ESTUDIOS HISTORIOBÉLICOS. EDICIÓN DIGITAL
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JUAN DE CERECEDA Y CARRASCOSA (1665-1743), Comendador de
la Orden de Calatrava, conocido como el «de los rebatos», «el Cen-
tauro de la Mancha» y el «Macabeo español».
Sin duda alguna, fue el militar español de Caballería más distinguido durante la Guerra de
Sucesión, aunque el marqués de San Felipe le equiparara con Feliciano de Bracamonte o  Be-
nito Feijóo con el criollo José Vallejo, que dicho sea de paso sirvió en los dragones. Las gestas
de estos últimos no pueden parangonarse en número, continuidad o significación con las de
Cereceda, ni siquiera sumándolas entre sí, pero los tratadistas incluyeron a los tres en la mis-
ma categoría, la de «partidarios», porque fueron los primeros y más característicos represen-
tantes españoles de la “petite guerre” de comienzos del siglo XVIII. El término se tradujo por
el hoy universal de “guerilla”, pero la significación era algo distinta entonces. Cierto que los
“partidarios” operaban en pequeño número (partidas), internándose en territorio enemigo
para sorprender convoyes, emboscar a pequeños destacamentos o amenazar sus líneas de
abastacimiento; pero estaban formados por soldados regulares y habían de partir y retornar
al grueso del ejército en campaña, diferenciándose así de los civiles armados que actuaban
desde el interior de la retaguardia enemiga sobre el radio, mas o menos extenso, de su propia
base natural. Estos otros partisanos o guerrilleros adquirirían gran renombre durante la
Guerra de la Independencia (1808-1814), pero jugaron también un papel relevante en la
Guerra de Sucesión (1701-1714), tanto a favor de Felipe V —en el Reino de Valencia (1705) o la
Castilla ocupada de 1706— como los del pretendiente archiducal en Cataluña.

Con el nexo apuntado desaparecen las posibles concordancias entre las carreras de Cereceda
y los otros dos militares, cuyos éxitos son de escala menor y más tardíos. Por ejemplo, Braca-
monte no llegó a España hasta 1707,  tras la evacuación del Milanesado, año en que «el Cen-
tauro» fue capaz de tres proezas notables. La primera, el 29 de marzo, cuando capturó cerca
de Alicante —entonces en manos británicas— con sólo dos compañías de su regimiento, a uno
completo de infantería inglesa, hecho que en su día ofendió al mismo Berwick, inglés a la
postre, y que todavía escuece en la literatura militar británica de nuestro tiempo. Apenas un
mes después, en la batalla de Almansa (25.IV.1707), aniquiló en combate a otro regimien- to
de infantería inglesa, en este caso de hugonotes franceses al servicio de la Reina Ana; pero no
se trataba de un regimiento cualquiera, sino el del famoso jefe
camisard Jean Cavalier, héroe
popular de la rebelión de Cevennes, que pudo escapar a duras penas y muy malherido. Por
último, el 31 de octubre, cerca de Lérida, puso en fuga a 6 escuadrones de la caballería
austríaca de Sormani, que  triplicaban en fuerza a los 2 de su propio regimiento.

Las hazañas del héroe a quien evocamos, uno de los más auténticos arquetipos del carácter
militar castellano de su tiempo, son poco conocidas porque nunca, jamás, redactó el menor
memorial para solicitar ascensos ni premios; es más, cuando se le quiso dar el importante
gobierno de Alicante, renunció arguyendo
«que antes prefería mandar a cuatro soldados in-
válidos que a miles de civiles»
. Muchas de ellas permancen aun inéditas y otras nos pare-
cerían hoy increíbles de no habernos llegado por fuentes nada sospechosas de parcialidad: el
Mecure, la correspondencia consular (Nuncio, embajadores de Francia y Venecia, etc), los
diarios, memoriales y cartas de generales o simples soldados, a veces enemigos, que revelan el
pavor que su proximidad les infundía; pero también son evidentes por los esfuerzos de la
propaganda archiducal para rebajar su tenor. Con sólo dos regimientos de Caballería, fue el
responsable de que la columna británica que sería capturada en Brihuega (9.XII.1710), no
pudiera abandonar la ratonera del valle del Tajuña, pese a que constaba de 5.000 hombres y
lo intentaron en tres ocasiones y puntos diferentes.  Como hábil pastor, evitó la dispersión del
aquel rebaño y lo condujo mansamente hacia su matadero, la trampa mortal de Brihuega.
Vencidos y cautivos los ingleses, fue más sencillo derrotar separadamente a Stahrenberg en
Villaviciosa (10.XII.1710), donde Bracamonte y Vallejo tuvieron papeles más rutilantes por-
que Cereceda y su regimiento estaban agotados tras una semana de trabajo árduo e incesan-
te; pero ya habían cumplido sobradamente con su parte.

Hombres como él eran los que ganaban las batallas —y al cabo las guerras de aquellos tiem-
pos— en que había que tomar decisiones sobre el terreno y las tomaban; había que sacar el
máximo partido de sus hombres y obtenían el ciento por uno porque antes habían trabajado
su entrenamiento, disciplina y cohesión; había que emplear la imaginación, porque a veces
no tenían otra cosa frente a la superioridad enemiga, y siglos después siguen sorprendiéndo-
nos con lo que eran capaces de sacarle al magín. Cumplían con creces, pero luego desapare-
cían porque no les interesaba la política sino la vida que tantas veces habían empeñado por
sus valores y lealtades. Quizá por ello no hayan ingresado aún en la Historia y no sé si, pasa-
dos ya los tiempos del voluntarismo, tendrán algún hueco en ella. Para rescatar su figura de
la amnesia histórica que la rodea, me propongo pergeñar unas notas, en su mayor parte ex-
tractadas de textos propios, publicados anteriormente, para la excelente página de Pedro
Caparrós, tan respetuoso y comprometido con la memoria del pueblo de Villares del Saz. Al
menos, servirá para que sus convecinos la conozcan, aprecien y recuerden.

PRIMEROS SERVICIOS MILITARES.
Juan de Cereceda vino al mundo en Villares del Saz de D. Guillén, el 14 de marzo de 1665.
Fue el único hijo varón de Juan de Cereceda (†1684), natural de la dicha villa, y de Agustina
Carrascosa (†1687), natural de Zafra de Záncara, ambos hidalgos pero ninguno con ascen-
dientes militares en sus respectivas familias. Su infancia transcurrió en su villa natal, en una
casa que todavía se conserva, hasta que sus padres le enviaron a estudiar al colegio que la
Compañía de Jesús tenía en la no distante villa de Huete. A finales de junio de 1682, cuando
contaba poco más de 17 años y sin que conozcamos las circunstancias, abandonó el colegio y
sentó plaza de soldado en la compañía de caballos de Juan Manuel de Pueyo y Garcés, comi-
sario general del trozo de caballería de Rosellón, acuartelado a la sazón en Huete, pocos días
antes de que hubiera de ponerse en marcha hacia el Principado de Cataluña. Quizá el jóven
Cereceda se sintiera más atraído por la azarosa vida militar que por los libros, pero creo más
bien que llegó a conocer de antemano la inminente partida del regimiento y sentó plaza en él
para evadirse de alguna responsabilidad. En todo caso, el disgusto que su proceder causó a
sus padres debe guardar alguna relación con la prematura y casi consecutiva muerte de am-
bos; recíprocamente, el posible sentimiento de culpabilidad por la muerte de sus progenito-
res pudo haber inducido su comportamiento arrojado, casi de desprecio a la propia vida, que
favoreció su carrera militar, de la que ya se ha dicho no se ha localizado ninguna hoja o rela-
ción de servicios.

Sin embargo, sabemos que era capitán del Trozo de Rosellón en 1694, un lapso muy breve
para quien no pertenecía a una familia de lustre ni tampoco podía cimentar su carrera sobre
los servicios de sus antepasados, que en aquellos tiempos se heredaban y hacían tanta o ma-
yor fuerza que los propios en materia de ascensos y recompensas. Aquel año, protagonizó la
primera gesta que le conocemos. Fue en la batalla del Ter, el 27 de mayo, cuando su escua-
drón cargó sobre la infantería francesa victoriosa, que ya había vadeado el río, posibilitando
con su sacrificio que la bisoña y vencida infantería española pudiera retirarse hacia Llabia.
Luego volvería a señalarse en Riudarenes (1695), Sant Celoní (1696) y en la defensa de Barce-
lona (1697); la rareza de las fuentes no nos ha permitido aun reconocer la parte que Cereceda
tuvo en ellas, aunque destacan el papel relevante que el Trozo de Rosellón tuvo en todas. El 6
de abril de 1701, su trozo abandonó Cataluña, donde había servido ininterrumpidamente des-
de julio de 1682, para acuartelarse en Vicálvaro, junto a la Corte. Allí permaneció exáctamen-
te 15 meses y 22 dias, hasta que en setiembre de 1702, su compañía fue destacada a Galicia
con otras 5 más, a las órdenes del capitán Rafael Díaz de Mendívil, para el socorro de Vigo.
El 1 de junio del año siguiente, asentó con el mismo grado de capitán en el trozo llamado “Ro-
sellón Nuevo”, que se formó en Santiago de Compostela sobre la base de las 6 compañías ya
mencionadas y otras dos gallegas que se le agregaron. Dada la nueva orgánica militar pro-
mulgada por Felipe V, aquel nuevo trozo pasó a constituirse en regimiento de caballería el 20
de diciembre del mismo año. Con dicha fecha, Juan de Cereceda fue promovido a teniente co-
ronel de la unidad merced al precedente nombramiento de Vicente Raja, su sargento mayor,
para servir el mismo puesto en el Regimiento de Villavicencio.

TENIENTE CORONEL.
A principios del año siguiente, el regimiento pasó a servir en Badajoz, tomando parte en la
invasión de Portugal (junio-setiembre de 1704) y, después, en el asedio de Gibraltar (octubre
de 1704-marzo de 1705), ya a las órdenes de Juan Isidoro de Paz y Castilla, que el 8 de abril
de 1704 había sucedido al primer coronel, el citado Díaz de Mendívil. Tras el penoso e inútil
asedio del Peñón, el regimiento pasó a rehacerse  en la Mancha, hallándose en abril en San
Clemente, donde reclutó 18 hombres. Cereceda debió pasarse por Villar del Saz, de donde fal-
taba hacía mas de 25 años, para ver a sus hermanas y parientes y visitar la tumba de sus pa-
dres, lo que precedentemente solo pudo haber hecho en el invierno de 1702, aprovechando su
acuartelamiento junto a la Corte, aunque habría precisado una licencia temporal que gene-
ralmente se daba por 3 meses, siempre justificada salvo para los nobles, a quienes se conce-
día venialmente. De todas formas, en setiembre el regimiento estaba ya en Alcántara, donde
incrementó su fuerza hasta 12 compañías mediante la incoporación de una compañía de ca-
ballería de aquella plaza, otra del Regimiento de Asturias y dos del de Santiago.

En mayo de 1706, ante la invasión de Castilla por el ejército anglo-portugués del marqués das
Minas, el regimiento Nuevo de las Ordenes regresó a la Corte, aunque llegó solo a tiempo de
asistir a su evacuación, retirándose con el ejército, al mando personal de Felipe V, hacia To-
rrejón de Ardoz, Meco, Azuqueca, Marchamalo, Torija y Jadraque, donde habría de reunirse
con las tropas que Berwick pudiera distraer de Badajoz. Pero el regimiento de Cereceda solo
siguió aquella marcha hasta el puente sobre el Jarama. Allí recibió la orden de dirigirse hacia
el Puerto de Navacerrada para intentar cortar la ruta de sumistros del enemigo, misión que le
fue confiada a Cereceda con la mitad de sus efectivos; es decir, dos escuadrones. Esta es una
de sus operaciones mas dé- bilmente documentadas, aunque aluden a ella algunas rela-
ciones de servicios y una de las cartas recopiladas por su sobrino y heredero Juan de Cabrera
y Cereceda, que más delante encargaría y publicaría su “Oración fúnebre”, una importante
fuente de información sobre las virtudes, costumbres y vida religiosa de nuestro personaje,
pero mucho menos relevante para profundizar el conocomiento de sus acciones bélicas.

No conocemos su ruta, ni sus disposiciones, ni siquiera hemos logrado datar los hechos, que
acontecieron a finales de junio; es decir, casi solapándose con la entrada de los portugueses
en Madrid (27 de junio). Solo sabemos que, cerca de Labajos (Segovia), logró sorprender y
deshacer un convoy portugués, fuertemente escoltado,  que desde Ciudad Rodrigo se dirigía a
El Escorial, ambas en poder del enemigo. Como no podían embarazar su marcha, sus hom-
bres incendiaron 54 galeras y tomaron el camino de regreso, reuniéndose después con el ejér-
cito en Sopetrán. Aquella acción tuvo una gran importancia, no sólo por el golpe moral y la
pérdida material que supuso para los invasores, sino porque abrió los ojos al Conde de Agui-
lar sobre la estrategia a seguir en la conducción de las próximas operaciones, en las que Cere-
ceda jugaría un papel estelar. Pero antes de descorrerlo, veamos cuál era la situación.

FAUTOR DE LA RECUPERACIÓN DE MADRID.
A mediados de julio de 1706, la herencia de Felipe V parecía más asentada en las sienes del
pretendiente archiducal, ya reconocido como Carlos III de España en Cataluña, Aragón y Va-
lencia, cuyas tropas también ocupaban Salamanca, Avila, Madrid y  Toledo, aparte de otras
plazas y villas menores. No eran pocos quienes aconsejaban al Borbón retirarse a Navarra,
hacia la protectora seguridad de Francia, lo que habría podido dilapidar sus apoyos en la se-
miocupada Castilla.

Una vez reforzado Felipe V por los regimientos franceses que regresaron del fallido asedio de
Barcelona (16.VII.1707), se restableció la paridad de fuerzas con el enemigo. El Consejo que-
ría forzar una batalla para expulsarles de Castilla, a lo que lúcidamente se opuso el conde de
Aguilar sopesando los riesgos de empeñar en combate a la única fuerza capaz de sostener al
rey. Adujo que, privando a los confederados de sus reservas de provisiones, se les obligaría a
levantarse de Castilla sin necesidad de afrontar las incertidumbres y riesgos de una batalla y
se dice que no se limitó a proponer la solución, sino que se ofreció para llevarla a cabo perso-
nalmente. El 31 de julio, al frente de 2.000 jinetes, sorpendió y capturó en Marchamalo, cer-
ca de Guadalajara, gran parte del bagaje de los austracistas, que hubieron de abandonar pri-
mero Guadalajara y después Alcalá de Henares, recobrada por las tropas borbónicas el 2 de
agosto. Dicho día volvió a sorprender el bagaje del enemigo en su retirada de Alcalá, captu-
rándolo completamente, lo cual les obligó a desalojar sus posiciones defensivas en torno a
Guadalajara para marchar hacia el valle del Tajuña debido a la falta de subsistencias. Gra-
cias a esa retirada, un destacamento al mando del marqués de Mejorada recobraría Madrid
el dia 4 de agosto.

La Historia atribuye al conde de Aguilar el protagonismo en las operaciones de Marchamalo
y Torres, donde sabemos que también estuvo Cereceda. La de Torres era especialmente com-
plicada, porque desde el actual monte del Gurugú, los archiducales controlaban visualmente
las vegas del Henares y del Jarama, asi como la llanada que discurre entre ellas. Sabemos,
por el impagable testimonio del capitán Andrés Cantudo, que el regimiento de Cereceda, tras
una marcha nocturna hasta Torrejón de Ardoz, fue quien sorprendió el convoy enemigo en
Torres de la Alameda, que atacó por unos marjales al O. de la  villa, todavía reconocibles al
borde de la carretera de Alcalá a Chinchón, no lejos de Loeches. El conde de Aguilar, a quien
la Historia reserva el mérito, no llegó a moverse del campamento borbónico frente a Guada-
lajara, siendo el regimiento de Cereceda quien llevó a cabo aquella operación.

El convoy enemigo, cargado del pan que se había cocido en Alcalá para el ejércirto principal,
aun en los altos de Guadalajara, el bagaje de la guarnición y el producto de sus rapiñas, no
podia hallarse muy lejos de los altos que, nada mas salir de Alcalá hacia Loeches, se yerguen
formidables en la ribera  izquierda del Henares. Esa misma dirección había tomado la guar-
nición portuguesa que abandonó Alcalá tan pronto vio venir a la columna borbónica enviada
a recobrarla, que trató de reunirse con su ejército por Anchuelo y Los Santos. Pero el convoy
era esencial para asegurar la subsistencia del ejército archiducal y se decidió que tomara una
marcha separada, fuertemente escoltado, por Villalvilla y Torres de la Alameda, hacia donde
descienden las alturas en suaves pendiente. Cereceda, como demostraría cuatro años después
en el valle del Tajuña, no muy lejos del lugar que ahora referimos, tenía una rara habilidad
para explotar al máximo cualquier ventaja del terreno, que debió escrudriñar y  reconocer a
conciencia, probablemente solo o guiado por algún lugareño, porque era zona dominada por
la vigilancia enemiga, aunque no fuera desdeñable la cobertura que le brindaban los altos
juncales que aun crecen en la zona.

Hay algo que deploro de las relaciones de servicios: que se refieren a los  hechos como si fue-
ran sobradamente conocidos y holgara, por redundancia, precisar sus detalles. Andrés Can-
tudo, el capitán por quien los conocemos, solo cita a su regimiento —el de Cereceda— y creo
bastante probable que fuera el único presente —incluso incompleto— porque en aquellos
"rebatos" el número no hacía sino embarazar. Ni siquiera menciona la fecha, que conocemos
por otras fuentes, y pasa de puntillas sobre cómo y cuándo —si de noche o de día— los hom-
bres de Cereceda, burlando la vigilancia enemiga entraron en su campamento, acuchillaron
a la guardia y se llevaron 200 carros repletos —quizá algunos menos— en plenas barbas del
enemigo, al que burlaron en su retirada bloqueando el único camino que cruzaba entre los
lavajos. Al menos, sabemos que ésto se logró atravesando unos carros a los que se prendió
fuego, habilitando la pira el tiempo suficiente para retirarse indemnes con el botín. La ins-
pección del terreno nos ha permitido descubrir el sendero, hoy convertido en una estrecha
carretera que enlaza con la de Loeches a Torrejón evitando pasar por la primera. Sigue sien-
do una zona de escorrentía, fangosa en verano, cuando el hedor es insoportable.

Operaciones como aquella no salían bien siempre. No obstante, ni siquiera los historiales re-
gimentales, que se supone existen para perpetuarlas en la memoria de cada Unidad, se hicie-
ron cargo de ella, aunque su consecuencia estratégica fue la recuperación de Madrid y la reti-
rada del enemigo hacia el confín oriental de la provincia. Celebro haberla traído a colación
porque venímos a descubrir que, sin conocerlas, nos faltarían eslabones para precisar no só-
lamente el cómo, sino también el porqué se ganaban o perdían aquellas guerras, ya tricente-
narias, donde aun era importante el individuo, cuyo protagonismo en el combate de nuestro
tiempo ha sido definitivamente eclipsado por la tecnología. Sin embargo, otras cosas no ha
cambiado tanto. Por ejemplo, que hombres como el conde de Aguilar, cuya biografía militar
es irreprochable, sigan apuntándose las mieles del triunfo aunque quedaran muy rezagados
del lugar de la acción e incluso ahora puedan hallarse a centenares de kilómetros y a buen
recaudo de donde se “bate el cobre”. No se me olvida que, en el moderno discurso histórico,
hipercausalista y simplificador, estos detalles tienen poco juego, pero creo que nunca es tar-
de para poner las cosas en su sitio.

Tampoco estuvo cerca del peligro el coronel del regimiento, Juan Isidoro de Paz, que se ha-
bía quedado a retaguardia, en Torrejón de Ardoz. Sin embargo, cuando Felipe V hizo el 22
de setiembre de 1706 su entrada solemne en Madrid —liberada desde el 4 de agosto—, fueron
precísamente el Conde de Aguilar, a su derecha, y el coronel Paz, a su izquierda, quienes le
escoltaron en la ocasión y se empaparon del fervor popular madrileño. Cereceda, que fue la
causa eficiente del rápido restablecimento borbónico en la Corte, ni siquiera estaba allí. An-
daba por tierras conquenses, provocando y fatigando con incesantes escaramuzas a la caba-
llería portuguesa, a la cual, según el coetáneo marqués de San Felipe
«no la dejaba reposar
un momento»
.

EVITA EL INCENDIO DE HUETE.
No hace mucho, en una ponencia sobre la Guerra de Sucesión, destacaba quien esto escribe
«la osadía de aquel soldado excepcional al capturar cerca de Tarancón el bagaje comple-
to del conde de Peterborough, general de las tropas inglesas, poco antes de que tomara en
Huete otro convoy enemigo con 24 galeras»
. No me extendí mucho entonces, porque mi ob-
era más amplio, aparte de revaluar estrategicámente la acción de Torres de la Alameda. So-
bre lo acontecido en Huete, no quiero resistirme a transcribir la relación que formó el R.P.
Alonso de la Guardia en las exequias celebradas por el alma de Cereceda en la iglesia parro-
quial de su Villar del Saz, donde se bautizó y aun reposan sus huesos.

«Hallábase Huete ocupada por una guarnición que en ella dejó el conde de Peterborough
de 300 infantes, 60 dragones montados y algunas compañías de migueletes. Supo esta no-
ticia Cereceda, que a la sazón se hallaba en Alcalá, y marchando a la ligera con 80 caba-
llos y 50 dragones entró de improviso en la ciudad, con su gente puesta en orden militar,
habiéndoles antes dado sus órdenes y seña para acometer. Pero, al irse ya acercando a los
enemigos, vio S.E. que un soldado iba poner fuego a un tiro de artilleria que por precisión
habia de destrozarle a su gente. Muy a su corazón le llegó que aquel enemigo triunfase asi
de aquellos pocos cristianos que le seguian, e invocando el auxilio de la Reina María, de
quien siempre fue muy devoto, con estas auxiliares armas —sin reparar ni temer el peli-
gro— se arrojó solo por entre los enemigos hasta lograr cortarle el brazo del primer golpe
a aquel soldado que iba a poner fuego a la artilleria, destrozando totalmennte a los ene-
migos, haciendo prisioneros a algunos oficiales y soldados, con el convoy de 24 galeras
cargadas, las que sin tocar en cosa alguna entregó a S.M. que se hallaba en los campos de
Ciempozuelos. Caso raro por cierto y en que si bien se mira tuvo mucho de milagroso».

Desde su retirada de Alcalá de Henares, el ejército archiducal había acampado entre Chin-
chón y Colmenar de Oreja, vigilados por el borbónico desde Ciempozuelos, adonde Berwick y
el rey llegaron el 15 de agosto desde las inmediaciones de Guadalajara. Cereceda había parti-
do antes,  desde Alcalá, buscando la espalda del enemigo por Tendilla y Buendía para evitar
su detección por los batidores. El dia 13, entre Huete y Tarancón, tomó el gran equipaje de
milord Peterborough, que precedía al conde en su regreso a Valencia. Francisco de Castellví,  
comprometido seguidor del Archiduque, apunta en sus voluminosas memorias que
«valía
200.000 pesos porque debía servirle en la pompa de embajador británico en Madrid»
.
Según el mismo autor,
«Milord hizo quemar a Huete y declaró a cinco pueblos
comarcanos que si en el término de 24 horas no se le reparaba el daño les reduci- ría a
cenizas»
.  Como evidencia el siguiente pasaje, creyó que la amenaza se llevó a efecto:

«¡Oh infelicidad de los tiempos! Fue la tropa quien lo ejecutó, pero se suponía que había
paisanos. Puede ser que muchos, o los más de los moradores, desearan vivir con quietud
en sus casas, y la empresa ajena del inquieto Cereceda era castigo en el pacífico pueblo».

Pero Huete se salvó y tampoco llegó a darse tea a ninguno de los demás lugares, poque el in-
cendio de La Olmeda, único que registra el «Resúmen de los sacrilegios, profanaciones y ex-
cesos cometidos por los soldados del Archiduque en Castilla en los años de 1706 y 1710», fue
posterior, ya en plena retirada del ejército confederado, como veremos. Pero nada de esto su-
cedió por azar, ni muchos menos por repugancia moral. Un anónimo soldado inglés, del Re-
gimiento
Royal Dragoons, nos dejó uno de los más vívidos testimonios de aquella guerra en
España; en él refiere que Horche (Guadalajara) fue incenciada sólamente para iluminar una
marcha nocturna. Si Huete y los demás lugares  amenazados, cuyo castigo dió por hecho Cas-
tellví, se salvaron fue, en todo caso, por la casualidad de que Cereceda se hallase por allí. El R.
P. de la Guardia nos ha narrado como salvó a Huete, jugándose la vida al cargar sobre aquel
artillero que bien pudo llevársele por delante y arruinar la empresa. Aunque no fechó  el
suceso, sabemos que fue el 17 de agosto; después, permaneció vigilante en los alrededores
durante una semana. Su presencia en la retaguardia enemiga sujetó e impidió actuar a los
piquetes incendiarios, no regresando a su ejército hasta el 27. Dicho día, desde Ciempozue-
los, Berwick dió cuenta a Chamillart, ministro de la guerra francés, de la captura del convoy
en Huete. Es un sobrio parte militar que no aporta el menor detalle sobre las demás opera-
ciones y movimientos del «Centauro» y donde elude cualquier atisbo de gratitud hacia quien
se había convertido en el despensero de su ejército; peor aún, ni siquiera le menciona.

«Una de nuestras partidas ha batido en Goëte (Huete) a un convoy que venía de Valencia
escoltado por 150 infantes y 20 jinetes; se les mataron casi 80 hombres en el sitio y se
apresó al resto con 24 galeras y 2 piezas de cañón, que han traído a este campamento».

Si Cereceda cometió en Huete algún desafuero juvenil que justificara su precipitado engan-
che militar, no cabe duda de que saldó con creces aquella deuda. La villa ha perdido parte de
su pasado esplendor, pero aun quedan importantes vestigios de su edad dorada que el fuego
inglés habría arruinado enteramente, como los siglos y la incuria han desvanecido la otrora
imponente estampa de su dominante castillo. También salvó al convento donde estudió, que
no hace mucho fue declarado monumento de interés cultural. El año que viene, por la Virgen
de Agosto, se cumplirán justamente 3 siglos de aquel colérico arrebato de un militar inglés
que pudo haber reducido Huete a una miserable pavesa. Que yo sepa, su salvador no ha reci-
bido jamás la menor muestra de gratitud.
Sic transit gloria  mundis...

PASO DEL INVASOR POR VILLARES DEL SAZ E INCENDIO DE LA OLMEDA.
El 9 de setiembre el ejército confederado emprendió su retirada hacia el Reino de Valencia,
pasando el Tajo por Fuentidueña.
«Pasamos el rio en las barcas que allí tienen, con gran
trabajo
, —refiere un testigo— y el bagaje y la caballería pasó por el vado, que era estrecho
y por el lado derecho daba en fondo, donde algunos se ahogaron
». Aquella marcha la refie-
ren los portugueses Antonio do Couto y el todavía inédito Freitas de Narvais, que aportan ri-
cos detalles aunque frecuentemente distorsionan los topónimos de paso. Castellví, que escri-
bió desde su exilio vienés y sobre testimonios ajenos, se despista sobre ella con frecuencia.
Dado que su obra es la más conocida de todas, debido a su reciente impresión, no sobra aquí
reconstruírla, puesto que el mismo Castellví (II,169) hace responsable a Cereceda
«de haber
hecho detener y mudar la marcha al ejército»
. Aunque en principio pensaba redactar este
trabajo más que a partir de notas precedentes, no puedo resistirme al influjo de  descubrir
algo nuevo sobre el «Centauro». Me fascina más que narrar lo que ya se de él.

Como el complicado paso del Tajo se verificó por la tarde, el ejército anglo-portugués acam-
pó aquella noche junto al rio, comenzando a marchar el dia siguiente por la mañana. Tras
hacerlo durante 4 leguas,  acamparon en
Baragoas (Barajas de Melo). El 11 atravesaron por
tierras montuosas, faltas de agua, hasta
Oucel (Couto), Velès (Freitas) o Julés (Castellví), que
no hay problemas en identificar con Uclés debido a la descripción que el primero nos dejó de
su convento,
«cabeza de la Orden de Santiago, edificio noble en lo alto de una sierra, con
un buen castillo al pie».
Guarnecido y artillado, ni el castillo ni la conventual jacobea fueron
molestados, emplazándose el campamento entre Uclés y Tribaldos, donde se cometieron atro-
pellos. El mismo dia llegó al campamento el general inglés Windham, procedente de Valen-
cia, con un refuerzo de 2.500 infantes, 400 caballos y 6 piezas de artillería. Sigamos ahora el
relato de Couto:

«El 12 marchamos al campo de Nuestra Señora de las Fuentes o de Calomares. Fue de 4 le-
guas esta marcha, donde hallamos mucha abundancia de ganados y grandes viñas, por
donde marchamos dos dias. El 14 fuímos al campo de Nuestra Señora de las Fuentes Rede-
pardillas, que tiene un gran rio. Pasó la infantería el puente junto a Palomares. Esta no-
che volvimos a marchar por terreno muy montuoso al lado de Safra, donde había mucho
ganado. Pasamos el Río Çucar y acampamos de la otra parte. Fue de 7 leguas esta mar-
cha. Aquí se divide la Mancha del Reino de Valencia».

Quien esté algo familiarizado con la geografía de aquella región manchega quedará tan con-
fundido como yo. Quizá el problema radique en la identificación de ese campo de «Nuestra
señora de las Fuentes Redepardillas», que quizá no corresponda con la actual ermita de Ntra
Señora de las Fuentes, junto a Villarejo de las Fuentes, sobre el Záncara, sino más bien a otra
situada más al N.O. y próxima a Palomares, en el Cigüela. En todo caso, sabemos por Freitas,
que el ejército pasó por Palomares, donde saquearon la ermita de San Miguel,
Torres (Torre-
buceit),
Sanclos (¿?) y Safra (Zafra de Záncara), desde donde marchó a pasar el Júcar por el
puente de
Olivos (Olivares), el 16 de setiembre.

Desde Zafra, donde saquearon la ermita del Hospital, intramuros de la villa, pasaron a Villa-
res del Saz, el mismo 16 por la mañana. Algunos soldados
“desmarchados” entraron en su
iglesia parroquial, forzaron una alacena y robaron 3 crismeras, aunque uno de los ladrones
fue perseguido y muerto por un vecino que restituyó a la iglesia las dos que llevaba consigo.
En cambio, Cervera y Olivares no sufrieron daños por la urgencia de pasar el río aquella mis-
ma tarde, acampando en la ribera opuesta nada más trasponer el puente de Talayuelas,
«de
leños»
, junto a la concurrida y famosa venta de su nombre, que hoy yacen bajo las aguas del
pantano de Alarcón. El dia siguiente hicieron 3 leguas hasta
«Villa-Verde», donde Couto se-
ñala la existencia de una torre en el campamento que montaron. Naturalmente, no se trata
de Villaverde, que nunca la ha tenido, sino de Valverde, punto opuesto al paso natural del Jú-
car por el antiguo Camino Real de Valencia. Desde aquel campamento de Valverde, partió el
dia siguiente un destacamento de 900 hombres, al mando del conde de Soure, para saquear
Alarcón, mientras que otro al mando de Francisco Pimentel marchaba a tomar  Cuenca para
quedarse allí de guarnición. Este último dato viene a confirmar nuestra refutación anterior,
pues precísamente por Valvede pasaba la vieja calzada romana de Valeria, pegada al curso
del rio Gritos, ruta que tomaron. Por cierto, éste último destacamento, que incluía al regi-
miento alemán de Kaulbars, fue el que dejó una imborrable huella de su paso por Valera y
Olmeda.

Corregido Castellví, no quiero extenderme más. Mi fuerte no es la síntesis y ya he dicho que
estas notas no pretendían sino hilvanar algunos relatos que ya tenía escritos sobre diferentes
acciones de Juan de Cereceda. Algo más adelante del momento en que abandonamos  la reti-
rada archiducal, refiere Castellví (II,169) que
«el coronel Juan de la Paz, con 500 caballos,
había tres veces puesto en huída mayor número de aliados»,
otras tantas acciones donde
intervino Cereceda como teniente coronel del regimiento, y ello justifica que prefiera poster-
gar su reconstrucción para mejor ocasión. Uno de aquellos combates se produjo junto a ese
puente que Castellví cita como
Valdescana, Berwick —en sus memorias apócrifas— como
Valdescana y Couto, que se aproxima más, como Val de Canas; en realidad, el puente de Va-
docañas, sobre el Cabriel, que aun se mantiene en pie y que los editores de las memorias de
Castellví no lograron identificar, pese a sus esfuerzos. Pero no pararon con ellas los memora-
bles rebatos del «Centauro» aquel año, pues también tomaría parte en las reconquistas de
Orihuela y Elche. Sus notables servicios fueron recompensados, el 6 de enero de 1707, con el
ascenso a coronel del regimiento donde servía, el Regimiento de Rosellón Nuevo, pero tam-
bien favorecieron la meteórica carrera de su antiguo coronel, Juan de Paz, que a lo largo de
aquel año obtuvo dos promociones: la de brigadier de los RR.EE. (3.VII.1706) y la de gober-
nador de Badajoz (28.XII.1706), empleo éste último que gozó poco tiempo porque, el año si-
guiente, se le mejoró con el importante gobierno político y militar de las Cuatro villas de la
Costa del Mar de Castilla, que reunía las de Laredo (entonces sede del gobierno), San Vicente
de la Barquera, Castro Urdiales y Santander.

Al principio de éste artículo, noticiaba tres gestas de Cereceda a lo largo del año 1707, aun-
que saldrían más a poco que fuésemos capaces de rascar esa superficial capa de la historia
que a menudo manejamos y con la que acostumbramos a conformamos. Aprovechando los
fragmentos de un amplio estudio que publiqué en "Researching & Dragona" sobre la batalla
de Almansa y sus prolegómenos, vamos a repasar extensamente dos de ellas:

SAN VICENTE DEL RASPEIG: UN SINGULAR HECHO DE ARMAS.
Berwick, que no ha movido su cuartel de Yecla, no deja de enviar partidas de reconocimiento
para observar los movimientos del enemigo, interceptar sus correos o tomar noticias de los
lugareños. El objetivo no es otro que penetrar sus intenciones, pero inevitablemente se pro-
ducen choques armados. Su correspondencia con Chamillart nos desvela las noticias que va
acopiando y su percepción del futuro inmediato. El 30 de marzo, escribe:

«He sabido que el Archiduque salió de Tortosa para Barcelona sin que al presente el ene-
migo haya hecho ningún destacamento ni para Cataluña ni para Aragón. Milord Galway
llegó el 26 a Játiva y se dice que tiene la intención de formar allí un campo. Por dos cartas
interceptadas que este general mandó a Alicante, sabemos que forma un almacén en Jijo-
na y que quiere establecer la contrata de pan para el ejército. Dudo que vaya a pasar to-
das sus tropas al valle de Castalla, porque allí no podría encontrar subsistencias para su
caballería, pero si los enemigos comienzan a campar nos veríamos obligados a hacer lo
mismo. Lo haremos por cuerpos separados porque la hierba está todavía muy corta».

Cuatro días más tarde, reporta:

«Es seguro que todo el ejército enemigo se junta en Játiva y que no hay todavía ningún
destacamento hecho para Aragón».

No cabían dudas. Los confederados iban a abrir la campaña y esta sería por el Reino de Va-
lencia. Pero antes de referirnos a ella, vamos a volver sobre una de aquellas partidas de ex-
ploración, que al mando de Cereceda protagonizó un hecho extraordinario: la captura de un
regimiento completo de infantería británica.

A las 8 de la tarde del 21 de marzo, el coronel Juan de Cereceda partió de Monóvar con dos
compañías de su regimiento, de los capitanes Vicente Fuenbuena y Andrés Cantudo, con 80
regulares (40 jinetes por compañía) y algunos paisanos, con la misión de vigilar las inmedia-
ciones de Alicante y obtener información sobre los movimientos de la guarnición enemiga. De
lo que sucedió después, Quincy (IV,396) nos dejó un relato tan pormenorizado que lo
transcribimos íntegramente:

«A las 3 de la mañana del 22, llegó a una legua de Alicante, en el camino que va a Castalla,
cuando descubrió una nube de polvo elevándose a la salida de la ciudad y queriendo saber
lo que era se acercó a reconocerla con un soldado. Era tan grande que ordenó a los paisa-
nos retirarse a una montaña con su alférez y 6 soldados para escoltarlos. El se escondió
con su tropa y subió a un árbol al pié del cual dejó a un soldado para guardar su caballo.
Los enemigos pasaron a 300 pasos sin descubrirle. Los examinó y vio en vanguardia a un
oficial con algunos granaderos y que el resto seguía en buen orden en número de unos
430. A un cuarto de legua de allí apercibió a un destacamento de infantería que les seguía,
del mismo regimiento. Bajó del árbol, regresó al lugar donde estaban sus capitanes y les
pidió su opinión. Le respondieron que era preciso atacar y lo hicieron enseguida, arroján-
dose sobre el enemigo con tanto ímpetu que no escapó uno solo. Hicieron prisioneros al
teniente coronel, 3 capitanes, 4 tenientes, 3 alféreces y 315 soldados. Alguna caballería del
enemigo, que le pareció ser de 60 jinetes, con un destacamento de infantería que había
salido de Alicante, llegó al tiempo que él regresaba. Como la mayor parte de su gente es-
taba ocupada en guardar a los prisioneros, esta última tropa se le escapó. Sin embargo,
Vicente Fuenbuena, que estaba a retaguardia con 15 jinetes, iba ya a cargarla cuando Ce-
receda fue tras él para impedírselo. Capturó 3 banderas, que mandó a Berwick, del regi-
miento inglés que mandaba Mr. de Montendre».

Aunque levado por Dunganon en 1705, el regimiento estaba entonces al mando de un hugo-
note francés, François de la Rochefocault, marqués de Montendre, que se había quedado en
Alicante. Amelot nos refiere que, al recibir la noticia, se mordió los dedos de rabia; en cam-
bio, Berwick, inglés al cabo, no quería creerlo. Era el último regimiento británico que debía
incorporarse al ejército de campaña en la Hoya de Castalla, pero retrasó su salida porque
hubo de completarse con elementos de otras unidades. En su relato, el embajador francés
aporta algunos detalles que perfeccionan nuestro conocimiento del suceso:

«Los soldados de este batallón estaban vestidos de tres colores diferentes, lo cual ha hecho
notar la debilidad de los regimientos enemigos, en los cuales ha sido preciso incorporar
varios en uno... Los españoles recibieron la descarga del batallón, se arrojaron enseguida
sobre ellos espada en mano y continuaron matando hasta que los ingleses arrojaron sus
armas. Dejaron 86 en el campo e hirieron a otros 100, que fueron hechos prisioneros con
el resto. Los españoles no tuvieron más que 8 heridos, sin que ningún hombre ni caballo
haya quedado sobre el campo de batalla».

En cambio, según Bland (pg. 121), los ingleses fueron sorprendidos «con sus armas colgadas
a la espalda y temporalmente inservibles por haber atado a ellas los palos de las tiendas
de campaña»
. Hawley resume lacónicamente el hecho en su diario el 6 de marzo, en el cam-
po de Cocentaina. Como existen anotaciones anteriores, puede inferirse que hasta dicha fe-
cha, no conoció Galway la suerte de la unidad que había de incorporársele.

«El último batallón que debía llegar de Alicante, completado con los restos de otro regi-
miento, fue capturado hasta el último hombre a dos leguas de la ciudad por un veterano
oficial español con 80 dragones que le tendieron una emboscada en un olivar cayendo
sobre el centro del batallón, que marchaba muy extendido».

Atkinson, editor del diario, juzga el episodio como "clásico ejemplo de negligencia", al no to-
mar las debidas precauciones el oficial al mando. Creyendo que nada había de temer por ha-
llarse a más de 10 leguas de las guarniciones fronterizas del enemigo, el batallón no formó
adecuadamente, marchando en una hilera de una milla de longitud. Incluso así, era preciso
un arrojo fuera de lo común para atacar a una columna enemiga cinco veces más fuerte que
la propia, tan próxima a su base de partida y en territorio avistable por catalejo desde el cas-
tillo alicantino. Cereceda y sus capitanes no titubearon en empeñar tan desigual combate,
bien que a favor de la sorpresa, obteniendo probablemente un éxito muy superior al mejor
que esperaran. De remate, el interrogatorio de los prisioneros disipó las dudas sobre la con-
centración del ejército británico en la Hoya de Castalla. Las recompensas estuvieron a la altu-
ra: A Cereceda, de 42 años, natural de la villa conquense de Villar del Saz, se le concedió el
hábito de la Orden de Calatrava y sus dos capitanes recibieron patentes de teniente coronel.
No hemos podido precisar el lugar exácto donde discurrió el ataque, aunque sabemos que
fue a lo largo del camino que unía Alicante con Castalla, entre San Vicente del Raspeig y
Maigmó, al pie de la sierra del mismo nombre, aun mas lejano que Alicante.

EN LA BATALLA DE ALMANSA.
Aunque lo cite expresamente el autor de la "Relación puntual", sin embargo no hubo órdenes
para la izquierda, donde estaba encuadrado el Regimiento de Caballería de Rosellón Viejo,
en primera línea de fuego. D'Avaray sostenía una incierta pugna con los portugueses en su
sector y no podía prescindir de ninguna unidad. Poco antes había pedido incesantemente a
Berwick que destacara en su apoyo a la brigada de La Sarre para oponerla a la infantería por-
tuguesa interpolada, la misma razón que había llevado a Berwick a reforzar su derecha con
la Brigada de Maine; pero el mariscal no atendería su petición hasta más tarde. Por lo tanto
no era el Regimiento de Rosellón Viejo el encargado de cargar sobre el flanco izquierdo de la
infantería enemiga, como apunta la relación. El desliz es mínimo y quizá se deba a una erra-
ta más que a un error, pero lo cierto es que aquel cometido recayó, en realidad, sobre el Regi-
miento de Rosellón Nuevo, al mando del esforzado Juan de Cereceda, que junto a los escua-
drones de dragones de Mahoney y los del Regimiento de Caballería de Granada, formaban la
reserva, esa tercera línea del dispositivo borbónico, exclusivamente de caballería, que ningún
ORBAT registra, aunque existiera y actuara como veremos.

De manera que fue esta reserva, o parte de ella, al mando de Mahoney, la encargada de la do-
ble misión a que alude la "Relación puntual". El tercer regimiento de que constaba, el referi-
do Granada, al que un relato presencial confunde con el de Jaén —que no estuvo presente—
no es citado en los hechos subsiguientes y cabe pensar que, Berwick, tan cauto como siempre,
dispuso que no entrase aún en acción, reservándolo para otro momento de la lucha que ya no
sobrevendría. Así pues, los regimientos de Mahoney y Cereceda recibieron la orden de cargar,
primero, contra los holandeses de Welderen y Cavalier, que estaban a punto de romper la se-
gunda línea y, después, contra el flanco derecho de los regimientos holandeses de segunda lí-
nea que secundaban la marcha de los anteriores. Puede, incluso, que su misión fuera triple,
pero discutiremos eso más tarde.

Ordenadas esta providencias, el mariscal partió a caballo para reunirse con D'Asfeld en la  se-
gunda línea de la derecha. Como ya hemos visto, allí asistió junto a su subordinado a la derro-
ta de la izquierda confederada.

LA CARGA DE LA RESERVA.
Tan pronto recibió la orden, Mahoney se puso al frente de sus 4 escuadrones y, seguido de los
3 de Cereceda, recorrió en breve tiempo el terreno que les separaba de los dos regimientos
holandeses, que acababan de sobrepasar la segunda línea persiguiendo a los regimientos de
Palencia y Guadalajara, los españoles que la habían abandonado. Eran poco más de las 4 de
la tarde, como mucho las 4:05. Los holandeses no tuvieron apenas tiempo de saborear su pe-
queño éxito, y desde luego, tampoco lo tuvieron para alcanzar los muros de Almansa, aleja-
dos casi un kilómetro todavía; ni los bagajes interpuestos, ni menos aún apostar guardias en
los postigos de los huertos. Muy poco después de emerger de la masa de infantes alineados,
los jinetes de la reserva cayeron sobre sus flancos descubiertos: Mahoney contra su derecha  
(izquierda española) y Cereceda por su izquierda (derecha española). Tan de improviso que,
empeñados por su frente en la persecución de la brigada a la que habían puesto en fuga, no
dispusieron de la menor oportunidad para reaccionar.

Vriesheim, comandante general de las tropas holandesas en España, se había puesto aquella
tarde a la cabeza del Regimiento de Welderem. En su informe sobre la batalla hay una breve
alusión a lo sucedido:

«Las tropas de los Estados han combatido como leones y, sobre todos el regimiento de
Welderem, que he llevado y mandado al combate. Pero tras haber arruinado a los infan-
tes que le combatían, la caballería de los enemigos lo ha pasado todo por la espada sin
que nadie haya escapado mas que unos pocos. El Regimiento de Cavalier ha sostenido bien
al de Welderem.»

El citado Regimiento de Cavalier era el objetivo de Cereceda, que un mes antes había aniqui-
lado en las proximidades de Alicante a otro regimiento inglés (Montendre), con sólo dos de
sus compañías. Ahora al completo, los 3 escuadrones (12 compañías) hicieron el mismo tra-
bajo mucho más rápidamente. El mismo Cavalier, el famoso jefe "camisard" de Cevennes,
resultó gravemente herido y salvó la vida gracias a que unos fieles camaradas le sacaron del
campo, gravemente herido; pero de los suyos quedaron muy pocos. Quieren los biógrafos de
Cavalier que los franceses se ensañaron con sus hombres porque eran hugonotes, pero ya he-
mos visto que ni fueron franceses quienes les vencieron ni hubo más ensañamiento que el or-
dinario en una función de guerra. Cereceda era uno de los mejores jefes de caballería españo-
les y sus hombres, habituados a operar en orden disperso en amplias batidas y reconocimien-
tos, eran también de los más prácticos y ejercitados. Unos enemigos temibles que no dejaron
marcas notables de ferocidad. Muchos hugonotes salvaron la vida, pero resultaron ser —al
menos así lo confesaron— franceses católicos que fueron obligados a engancharse tras haber  
sido apresados en Ramillies; la mayoría de ellos aceptaron engrosar las filas de los regimien-
tos franceses de Berwick antes que constituírse en prisioneros de guerra. De hecho, el regi-
miento de Cavalier fue disuelto por la Reina Ana en febrero siguiente (1708).

Mahoney encontró más resistencia con el Regimiento de Welderen, que le causó casi 100 ba-
jas; entre ellos varios capitanes y el teniente coronel, que cayó muerto. La resistencia encres-
pó los ánimos y la lucha fue más encarnizada. Hubo poco cuartel. Sólo muy pocos holande-
ses lograron escapar, enlazando con el grueso de la infantería confederada del centro, lo que
viene a demostrar que no estaban tan lejos de donde los propios holandeses dicen que llega-
ron a estar ni donde el pincel de Ligli llegó a pintarlos. De otra forma, es probable que nin-
guno hubiera llegado a contarlo. Una vez deshechos los dos regimientos holandeses, los 7 es-
cuadrones formaron en columna y cayeron sobre la izquierda de la infantería enemiga del
centro, ya en confusión por el nutrido tiroteo que recibían de las brigadas españolas. Este ata-
que consistió más bien en una pasada. Los dragones se limitaron a descargar sus arcabuces,
aunque en proximidad, y los jinetes de Cereceda sus pistolas. Raudos como centellas, se man-
sionaron del claro abierto entre la infantería holandesa y portuguesa del que ya he hablado
(R&D nº 8, pg. 90-91), se reagruparon y comenzaron a cargar contra los regimientos portu-
gueses de la segunda línea (16:20).Les hemos seguido durante 15 ó 20 minutos, abandonan-
do la relación de lo acaecido en el centro, que es preciso retomar para no perder el hilo crono-
lógico de nuestro relato. Pero antes, conviene una mínima recapitulación.

Como hemos visto, la actuación de esta reserva, que conocemos con gran detalle, no respon-
de exactamente a las instrucciones que cita la "Relación puntual". ¿Cabe pensar, pues, que
Mahoney o Cereceda tomaran decisiones propias? Zieten, el gran general de caballería de Fe-
derico II, lo haría 50 años después, pero cuesta admitir que algo así sucediera en Almansa,
aunque tanto el uno como el otro eran capaces de obrar por sí mismos y habían demostrado
ya sobrada resolución y capacidad para hacerlo. Pero ahora el escenario era distinto a Cremo-
na o San Vicente del Raspeig. Estamos en un campo de batalla, con ejércitos formados en lí-
nea, donde cada cual sabe exáctamente qué hacer y cuando hacerlo; esto es, conforme se re-
ciban las oportunas órdenes del mando, sin resquicio a la interpretación y, mucho menos, al
cambio de guión. Volvamos la oración por pasiva. Si lo que emprendieron Mahoney y Cerece-
da había sido previsto y ordenado por Berwick, entonces la lucidez del mariscal, al menos en
aquella jornada, rayó a una altura sideral, incomprendida aun en todas sus manifestaciones
por sus más rendidos panegiristas. No obstante, sabemos que era capaz de reducir a muy bre-
ve y clara exposición opciones complejas y múltiples, como denota sobradamente su corres-
pondencia con Chamillart, tanto la que produjo la campaña de Portugal, la  precedente de
1706 y la que ya hemos visto en estas páginas de 1707. De todas formas, a lo más que pode-
mos llegar es a es plantear la cuestión. Mahoney, secundado por Cereceda, aprovechando el
claro entre la infantería enemiga, que liberaba de riesgo a su flanco, ganó la segunda línea
portuguesa y cayó sobre la retaguardia de los tercios allí alineados ¿Hasta dónde actuaron  
por órdenes de Berwick y desde cuándo por iniciativa propia, si es que la tuvieron? Aparte de
la mera elucubración, de momento no tenemos respuestas.
La iglesia parroquial de Villares del
Saz, erigida sobre los restos del
antiguo castillo de la villa. Aquí fue
bautizado e inhumado Juan de
Cereceda, cuya casa natal aun se
conserva, aunque ya no pertenece a
sus descendientes.
Juan de Cereceda, según el detalle
de una ilustración de Emilio Marín
publicada en R&D no. 5. Emilio, que
trabaja en la localización del
escenario de una de las gestas del
«Centauro», se inspiró en un lienzo
que conserva una  familia ubetense,
según el boceto que pergeñó y tomó
"in situ"de aquel cuadro. Sin
embargo, adaptó la pose del retra-
tado a los requisitos de la ilustración
que realizó para la revista
«Researching & Dragona».
La foto es borrosa e incompleta.
Dudo si pueda tratarse de la
fachada del antiguo colegio de los
Jesuítas o la del convento de Jesús
y María. En todo caso, Cereceda
estudió en el primero, cuya iglesia
fue convertida, desde la expulsión
de la Orden (1770) en una de las
parroquias de la villa, la de «San
Nicolás el Real de Medina», que
aun luce las armas reales que
ordenó añadir Carlos III.
El Peñón de Gibraltar, en una foto
aérea. Caracena asistió durante los 8
meses que duró el asedio/bloqueo  de
1704-5 en el campo que se formó en
el istmo y aledaños, conocido desde
entonces como Campo de Gibraltar.
En sus 38 años de vida militar activa,
sirvió en Cataluña, Levante,
Andalucía, Extremadura, Castilla y
Galicia, pero nunca lo hizo fuera de
España, lo que constituye una
curiosidad de su carrera por lo
infrecuente en su tiempo.   
Labajos es un pueblecito segoviano
que atravesaba el antiguo trazado de
la carretera nacional VI (Madrid-La
Coruña). Aunque la emboscada al
convoy portugués se produjo en las
afueras de la población, evocamos
aquí su fuerte iglesia parroquial, que
en el pasado se erigía en el baluarte
defensivo del lugar.
Combate de caballería entre
austríacos y franceses en tiempos de
la Guerra de Sucesión de Austria. El
conflicto es posterior a la época de
Cereceda; la uniformidad y el
armamento habían evolucionado
desde entonces, pero la táctica era
esencialmente la misma (pintura de
F. J. Casanova)
El Gurugú domina la llanada entre el
Henares y el Jarama. La foto está
tomada desde Ajalvir, a más de 20
Km. de distancia de su base.
El monte Gurugú visto desde
Villalbilla, muy cerca de Torres de la
Alameda. Al fondo, Torrejón de
Ardoz, cuyo núcleo poblacional es
hoy muchísimo más dilatado que
hace 3 siglos
La iglesia de Torres de la
Alameda. El bagaje confederado
estaba retirado del pueblo, pero en
la torre había apostada una
guardia, cuya vigilancia resultaría
más fácil eludir de noche. Pero no
sabemos cuándo se produjo el
ataque.
Iñigo de la Cruz Manrique de Lara
y Ramírez de Arellano (1673-1733),
  XI conde de Aguilar de Inestrillas,
IV de Villamor y III de Frigiliana,
V Marqués de la Hinojosa.Fue uno
de los militares más reputados de
la Guerra de Sucesión, pero
renunciaría a todos sus cargos y
empleos y se retiraría del servicio
en 1711. Felipe V le desterró de la
Corte (1711-20) y no le permitió
verle hasta 1725, pero entonces ya
había perdido su pasada influencia.
Defendió empeñadamente los
antiguos privilegios de la grandeza
de Castilla, que el nuevo rey
pretendía recortar, una de las razo-
nes que le impulsaron a dimitir.
El Arco de Medina, junto a la
Torre del Reloj, una de las
antiguas puertas de ingreso en
la villa murada de Huete.
Ayuntamiento del bello pueblo
alcarreño de Horche, encaramado
en un risco que domina el valle del
Tajuña. Las memorias del anóni-
mo dragón inglés, que publicó
The
Society for Army Historical
Research
, constituyen una valio-
sísima fuente de información
sobre las operaciones de Cere-
ceda en el Tajuña, el año 1710.
James Fitz-James Stuart
(1670-1734), hijo natural del rey
Jacobo II, fue duque de Berwick en
Inglaterra, duque de Liria y Jérica
en España, par y mariscal en
Francia, pero no escribió sus me-
morias. Lo hizo un fraile benedictino
irlandés, Nathaniel Hooke; sin duda,
sobre cartas y documentos del
duque, pero copió sin mesura a
Quincy y el resultado es deplorable.
Pese a ello, han tenido numerosas
ediciones; la mejor, una francesa
que intentó depurar los excesos del
fraile, pero a costa de despachar la
batalla de Almansa en poco más de
cuatro párrafos. En cambio, las que
escribió su subordinado D'Asfeld,
que son auténticas, permanecen
inéditas, salvo por los fragmentos
que tradujo al inglés el general Haw-
ley (que luchó en almansa como
simple capitán) y publicó Atkinson.   
La impresionante conventual san-
tiaguista de Uclés conserva aún be-
llísimos artesonados, únicas riquezas
que no pudieron llevarse sus su-
cesivos saqueadores. El frente de la
derecha es visible, a distancia, desde
la autopista de Valencia (A7)
Ni su formidable y enriscada
posición, su castillo y sus murallas,
impidieron que Alarcón cayera en
poder del ejército austracista en su
retirada hacia el reino de Valencia.
Aunque saqueada, la población no
sufrió daños de importancia.
Pese a combatir aislado en las pro-
ximidades del puente de Vadocañas,
Cereceda no pudo impedir su pasaje
por las tropas del Archiduque.
Ilustración de Emilio Marín sobre la
batalla de Almansa, que fue portada
del número 5 de R&D, donde
iniciamos la publicación de una
exhaustiva investigación sobre aquel
acontecimento, hasta entonces
superficialmente estudiado desde el
punto de vista historiobélico.
San Vicente ha crecido mucho, tanto
que ya da casi la mano a Alicante. La
foto aérea descubre el Benacantil, al
que se encarama el castillo de Santa
Bárbara, visible desde el antiguo
pueblo (hoy ciudad) mirando al sur.
Hacia el N. también es visible el pico
de Maigmó, en cuya base se halla el
pueblecito de su nombre. En un olivar
entre San Vicente y Maigmó, más
cerca del primero, se dió la embos-
cada. De haber sido más amplia la
panorámica de la foto de abajo, tomada
desde la cima del Maigmó, podríamos
haber situado el lugar, al menos
tentativamente.
Henri Massue de Ruvigny
(1648-1720), hugonote francés creado
conde de Galway en Inglaterra, en
cuyo ejército alcanzó el generalato.
Mandó las tropas de dicha nación en
España, que condujo muy torpemente
en la batalla de Almansa.
La batalla de Almansa en una lito-
grafia de J. Serra, publicada en la
Historia de España ilustrada, de R.
del Castillo (Barcelona, 1878). Se
trata de ilustración convencional,
copiada de la que compuso Philippo-
teaux sobre el asalto de las trin-
cheras de Denain (1712).
Escuadrón de caballería borbónica,
dispuesto a entrar en acción durante
la batalla de Almansa, según la pin-
tura que Felipe V encargó a Philippo
Pallota y Bonnaventura Ligli, ter-
minada en 1709. Fue la primera ba-
talla que se disputaba en España sin
picas, aunque la infantería española
todavía prefería inutilizar sus bocas
de fuego para cargar a la bayoneta.
Los portugueses estaban adiestrados
en el disparo por pelotones y desple-
gaban a la moderna; sin embargo,  el
ORBAT portugués (Col. pombalina)
todavía mantiene la anacrónica deno-
minación de escuadrones (mayor
fondo que frente) para la infantería y
de batallones (mayor frente que
fondo) para la caballería.
Jean Cavalier (1681-1740), era un
campesino que tuvo en jaque al ejér-
cito francés durante la rebelión de los
camisards en Cevennes (1702-4), al
que derrotó en Martignargues (1704).
Tras alcanzar un acuerdo con el maris-
cal Villars, partió al exilio con un pu-
ñado de seguidores  que formarían el
núcleo de su regimiento, que sirvió al
duque de Saboya y luego a los holan-
deses. Tras salvar milagrosamente su
vida en Almansa pasó a Inglaterra,
donde alcanzó el grado de general y
fue gobernador de la isla de Jersey.
EPÍLOGO.
Confío que lo apuntado sobre Juan de Cereceda justi-
fique la admiración que me producen sus gestas, que
sería más universal de ser mas conocidas.

En el boletín de la R.A.H. del año 1877, el académico
Jacobo de la Pezuela lamentaba que
Noticias
Conquen-ses
, recientemente publicado por Torres de
Mena, ado- leciera de
«pocas noticias militares sobre
muchos he- chos de que fué Cuenca teatro y que no se
extienda más sobre la vida del heróico D. Juan de
Cereceda "el de los rebatos" de cuyas hazañas
Berwick, Peterbo- rough y muchos escritores
extranjeros se han ocupa- do más que los mismos
españoles».

Tengo que completar su peripecia vital para el Diccio-
nario biográfico español
por lo que habré de enfras-
carme nuevamente con sus gestas procurando desgra-
narlas, si no todas, al menos las más importantes. Para
finalizar aquí, apuntaré que, en 1720, siendo mariscal
de campo, se retiró voluntariamente a su casa de Villar
del Saz de D. Guillén (hoy Villares del Saz), hecho que
no le impidió ascender a teniente general de los RR.
EE. (1734), empleo que tenía cuando murió el 5 de no-
viembre de 1743.
                                                                                                       
                                                      
JUAN L. SANCHEZ


Researching & Dragona
Ligli pintó la carga de Mahoney y Ce-
receda demasiado cerca de los muros
de Almansa, pero los holandeses no
llegaron tan lejos. Puede que el arqui-
tecto Pallota, que planteó el cuadro y
su complicada perspectiva, lo hiciera
conscientemente para recrear la traza
de la villa, legándonos el más antiguo
testimonio visual que poseemos de
ella. Señoreada por su Iglesia Mayor,
que la leyenda al pie del lienzo (150)
llama de Santa María y hoy se conoce
como la Asunción, también plasmó la
casa de los Enriquez de Navarra
(149), frente al convento de las Agus-
tinas (151). Aunque no las identificara,
también reconocemos la torre del
Reloj y el palacio de los Condes de
Cirat, hoy Ayuntamiento, junto a la
Iglesia Mayor, visible en la repro-
ducción de abajo.
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