NOTA 1.-Aunque carece de una mono-
grafía, pueden hallarse reseñas biográfi-
cas entre las numerosas ediciones de su
obras. Las más extensas, en M.J.Diana,
Capitanes ilustres y revista de libros mili-
tares
(Madrid, 1851) y M.C. Giannini,
«Cristóbal Lechuga, ufficiale e scrittore
nella Milano d'inizio Seicento», en
La es-
pada y la pluma. Il mondo militare nella
Lombardia spag- nola cinquecentesca.
Atti del Conbegno internazionale di Pa-
via
(ottobre 1997). Lucca, 2000, 483-515.
Entre obras colectivas de referencia, ha-
llamos: VV.AA,
Diccionario Universal de
Historia y Biografía
. Méjico, 7 vols.,
1853-1855; M. Fernández de Navarrete,
Biblioteca marítima española. Madrid, 2
vols, 1851; I. Fernández Sanchez,
Año
biográfico español: hechos de 365 patri-
cios, de uno y otro sexo, que han dejado
huella en nuestra historia patria.
Barce-
lona, 1899.
NOTA 2.-Al pié de los cañones. La Arti-
llería española. Madrid, 1994, pg. 544.
CRISTÓBAL LECHUGA Y GARCIA (1556-1622), SOLDADO (1574), CAPI-
TÁN (c.1580) Y SGM DE INFª ESPAÑOLA (1585-90), TENIENTE DE MA-
ESTRE DE ARTILLERIA (1595-98), DIRECTOR DE LA ESCUELA DE AR-
TILLERIA DE MILAN (1604-8), TENIENTE GRAL DE LA ARTILLERIA
DEL ESTADO DE MILAN (1608-9), TENIENTE DE MDC GRAL (1614),
MDC INFª ESPAÑOLA Y GOBERNADOR DE LA MÁMORA (1614-1622).
Cristóbal Lechuga es un personaje de cierta notoriedad en la Historia militar moder-
na española aunque, paradójicamente, bastante desenfocado pese a no ser pocos
quienes han escrito sobre él
(Nota 1). Lamentablemente, éstos han venido limitán-
dose a copiarse unos a otros, sin empacho ni aplicación, y es poco lo que podemos
aprovechar de un trabajo cuyas lagunas prefirieron cubrirse a fuerza de imaginación
y retórica
(Nota 2). Quizá lo mejor que haya leído sobre el personaje sea el artículo de
Fernández de Navarrete para la
Biblioteca Marítima Española (I, 303-6), aunque
profundice más en su obra que en su figura y date erróneamente su nacimiento el
año de 1549.

ORÍGENES Y COMIENZOS DE SU CARRERA (1556-1584)
Nació en Baeza, como afirma un grabado publicado en 1611, que le represesenta a la
edad de 54 años. Se trata de las xilografía anónima que reproducimos al mágen, eje -
cutada el año anterior pues, como veremos, nació en 1556. Confirman ésta fecha dos
testimonios:
—El primero, un retrato que existía en el siglo XIX en una capilla de la catedral bae -
zana, del cual hizo una copia a lápiz el pintor Valentín Carderera (1796-1880), hoy en
la Biblioteca Nacional (I.H. 4833-4). El original se había fechado en 1620,  cuando te-
nía 64 años de edad.
—En la dedicatoria del primero de sus tratados militares, fechada el 14-VIII-1599, el
propio Cristóbal refiere que  servía al rey de 25 años, y como más adelante confiesa
«que no tenia 18 cuando se alistó», puede colegirse que nació en el otoño de 1556.
Aunque no aportó el menor rastro de su familia, sabemos que fue el único hijo varón
de Rodrigo Gutiérrez Lechuga y de Francisca Garcia, su esposa.Por el pleto de hidal -
guía que presentó en la Chancillería de Granada en 1600, conocemos sus ascendien-
tes  hasta su bisabuelo; sin embargo, la oposición de un clérigo que se obstinaba en
no reconocerle como pariente le privó de una sentencia favorable, que sin embargo
obtendrían sus descendientes, o mejor dicho, los de su hermana. En todo caso, fue el
mismo Cristóbal quien contribuyó a su encumbramiento, fundando una capilla fami-
liar en la iglesia románica de Santa Cruz, una de las 12 con que contaba la villa, para
la que debió encargar el retrato que Carderera halló en la catedral baezana, donde la
capilla fue reubicarla más adelante como fruto del encumbramiento del linaje.
Aunque admitió que había comenzado a servir en 1574, no dijo donde. Algunos han
apuntado que lo hizo con Sancho de Ávila, a la sazón castellano de Amberes, otros
con Sancho de Leiva, aunque éste no tuvo compañía en Flandes hasta 1578, y hay
quien afirma que enseguida llamó la atención de sus superiores por su talento natu-
ral, adjudicándole importantes servicios en la toma de Maastricht (1579) de los que
no he hallado razón. Personalmente dudo que llegara a servir en Flandes antes de
1585, porque debió de ser capitán desde el incio de la década pero ni aparece en las
revistas de aquel  ejército ni  tampoco le mencionan los memoristas e historiadores
de la época (Mendoza, Vázquez, Herrera, Carnero, Strada, etc). Es particularmente
sospechoso que Vázquez
(Nota 3) no lo haga hasta 1585, porque en sus pormenoriza-
dos relatos caben hasta simples soldados; además, en su semblanza etopéyica (III,
401), demuestra una comprometida admiración por el personaje, quizá por su labor
de tratadista, que le llevará a silenciar algunos de los aspectos mas comprometedores
de su vida. Sabemos que Legucha dirigió un memorial al rey en 1593 donde constan
sus servicios, pero no aparece catalogado y quizá se haya perdido. En todo caso, has-
ta 1585 sirvió oscuramente en la infantería, pasando por los grados de soldado y alfé-
rez hasta obtener una compañía; más probablemente en Portugal que en Flandes.

SARGENTO MAYOR DE INFANTERÍA (1585).
Aquel año se hallaba en España, donde en febrero comenzaron a levar los capitanes
señalados para la recluta del tercio de Francisco de Bobadilla, hermano a la sazón del
conde de Puñonrostro, a quien llegaría a suceder en el título. Precísamente, para
disciplinar dicho tercio, fue elegido como Sargento mayor el capitán Lechuga, un jó-
ven de 28 años que acumulaba ya 11 de servicios; sin embargo, no eran bastantes, en
muchos casos, para obtener ni siquiera una compañía y, desde luego, parecen po-cos
para desempeñar un cargo de tanta resposabiliad y conocimientos, a la sazón ge-
neralmente adquiridos tras largos años de aprendizaje práctico. Sin duda, debía ha-
ber despuntado ya Lechuga los talentos que nos revelan sus escritos, como el senti-
do común, el pragmatismo y la capacidad de síntesis, aparte de una notable claridad
expositiva para un tiempo tan barroqueño como el suyo. También es posible que
quienes hablan de un protector, aunque no haya acuerdo en identificarlo, puedan
tener más razón de la que hasta ahora he venido admitiendo.
Completada la leva, las compañías se fueron concentrando desde mayo en Cartage-
na, donde embarcaron para Lombardía el mes siguiente.  Bobadilla no iba con la ex-
pedición y, como jefe de la misma, nombró la corte al zamorano Manuel de Vega y
Cabeza de Vaca (1536-1609), también sargento mayor pero mucho más experimen-
tado, que regresaba a Flandes tras haber servido en Portugal, donde había sido sar-
gento mayor del tercio de guarnición en aquel reino y después gobernador de Viana
do Castelo.
En Lombardía se les unió el maestre de campo, se pasó nueva muestra  y empren-
dieron el viaje a Flandes por el “camino español”. Partieron el 25 de julio y llegaron a
Namur el 29 de agosto, tras 42 dias de marcha. Apenas recuperados, partieron en
octubre con el ejército que Carlos de Mansfeld conducía a la frontera holandesa,
tomando cuarteles en la isla de Bommel. El 2 de diciembre el conde de Hohenlohe  —
llamado Holac en nuestros textos—, cortó los diques que la circundaban y anegó la
isla, obligando a los soldados españoles que la mansionaban a buscar refugio en las
cotas mas altas. Aislados por el agua, quedaron a merced del enemigo, que podía ata-
carles con sus botes de poco calado. Quizá hubieran sido aniquilados de no ser por-
que, al atardecer del dia 7, vigilia de la Inmaculada, el tiempo cambió bruscamente y
el dia 8 todo el campo anegado apareció cubierto de hielo duro, permitiendo a los
tercios atravesarlo hasta Hertogenbosch (Bolduque). Tan oportuno cambio climáti-
co, conocido como “el milagro de Empel” —el lugar más alto de la isla, donde se con-
centraron los supervivintes—, convirtió a la Purísima Concepción en la patrona del
Arma de Infantería española.  
Fue en aquel lugar, en Empel, donde tenemos noticia de su primera misión, precisa-
mente la noche de la helada, que nos refiere el ya citado Alonso Vázquez. Debía atra-
vesar los hielos para sorprender a un grupo enemigo, alojado en una isleta próxima,
marchando con las mechas encencidas pero ocultas a la espalda para no delatar su
presencia. Uno de sus soldados prendió inadvertidamente con la mecha su frasco de
pólvora, arruinando la sorpresa. Los holandeses embacaron rápidamente y huye-
ron, aunque Cristóbal pudo informar sobre la dureza de la capa de hielo.

ASESINATO FRUSTRADO Y MOTÍN (1586-1590).
El 12 de febrero del año siguiente se reformaron 4 compañías, pero en marzo se in -
corporaron en su seno las 10 no disueltas del tercio de Iñíguez, quedando con 21. En  
abril, tras el combate del dique de Batemburg (14-IV-1586), Bobadilla partió a Espa-
ña con licencia, ordenando Farnesio que, en su ausencia, gobernase de nuevo el ter-
cio Manuel de Vega. A Cristóbal no le gustó aquella decisión porque era habitualmen-
te el sargento mayor quien suplía las ausencias del MdC, pero aceptó la situación a re-
gañadientes. El caso es que Bobadilla no regresaba y el problema no estalló hasta 4
años después, el 7 de julio de 1590, cuando finalmente se nombró a Vega maestre de
campo del tercio.
«Desde este dia —escribe Vázquez—comenzaron los soldados del tercio de Manuel de
Vega a murmurar de él, y en particular el Sargento Mayor Cristóbal Lechuga, que no
sé que causa hubo para esto».
Aparte la cuestión personal, el problema se agudizaba porque Vega, muy puntilloso y
severo, no era apreciado por sus  hombres. Lo cierto es que, poco después, el dia de
Santiago (25-VII), hallándose el tercio en el campo de Appelscha, en Frisia, dos sol -
dados intentaron volar la barraca del maestre de campo con él dentro. El complot no
resultó como esperaban y quien iba a prender la mecha quedó abrasado. Resultó ser
un pariente de Cristóbal, que actuó en complicidad con su propio hermano, aun- que
éste logró escapar con el auxilio algunos soldados
«que le escondieron alabando su
hecho»
. Pese a las sospechas que, como inductor, inmediatemente recayeron so-bre
Cristóbal, refiere el también cronista Francisco Verdugo que
«el sargento mayor pro-
bó su inocencia y salió libre dello»
(Nota 4). Sin embargo, no se libró de la inquina
del  resentido Vega que, según Vázquez,
«de allí en adelante aborreció al gunos de
sus capitanes y a otras personas de quien tuvo indicios mal averiguados».
















Acabada la campaña, el tercio pasó a invernar en Brabante, repatiéndose sus compa-
ñías entre Diest y Herenthals. El 27 de noviembre de 1590, se amotinaron todas sal-
vo una (20 de las 21 cías del Tercio), apresando al maestre de campo, sus capitanes y
oficiales, a los cuales dieron escolta hasta Lovaina. El motín no lograría componerse
hasta el 9 de noviembre siguiente, pero aparte de cobrar todo lo adeudado, los amoti-
nados lograron de Farnesio la sustitución del MdC y libertad para cambiar de compa-
ñía. No fueron los únicos en obtener condiciones; el nuevo MdC también impuso al
Capitan general otra para aceptar el cargo: la sustitución del SgM Lechuga y de su a-
yudante, Pedro Durán, a quien la
vox populi implicaba también en el complot. Natu-
ralmente, hablamos del homicidio frustrado ya que, en el motín, ni él ni su superior
tuvieron ninguna parte, aunque la conducta de Lechuga no pueda reputarse de ejem-
plar para sus soldados.

ENTRETENIMIENTO Y DEDICACIÓN LITERARIA (1591-94)
Cristóbal se quedó sin empleo, aunque comenzó a cobrar un «entretenimiento» de
100 florines mensuales, sin obligación de servir junto a la persona del capitán gene -
ral salvo que éste le llamara, lo que Farnesio no hizo mientras vivió. Fue entonces
cuando se dedicó a redactar el primero de sus tratados militares, que abriría una vía
de rehabilitación a su carrera: el
«Dircurso del capitán Cristóbal Lechuga en que trata
del cargo de maestre de campo general y de todo lo que de derecho le toca en el
ejército»,
que concluyó antes del 7 de mayo de 1593 aunque no se publicaría hasta 10
años más tarde.  En la fecha citada, el coronel
Cristóbal Mondragón, castellano de
Amberes, enjuició favorablemente la obra, diciendo de ella «que se debe tener en mu-
cho, encerrándose en ella todas las cosas que se pueden ofrecer y desean saberse»
.
Ignoramos cuando compuso el memorial al que nos referíamos mas arriba, que sóla-
mente conocemos por sus efectos, pero debió de ser entonces. Su situación personal
se había degradado, pues seguía cobrando 100 florines, lo mismo que ya percibían
simples capitanes en su misma situación, y 25 menos de los que recibía el también
sargento mayor Rafael Domínguez de Terrada. Muerto ya Farnesio, designado para
sucederle el Archiduque Ernesto y ultimado su tratado con el beneplácito de un mili-
tar eminente y reputado, Cristóbal hubo de tomar la pluma para hacer valer sus ser -
vicios en defensa de carrera e intereses. Es lástima que no se halle rastro del memo-
rial, no tan solo porque cubriría las lagunas sobre los inicios de su carrera, sino por-
que sabríamos en qué terminos planteó su situación y qué tratamiento dio al endia-
blado asunto del complot, si es que llegó a mencionarlo. En todo caso, sabemos que
obtuvo un moderado éxito. El 15 de marzo de 1594, casi un año después, Felipe II es-
cribía al Archiduque una breve nota cuyo tenor es el siguiente (AHN,E,Lb.253):
«El sargento mayor Cristóbal Lechuga me ha representado sus largos servicios y su-
plica le mande hacer merced conforme a ellos y yo le encomiendo a su persona».
El astuto y meticuloso, pero también severo monarca, dejaba la decisión en manos
del Archiduque, pero al menos Cristóbal le había arrancado una favorable recomen -
dación que valía su peso en oro, pues significaba enterrar definitivamente aquel esca-
broso incidente que sin duda le había marcado pues, aunque absuelto, el papel que
jugaron su hermano, otro pariente y hasta su mismo ayudante le apuntaban como su
instigador encubierto.

REHABILITACIÓN, OSTRACISMO Y LICENCIA PARA LA PUBLICA -
CIÓN (1594-1600)
Ignoramos cuando recibió dicha carta el Archiduque, pero debió de ser en la primera
decena de abril. Inmediatamente, llamó a Cristóbal y le ordenó que pasara a servir
junto a la persona del  Capitán general  de la Artillería,
Valentin de Pardieu, señor
dela Motte, expidiéndole una patente de teniente del dicho capitán general, que no
lugarteniente ni teniente general como a menudo se dice; es decir, uno de sus ayu-
dantes. En dicha condición tomó parte en  la campaña de aquel mismo año, como re-
coge el siguiente testimonio de
Carlos Coloma:

«El 25 de abril, el ejército se ponia sobre La Capela. Estaba reforzado con la gente de
Paris y el Tº de Agustín Mexia, que habia llegado a los Estados en enero. El rebe-llin
se acometió el 5 de mayo y luego jugó la batería de 12 cañones apercibida por Mateo
Serrano y Cristóbal Lechuga, tenientes de la Artilleria. En la mañana del 8 de mayo
se comenzó a batir con furia y por la tarde se dió un asalto; aunque fallido, al dia
siguiente se rindió la guarnición».

El Bearnés, que había logrado apoderarse de Paris el 22 de marzo gracias a la defec-
ción de Cossé-Brissac, que recibió por ello 200.000 escudos, el título de mariscal y
un gobierno, se puso con su ejército ante Laon (25-V-1594).
Carlos de Mansfeld in-
tentó socorrerla pese a la inferioridad de sus fuerzas, pero no pudo impedir que la
plaza capitulara el 22 de julio. En cambio, logró socorrer La Fère, ante la que desistió
el rey de Francia, antes de regresar a Bruselas a despedirse del Archiduque, porque
había aceptado el mando del ejército que el Emperador le había ofrecido para la gue-
rra de Hungría y donde moriría el año siguiente. El ejército de Flandes quedó provi -
sionalmente a cargo de
Agustin Mejía, circunstancia que aprovecharon los tercios
italianos para desatar el motin de Zichem, que amargaría los últimos dias de vida del
Archiduque Ernesto.

En efecto, el hombre a quien Cristóbal debía su rehabilitación militar murió repen-
tinamente en Bruselas, el 20 de febrero de 1595. Felipe II dispuso que le sucediera su
hermano, el también Archiduque Alberto, que no llegaría a Flandes hasta princi- pios
de 1596. En el entratanto, quedó como gobernador interino el conde Pedro Er- nesto
de Mansfeld, padre de Carlos, auxiliado por Pedro Enriquez de Acevedo, con- de de
Fuentes, que completaría una brillante campaña en 1595, a lo largo de la cual
conquistaría las plazas de Châtelet, Doullens y Cambrai. Cristóbal jugó un papel im-
portante en ellas, porque muerto
De Pardieu ante Doullens (16-VII-1595), compar-
tió el mando efectivo de la artillería junto a Mateo Serrano. Así lo testimonia, nueva-
mente,
Carlos Coloma:

«El conde de Fuentes, deseoso de acabar con aquella empresa —la toma de Dou-
llens— y quedar desembarazado para la de Cambray, determinó hacer una ga-
llarda bateria de 24 cañones. Como no se hallaba con más que 16, envió a don
Carlos Coloma con 1.000 infantes y 400 caballos a Arras por otros 6 cañones y 2
culebrinas que llegaron al campo el 28 con el capitán Lambert, uno de los teni -
entes de la artilleria. Se encargó batir el castillo a los capitanes Cristóbal Le -
chuga y
Mateo Serrano, como lo hicieron al alba del lunes 31 de julio sin que en
todo este tiempo se hubiese podido echar del todo al enemigo del foso, aunque se
procuró con grande daño suyo, que perdió en defensa de aquello mucha gente».

Sin embargo, la carrera de Cristóbal se resintió con la muerte del señor de La Motte.
Su sucesores al frente de la artillería, el borgoñón conde de Varax (1595-97) y el va -
lón conde de Boussu (1597-98), prefirieron emplear en campaña a subordinados de
sus respectivas naciones, quedando nuestro personaje relegado a un segundo plano.
Agustín Mejía, que a la muerte de Mondragón (1596) le sucedió como castellano de
Amberes, le llamó a aquella plaza. Allí intentó publicar el tratado que le había permi-
tido enderezar su carrera.

El 14 de agosto de 1599, en Amberes,  dedicaba su obra al rey. Junto a éste escrito, al
que nos hemos referido ya por su importancia para datar su nacimiento, remite a la
Corte nuevos testimonios de aprobación por parte de altos oficiales del Ejército. Así,
el Conde Pedro Ernesto de Mansfeld, escribe que:

«Este discurso debe ser muy estimado de todos los que profesan la milicia, porque les
servirá de luz para las dificultades que se ofrecen en el cargo de Maestre de campo ge-
neral»

También aporta el siguiente comentario del ya fallecido Francisco Verdugo, firmado
en Ibues (Ybois, hoy Carignan), el  15 de junio de 1595; es decir, tres meses antes de
su muerte:

«De cuanto he leído en otros libros y oído a personas graves, no he hallado se hubie-
se antes tratado de dicho empleo tan puntualmente».

Por último, incorporaba también un escrito aprobatorio de Chrétien de Savigny, se-
ñor de Rône y St.-Epure. Aunque ignoramos su tenor, debió ser especialmente deter-
minante pues el lorenés, fallecido ya —como los dos anteriores—, fue hasta su muer-
te ante Huslt (2.VIII.1596), Maestre de Campo general del Ejército de Flandes. No
cabía pues, mayor idoneidad para enjuiciar un trabajo sobre tales funciones.

El rey concedió el permiso de impresión. La Real Cédula, expedida en Ávila el 18 de
junio de 1600 —que le otorgaba la licencia de impresión y venta por un plazo de diez
años— no deja lugar a dudas sobre la importancia que, para su obtención, jugaron los
testimonios acopiados y remitidos por aquel oscuro sargento mayor que, sin práctica
alguna en el «oficio», disertaba sobre el empleo de Maestre de Campo general; es de-
cir, el jefe la Infantería de un ejército y responsable del despliegue en campaña de las
tres armas, incluyendo por lo tanto, a la Caballería y Artilleria. Dicha cédula recono-
cía expersamente que la obra aprobada
«es de mucha consideración para el ejercicio
y milicia de la guerra, como consta de ciertos pareceres de coroneles y otros minis-
tros de la guerra».

Fortalecido por el éxito, Cristóbal solicitó enseguida a la Corte su transferencia al Es-
tado de Milán, donde ya era capitán general su antiguo jefe en Flandes, el conde de
Fuentes, a cuyas órdenes había servido en la brillante campaña de 1595. Aunque ig-
noramos la fecha, sabemos que también dicha petición le fue atendida porque en
1602 se hallaba ya en la capital lombarda.

MILÁN, 1602-1613. SU GRAN OCASIÓN PERDIDA.
No cabe duda de que el Conde de Fuentes acogió con verdadera estima a su antiguo
subordinado. Pese a la reciente paz entre Francia y Saboya (Lyon, 17-I-1601), ésta ha-
bía cedido a la primera —a cambio del marquesado de Saluzzo— el país de Bresse, in-
cluyendo Bugey y Valromey, excepto el puente de Gressin, sobre el Ródano, y un es-
trecho pasadizo entre el monte Grand Credo y el Franco-Condado. Aunque esta con -
cesión se incluyó para tranquilizar a España, el conde de Fuentes comprendió que di-
cho tratado supondría la práctica desaparición del “Camino español”, como experi -
mentaría poco después.

En efecto, el 24 de mayo de 1602, el mariscal de Lavardin bloqueaba el puente,  impi-
diendo el paso al tercio napolitano de Brancaccio, camino de Flandes. Mientras la di-
plomacia se ponía en marcha para pedir explicaciones por el incumplimiento del Tra-
tado, Fuentes ordenó a Brancaccio detenerse en Saboya hasta nueva orden (12.VII).  
Enrique IV explicó al embajador Taxis que temía que las tropas expañolas fuesen des-
tinadas a apoyar la conjura de Biron (ejecutado el 31 de julio en la Bastilla), ordenan-
do retirarse a sus tropas el 11 de agosto. Brancaccio pudo continuar su marcha, aun -
que reducido a menos de 1.000 hombres por la fuerte deserción experimentada du -
rante el mes largo de su detención. El Conde de Fuentes vio con claridad que la utili-
zación del “camino español” dependía del mantenimiento de la paz con Francia, por
lo que se aplicó a perfeccionar otro paso alternativo: «el camino alemán», a través de
la Valtellina. Para ello, era imprescindible controlar el lago Como, donde decidió eri-
gir un gran fuerte que llevaría su nombre. Cristóbal colaboró en su construcción pri-
mero a las órdenes del arquitecto Gabrio Brusca, que murió sin ver conclusa la obra,
y después del ingeniero Giuseppe Piotto. Las obras comenzaron en octubre de 1603,
sobre la colina de Monteggiolo, cerca de Colico, zona estratética pare el control de los
valles de la Valtellina y Chiavenna. El fuerte, de planta irregular, medía 300 metros
largo por 125 en su parte más ancha, fue dotado de casernas para alojar a los solda -
dos, palacio del gobernador, iglesia, molino, hornos, cisternas y almacenes subterrá-
neos. Dos mil gastadores y 8 compañías de soldados trabajaron incesantemente has-
ta ponerlo en defensa (1605), aunque el cinturón defensivo de que fue dotado —las
torres de Sorico y Fontanedo, los torreones deBorgofrancone, Curcio y el Passo, asi
como el fortín del Adda— no se completaría hasta 1610.  

Pese a las reacciones diplomáticas de grisones, franceses y venecianos, el conde de
Fuentes pudo concluir una obra que revelaría su importancia estratégica en los años
venideros. Sin duda, quedó satisfecho del trabajo de sus colaboradores, como dan fe
las recompensas que destinó a éstos. En el caso de Cristóbal, accedió a su pretensión
de crear una escuela de Artillería en Milán, de la que fue nombrado director en 1604.
El mismo año, tras la muerte de Hércules Grimaldi, le envió a Mónaco para negociar
con el príncipe de Valdetaro, consejero de Honorato II, sucesor del Principado, la pró-
rroga de su alianza defensiva con España, que consiguió en los mismos términos pe-
se a la oposición francesa. Al regresar de esta misión,  acompañó al conde en la visita
de inspección de Lombardía, sobre cuya situación defensiva dejó un interesante y es-
clarecedor informe, redactado personalmente por Cristóbal (AGS, E,1294). Quizá fue-
ran aquellos los mejores años de su vida, coronados profesionalmente con su desig -
nación de Teniente general de la Artillería del Estado, entre 1605 y 1608, para servir a
las órdenes del capitán general de la misma, Francisco de Padilla. También fue en Mi-
lán, el año de 1603, donde finalmente consiguió ver impresa su primera obra, en casa
de Pandolfo Malatesta, de 234 páginas en 4º. Cuando todo parecía sonreirle y gozaba
del favor y la estimación de sus superiores, se desató una terrible vorágine que vino a
dar con sus huesos en las mazmorras.

PREVARICACIÓN, ENCARCELAMIENTO Y LIBERTAD, 1608-1613
En 1608, conforme la Contaduría lombarda va fiscalizando las cuentas de la fábrica
del fuerte «del Lago Como», comienzan a detectarse la comisión de numerosos frau-
des. Aquel mismo año se formulan denuncias contra Giovanbattista Cadolino, her-
mano del arzobispo de Ferrara, y los capitanes José Vacal y Cristóbal Lechuga. Las
pruebas parecían concluyentes y, en 1609, el conde de Fuentes ordena la detención
de Cristóbal, encarcelado en el castillo de Milán (AGS,E,1298). El proceso lo sustan-
cia el «visitador» Luis de Castilla, que dicta sentencia en 1611.Se halla en Simancas
(SP, 1903, fols. 3-5), pero no he lleado a consultarla; no obstante, debió ser suave y
aparejar su libertad, si no la había conseguido antes.
Cristóbal aprovechó su estancia en prisión para redactar un tratado sobre artillería y
fortificación, que dedicó nuevamente al rey el 2 de mayo de 1611; es decir, tras casi
dos años de trabajo. Lo titula
«Discurso que trata de la Artillería y de todo lo necesa-
rio a ella, con un tratado de fortificación y otros advertimentos. Dirigida al Rey N.S

La dedicatoria está firmada en Milán, pero no en el castillo, sino
«en el Palacio Real y
Ducal»
, quizá como cortesía del nuevo gobernador general, Juan Fernández de
Velasco, condestable de Castilla, que había tomado posesión el 12.XII.1610, suce-
diendo al fallecido conde de Fuentes.
A expensas de verificar la sentencia del «visitador», parece que el posible fraude
había sido explicado y cuantificado mejor. Quizá la instrucción hubiera exagerado la
nota, porque los cargos contra Cristóbal fueron inicialmente tipificados de prevarica-
ción, cohecho, abuso de autoridad, usurpación de funciones y malversación; tam-
bién cabe que su prisión se debiera a la excesiva rigidez del conde de Fuentes, que
quizá no le perdonara lo que consideró como un abuso de su confianza. En todo ca-
so, su situación mejoró ostensiblemente con el nombramiento, como nuevo gober-
nador del Estado, de Juan de Mendoza, marqués de San Germán y después de la
Hinojosa, comendador de Santiago y gentilhombre de la cámara real, que llegó a Mi-
lán el 30 de julio de 1612. Mendoza había servido a sus órdenes en Flandes, siendo
uno de los capitanes del Tercio de Bobadilla desde 1585 hasta que cayó prisionero de
los holandeses ante Berg-Op-Zoom, en octubre de 1588.
Con el marqués de San Germán llegó la solución definitiva a su delicada situación.
Cristóbal abandona Milán hacia 1613, siendo transferido, como entretenido, a la Ar-
mada Real de la Mar Oceáno, con base en Cádiz. Antes, en 1611, había visto impreso,
por el mismo Malatesta, su nuevo tratado; en esta ocasión el proceso duró unos po-
cos meses en lugar de la década consumida por el anterior. Tampoco es descartable
que su publicación tuviera algo que ver con la favorable solución de su proceso.

TENIENTE DE MAESTRE DE CAMPO GENERAL, 1614.
A poco de su llegada a Cádiz, comienza a prepararse una expedición para conquistar
de La Mámora, un amplio fondeadero en la desembocadura del rio Sebú (costa occi-
dental de Marruecos), no lejos de Rabat, que hoy se llama Mehediyah, Mehdiya o
Mehdya. Era un enclave de piratas y contrabadistas, en su mayoría ingleses y holan-
deses, a los que mandaba el inglés Henry Mainwaring.































La expedición se confió a Luis Fajardo Fernández de Córdoba, capitán general de las
costas de Cartagena y Murcia y general de las galeras de la Armada de la Mar Océano,
a cuyas órdenes se aprestaron 20 galeras y 50 naves auxiliares donde se embarcaron
9.500 hombres entre marinos, soldados y gastadores, así como gran cantidad de ar -
mamento y vituallas. Como MdCGral iba Jerónimo Agustín, que era MdC del Tercio
de la Armada oceánica, a quien se dió por lugarteniente a Cristóbal Lechuga, con pa-
tente de teniente de MdCGral. El grueso de la infantería consistía en
«el Tercio de la
Costa de Granada, algunas compañías del Tercio de los galeones fuertes de la Real
Armada de la Mar Océano y otras levantadas para la ocasión en la ciudad de Lisboa
y ciudades y lugares de Andalucía»
. (Nota 5)

La armada zarpó de la bahía gaditana a finales de julio de 1614 y arribó a su destino el
3 de agosto. Como la barra del Sebú estaba cerrada por una cadena, Fajardo desem -
barcó el dia siguiente 2.000 infantes en la márgen izquierda, cubierta de dunas. Los
mandaron Agustín y Lechuga, asistidos por otro veterano de Flandes: el capitán Pe -
dro de Legorreta, que fuera algunos años jefe de la guarnición española de París. La
misma noche los piratas abandonaron el fuerte y, el dia 5, el puerto; la resistencia fue
breve porque pusieron más empeño en huir por tierra hacia la cercana Saleh que en
defenderse. No obstante, les dió tiempo a incendiar las 15 naves surtas en el fondea-
dero. Entonces, según León Galindo y Vera
(Nota 6): «El teniente de maestre de
campo general Cristóbal Lechuga acude presuroso a apagar los fuegos, logran-
do salvar 10 navíos; otros 4 fueron reducidos a ceniza»
El fuerte de los piratas fue rebautizado como Nuestra Señora de las Nieves, pero en-
seguida Cristóbal de Rojas, ingeniero de la expedición, levantó la traza de la nueva
fortaleza que habría de asegurar el dominio de S.M. católica sobre aquellas tierras.
Decidió construirla en la orilla opuesta, sobre una colineja que dominaba la bocana
de la rada. El mismo Rojas dirigió los trabajos hasta que enfermó a mediados de se-
tiembre. En vista de que no se recobraba, fue embarcado el 7 de octubre de regreso a
Cádiz, donde llegó el 12. Trasladado a su casa, fallecía el mismo dia, rodeado de los
suyos, uno de los más brillantes ingenieros militares de su época.

MAESTRE DE CAMPO Y GOBERNADOR DE LA MÁMORA, 1614-1622.
El 29 de agosto de 1614, a poco de iniciarse la construcción de la nueva fortaleza de la
Mámora, el Consejo de Estado decidía el Madrid la promoción de Cristóbal Lechu-ga
al empleo de MdC, designándole gobernador de la plaza
«por su actuación en la toma
della»
[ICHM, Aparici, 4073, fol. 282].

El 15 de setiembre, Fajardo informaba a la Corte sobre la marcha de los trabajos en
los siguientes términos:
«Se trabaja sin perder tiempo en la obra del fuerte y aunque han comenzado a
enfermar algunos. Todos los dias salen en descubierta un millar de hombres; se
duerme en las trincheras como si estuviesen sitiados y los demás trabajan en la
fortificación sin darse un punto de respiro».
Un mes más tarde, el 22 de octubre, informará que se había visto obligado a racionar
las provisiones pese a que
«el trabajo es duro y la enfermedad avanza». Ignoramos
cuando hubo de abandonar a Cristóbal a su suerte, fue desde luego antes del invier -
no
«cuando enviar barcos a la Mámora era enviarlos a perderse». Su último infor -
me al rey desde la Mámora, al menos del que tengamos noticia, data del 13 de novi-
embre, mientras que el primero conocido de Cristóbal está fechado el 18 de diciem-
bre. Con él remitía un plano del nuevo fuerte, delineado por el ingeniero Giovanni di
Medici, sustituto de Rojas, por lo que cabe suponer que, para entonces, la obra había
sido terminada. Aunque quedó con una guarnición de 3.000 hombres, la crudeza del
invierno, las frecuentes lluvias, la insalubridad del entorno y el hacinamiento de la
tropa provocaron la muerte de unos 2.500. Desde la primevera siguiente, su principal
preocupación consistió en mejorar las condiciones de vida de la guarnición, estabili -
zada en torno al milar de efectivos, y dotarse de defensas exteriores. Construyó una
torre en la marina, llamada San José, para proteger la barra, la playa y un
«pozo de
agua buenísima».
También proyectó otra en los «hachos, de 50 pies de cuadrado, de
la parte de Larache»
, a la que llamó San Cristóbal; pero no se aprobaría hasta 1616 y
se levantó en el camino de Saleh.

Asegurada la plaza y aledaños, Cristóbal debió solicitar una licencia temporal para ir a
Baeza, donde consta que el 24.X.1618 fundó una capilla familiar en la iglesia románi-
ca de Santa Cruz, en el lateral del Evangelio, donde estuvo la segunda puerta del tem-
plo, que hubo de cerrarse para que pudiera tener allí su enterramiento. De esa época
debe datar el encargo del retrato arriba comentado, aunque el pintor lo terminara y
datara en 1620. Durante su ausencia de la Mámora, quedó gobernándola interina -
mente el capitán Alonso Turrillo, de quien conservamos una carta al rey, fechada el
13.II.1618 (AGS, E,848). Ignoramos el plazo de la licencia, que habitualmente no ex-
cedían de 6 meses, pero en todo caso, el 16 de julio de 1619 Cristóbal se hallaba de
nuevo en su destino, deplorando la penuria de fondos para proseguir las fortificacio-
nes  [I.H.C.M, Aparici, 4101, fol. 331].

Quizá hubiera sucedido ya el primer ataque marroquí contra la plaza, que refiere Lui-
sa Álvarez de Toledo, duquesa de Medina Sidonia, en
Africa versus América,  donde
utiliza profusa y exclusivamente los fondos documentales del Archivo de su Casa:
«En 1619 el Morabito cayó sobre Larache mientras que los reyes de Fez y Marru-
ecos atacaron La Mámora, 20 leguas al S.E. Los reyes de Fez y Marruecos se reu-
nieron en el rio fronterizo [el Sale, que dividía sus reinos] a 5 jornadas de la pla-
za. Bajando cada uno por su orilla, cayeron sobre La Mámora quemando la pla-
taforma y trincheras. Los castellanos apreciaron las escalas de los alárabes
"mas pulidas que las de Flandes" y tan amplias que subían 3 hombres en línea.
La artillería de Muley Cidam derribó la torre de San José, que protegía el pozo
que abastecía a la plaza de agua. Salvó al enclave la muerte natural y repenti-
na del rey de Fez, en pleno asedio. Levantando tiendas y almahalas, el heredero
se alejó por el camino de Sale, dejando enterrados dos cañones que aprovecha -
ron los españoles».
Sobre estos sucesos de 1619 se imprimió en Sevilla una «Relaçion de las heroycas ha-
zañas y famosos hechos del Excmo. Sr. Duque de Maqueda, Virrey de Oran. Y del ca-
pitan Juan del Castillo en La Mamora. Y del Gobernador Francisco Carrillo de San -
toyo en Alarache. Todo en este año de 1619»
(2 hojas, folio). Aunque no he logrado
consultarla, parece confirmar que el ataque a la plaza se produjo antes de que Lechu-
ga hubiera regresado. En cambio, se halló en la defensa del siguiente asedio, el año  
1621. León Galindo refiere en su ya citado obra(pg. 247) que:

«Apenas Felipe IV había colocado sobre sus sienes la corona, cuando los berbe-
riscos, impacientes por librarse de La Mámora, trataron de reconquistarla. Los
holandeses les ayudaron con armas, pertrechos y naves. Sitiáronla por mar y
tierra pero resistió el cerco, con gran brío, el maestre de campo Cristóbal Lechu-
ga, gobernador de la plaza, soldado de pericia y corazón, hasta que la armada
española, al mando de [Alonso de] Contreras, acudió al socorro y ahuyentó a la
de los coaligados».
El aludido, narró sucintamente el hecho en su autobiografía.

Una Real Cédula de 2.V.1622 prescribía a Cristóbal como debía continuar las obras
de fortificación. Sin embargo, éste discrepa y pretende
«mejorar a la vista de sus ob-
servaciones lo aprobado para La Mámora»
(IHCM, Aparici, 4101, fol. 331). Incluso
ordena levantar un plano, hoy perdido, que llegará al rey el 2 de abril de 1623, junto
con una carta en la cual el duque de Medina Sidonia alude al gobernador en pretéri-
rito. En septiembre de 1622, Diego de Escobedo se había hecho ya cargo del
gobierno
de La Mámora
; no me consta documentalmente que fuera por la muerte de su ante-
cesor, pero así lo creo. Y no solo por los indicios en la carta del duque de Medina Sido-
nia, sino porque ya no volvemos a hallar nuevas referencias sobre Cristóbal Lechuga,
al menos en vida, porque después no son pocos quienes le celebraron como brillante
artillero o ingeniero, cuando aqui hemos descorrido su larga y algo complicada  carre-
ra de infante. No he sabido que casara ni que dejara hijos. Francisco Pinero Jiménez
y José Martínez Romero en
Giennenses ilustres (1954),  págs. 203-9, anticiparon su
muerte al año 1618 y en Baeza, pero esta debió producirse en la Mámora, aunque su
cadáver fuera definitivamente inhumado en su ciudad natal.

                                                                                          © JUAN L. SÁNCHEZ.
El retrato de Cristóbal Lechuga al que
nos referimos en el texto. ARRIBA,
visión completa del grabado; ABAJO,
detalle del personaje.
NOTA 3.— Capitán Alonso Vázquez (To-
ledo, 1556 - Andújar, 1615),
Sucesos de
Flandes y Francia del tiempo de Alejan-
dro Farnesio.
Co.do.In, vols. LXXII-
LXXIV. Madrid, 1876.
La iglesia románica de la Santa Cruz,
en Baeza, probablemnte donde se
bautizó Cristóbal Lechuga y donde
dispuso su enterramiento, en una
capilla propia.
La isla de Bommel, cerca de Herto-
genbosch, está formada por dos brazos
del rio Mosa (Maas). El grabado registra
un asedio posterior de las tropas espa-
ñolas a la ciudad de Bommel (hoy Zalt-
bommel), al Norte de la isla aunque
aparezca orientada al Este. Empel es
hoy un barrio periférico de Hertogen-
bosch, a la cual los españoles llamaban
Bolduque.
NOTA 4.— Comentario del Coronel
Francisco Verdugo de la Guerra de Fri-
sia.
Edición de Henri Lonchay, Bruse-
las, 1899, pg.114.
Todavía hoy podemos reconocer el em-
plazamiento del antiguo campamento
militar de Appelschlager, activo hasta
1607, que daría lugar a la barriada de la
otra parte del canal (derecha de la foto).
Alejandro Farnesio, como el maestre de
campo Manuel de Vega y otros en su
tiempo, desconfiaron de Cristóbal Le-
chuga, al que creyeron responsable o
urdidor del compot para el asesinato
frustrado de su superior. Nunca llegó a
emplearle "junto a su persona".
Dos hombres importantes en la vida
de Cristóbal Lechuga, que apoyaron su
carrera desde las capitanías generales
de los Paises Bajos y Milan: el
Archiduque Ernesto (arriba), grabado
de Domenico Custos) y el conde de
Fuentes (abajo), grabado atribuído a
Crispijn de Passe. el viejo.
El asedio de Doullens, según un gra-
bado coetáneo de Frans Hogenberg
(detalle izquierdo), que resolvió en la
misma ilustración el bombadeo del
castillo, su asalto (31 de julio) y la
batalla en que previamente fue de-
rrotado el socorro francés (24.VII).
Agustín Mejía y Carillo, castellano
de Amberes
Francisco Verdugo, capitán general de
Frisia  (Grabado de Jean Crobaet)
El puente de Grésin, sobre el Ródano, a
5 Km. de Bellegarde, paso obligado del
"Camino español". El primitivo puente
que hollaron los Tercios aprovechaba
una isleta sobre el rio; tenía pilares de
piedra y estuvo en uso hasta 1897, en
que se levantó uno nuevo, destruído por
los alemanes en 1940. El actual, de
acero, data de 1947.
Plano del fuerte de Fuentes, sobre el
Adda, vigilando los accesos de los lagos
de Como y Chiavenna.
Las ruinas del fuerte en un grabado
anónimo del siglo XIX (arriba). Abajo,
vista aérea de su estado actual
Entre los muros del castillo de los Sforza,
donde fue apresado por orden del conde
de Fuentes, comenzó a redactar Cristó-
bal Lechuga el segundo de sus tratados
militares. Como ya le sucediera con el
primero, también la redacción y publi-
cación del segundo coadyuvaría a sacar-
le de un atolladero; en este oportunidad,
por una acusación de prevaricación.
(ABAJO) La Mámora, un surgidero de
piratas protegido por la barra del rio
Sebú, en un plano anónimo levantado
poco después de la conquista espa-
ñola. Marca el emplazamiento del
fuerte «que se ha de hacer» y el fon-
deadero de la armada oceánica, al
mando de Luis Fajardo, que hubo de
abandonar el lugar antes de la llegada
del invierno
.
NOTA 5.— Archivo del ICHM (antes
SHM), Aparici, 4062, fol. 249. Cabrera
de Córdoba, en sus «Relaciones», aña-
de que a la Ciudad de Sevilla se le pidie-
ron 300 hombres y 50 al Arzobispo; la
misma cifra a los grandes de Andalucía
y 30 a los demás títulos. El total de sol-
dados embarcados para la empresa se
acercó a los 5.000 hombres.

NOTA 6.—Historia, vicisitudes y políti-
ca tradicional de España respecto de
sus posesiones en las costas de Africa.
Málaga, 1993, pg. 234. (La primera
edición se publicó en Madrid en 1884).
El autor se apoya en una testimonio coe-
táneo cuyo manuscrito conserva  la Aca-
demia de la Historia.
Planta del fuerte de San Felipe de La
Mámora, levantado por Cristóbal de
Rojas y remitido por Fajardo a la corte
el 6 de setiembre de 1614. El fuerte
era de planta cuadrada, con revellines
en los ángulos. Muestra también un
detalle de la fuerte torre interior, resi-
dencia del gobernador y sus oficiales,
y el patio de armas, delimitado por las
casernas para la tropa. Fue la última
obra de Cristóbal de Rojas, de la cual
aun se conservan vestigios aunque
muy modificados, porque fue suce-
sivamente ampliado hasta dar  lugar al
castillo de la ciudad murada.  
El castillo de Mehdya, a comienzos del
siglo XX. Abajo, plano de su trazado en
1650. Desde entonces no se alteró su
aspecto hasta su abandono por los
españoles (1681)
.
Los sucesivos reparos de la fortaleza
no afectaron sustancialmente a su tra-
zado, que todavía conserva un impo-
nente aspecto, sobre todo el baluarte
orientado hacia Saleh. En cambio, las
casernas de la cortina que domina la
desembocadura del Sebú, están arrui-
nadas (abajo).
Una visión artística moderna del aspecto
actual del antiguo baluarte sobre el Se-
bú, hacia dinde apuntaban los cañones
de sus troneras. En la torre posterior,
residencia del gobernador, debió morir
Cristóbal Lechuga entre mayo y
setiembre de 1622.


CRISTÓBAL LECHUGA Y GARCÍA.
Baeza (Jaén), 1556 — La Mámora (hoy Mehdia, Kenitra (Marruecos), 1622.