuar como árbitro político,
de acuerdo con los dictados del Papado. Por el apoyo prestado a Julio II en la Li-
ga que éste organizó contra Francia, el ejército de Ramón de Cardona, virrey de
Nápoles, fue  vencido en Rávena (11.IV.1512) por Gastón de Foix, cuya muerte en
la batalla permitió a su cuñado Fernando el Católico reclamar la sucesión del rei-
no navarro. Rávena no era la primera derrota que sufrían las tropas españolas
tras la conquistas de Granada. Anteriormente, el Gran Capitán había sido vencido
en la primera batalla de Seminara (1495), y Garcia de Toledo en Djerba o los Gel-
ves (1510), pero ninguna de las tres tuvieron consecuencias decisivas porque  pu-
do preservarse el núcleo del ejército, el contingente español. En los dos primeros
casos, los generales vencidos dieron la vuelta a la situación en menos de un año,
expulsando a los franceses de Nápoles y el Milanesado respectivamente. Ahora
bien, mientras que Ceriñola había sido un enfrentamientos de corte defensivo,
donde la elección del terreno jugó un papel determinante, mismo efecto que tu-
vo en Garellano (28.XII.1503) el asalto sorpresivo al real enemigo, Rávena se dio
en campo abierto, con la infantería desplegada en los tres gruesos escuadrones
que durante años sería la formación clásica entre ejércitos enfrentados, ya sin ba-
llestas.Debe de llamar nuestra atención por el hecho de que las picas y arcabuces
españoles fueran cruciales en la preservación del ejército —como en Rocroi— al
desbaratar las cargas de la infantería y gendarmería gala.El paralelismo ya fue ad-
vertido por Quatrefages, si bien —y a mi juicio— bajo una formulación algo desa-
justada. Cito literalmente:
«Ravena y Rocroi, en este orden, entrada y salida de
la escena militar de una gloriosa infantería».
De haber aplicado al caso de Rocroi
el mismo herramental que le permitió estimar la cifra de bajas que costó la toma
de Orán en 1510; esto es, la comparación de muestras consecutivas del ejército,
creo que hubiera sido más cauto, aunque tal empeño no constituía el objetivo de
su inspección.Yo no solo me tomé el trabajo de hacerlo, sino que logré identificar
a los 95 capitanes de infantería española presentes en la batalla, de los cuales só-
lamente murieron 16 frente a los 45 del enemigo. Cierto que perecieron algunos
más de las restantes nacionalidades a sueldo del rey de España, pero también lo
es que sobre aquel acontecimiento bélico corren todavía demasiadas exageracio-
nes, salvo quizá una de las escasas reminiscencias de un testigo y actor en la jor-
nada:
el duque de Alburquerque, al cual cito también textualmente:«De cada diez
muertos, seis fueron franceses»
.

Volviendo atras sobre Rávena, lo cierto es que el escuadrón híbrido de picas y bo-
cas de fuego, el despliegue táctico que presidirá la época de los tercios, estaba ya
listo para el asalto a la supremacía militar en el campo de batalla, todavía nomi-
nalmente en poder de los piqueros cantonales helvéticos, cuyo ocaso se puso de
manifiesto en Marignano (13.IX.1515), la batalla que permitió a Francisco I des -
pojar al duque Maximiliano Sforza del Milanesado.

Cuando Carlos I vino a España para ser jurado por las cortes de sus reinos, pudo
pregonar ante los diputados reunidos en Zaragoza que estaba en paz con toda Eu-
ropa (Portugal, Francia, e Inglaterra), en sintonía con el Papado y que solo solici-
taba a sus súbditos contribuciones para luchar contra los turcos, enemigos de la
Cristiandad. El rival era temible, sin duda. En 1516, Selim I, conquistaba Siria y
en la gran mezquita de Alepo se hacía proclamar califa de todos los creyentes del
Islam; poco después, se apoderaba de Arabia, Palestina y Egipto (1518), amplian-
do el dominio otomano sobre 4 millones de kms. cuadrados —repartidos casi por
igual entre Europa y Asia y medio millón en Africa— y una población estimada en
más de 60 millones de seres. La de España no llegaba a los 7 y Francia tenia unos
18. No erraba  Carlos I al identificar a éste formidable enemigo que, bajo Solimán
triplicaría su extensión, sobre todo en Asia y Africa, aunque
también absorvió ca-
si enteramente al antiguo reino centro-europeo de Hungría, curiosamente omiti-
do por el Emperador siendo su hermana María reina consorte del mismo y cuya
defensa —al menos la parte que sobrevivió al desastre de Mohacs (1525)— cons-
tituiría una de las prioridades de su política imperial. No en balde su hermano
Fernando se tituló igualmente rey de Hungría y para sostener aquella frontera se
formó
en 1531 la primera unidad de infantería de carácter permanente en nues-
tra historia militar; es decir, el primer tercio que llevó tal nombre (ver
Sarmiento
y
Ripalda), concebido en principio como fuerza de intervención rápida en el exte-
rior. De ahí que sus primeras actuaciones tuvieran por escenario Hungría (1532),
Koroni (1533-34), Túnez (1535), Provenza (1536), Saboya (1537-38) o Castilnovo
de Esclavonia (1538). Posteriormente servirían otros dos en Hungría entre 1545-
55, coadyuvando a la preservación de aquel territorio al que Solimán tuvo siem
-
pre en su mira y donde precisasamente moriría.

Tampoco previó Carlos que, durante su reinado y el de sus sucesores, Francia lle-
garía a ser un enemigo aun más enconado que los turcos, con quienes sellaron u-
na alianza que aun renovaría Luis XIV. Alianza mal vista y peor entendida en su
tiempo, pero que respondía nuevamente a intereses nacionales. Salvo algunos ca-
balleros jerosolimitanos, los franceses no tuvieron que combatir a los turcos aho-
rrándose la sangría que le supuso a España su papel de adalid de la Cristiandad,
aunque curiosamente el título de cristianísimos continuara siendo patrimonio de
los reyes de Francia hasta la extinción de su monarquía. No solo fueron nuestros
Austrias paladines de la religión, sino también de una ortodoxia, la romana, que
les impulsaría a luchar contra un nuevo enemigo, esta vez supranacional: el mo-  
vimiento reformista, prontamente reputado de herejía independientemente de su
amplia difusión en el N. de Europa, el S.R.I., Francia o Flandes, lo que tampoco e-
vitó luchas contra el Papado en el siglo XVI (Clemente VII y Paulo IV), ni la hos-
tilidad de Urbano VIII (1623-44),proclive a una Francia aliada sucesivamente con
todos los enemigos de la iglesia romana, fueran turcos, protestantes alemanes,
daneses y suecos o ingleses, los primeros en separarse de su seno por aquel Enri-
que VIII, tío del Emperador, el mismo a quien antes se había proclamado como
defensor de la fe católica. Ni la pol
ítica ni la diplomacia francesa apreciaban con-
tradicción ni rubor tratándose de la preservación del interés nacional, la recupe -
ración de sus antiguas fronteras, en tanto que la carolina estuvo más mediatizada
o comprometida con la del Sacro Imperio Romano y la de los Austrias menores  
parecía no tener más aliento que la salvaguarda de la reputación. Seguidamente
repasaremos los diferentes coflictos bélicos que sostuvieron los Hasburgo espa -
ñoles a lo largo de los 122 años que median entre la guerra de Navarra (1521) y
Rocroi (1643), un período caracterizado por la incontestable supremacía militar
de sus ejércitos, interesando más que sus causas o consecuencias el repaso de los
hitos bélicos que se produjeron en los distintos frentes,que agruparemos en 5 es-
pacios geográficos: Italia, la frontera otomana, el Imperio, Flandes y Francia.

Lo que menos podía imaginar el jóven rey en sus distintas juras (1618-19) es que
el primer conflicto de su reinado se produciría con sus propios súbditos, hallán-
dose ya en Alemania para su coronación imperial,  dignidad electiva en la que su-
cedió a su abuelo Maximiliano (1520), imponiéndose sobre otro candidato, Fran-
cisco I de Francia,  que pronto se tornaría en su más encarnizado rival. Mientras
tanto, en España, el creciente descontento por las medidas fiscales votadas en La
Coruña para sufragar la coronación abocó en dos revueltas casi simultáneas, am-
bas populares (1520-22): las Germanías del reino de Valencia y  las Comunidades
de Castilla. Aprovechando tanto la ausencia del emperador como sus problemas
internos, Francisco I invadió Navarra  con un ejército al mando de André de Foix,
señor de Lesparrou, que tras rendir la fortaleza de San Juan de Pie de Puerto (15.
V.1521) y con la colaboración del partido agramontés, conquistó el reino en dos
semanas, jurándose por rey a Enrique II Albret (o Labrit). Después decidió atacar
Logroño, que sitió del 5 al 16 de junio, aunque hubo de retirarse al acudir a soco-
correrla el Condestable de Castilla, que le derrotó en la batalla de Noain, a la vis-
ta de Pamplona (30.VI.1521),donde entró el dia siguiente.Aun no se habían some-
tido algunas villas y castillos agramonteses cuando otro ejército francés, al man-
do del almirante Bonnivet, tras apoderarse del castillo de Behovia, puso cerco a
Fuenterrabía (6.X.1521), que capituló el 18 tras rechazar tres asaltos del sitiador.
Hasta el 1 de febrero de 1523 no pudo el Condestable plantar su ejército frente a
la ciudad, que bloqueó hasta su capitulación (5.III.1524). [De nuevo, en la biogra-
fía de
Francisco Sarmiento, hallará el interesado un relato más extenso de los he-
hos que abrieron la primera guerra contra Francia].

A) GUERRAS EN LA PENINSULA ITALIANA.
Aunque la primera guerra defensiva de los dominios españoles de la casa de Aus-
tria se dio España, alcanzó también a la península italiana, donde las tropas espa-
ñolas tomaron la iniciativa y expulsaron a los franceses del Milanesado, que ocu-
paban desde 1515. Los momentos culminantes del primer enfrentamiento arma-
do entre el Emperador y Francisco I, a veces llamado Guerra de los Cinco Años
(1521-25), fueron: la ruptura de las defensas francesas en Vaprio,
junto al río
Adda (8.XI.1521), anticipando el método que se emplearía  después en Mülhberg
(1547); la toma de Milán (19.XI.1521), aunque el castillo permanecería en manos
francesas hasta el 14.IV.1523.  Al intentar recobrarla Lautrec, fue completamente
vencido en la batalla de Bicocca (27.IV.1522), a la vista de la capital lombarda (de
hecho, hoy uno de sus barrios). La arcabucería española tiroteó a placer a los pi-
queros suizos que sufrieron fuertes pérdidas y hubieron de retirarse antes de lle-
gar al choque, sustanciando la primacía del arcabuz sobre las picas como arma
ofensiva. Fue tan fácil y poco costosa que, desde entonces, el topónimo pasó a ser
sustantivo en nuestra lengua, designando a lo que se gana sin esfuerzo. El 17.IX.
1523 otro ejército francés al mando de Bonnivet sitiaba la capital lombarda, que
defendió Prospero Colonna. Le socorrió Carlos de Lannoy, virrey de Nápoles; los
franceses levantaron el campo (14.XI.1523) y se replegaron sobre Robecco, que
fue asaltado, su guarnición casi exterminada y capturado todo el bagaje, armas y
caballos (19.I.1524); el 26 de marzo, tras otra pérdida similar en Sartirana Lome-
llina, Bonnivet agrupó las reliquias de su ejército en Novara y ordenó la retirada
hacia Francia.En la persecución, apenas pasado el Sessia, se trabó combate en el
bosque de Rovasenda, donde murió Bayard, héroe francés conocido como “el ca-
ballero sin miedo y sin tacha” (30.IV.1524). Para aligerar su paso, los franceses
abandonaron la artillería en Bard, que fue transportada a Shantià. El ejército im-
perial invadió Provenza, sometiendo a su capital, Aix (30.VII.1523), pero no pudo
tomar Marsella, que resistió 38 dias de trinchera abierta (23.VIII-29.IX).Tras em-
barcar la artillería en Tolon, tomada previamente, el ejército imperial regresó a
Lombardía, amenazada por Francisco I, en tan sólo 23 dias de marcha, proeza co-
nocida como «la bella retirada». El rey francés cercó Pavía desde el 24.X.1524,
aunque el dia anterior, en San Donato Milanese, al S. de Milan, su vanguardia fue
duramente castigada. La heróica defensa de la plaza por Antonio de Leiva y la de-
rrota y captura del rey francés en la batalla del 23.II.1525  son sobradamente co -
nocidas para insistir sobre ellas. Francisco I, cautivo en Madrid, aceptó las térmi-
nos de la paz que le fueron impuestos (14.I.1526).

Apenas se vió en libertad, Francisco I denunció el Tratado de Madrid y logró la
alianza de ingleses, venecianos, genoveses, el duque de Milán y el Papado, signa-
tarios de la Liga de Cognac (2.V.1526), atizada por el Papa Clemente VII. Las ac -
ciones más descollantes fueron la defensa de Milan (30.VI – 21.IX.1526), la toma
y saco de Roma (5.V.1527-17.II.1528), la caida de Pavía (4.X.1527), tras un mes
de cerco por los franceses, que el año siguiente invadieron y ocuparon el reino de
Nápoles, excepto la provincia de Calabria y la propia capital, asediada inutilmente
por por Lautrec desde el 29.IV. El virrey Hugo de Moncada pereció en el combate
naval de Cabo d'Orso, en el golfo de Salerno (28.V.1528),pese a lo cual el Papa re-
husó sumarse al asedio y, poco después, Andrea Doria abrazó el partido imperial.
El asalto al cuartel francés de Campo Vecchio (28.VIII.1528) puso a los sitiadores
en fuga y su capitulación en Aversa les obligó a evacuar el reino. En Lombardía,
tras haber resistido dos sitios en Milán, Antonio de Leiva derrotó en la batalla de
Landriano a Saint-Pol, que cayó prisionero (6.VI.1529). La paz de Cambrai, llama-
da también de las Damas, puso fin a la guerra. (5.VIII.1529). Pese a que el Duque
de Milán había militado contra el Emperador, éste le restituyó el gobierno de su
estado en noviembre del mismo año. (Para un relato más detallado de estos he -
chos, véanse las biografía de
Urbina, Ripalda y Grado).

                                                                                                
      © JUAN L. SANCHEZ
El texto reproduce mi disertación,
leída el pasado 26.X.2009, en el
Curso de Introducción a la Historia
militar de España del I.H.C.M.
Dada la densidad del tema a tratar,
hube de apelar a condesarlo sobre
la marcha. En esta versión, los en-
laces a otras páginas del sitio per-
mitirán al interesado obtener una
visión más amplia de los hechos
comentados. La mayoría de tales
enlaces son de carácter biográfico,
por lo que habrá de localizarse en
ellos el período o tema tratado.
ABAJO: Otro momento de mi
intervención en el turno de
preguntas.
Retrato de Louis II de Bourbon,
príncipe de Condé, más conocido
como el «Gran Condé». David
Teniers el jóven, el mismo pintor de
la liberación de Valenciennes, le
retrató con bengala de alto mando y
banda blanca, el distintivo francés,
pero también pudo haberlo hecho
con la roja de los Austrias, a los que
sirvió como ya habían hechos sus
antepasados parientes el Condes-
table de Borbón (que murió en el
asalto de Roma, en 1527) o Carlos I,
Duque de Aumale, exiliado en Bru-
selas desde 1595 y donde murió en
1632. Luis II podía haber seguido
sus pasos, pero la diplomacia espa-
ñola se empecinó en imponer a Luis
XIV su perdón, que equivalía a la
recuperación de sus bienes, como
años más tarde intentaría la británi-
ca (1709) forzar al mismo monarca a
que luchara contra su propio nieto,
el ya rey de España Felipe V. En
nungún caso se avino el Rey Sol,
que además de preservar su dig-
nidad lograría que Francia saliera
airosa de ambos trances. En cuanto
a Condé, bastó que personalmente
implorara el perdón a quien también
llevaba su sangre para que lo ob-
tuviera en 1660.
El Peñón de Argel en una cromoli-
tografía decimonónica. Originalmen-
te consistía en una fortificación eri-
gida sobre la isla del extremo iz-
quierdo, padrastro que dominaba la
ciudad de Argel y su puerto. Su
guarnición fue miserablemente a-
bandonada a su suerte, pese a que
pudo haberse socorrido, lo cual no
constituiría una excepción en otros
enclaves fronterizos frente a los
turcos. Barbarroja lo tomó en 1529 y
unió la isla a la plaza mediante un
muelle artificial de 250 m de largo x
25 de ancho, erizado de defensas,
que aseguró durante tres siglos la
plaza y su puerto.
La victoriosa campaña militar de
Gonzalo Fernández de Córdoba, el
Gran Capitán, el año 1501, fue una
de las más dilatadas, tanto en el
tiempo como el espacio, de que
haya registro en el alborwar de la
Edad Moderna. Desde finales de
marzo hasta mayo, combatió una
sublevación en la Alpujarra, donde
tomaría Lanjarón (15.V) y Órgiva,
que el rey le dio en señorío.
Después embarcó sus tropas en
Málaga rumbo a Mesina, donde se
reforzó antes de zarpar para el so-
corro de Hereklion (entonces la ve-
neciana Candía), en la isla de Creta,
que logró el 2.X. De regreso a Sici-
lia, atacó la isla de Cefalonia, en el
Jónico, que los venecianos habían
entregado a los turcos en 1485. Tras
un duro asedio (8.XI al 24.XII), con-
siguió tomar San Giorgio, capital de
la isla, que devolvió a la Serenísima.
El Duque de Alburquerque, no es el
único protagonista de la batalla de
Rocroi que nos pone en anteceden-
tes sobra la sangría que padeció el
ejército de Condé. Sirot, que mandó
la retaguardia francesa, reconoció
en sus memorias que solo en el
bombardeo artillero nocturno pre-
vio a la batalla, sufrieron los suyos
2.000 bajas. Otro testigo francés, el
coronel del regimiento Royal Cava-
lerie, refirió en una carta a sus pa-
dres, que he visto impresa y pu-
blicada, la aniquilación de su regi-
miento en 15 minutos al cargar so-
bre un escuadrón de infantería es-
pañola. De los 400 que cargaron,
sólamente 40 sobrevivieron.
Solimán el Magnífico, más conocido
en Turquía como el Legislador, fue
el sultán que más largo tiempo regió
los destinos de la Sublime Puerta
(1520-1566). Tenía 25 años de edad y
ya el primer año de su gobierno
conquistó Belgrado (1521) y expul-
so de Rodas a los caballeros de San
Juan de Jerusalén. Tras derrotar al
rey Luis II de Hungría en Mohacs
(29.VIII.1526), entró en Buda y ame-
nazó a Viena en 1529 y 1532, oca-
sión ésta última en que el Empera-
dor pudo pavonearse de haberle
puesto en fuga "sin calzar una es-
puela". Aunque Buda no sería reco-
brada hasta 1686 (por cierto, la van-
guardia del asalto era española, co-
mo rememora una placa en la mura-
lla), la situación en aquella frontera
mejoró desde 1543, con el concurso
de los tercios españoles y la larga
guerra otomana contra los persas.
Solimán murió precisamente en
Hungría, en Szigetvar (5.IX.1566),
tratando de elevar con su presencia
 la moral de sus tropas en aquella
frontera, tras el desastre de Malta
del año anterior.
Carlos I fue rey de España a los 16
años, aunque no fue jurado como tal
hasta los 18, ejerciendo la regencia
el Cardenal Cisneros. Ya éste, en
1516, envió una expedición contra
Argel al mando de Diego de Vera pa-
ra desalojar de la ciudad a Arudj o
Aruch Barbarroja, pero D. Diego fue
derrotado (30.IX.1516) y
tuvo que
reembarcar, sufriendo una tempes-
tad en la que perdió muchas naves.
Tras la muerte de Aruch (1518), Car
-
los I envió otra expedición contra la
misma plaza al mando de Hugo de
Moncada, que desembarcó el 16.VIII.

1519. Ante las disensiones con su
segundo, ordenó reembarcar a las
tropas pero el dia siguiente (24.VIII),
de nuevo una tempestad arruinó a
su flota,
varando muchos navíos
sobre la costa argelina. Se dice que
Khayr Ad-Din o Jeredin Barbarroja,
que había sucedido a su hermano,
qedó rico con los despojos.
Estos
hechos no se incluyen en el texto
porque los Barbarrojas eran a la sa-
zón aventureros y solo posterior-
men te actuaría el segundo al ser-
vicio turco .
En la pintura, Carlos
(centro) aparece junto a su hermano
Fernando (izquierda) y apoyando su
mano sobre su hermana Leonor
, la
mayor, que no aparece en nuestro
fragmento.
Arriba, la flota turca surta en la pe-
queña rada del  puerto de Toulon,
refugio y base operativa durante
años desde donde atacaron encla-
ves cristianos. Hay algunas pinturas
y aguadas turcas que las rememoran
pero ésta de M. Nasuh (¿?-1564) re-
produce con mucha fidelidad la de-
fensa que aun cierra la Petite Rade
por la parte de Malandrier, la Gros-
se tour o Tour Royale, cuya cons-
trucción ordenó Luis XII a un inge-
niero italiano en 1512. No estaba aun
concluída, aunque sí artillada, cuan-
do los españoles la tomaron en 1523
para utilizar sus cañones contra Mar-
sella. Cuando se levantó el sitio so-
bre ésta última, la artillería volvió a
Tolon pero para ser embarcada so-
bre las naves de Hugo de Moncada,
cuya muerte se glosa también en el
texto. Abajo, el autor ante el foso
que la rodea por la parte terrestre,
donde se halla la puerta de acceso y
el puente levadizo antepuesto. El
interior es actualmente visitable,
aunque solo en determinados dias
de la semana.
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