ESTUDIOS HISTORIOBÉLICOS. EDICIÓN DIGITAL
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ROCROI, EL TRIUNFO DE LA PROPAGANDA (III).
por JUAN L. SANCHEZ
Publicado en R&D no. 16 (marzo 2002), pgs. 4-35 y R&D no. 21 (nov. 2003), pgs. 18-43.
Una traducción francesa acaba de aparecer en
Rocroy, 1643. Verités et controverses
sur une bataille de légende.
Rocroi, Ville de Rocroi et al., 2007.
EL COMBATE EN EL ALA IZQUIERDA ESPAÑOLA (CONTINUACIÓN).

  B) La versión histórica del siglo XIX.
  El siglo XIX, impulsado por el romanticismo, pero sobre todo por el revisionismo na-
cionalista, conoció un inusitado interés histórico y el nacimiento de la Historia discipli-
nar, todavía no muy alejada de la tradicional historia erudita. Hacia mediados del siglo,
Victor Cousin desempolva el mito de Rocroi. Atrapado entre La Moussaie, Lenet y Bessé,
de quien todavía se ignoraba que no era sino el mismo Goyon de La Moussaie, descubre y
construye la genialidad de Condé, que no aprecia inferior a la del mismo Napoleón:
«Dirigida por Condé en persona, el ala derecha francesa derriba todo lo que tiene ante ella y persi-
gue vigorosamente al enemigo. Mientras tanto, el ala izquierda de La Ferté y L'Hôpital, estaba
muy maltratada; sus dos comandantes fuera de combate y, desbandándose, amanazaba conta-
giar su derrota al centro, donde Espenan se mantenía firme pero demandaba refuerzos a gritos.
Otro en lugar de Condé, hubiera vuelto sobre sus pasos, atravesando en una actitud equívoca el es-
pacio gloriosamente recorrido, socorriendo asi a su izquierda y a su centro, y utilizando la reserva
para completar la victoria o reparar la derrota. Condé tomo otro partido. En lugar de recular,
avanza mas; después, llegado a la altura de las lineas enemigas donde estaba la infanteria italia-
na, valona y alemana, gira a la izquierda, se arroja sobre esta infanteria, la destroza, y viene a
caer sobre la espalda del ala victoriosa, tras haber ordenado decir a Sirot que marchara con toda
su reserva al socorro de Espenan y L'Hôpital y restableciera el combate a cualquier precio, lo que
Sirot hizo admirablemente. Así, cogido entre dos fuegos, el ejército enemigo cedió tanto a la izqui-
erda como a la derecha y se ganó la jornada. Pero no bastaba sólamente con librar a Francia del
peligro presente, era preciso, en el mismo dia, librarla de alguna manera del porvenir, destruyen-
do lo que hacia la fuerza y el prestigio de los ejércitos españoles:
la vieja infantería verdaderamen-
te española, que formaba la reserva en su calidad de tropa de élite
. No tenia mas salida que la
muerte. Condé la asaltó de todas partes con sus escuadrones victoriosos, con toda la infantería
que pudo reunir y, sobre todo, con su artilleria. Y acabó, tras una memorable resistencia, por
demolerla enteramente. Casi toda pereció en Rocroy.

Al ruido de esta batalla donde todo era maravilloso, la juventud del general, la osadia y la novedad
de las maniobras, la grandeza de los resultados, la corte de Paris se vio transportada por el entu-
siasmo. Se olvidaron los pasados desastres
y veía abrirse una larga cadena de triunfos. He aqui
elevado a un general de 22 años que creaba una nueva manera de hacer la guerra donde la auda-
cia estaba al servicio del cálculo, como Descartes y Corneille hacían una filosofía y una poesía
nuevas...».
  He subrayado los pasajes más dolosos, aunque poco pueda salvarse del resto excepto,
acaso, lo que tiene más literario que histórico: la garra de una prosa que pretende se-
ducir. El problema de Rocroi es que existen dos batallas: una versión absolutamente fa -
laz, creada en el entorno inmediato de Condé, y la que puede reconstruírse a partir de
otras fuentes, incluso francesas, mas minuciosas y veraces, pero incompatibles con la an -
terior; en cambio, más difundida y, para colmo, históricamente consagrada. Henry Mar -
tin, en su monumental Historia de Francia entrevió el problema, pero sus objetivos le dis-
tanciaban de una solución que requería un estudio específico; por ello, con una ligereza
poco encomiable, optó por descartar la versión que le incomodaba (XII,163):
«Seguimos a la Moussaie antes que a Sirot [46],  testigo y actor importante de la jornada pero cu -
yos recuerdos parecen poco fieles".
  Jules Michelet (1798-1874), que pasa por ser uno de los padres de la moderna Histo- ria
francesa, fue el primero en advertirlo parcialmente, enunciándolo con una acendrada
altura estilística (Histoire de France, XIV, 247-254):
«Francia, que se dice tan incrédula, tan escéptica y tan positiva, tiene siempre necesidad de un mila-
gro, del milagro humano, del héroe. Le es preciso adorar a alguno o alguna cosa que se le parezca.
Hemos visto ya, para François de Guise en Metz y en Calais, como se hacen, cuales son las recetas
para fabricar héroes. Cuando éste reino enorme, formado de 12 reinos, centraliza su fuerza en un
general favorito, no puede fallar el gran golpe. El milagro se hace. Un héroe ha caído del cielo. El
pueblo se arrodilla.

Si un malhadado crítico busca las cuerdas y las máquinas que, por detrás, han ayudado al milagro
es un envidioso, un denigrador; se le tiene en muy mala fama. Leed al gran Bossuet, leed al histo-
riador de la familia [la Moussaie], al hombre de negocios de Condé [Lenet], y veréis que sólo Condé
nos dió la victoria de Rocroi. Lenet temía de tal forma que los tenientes de Condé tuvieran allí la
menor parte que los cita con estigmas desagradables. Hubiera querido hasta deslucir la honradez
de Gassion. Felizmente, posee-mos fuentes más seguras, detalles mas exáctos y mas dignos de la
Historia.»
       Aún recuerdo la emoción que me embargaba cuando leía aquel párrafo, aunque deca-
yó enseguida. Michelet no tenía más que las Memorias de Montglat, el coetáneo
mestre de
camp
del regimiento de Navarre, al que reputó de excelente historiador militar, muy ca -
paz y bien informado. Vaya bagaje! Para excelente historiador militar, bien informado y
menos sospechoso de parcialidad, podía haberse fijado en Gualdo Priorato. Monglat no es-
tuvo en Rocroi, aunque atribuyó la victoria a Gassion recogiendo el rumor que corría por
todo el ejército. Pero, ¿quién inspiró el resto de su relato? No podía ser sino el inefable La
Moussaie a quien el mismo Michelet denosta. ¿Podía ignorar que Montglat había bebido,
por fuerza, en la fuente de la que manaba todo lo que corría en Francia sobre la batalla?
Michelet se opone al mito de Condé, no al de Rocroi, en el que cree con la fe de un niño. De
ahí que apostille:  
«La infantería francesa quedó la primera del mundo con independencia de sus generales ...».
  Adolphe Chéruel, catedrático de la Sorbonne, se interesó por el problema en 1877.
Profundiza en el montaje que denunció Michelet y descubre otra pieza más del mismo:
que el verdadero autor de la historia publicada por Bessé (1693) sobre las campañas de
Rocroi y Friburgo no era otro que La Moussaie. Descubre algunas cosas más; sobre todo
que determinadas revelaciones pueden comprometer su posición enfrentándole a familias
impor tantes. Es obvio que, al explicar las posibles razones de Bessé para alterar el texto
original de La Moussaie, encripta la clave de la solución al problema, que no se atreve a  
desentrañar por temor al poder de las familias involucradas
[47].

  La más poderosa, heredera de los Condé (extinta en 1830), era la casa de Aumale. Su
titular, Henri-Eugéne-Philippe-Louis d'Orleans (1822-1897), duque d'Aumale, cuarto hijo
del rey Luis-Felipe I de Francia (1830-1848), fue estudiante aventajado y militar distin -
guido en Algeria, de la que fue gobernador hasta la revolución de 1848. Exiliado en Lon-
dres, regresó a Francia en 1871, recuperó su empleo de general de división y llegaría a ser
Inspector general del Ejército. Fue elegido miembro de la Academia francesa (1871), de la
de Bellas Artes (1880) y también de la de Ciencias Morales y Políticas (1889), tras volver
nuevamente a Francia de un segundo exilio (1886-89) que le habóa obligado a donar el pa-
lacio de Chantilly —restaurado y embellecido a su costa— al Instituto de Francia, su ac -
tual propietario. Comenzó a interesarse por la Historia en Londres, publicando numero -
sos artículos y
Les Institutions militaires de la France (Bruselas, 1867). A partir de 1863,
comenzó a ver la luz su monumental
Histoire des Princes de Condé aux XVIe et XVIIe sié-
cles
, en 7 volúmenes, el último de los cuales aparecería en 1896, poco antes de su muerte.

  En 1883, anticipándose unos meses a la aparición del tomo IV,
la Revue des Deux
Mondes
publica los primeros capitulos de dicho tomo, bajo el título de "La première cam-
pagne de Condé".
 La batalla se trata en el fascículo IX, págs 735-743, y solo dos de las 7
notas invocan a una fuente. Pese a ello, para Lonchay, un célebre historiador belga, cons-
tituía no sólo el trabajo definitivo sobre la batalla, sino la obra maestra del relato de bata-
llas. Ha transcurrido poco más de un siglo y, sin embargo, parecemos estar a cien años luz
de aquella forma de hacer historia militar. La informática, la consulta telématica de li -
bros y artículos, los archivos digitalizados fácilmente discriminables; los textos o notas
invocables instantaneamente sin necesidad de engorrosas fichas, etc., son  herramientas
que nos distancian tanto de aquel pasado como el teléfono celular del telégrafo, el avión
supersónico del globo aerostático o el TAV de la locomotora de vapor. Sin embargo, el mé-
todo es el mismo. El historiador acopia fuentes, las examina y verifica, discrimina los dis-
tintos testimonios, excogita su verdad mediante el análisis comparativo y expone la re-
construcción de los hechos que juzga probados.

  Lamentablemente, la teoría dista mucho de la práctica en el relato de Aumale sobre el
combate que nos ocupa, que reproducimos seguidamente:
«La caballeria del ala derecha (francesa) ha seguido el movimiento de los "enfants perdus" (mos -
queteros españoles). Su frente se ha doblado; todos los escuadrones están en primera línea. Gassion
conduce 7 y toma la derecha; Enghien, algo retrasado, la izquierda con 8; el bosquecillo los separa
y oculta algún tiempo. Los jinetes enemigos han saltado a las sillas a la primera alerta; es la tropa
de Gassion la que se muestra primero. Alburquerque quiere hacerle frente; en el momento de venir a
las manos es rodeado por el duque de Enghien y tomado de flanco en flagrante delito de maniobra.
El choque fue duro; las compañías abordadas no se repusieron y desaparecieron del campo de bata-
lla seguidas por nuestros croatas.
Alburquerque, arrastrado por los fugitivos, llegaba a Philippevi -
lle, a 32 kms. de Rocroy, a las 8 de la mañana.
"Ha debido partir muy temprano y marchar depri -
sa", añadía Fabert avisando del hecho a Mazarino.
[48]
Los tenientes del general de la Caballería española, Vivero y Villamor, tomaron su puesto y refor-
maron su segunda línea detrás de la izquierda de su infantería; los escuadrones franceses se rea -
gruparon; un nuevo combate se libra con la misma suerte que el primero. En medio de la humareda
y de la polvareda, numerosas cornetas enemigas pasan de largo sin encontrar a nuestros jinetes y
llegan hasta Picardie que, tras limpiar el bosque de mosqueteros, se hallaba aislado delante de nues-
tra línea de batalla. El regimiento, rodeado, forma en octógono (!) y muestra una gran firmeza. El
ala izquierda española es dispersada. En menos de una hora el Duque de Enghien se ha dado a co -
nocer; ha adquirido sobre sus jinetes ese ascendiente que una suerte de corriente rápida da al jefe
digno de mandar sobre soldados dignos de seguirle. Ahora puede detener a su tropa sin disminuir
su coraje, hacerla maniobrar en medio de la acción, conferirle arremetida sin que se le escape; va a
necesitar de toda su autoridad. El éxito de nuestra ala derecha había llevado al general en jefe sobre
una ondulación desde la cual, volviéndose, dominaba el terreno ocupado por el resto de su ejército.»
  Aparte la soltura de su discurso, el duque de Aumale no revela sino una mayor su -
misión a La Moussaie que la pertinenente tras las descalificaciones de Michelet. Cita a
Vincart en una nota, cuando es evidente que le ignora en todo el texto; pero, sobre todo,
novela. Es decir, fabula hechos y situaciones. Como el desalojo de los arcabuceros desple-
gados en el soto por un ataque combinado de infantería y caballería antes del comienzo
de la batalla, cuando las fuentes son unánimes al declarar en ese preciso momento el
inicio de la lucha; o ese despiste de los jinetes españoles que van a dar contra el regi -
miento de Picardie, una información que solo él sabrá como obtuvo y que no he podido
encontrar en ninguna otra parte. Es probable que en tiempos del duque bastara el pres-
tigio o la autoridad personal para referir algo inédito o inaudito sin descubrir el soporte
documental que lo autoriza, pero ahora las cosas son diferentes. En todo caso, no sobra
desvelar que su objetivo prioritario era restablecer el aura de su ancestro, menoscabada
por Michelet y su escuela.


C) El conflicto entre las dos versiones excluyentes y contradictorias.
  La publicación del trabajo de Aumale produjo una conmoción en España. Rodríguez
Villa, Fernández Duro, Cánovas, Weil y Barado, entre otros, saludaron su aparición con
dolidas descalificaciones:
«La relación de la batalla de Rocroy por el duque de Aumale carece de valor histórico porque su dis-
culpable amor nacional le ciega hasta el punto de desconocer y negar la verdad en hechos intere
-santísimos y con toda evidencia demostrados.»  
[49]

«Con el título de "La première campagne de Condé" ha publicado el duque de Aumale en la Revue
des Deux Mondes una extensa narración de este famoso hecho de armas, escrita con tanta parcia -
lidad, tan desfigurados los sucesos, con omisiones tan graves y tan evidentes inexactitudes, que no
parece sino que deliberadamente se ha propuesto oscurecer la verdad.»
[50]
   Lo cierto es que aquellos esfuerzos fracasaron. Rodríguez Villa, y luego Fernández
Duro, se arroparon en documentos que, si bien probaban la amplia satisfacción por los
servicios del duque a lo largo de su carrera, no eran capaces de desmentir puntualmente
a La Moussaie.
La carta de Alburquerque no se conocía aún y el envite quedaba entre
dos versiones opuestas e inconciliables: la de La Moussaie, actor y testigo de los hechos,
y la de Vincart, cronista al cabo de lo que no presenció. El trabajo histórico de Gualdo
Priorato, que suponía un fallo imparcial a favor de Vincart, aunque publicado casi con-
temporáneamente a los hechos, no era invocado por ninguna de las partes.

    Rodriguez Villa aportó una consoladora carta del rey al duque, fechada en Madrid el
30 de junio de 1643, en la que leemos:
«Aunque el suceso de la batalla de Rocroy fue infeliz, habiéndoos señalado en ella tan conforme a
las obligaciones de vuestra sangre (de que me avisa el marqués de Tordelaguna), he querido deci-
ros la estimación con que quedo del valor y celo de mi servicio que mostrais en todas ocasiones.»
  Pero ni éste documento, el último de los que sustanciaban su impugnación, ni los an-
teriores, autorizaban la siguiente conclusión, soportada exclusivamente por el relato de
Vincart que ya conocemos:
«Resulta, por tanto, de todos estos irrecusables datos, que el duque de Alburquerque inició la bata-
lla de Rocroi con tan brillante carga de caballería que rompió la vanguardia de la enemiga y dos
regimientos de infantería, llegando hasta la artillería y apoderándose de ella; que deshecha la van-
guardia francesa, nuestros soldados, creyendo ya seguro el triunfo, comenzaron a echar los som -
breros a lo alto en señal de victoria.»
 También Cánovas parecía más sólido en la exposición del problema que en vislumbrar
su solución:
«La versión del duque de Aumale difiere, cual ya se ha indicado, hasta ser totalmente distinta de la
de Vincart, respecto al ataque dirigido contra nuestra izquierda por Enghien y Gassion. Para él,
sorprendida de flanco desde el primer momento, la caballería de Alburquerque quedó derrotada en-
seguia, sin que estuviese un solo instante victoriosa. Entre tan opuestas versiones no cabe concilia-
ción, pero cúmpleme observar que de la relación del duque de Aumale parece que, durante el com-
bate de aquellas dos alas, el regimiento francés de Picardie, el mejor de los contrarios, apoyó enér-
gicamente a la suya, lo cual confirma la disposición táctica descrita por Vincart.»
[51].
   En realidad, la disposición táctica (de los franceses) descrita por Vincart la confir -
maban el mismo duque de Aumale y —antes que él— La Moussaie y todos su epígonos.
¿Qué se proponía probar? Un solo naipe basta para arruinar un castillo de ellos, pero no
es bastante una verdad para acreditarnos como veraces. La Moussaie era ayuda de cam-
po de Condé y fue testigo presencial de lo que refirió. Esos fueron sus créditos para ser
creído, aunque también se vé que los franceses quisieron o necesitaron creerle. ¿Dijo la
verdad? Irrefutablemente no. Su mentira ha perdurado casi 360 años, pero nunca es
tarde para desmontar una.

    El capitán de caballos lanzas Cristóbal Berrio de Barrionuevo
[52] también com -
batió en Rocroi, en el ala izquierda hispánica. Fue él quien ganó la artillería francesa
que estaba a su opósito, aunque no escribió memorias ni relató el suceso, que sepamos.
Pero sabemos que fue así porque consta en la siguiente certificación expedida por el Tte.
Gral. de la Caballería Juan Pérez de Vivero, que hallé entre diversos documentos que se
conservan en su expediente
[53]:
«Siendo capitán de una compañía de caballos, el duque de Alburquerque y él mismo (Juan de Vi-
vero) le ordenaron durante la batalla de Rocroi que embistiese a un batallón de caballería enemiga
que cargaba sobre otros de los nuestros. Y recibiendo la carga del enemigo, cerró con el dicho bata-
llón peleando muy valerosamente hasta que le obligó a retirarse, persiguiéndole luego hasta desha-
cerlo. Al regresar al campo, tomando la vuelta de la artillería del enemigo, cerró con la gente que
estaba en ella degollándola y ganando la artillería. Y estando muy deshecho su batallón por haber-
le matado mucha gente, se incorporó con otros 3 capitanes que tenían hasta 12 soldados y juntos
embistieron con un escuadrón de infantería y dándoles la carga el enemigo le mataron el caballo y
quedó a pie, peleando con grandísimo valor».
   Esta es la prueba que hubieran deseado encontrar Cánovas o Rodríguez Villa, pero
¿quién iba a imaginar hallarla donde está? Fue una lástima porque entonces aun existía
abierto un debate de cierto calado; ahora es más dudoso que estudiosos bienintenciona-
dos como Childs no puedan seguir atropellando a la verdad histórica. La mentira se ha
hecho demasiado grande.

  De todas formas, el expediente Berrio no hace sino confirmar lo que Vincart, Gual - do
Priorato y Alburquerque anticiparon. Por cierto, tampoco los arriba citados fueron los
únicos. En 1913, la
Revue des questions historiques, publicó bajó el título "Un récit inédit
de la bataille de Rocroy"
[54],  el testimonio de otro combatiente. Se trata de una carta
familiar, escrita el dia siguiente de la batalla, por François Barton, vizconde de Mont -
bas, que mandó en la misma el Regimiento du Roy Cavalerie. Aunque tendremos oca -
sión de retomarla para elucidar otras fases del combate, nos llama ahora la atención uno
de sus primeros párrafos:
«A la punta del dia todo fue dispuesto. Gassion vino a mi cabeza. Pasamos un soto donde habian
emboscado 800 mosqueteros; conseguimos esto tan felizmente que no escaparon más que algunos
caballeros. Mas adelante, estando en la plana, fuimos a los enemigos, que hallamos casi bien for -
mados en buena y rasa campaña. Entonces la tibieza se apoderó del espíritu de quienes creyeron
que por haber rechazado a 800 mosqueteros la batalla estaba ganada. El ala izquierda plegó y
nuestro cañón fue tomado. La Barre, teniente general de nuestra artillería, muerto; M. de La Ferté
herido y también M. de L'Hôpital, que mandaba en la batalla,
mientras el duque estaba por todas
partes
».
   Montbas, lo sabemos bien, formaba en la derecha francesa, donde se hallaba Gassion.
Esta fue el ala que desalojó del sotillo a los mosqueteros y no cabe dudar que fuera ella
la entibiada tras conseguirlo. Alburquerque debió sorpenderla al salir de los setos, aun
desorganizada, y se la llevó fácilmente por delante. Por eso extraña que escribiera:
"el
ala izquierda plegó y el cañón fue tomado"
. ¿Por qué no citó expresamente a su ala dere-
cha, que es donde él se hallaba y obviamente parece reclamar el texto? Lo normal es que
hubiera dicho:
"el ala derecha plegó y el cañón fue tomado" porque ya hemos probado que
así sucedió y él no pudo verlo de otra forma.

     Conviene recordar que no es su carta lo que nos ha llegado, sino la transcripción que
hizo de ella su descendiente Hughes de Montbas a principios del siglo pasado. Hughes
dijo que la había contrastado con la relación de la
Gazette y con la impresa por Cramoi -
sy, ambas propagadoras de la falacia de que Condé y Gassión, atacando uno de frente y
otro de flanco, desbarataron a la caballería de Alburquerque a la primera carga. No po -
día encajarle, pues, que fuera la derecha francesa la rota a la primera carga y debió de  
pensar que su ancestro había sufrido un lapsus. Creo que, con la mejor fe del mundo,
donde leyó derecha puso izquierda y resolvió el problema. La conjetura es irrelevante a
estas alturas, y cabe también que el coronel aludiera en el texto a la derrota y presa de
la artillería sobrevenida en el ala extrema a la suya, que es donde murió La Barre. Sin
embargo, conviene tener presente que su relato es una carta personal, donde refiere ex -
clusivamente lo que le aconteció a él o a personas conocidas de su familia para que, por
mediación de ésta, pudieran transmitir a terceros las noticias que aporta sobre la suerte
que corrieron en la batalla sus deudos y allegados.

      Más importante es el cabo que deja suelto. Es curioso advertir que, en su relato, el   
duque d'Enghien no aparece junto a Gassion, su pareja en el pretendido ataque en tena-
za que desbarató a Alburquerque, sino
"por todas partes". Lefevre d'Ormesson, el hom -
bre que sacrificó su carrera por negarle a Luis XIV la pena de muerte para Fouquet, es -
cribió en su Diario
[55]:
«El miércoles 27 de mayo (de 1643) se publicó la relación de la batalla, que es maravillosa en sus
circunstancias y he guardado. Sin embargo, la verdad o la murmuración dice del duque d'Enghien
que, en el combate, su ala había cedido y él mismo había primeramente huído; pero que Gassion, a
quien se atribuye la victoria, habiendo rechazado a los enemigos que tenía delante, rehizo a los fu-
gitivos e hizo volver al duque».
    Nos descubre d'Ormesson que la verdad oficial que quería imponerse chirriaba entre
bastidores, aunque acabara triunfando por contumacia. Sabemos ya que el ala derecha
francesa, adonde se sitúa a Enghien, hubo de replegarse ante el primer choque con la ca-
ballería española y, por fuerza, tuvo que hacerlo con ella el duque. La "vox populi", quiza
encarnecidamente, parece ir más allá porque habla de franca huída. ¿Injuriosa o verídi-
camente? No lo sabemos, aunque cabe dentro de lo posible. Por otra parte, Enghien te -
nía más problemas a los que atender porque, paralelamente, el ala derecha hispánica  
también había puesto en desbandada a la izquierda francesa. Tenía muchos motivos pa -
ra andar "por todas partes", que es donde le sitúa el testigo. Tantos como problemas si-
multáneos. Paradójicamente, fue el propio Melo quien contribuyó a solucionárselos. Si
hubiera ordenado avanzar a la infantería de su centro, pudiera haber rematado la bata-
lla. ¿Por qué no lo hizo? Como recuerda
Albuquerque, no había puesto a su ejército para
pelear sino para mostrarle. Mientras tanto, esperaba  impacientemente a Beck, al que
había mandado llamar la tarde anterior, con su cuerpo de ejército, que se hallaba a 35
Km.  de Rocroi. Le esperaba para que aquel experimentado soldado le llevara de nuevo a
la victoria, como en Honnecourt el año anterior. Pero Beck solo llegaría a tiempo para  
recoger a los restos de un ejército que no había luchado por la victoria sino por mante -
nerse en el campo mientras llegaba. A peor, ni siquiera tal actitud fue duradera, de ahí
la desbandada de casi todos, excepción hecha de la infantería española.

       Aun habremos de seguir con la batalla y sus enigmas o falsedades y, por supuesto,
tambien abordaremos la reconstrucción de su desarrollo. Pero antes regresaremos al mi-
to, el mito de Rocroi, que es también el mito de Condé.

      En una época donde la libertad de expresión es ya un derecho consagrado —aunque
uno naciera en tiempos del
nihil obstat o del imprimatur est—, la historia del engaño o
de la mofa a la verdad que representa Rocroi, puede parecer, cuando menos, altisonante.
No hay tal. Es una historia real como tantas otras, fruto del control que sobre la infor -
mación escrita ejercían tanto el poder temporal como el eclesiástico. Un control que de -
tentaban todos los estados como parte de la indiscutida potestad de sus monarcas, fun -
damentada en el derecho divino. Exagerar el alcance de las victorias, o disminuir las
derrotas, es algo que se ha intentado hacer siempre, empezando por los propios mandos
involucrados. Si las cosas se hacían medianamente bien, del artificio solía sacarse el
provecho interesado. Recuerdo que, cuando era niño, solía oir a mi padre una frase que
entonces me chocaba mucho:

       —"Miente más que los periódicos", decía.

       Hace tiempo que sé plenamente a lo que se refería. Para ciertas épocas, la verdad
suele distar de la letra impresa
[56]. Mucho antes de que mi padre viviera, un mestre de
camp
francés que no combatió en Rocroi escribió lo que sigue, quizá con el pensamiento
puesto en lo que le habían dicho y e iba leyendo u oyendo sobre aquella batalla:
«Los que escriben de batallas son, por lo común, personas que no han estado jamás en la guerra,
pues es raro encontrar a un Jenofonte, un César o un Montluc. Estas personas escriben a partir de
las relaciones de quienes distribuyen la gloria entre sus amigos o para ellos mismos, a menudo sin
fundamento, y deshonran a quienes quieren, al menos no citándoles aunque merezcan elogios. Los
historiadores no cuestionan que un hombre que ha estado en un combate no sepa seguramente to-
do lo que allí pasó; sin embargo, deben saber que ese hombre pudo estar en la retaguardia, donde
seguramente no vió al enemigo, y aunque hubiera estado en vanguardia no habría visto más que lo
que tuvo enfrente, siendo preciso que hubiera mantenido toda su sangre fría para ver netamente lo
que vió y componer un relato fiel. En cuanto a lo que hicieron los demas, no sabría hablar más que
sobre las versiones de otros, que pueden ser falsas. No condeno tanto a los gaceteros como a los
historiadores; es preciso que aquellos rellenen sus folios y, en la prensa —donde tan rápidamente
entran— no pueden ansiar tanto como los otros la búsqueda de la verdad. Estas reflexiones me han
hecho incrédulo sobre los detalles de batallas o combates que he leído u oído, o al menos me han
hecho dudar de ellas. Sobre estos temas, no creo más que en lo que haya visto o lo que haya sabido
de personas dignas de crédito».».
      Como he dicho, Roger de Bussy (1622-1693), conde de Bussy-Rabutin, no estuvo en
Rocroi aunque sí su regimiento. Él estaba ausente a causa de su reciente matrimonio,
razón por la que no trata sobre la batalla en sus memorias militares, que constituyen un
un canto a la honradez
[57].  Como tantos otros en aquellos tiempos, no escribía para la
pos- teridad, sino para un reducido círculo de amigos, sus parientes o para la educación
de sus hijos. Pero incluso así, era preciso ser cautos. Él mismo refiere que, en cierta oca
- sión, habiendo llegado a oídos del rey que había escrito algo sobre cierto hecho, Luis
XIV le envió un recado solicitándole el manuscrito. Por supuesto, no pudo negárselo.
CONTINUACIÓN
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