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| ESTUDIOS HISTORIOBÉLICOS. EDICIÓN DIGITAL |
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| ROCROI, EL TRIUNFO DE LA PROPAGANDA (I). |
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| por JUAN L. SANCHEZ Publicado en R&D no. 16 (marzo 2002), pgs. 4-35 y R&D no. 21 (nov. 2003), pgs. 18-43. Una traducción francesa acaba de aparecer en Rocroy, 1643. Verités et controverses sur une bataille de légende. Rocroi, Ville de Rocroi et al., 2007. |
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| Rocroi, "roca del rey", era una plaza fuerte fronteriza de las Ardenas, cerca del valle del Mosa, que vigilaba el extremo sudoriental del condado de Hainaut y constituía el an- temural defensivo de Rethel y Reims. Su nombre ha adquirido fama legendaria debido a la batalla dada en sus campos, generalmente relacionada con un gran desastre; el prime- ro de su magnitud, se dice, que sufrían los tercios españoles. Por ello, suele usarse como hito o mojón en la Historia militar: el que marca el final de la supremacía española. Sin embargo, la batalla de Rocroi no pasó de ser un mero accidente, una derrota in- sustancial como otras del pasado —las Dunas de Nieuwpoort (1600) o Avein (1635) [1], por ejemplo— cuyas heridas restañaron pronto porque no aparejaron consecuencias gra- ves ni decisivas. Derrotas decisivas tambien las sufrieron los tercios de Flandes, por eso no se ganó la guerra contra Francia. Una guerra que, pese a las sublevaciones de Catalu- ña, Portugal y Nápoles, la pérdida de las antiguas alianzas con grisones, saboyanos y mo- deneses, la inconstancia del Imperio y la defección final de loreneses y wirtemburgueses, España estuvo más cerca de ganar que Francia. En 1654, cuando en Rocroi ondeaba ya el pendón hispano y Condé, antaño vencedor sobre misma la plaza, militaba en las filas de la Casa de Austria, los plenipotenciarios franceses trataban de cerrar en Madrid un sa - tisfactorio acuerdo de paz. Barcelona y la mayor parte de Cataluña habian vuelto al Rey, excepto el Rosellón, como Nápoles y todo lo que Francia habia tomado anteriormente en Flandes, Hainaut, Artois y Luxemburgo excepto Arras, Hesdin, Thionville y poco más; si acaso, menudo. Precísamente, la peculiar situación de Condé, cuya rehabilitación en Francia constituía un escollo, fue demorando el acuerdo mientras que el ejército de Flan- des progresaba sobre Arras. La reconquista de la plaza hubiera sellado una paz a cual - quier precio pero, contra todo pronóstico, un ejército de socorro francés fue capaz de rom- per el triple cordón defensivo de los sitiadores (25 de agosto), obligándoles a huir con tan- ta precipitación que abandonaron su artillería y bagajes. Aquella fue una derrota decisi- va, muy parecida a la de Turín, en 1706, que —siendo exclusivamente francesa— supuso el final de la presencia española en Lombardía. Francia, como España en 1648, sacó fuerzas de flaqueza y se aprestó a mejorar su posición por la fuerza de las armas, pero bien sabía que no lo conseguiría por sí misma. Desde que la pacificación europea la dejara sola frente a España había ido perdiendo to- do lo que antes le ganara, de manera que buscó afanosamente restar aliados a su enemi - go y procurarse otros para sí. Tras lograr que los duques de Lorena y Württenberg aban- donaran la causa del rey de España y se unieran a la suya, intentaron una aproximación a Cromwell, el regicida aislado que precisaba en el exterior de una válvula de escape pa- ra sus crecientes problemas internos. Francia apoyaba hasta entonces a Carlos II, exilia- do y acogido por Luis XIV, pero la situación no se prestaba a escrúpulos de conciencia. El rey depuesto fue despedido y, aunque España le recibió enseguida, Mazarino sacó ade - lante su alianza con quien, en todas las cortes europeas, era apodado "el Tirano". Inglaterra concibió entonces aquel vasto "Western Design" que se redujo a mansio- narse de las deshabitadas islas de Jamaica y San Cristóbal, aunque su flota se apoderó parcialmente del tesoro indiano en 1655. Todavía pudieron los tercios vencer a los maris- cales La Ferté y Turenne ante Valenciennes (17.VII.1656), pero la armada inglesa volvió a ser decisiva en 1658, en la batalla de las Dunas de Dunkerque [2] y en el mar, tomando parte de otra flota indiana y forzando a España a negociar una paz en desventaja. Las derrotas de Arras y de las Dunas de Dunkerque, en tierra, y las de la Armada en la mar, resultaron decisivas por sus consecuencias irreversibles aunque ninguna de ellas haya al- canzado pareja resonancia histórica a la de Rocroi. Lo mínimo que puede predicarse de la batalla de Rocroi, por chirriante que parezca, es que fue una pírrica victoria francesa. Su ejército resultó más castigado que el de Melo [3] y quedó tan desorganizado que hubo de replegarse al interior de Francia, a Guise, en Pi - cardía, para rehacerse «como si hubiera sido vencido» [4]. Cierto que logró su objetivo de socorrer la plaza sitiada y que ganó el campo, pero no lo es menos que, para conseguirlo, hubo de apelar a una solución que constituye, a mi juicio, la mayor originalidad táctica de todas las atribuídas en la jornada al duque de Enghien: ofrecer la capitulación, en ple- na batalla campal, a una fracción de un ejército vencido a la que no puede doblegar. Cla- ro que, en las condiciones en que había quedado el suyo, y ante la amenaza cierta de un inminente socorro enemigo, pocas opciones convencionales le quedaban a quien no había logrado sofocar, con todo el peso y la moral de un ejército vencedor, la titánica resisten - tencia de los últimos españoles que combatieron en Rocroi. Esta solución es ya de por sí lo suficientemente notable como para que la batalla de Rocroi ocupara un puesto en la Historia, pero sucede que los franceses ocultaron y tergi- versaron estos hechos —como tantos otros en torno al acontecimiento—, hasta el punto de que resulta muy complicado reconstruir su desarrollo. No porque no pueda hacerse o intentarse, sino porque la percepción historiográfica de lo sucedido es tan distinta a lo que realmente ocurrió que no puede limitarse uno a cambiar el discurso sin correr el ries- go de ser tomado por un majadero. Hay que invertir el método. Antes es preciso desmon- tar el mito, comparar lo que se ha dicho y viene admitiéndose por cierto con lo que se in- fiere de los testimonios de actores, memoristas o historiadores coetáneos; identificar y aislar las diferencias y resolverlas, en la medida de lo posible, con el auxilio de documen- tación incontrovertible. Como veremos, ésta también existe. No se ha utilizado todavía, de ahi la larga permanencia del mito, pero existe, como todavía subsisten algunas dudas. El empeño de resolverlas ha venido demorando demasiado tiempo la continuación de un trabajo que empendí hace 7 años, precísamente a raiz del artículo publicado en Dragona no. 3 con ocasión del 350º aniversario de la batalla. Lo retomo ahora en el punto donde quedó, pero ya no hablo de incógnitas porque muchas se han despejado y, desde luego, ha cambiado mi percepción goblal de aquel exámen sobre los hechos. Actualmente estoy en situación de poder enunciar claramente lo que Rocroi fue y debe significar en el contexto historiobélico: un montaje, una victoria propagandística; un pequeño éxito militar que, en aras de la coyuntura política del momento, fue convertido en un triunfo resonante. Tan prontamente como el 27 de mayo de 1643, Téophraste Renaudot [5], escribía en la Gazette de France el siguiente preámbulo a la relación que, sobre la batalla, compuso François Goyon de la Moussaie, compañero de juegos infantiles de Condé, su ayuda de campo, el historiador de sus primeras campañas y su más leal y constante servidor hasta su muerte en 1650: |
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| «Una victoria es siempre bienvenida, pero cuando es de la más grandes de su siglo, cuando llega al comienzo de un reinado, de un gobierno y de una campaña entonces se asemeja a los rayos del sol, cuya simple luz es hermosa cada dia pero cuyos efectos se multiplican tantas veces como se reflejan en los espejos que los reciben. Por sí misma, la victoria es tan gloriosa como grande. Es de muy buen augurio para el Rey, bajo cuyos auspicios sirve de primera muestra y pedestal a sus triunfos; remarca la felicidad de una regencia, de la cual el éxito se declara partidario, y el valor y la conducta de un general que comienza su carrera por donde otros vendrían a terminar las su- yas. Sobre todo, nos ha dado una tal esperanza de acabar bien esta campaña, que el gran golpe que han recibido los enemigos les hace temer que ésta no llegue a su conclusión» |
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| No es sorprendente que algo así se escriba apenas una semana después de una bata- lla cuyo relato compuso La Moussaie ad maiorem gloriam de su señor. Lo sorprendente es que siguiera calando cuando la ganancia de aquella campaña que iba a concluir antes de tiempo —obviamente con la caída de Bruselas— se redujo a la toma de las periféricas Thionville y Sierck, que poco o nada comprometían la seguridad de los Países Bajos. Lo sorprendente es que un relato adulterado, compuesto por un deudo parcial del vencedor y contestado desde muchas otras fuentes contemporáneas, siga impregnando los libros y artículos que tratan, con mayor o menor generalidad, sobre el suceso. La Moussaie pu - blicó en la Gazette que, de los 26.000 hombres que componían el ejército de Melo, más de 8.000 perecieron en el campo de batalla y casi 7.000 cayeron prisioneros. John Childs, en un recentísimo trabajo divulgativo [6], repite las mismas cifras aunque trocando los muertos por prisioneros. El problema de los caídos en los campos de batalla del siglo XVII es que, cuando po- dían inhumarse, no llevaban nada encima que permitiera distinguirles como propios o enemigos. Los muertos carecían de valor, incluso del sentimental que posteriormente tu- vieron, excepto para la legión de merodeadores que se cernían sobre sus despojos. Natu- ralmente, cada soldado ocupaba una plaza singular en los libros de asiento de su compa- ñía, que era preciso "aclarar" —como se decía entonces— caso por caso. Muchos de esos libros se conservan, de manera que podría dimensionarse muy aproximadamente el es- trago que causó la batalla tanto en uno como el otro ejército, pero a costa de un trabajo tan árduo que no creo que llegue a hacerse nunca, incluso contando con un mayor interés por estos temas del que gozan al presente. Como cuesta menos repetir lo ya dicho, por desmesurado que se quiera, las exageraciones sobre Rocroi tienen abonado el camino pa- ra seguir propagándose ad nauseam. Aquí se ha seguido otra vía para llegar a resultados más aproximados, pero mucho más válidos que las vagas estimaciones tradicionales. Se trata de la comparación de muestras a nivel de unidades. El problema es que muchas de las unidades presentes en Rocroi no llevaban todas sus compañías [7] y desconocemos el número e identidad de las presentes; puede colegirse, como he hecho, que las más intactas no asistieran a la jorna- da, pero no deja de ser una inferencia. No es importante para precisar el número de ba- jas reales, que resultan de la sustracción de efectivos entre dos muestras, pero desenfoca la relatividad de las mismas porque no es lo mismo que una unidad registrara 200 bajas sobre unos efectivos de 800, 1000, 1500 ó 2000 hombres presentes. Otro problema con- siste en la distancia entre las muestras. Disponemos de la inmediatamente posterior a la batalla, que es fundamental, pero por el extremo opuesto las carencias son mayores; a veces, para buscar la exhustividad de una revista de compañías habrá que remontarse a 1640, aunque disponemos de algunas cifras de 1642. Por último, lo que podemos precisar es un número muy aproximado a la realidad de las bajas, pero sin distinguir entre muer- tos, prisioneros o desaparecidos. Como veremos en su momento, el número total de éstas fue de unos 8.500 hombres. Aun siendo enormes, próximas al 40% de los efectivos, supo - nen la mitad de las que difundió La Moussaie y no han cesado de repetir caprichosamen- te otros, sin perjuicio de su veracidad e incluso corrigiéndolas al alza. En cambio, para mitigar su impacto, basta recordar que casi la mitad de aquella cifra corresponde a los prisioneros, cuya cifra cabal conocemos. Los prisioneros eran moneda de canje o rescate, por lo tanto importaba mucho con- trolar su número y calidad. Las relaciones eran nominales, agrupadas por unidades y graduaciones, tanto para oficiales vivos y reformados como soldados aventajados u ofi - ciales que sirvieran como tales en calidad de voluntarios; del resto de la tropa se consig- naba solamente el número. Las de Rocroi se conservan, pero pueden llamar a equívoco pues no he podido documentar aún si parte de los rendidos capitularon su evacuación a Fuenterrabía o solamente "el salvo de la vida". En todo caso, del campo de batalla salie- ron bajo escolta francesa 578 oficiales y 3.895 soldados del rey de España; es decir, casi 4.500 hombres [8]. Por lo tanto, no muchos más de 3.500 pudieron perecer en el campo de batalla y eso estimando la deserción en 500 hombres, una cifra excepcionalmente baja para las facilidades de hacerlo tras una derrota sobrevenida en un campo de batalla ro- deado de bosques. En Honnecourt, el año anterior, los franceses tuvieron el mismo nú- mero de muertos, en torno a 3.500, aunque menos prisioneros, unos 2.500 [9], porque el cuartel fue discrecional mientras que en Rocroi se pactó. Pero dado que el tamaño de los ejércitos enfrentados fue ligeramente superior a la mitad, la mortandad francesa superó la cota del 30%, un valor altísimo para la época que, obviamente, duplica al de las tropas españolas en Rocroi (14%). No obstante, es difícil hallar alguna noticia sobre la batalla de Honnecourt en ningún estudio generalista. Childs ni la menciona. Rocroi hubiera debido ocupar en la historia de los conflictos bélicos un papel análo - go al de Honnecourt, pero los franceses la idealizaron por los móviles que tan temprana - mente apuntó Renaudot. Era necesaria para afirmar un nuevo reinado, una balbuceante regencia y un gobierno, el de Mazarino, malquisto y enfrentado a los príncipes y al Par - lamento. La voluntad divina venía a sancionar con ella las disposiciones testamentarias de Luis XIII y convalidaba la política exterior de Richelieu al dar Francia una victoria que constituía el basamento del nuevo reinado y el halagüeño presagio de otras muchas. En realidad, la victoria no fue tan resplandeciente como el sol que pronto se convertiría en la divisa y sobrenombre del rey, ni necesariamente implicaba que fuera a enlazar con otras; pero lo cierto es que éstas, al menos temporalmente, se produjeron. De no haber sido así, quizá la mítica sobre Rocroi no habría alcanzado los niveles que hoy conocemos ni Victor Cousin hubiera podido escribir lo que sigue [10]: |
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| «Francia no cuenta en su historia años mas gloriosos que los seis primeros de la regencia de Ana de Austria y del gobierno de Mazarino. Tranquila en el interior, tras la derrota del partido de los importantes, triunfante en todos los campos de batalla desde 1643 a 1648, desde la victoria de Rocroi a la de Lens, unidas entre sí por otras tantas y coronadas por el Tratado de Westfalia.» |
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| El siglo de Cousin, y él mismo, contribuyeron sobremanera a conformar definitiva- mente el mito. Pero el siglo del romanticismo, de los ideales y de la revolución industrial no hizo más que redondear una obra que comenzó a gestarse apenas cesó el fragor de la lucha aquel martes 19 de mayo de 1643. La Moussaie escribió el libreto pero toda Fran- cia lo cantó a coro. Así se comprende que el Cardenal de Retz, un frondista enemigo de Mazarino, pero francés al cabo, escribiera en sus Memorias (I, 231): |
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| «La batalla de Rocroi, cuyos laureles cubrieron al rey en su cuna, dio tanta seguridad al reino co- mo le aportó prestigio destruyendo para siempre el de la infanteria española.» |
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| Lo curioso del caso es que él ni estuvo allí ni podía creer entonces en lo que llegó a escribir. Al menos, una década más tarde confiaba en que esa infantería española pudie- ra salvar a Burdeos, el último bastión frondista. Sin duda, la propaganda había cargado su mano como 60 años atrás había armado ideológicamente a los rebeldes holandeses. Las herramientas fueron las mismas: grabados para las masas analfabetas; relaciones impresas, gacetas, avisos y libelos, incluso rimas y poemas, para los instruídos. Pero el caso de Rocroi constituye un ejemplo único de machaconería y perseverancia. La batalla produjo más de medio centenar de piezas iconográficas, un registro casi 2 veces superior al de Waterloo y cinco veces mayor a los inmediatamente siguientes de la época que es- tudiamos, incluyendo la napoleónica. |
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| © JUAN L. SÁNCHEZ |
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