LOPE DE FIGUEROA Y ZAPATA (1520-1585), CABº SANTIAGO  (1572),
COMENDADOR DE LOS BASTIMENTOS DE MONTIEL (1582); CAPI -
TAN (1555), MAESTRE DE CAMPO (1569-1584), MAESTRE DE CAMPO
GENERAL (1583), CAPITAN GRAL. COSTA DE GRANADA (1584-85).

Fue segundogénito del capitán Francisco Pérez de Barradas —señor de Graena, ca-
ballero de Santiago, paje del rey y alcaide de La Peza— y de Leonor de Figueroa, hija
de Lope de Zapata, señor de Daracalda, comendador de La Hinojosa, y nieta de Pe-
dro Ponce de León, primer conde de Arcos. Siguiendo la costumbre de los segundo-
nes de su época adoptó los apellidos maternos, como consta en su expediente de
Santiago (AHN, O.M.,Santiago, no. 3084), aunque Salazar y Castro (Comendado -
res, 44) le menciona como Lope de Figueroa y Barradas; sin embargo, en su época
fue conocido simplemente como Lope de Figueroa. Su abuelo paterno Francisco
Pérez de Barradas — caballero de Santiago, alcaide de la Peza y corregidor de Medi-
na del Campo— había sido trinchante y maestresala de los Reyes Católicos.

Ganó alta reputación militar en vida y fama legendaria durante el Siglo de Oro, pero
no tomó estado y dejó por heredero de sus servicios a su hermano mayor Fernando
de Barradas, señor de Graena. Tales servicios permitirían a sus sucesores titularse
marqueses de Cortés de Graena, aunque hubieron de reconstruírlos por los medios
a su alcance.  En 1682 dio razón de ellos Antonio-Lope de Barradas y Portocarrero,
bisnieto de su hermano Fernando y primer marqués de Cortes de Graena, que cifró
en 35 años su vida militar, un cómputo que ha venido aceptándose desde entonces
pese a que fijara los comienzos de su carrera en 1550, cuando su protagonista —se-
gundón sin medios de fortuna— contaba ya 30 años de edad, algo difícilmente con-
ciliable con la certeza documental de que fuera capitán en 1555; es decir, tras solo
cinco años de servicios cuando las ordenanzas prescribían un mínimo de nueve. Ca-
bía la sospecha de que, como en el caso de
Francisco de Valdés (1511-1580) y tantos
otros, hubiera sido religioso antes que soldado, lo que explicaría su tardío ingreso
en el ejército pero no su rápida promoción, que a Valdés le llevaría 15 años. Por for-
tuna, su coetáneo Gonzalo Argote de Molina, escribiendo en 1575, refiere que «
sien-
do mozo fue al estado de Milán, donde fue soldado, y por su valor alcanzó una com-
pañía de caballos ligeros
», tornando evidente que el memorialista nos escamoteó
algo más de un decenio de servicios militares, precísamente los más difíciles de re -
construir pues, discurriendo por los peldaños inferiores de la milicia, no podríamos
seguirla más que a partir de «revistas de compañía», de las que cuales solo quedan
en Simancas un vestigio testimonial. Otro hecho desalentador para quien intente
penetrar esa bruma histórica que se cierne sobre la juventud del personaje radica en
un problema de homonimia. Don Lope fue contemporáneo del capitan Lope Ville-
gas de Figueroa, habitualmente mencionado también como Lope de Figueroa, y si
bien éste era capitán desde 1535 —antes de que el nuestro pudiera ceñir la espada—
todavía lo era en 1560. Lamentablemente, con él topó inadvertidamente José L. Ro-
dríguez Santistéban, autor de una de las más trabajadas aportaciones biográficas so-
bre nuestro personaje, llevándole a cuestionar su cautiverio en Djerba (R&D-20).  

CAPITAN DE INFANTERÍA Y CABALLOS.
El primer rastro documental de su carrera procede de 1555, siendo el capitán que
porta la noticia de la caída de Casale Monferrato por la traición de su guarnición ale-
mana (AGS, E, 1208). No se aclara si era de infantería o caballería, empleo que sabe-
mos por Argote que llegó a gozar y que cuadra más en la coyuntura. Probablemente
dicha compañía de caballos fuera una de las «sobresalientes» que quedaron refor -
madas tras la paz de Cateau-Cambresis (2.IV.1559), por lo que hubo de levantar o-
tra nueva, en esta ocasión de infantería, para la empresa de Trípoli. Apunta un tes -
tigo que «
era de sicilianos foragidos» (Diego del Castillo, pg. 181) y sabemos que se
amotinaron en Siracusa (25.XII.1559), saqueando después el galeón de Visconti Ci-
cala (1504-1564), padre del famoso renegado, que formaba parte de la expedición.
El motín pudo ser reducido y los culpables fueron castigados conforme al rigor de
los tiempos: «
a tres ahorcaron y a siete desorejaron y echaron a galeras» (F. Duro,
1996). Alertados los tucos sobre el objetivo cristiano y aprestadas las defensas tripo-
litanas por Dragut-Rais (1514-1565), el Duque de Medinaceli decidió apoderarse de
la isla de los Gelves [Djerba], en el golfo de Túnez, operación que culminó en un de-
sastre completo: primero naval (11.V.1561) y luego terrestre (29.VII), al ser cautiva-
dos por los turcos los últimos defensores del fuerte levantado en la isla por Alvaro
de Sande (1489-1575).

Fernández Navarrete apunta que fue rescatado en 1564, previo pago de 4.000 duca-
dos. Ese mismo año consta como uno de los capitanes del Tercio de Sicilia que em-
barcaron con García de Toledo (1514-1577) para tomar el Peñón de Velez de la Go -
mera, reducido el 6 de setiembre (Collazos, 1566). Enseguida pasó con las galeras
de Juan Andrea Doria (1539-1606) a la isla de Córcega, sublevada nuevamente por
Sampiero Corso (1498-1567), aportando en Bastia el 24 de noviembre; donde, se-
gún Argote, «
ganó con su compañía, a vista de San-Pedro Corzo el enemigo, el cas-
tillo de Istria a escala vista con grandísima felicidad y nombre
». Por la correspon -
dencia de Juan Andrea Doria con Felipe II, publicada por Vargas-Hidalgo (págs.
440-45), sabemos que, después de intercambiar en Bastia a los enfermos por gente
de refresco, las galeras se dirigieron a Porto Vecchio, en poder de los rebeldes, que
se rindió el 26. Luego tomaron provisiones en Bonifacio y el 1 de diciembre atraca-
ron en un paraje que el almirante llama Puerto Ervi, no identificable en la toponi-
mia actual, pero ubicado sin duda en el Golfo de Valinco por su proximidad al casti-
llo de Istria, en una zona montañosa cerca de Sollacaro. El dia siguiente desembar-
caron 500  arcabuceros españoles que marcharon a reconocer el camino, apoderán-
dose sin resistencia de Olmeto y del castillo de Rocca di Valle, abandonados por sus
defensores; pero el día 6 hubieron de pelear contra los hombres de Corso, que re-
sultó herido y perdió a su cuñado, Ciamanaccia. Doria, que informa al rey de 12 ba-
jas en la escaramuza, no aporta en cambio el menor detalle sobre el asalto al castillo
de Istria, avisándole de su toma el 25 de diciembre desde Génova, a donde había lle-
gado el 13; por otras fuentes sabemos que el hecho acaeció el 10, guarneciéndolo 50
soldados al mando del genovés Bartolomeo Conturbino. En la isla quedaron 2.300
infantes españoles y la coronelía italiana de Lorenzo de Figueroa, pero los primeros
la abandonaron en julio para asistir al socorro de Malta, donde Lope volvió a distin-
guirse en el ataque a la torre de Falca, cuyo asalto condujo Chiappino Vitelli (1520-
1575), con 800 arcabuceros españoles, y donde Occhiali (Kilidisch-Ali) estuvo muy
cerca de caer prisionero (9.IX.1565); sin emabrgo, su precipitado embarque en la
cala de San Paolo, rumbo a Trípoli, determinaría el abandono del asedio por el resto
de la armada turca de Piali (1520-1571). Fernández Navarrete situa erróneamente
esta acción en la isla de Córcega.

MAESTRE DE CAMPO DEL TERCIO DE GRANADA, LUEGO LLAMADO
DE LA SACRA LIGA.
Su compañía de arcabuceros fue una de las diez del Tercio de Sicilia que, al mando
del maestre de campo Julián Romero, marchó hacia Flandes en 1567. En Frisia, el
21 de julio de 1568, volvió a despuntar en la batalla de Gemmingen, acometiendo al
enemigo con 300 arcabuceros y consiguiendo apoderarse de su artillería tras dura
refriega sobre un estrecho dique. El Duque de Alba le envió a España a dar cuenta
de la victoria a Felipe II, que le recompensó con una pensión vitalicia de 400 duca-
dos anuales reconociendo que  
«en la batalla de Yemecon (sic)  se alcanzó la victo-
ria por vos principalmente; a do ciertamente ganasteis gloria para nos y honra pa-
ra vos
» (Co.do.In, 1857). Aprovechando la sublevación de los moriscos de Granada,
solicitó el mando de un tercio
«atendiendo a la experiencia que tiene de las cosas de
la guerra y particularmente de las de Italia
»  (AGS, E, 1133), que se le autorizó y le-
vó en Granada en 1569. En enero de 1570 se hallaba frente a Galera, en las Alpuja-
rras, en cuyo asalto fue herido aunque la villa fue tomada y arrasada por orden de
Don Juan de Austria. El mes siguiente, en Serón, las tropas españolas —entregadas
al saqueo— fueron sorprendidas y expulsadas del lugar en desorden. Lope intentó
reorganizar sus  filas, recibiendo un arcabuzazo en la pierna derecha que le haría
cojear el resto de su vida; también fue herido don Juan de Austria, que pudo salvar
su vida gracias a que Luis de Quijada, su antiguo ayo, sacrificara la propia para sal-
var la suya. Pese al contratiempo, el Tercio de Figueroa tomaría Tíjola en marzo y en
agosto presidiaba Andárax con su doce banderas. Poco después, Figueroa fue nom-
brado jefe de los presidios de la Costa de Granada con la misión de capturar y evitar
la huída de los moriscos al Norte de Africa y, concluída la guerra, su tercio pasó a
engrosar la armada que Juan de Austria preparaba para unirse a la Santa Liga.

En junio de 1571 se embarcó en Cartagena y, tras el agrupamiento de la fuerza expe-
dicionaria en Barcelona, zarparon el 18 de julio hacia Italia contando su tercio —que
seguía llevando el nombre de
Granada— con 2.259 soldados (AGS, E, 1.134). El 25
de agosto se reunieron en Messina con la armada coaligada, repartiéndose las 14
compañías del tercio entre las galeras de España (8) y las de Nápoles (las 6 restan-
tes). Al alba del 7 de octubre de 1571, en la embocadura del golfo de Neúpaktos (Le-
panto) dieron vista a la armada turca. Don Lope combatió a bordo de la galera
Real,
junto a Don Juan de Austria, y a tanta satisfacción de su superior que, tras la seña-
lada victoria, fue de nuevo comisionado para portar la feliz noticia al rey de España.
Escoltado por diez galeras, llevó con él una carta hológrafa de Don Juan para su her-
manastro, la relación oficial del evento, compuesta por el secretario Juan de Soto, y  
el estandarte de la galera
Sultana, que había capturado personalmente sobre la almi-
ranta turca durante la lucha. Felipe II le agasajó en El Escorial la víspera de Todos
los Santos de 1571.

El año siguiente el tercio de don Lope adsorbió al que había sido de Miguel de Mon-
cada, entrando a formar parte del mismo el ilustre soldado Miguel de Cervantes Saa-
vedra (1547-1616), que servía en la compañía del capitán Manuel Ponce de León, so-
brino del maestre de campo, quien ahora mandaba 25 compañías. La unidad tomó
entonces el nombre de «Tercio de la Sacra Liga», que en una revista pasada en Mes-
sina, el 31 de julio de 1572, arrojaba unos efectivos de 2.456 soldados. Poco después
se concentraban en Corfú con la armada coaligada, partiendo de nuevo en busca de
la flota otomana, que rehusó el combate ante el cabo Matapán y buscó refugio en
Modon (hoy Methoni) y Navarino (hoy Pilos). Juan de Austria bloqueó ambos en-
claves y ordenó sitiarlos por tierra; pero carecía de medios suficientes para simulta -
near ambas empresas y, el 9 de octubre, hubo de ordenar el regreso. El tercio era
entonces tan numeroso que no podía permancer reunido, siendo preciso que parte
de sus compañías invernasen en el Milanesado y las restantes en Sicilia; por ello, el
7 de diciembre desembarcaba don Lope en Génova con las compañías señaladas pa-
ra el Milanesado. Antes de la conclusión de aquel invierno (11.III.1573), los venecia-
nos se desvincularon de la Liga pactando una paz separada con los turcos; por ello y
debido a la presión del duque de Alba desde Flandes, Felipe II ordenó que la parte
del tercio acuartelada en Lombardía marchase a los Países Bajos. El maestre de cam-
po intentó oponerse, alegando tanto motivos personales —«
ando harto malo, así
del pecho como de otros achaques viejos y la mar me va mejor porque me mata la
tierra fría
»— como tácticos: «mis soldados son gente de mar y galeras, prácticos en
los negocios de Italia, además de tener grandes ventajas de Don Juan, que les ha
visto luchar
» (AGS,E,1236), pero no consiguió mas que una licencia para curarse en
España, mientras que aquellas compañías hubieron de marchar a Flandes. Al llegar
allí, el 15 de junio de 1573, formaron un nuevo tercio que recibió el nombre de San
Felipe (
Inf. española, no. 7), cuyo mando se confió al arriba mencionado Francisco
de Valdés.
Las restantes compañías fueron empleadas por Don Juan en la conquista de Túnez
(11.X.1573), donde ordenó construir dos nuevos fuertes antes de regresar a Palermo
el 2 de noviembre. Aquel invierno, don Lope regresó de España con 9 compañías
adicionales, alcanzando el tercio el número de 21 que ya mantendría hasta su diso-
lución, conservando el ya anacrónico nombre de Tercio de la Liga. En 1574 debían
de haber tomado parte en el socorro de los fuertes de la Goleta y Túnez, el último de
los cuales cayó en poder de los turcos el 13 de setiembre de 1574, sin que Juan de
Austria hubiera podido socorrerlos, por diversas  vicisitudes, pese a que los turcos
comenzaron su asedio a mediados de junio. El 24 de junio de 1576, embarcadas so-
bre las galeras de Alvaro de Bazán (1526-1588), asolaron el archipiélago de Kerken-
nah o Querquenes, ante las costas tunecinas. Don Juan, nombrado poco antes go -
bernador de los Países Bajos para enderezar el desgobierno del Consejo de Estado
regnícola, hubo de refugiarse a finales de aquel año en el castillo de Namur, desde
donde se vería obligado a llamar en su ayuda, en 1577, a los tercios que, poco antes
y en prueba de buena voluntad, habia ordenado volver a Italia. El de Figueroa partió
de Milán el 22 de febrero de 1578, llegando ante el campo atrincherado de Bouges,
cerca de Namur, el 13 de abril. El 17 del mismo mes partía al asedio de Philippeville,
que logró reducir el 21 de mayo; pero el resto de la campaña tuvieron que mantener-
se a la defensiva, hasta que el 1 de octubre moría el hijo de Carlos V. Don Lope portó
el féretro de su viejo camarada, con los demás jefes militares, mientras que sus sol-
dados encabezaron el cortejo fúnebre con banderas negras y arrastrando sus picas.





















Transportados a Cádiz por las galeras de Juan Andrea Doria, permenecieron allí du-
rante 1581, inactividad que los capitanes aprovecharon para reclutar sus compañías
en diversos lugares de Andalucía hasta completar 3.722 plazas (Escalante, 2002). El
15 de enero de 1582, hallándose en Cádiz, recibió el título de comendador de la en-
comienda de los Bastimentos del Campo de Montiel, perteneciente a la Orden de
Santiago, en la cual habia profesado en 1572. El 29 de junio siguiente, el tercio em-
barcó sobre la armada de 36 naves dispuesta por Álvaro de Bazán, I marqués de San-
ta Cruz, para intentar la conquista de la isla Terceira, en el Archipiélago de las Azo-
res, que el prior de Crato, apoyado por Francia e Inglaterra, mantenía rebelada con-
tra la autoridad del nuevo rey de Portugal, Felipe II de España. Don Lope subió a
bordo del galeón
San Mateo, de fábrica lusitana, el segundo mayor de la escuadra
tras el San Martin, insignia de Bazán, junto a los 116 hombres de su compañía y los
117 del capitán Pedro Rosado.

MAESTRE DE CAMPO GENERAL y CAPITAN GENERAL DE LA COSTA
DE GRANADA.
Tras zarpar el 10 de julio rumbo a la isla, el 26 avistaron en sus inmediaciones a la
flota de Felipe Strozzi (1541-1582), almirante florentino al servicio de Francia. El
“San Mateo” abandonó la formación, ocasión que aprovechó el almirante florentino
para abalanzarse contra él seguido de 5 naves francesas. Aislado y sin posibilidad de
recibir ayuda, sostuvo durante dos horas un incesante bombardeo durante el cual
recibió más de 500 impactos de artillería que declararon una veintena de incendios;
pero ganó un tiempo precioso para que el resto de la armada deshiciera a su rival an-
tes de rodear a los navíos encelados con su solitaria presa. Tras su victoria, la escua-
dra española intentó repararse en la isla de San Miguel, pero tuvo que regresar a
Lisboa, en septiembre, abandonando su objetivo. Cuando lo intentaron de nuevo,
el año siguiente, Lope de Figueroa era ya Maestre de Campo General de la expedi -
ción y  miembro del Consejo del almirante Marqués de Santa Cruz junto a Pedro de
Padilla, capitán general del Orán; Pedro de Toledo, marqués de Villafranca, y Juan
Martínez de Recalde. En virtud de su empleo, mandaba sobre toda la infantería em-
barcada, integrada por su propio tercio, el de Francisco de Bobadilla (1537-1610); el
de Juan de Sandoval, hermano del marqués de Denia; 4 compañías del regimiento
alemán de Jerónimo de Lodrone, 2 italianas de los capitanes frey Vincenzo  d’Afflito
y Luzio Pignatelli y una compañía de aventureros portugueses al mando de Félix de
Aragón (AGS, G.A.146). La fuerza expedicionaria zarpó de Lisboa el 23 de junio de
1583, embarcada en 98 naves. Llegaron a a la isla de San Miguel el 6 de julio y a la
Terceira el 23 del mismo mes. En la madrugada del 26 desembarcaron a 6 millas al
E. de Angra, durando la resistencia 16 horas. Tras la victoria, Don Lope autorizó a
sus hombres tres días de saqueo en la isla. La armada regresó el 17 de agosto pero
no aportó a Cádiz hasta el 15 de septiembre.

A primeros de octubre, Felipe II le nombró Maestre de campo general de la gente de
guerra de Portugal y Capitán general de la Costa de Granada, empleos en los que su-
cedía a Sancho Dávila y Daza, fallecido en Lisboa el 8 de junio del mismo año, por lo
que tuvo que embarcarse en Cádiz el 26 de octubre hacia Lisboa. Poco despues, el 8
de noviembre, lo haría también el Tercio de Liga, al mando del sargento mayor Her-
nán Tello de Portocarrero,  para retornar a Flandes, vía Italia. Llegó a Namur el 18
de junio y solo 5 dias despuès, el dia 23, el Duque de Parma ordenó su desmoviliza-
ción. Todos los capitanes fueron reformados y los soldados pasaron a engrosar las
compañías de los restantes tercios que servían en los Países Bajos, concluyendo así
la singladura histórica del Tercio de la Liga, anteriormente llamado de Granada, pe-
se a que el Conde de Clonard enlazara su existencia con el posteriormente creado
Tercio de la Armada de la Mar Océano, que la bibliografía regimental española y la
tradición histórica naval han venido aceptando y siguen admitiendo pese a su incon-
sitencia histórica, dado que el tercio que formara Lope de Figueroa en 1569 se extin-
guió, sin solución de continuidad, en la fecha y lugar arriba expresados, como atesti-
guan el militar y cronista Alonso Vázquez y la documentación coetánea preservada
en Simancas (AGS,E,588 y AGS,E,590).

Don Lope permaneció en Lisboa un año, pues en octubre de 1584 obtuvo licencia
para acudir a la Corte para despachar diversos asuntos relativos a la Capitanía gene-
ral de Granada (AGS,G.A., 168). De aquel tiempo se conservan algunos informes
que revelan las penurias del ejército real en Portugal, llegando a solicitar que
«no se
le envíen más hombres sino fuera con qué pagarles»
(AGS, G.A., 167). El 10 de mar-
zo de 1585 asistió a la boda de Catalina Micaela, hija de Felipe II, con el Duque de
Saboya, celebrada  en Zaragoza. Después formó parte del séquito real que partió ha-
cia Monzón, donde iban a reunirse las Cortes del Reino de Aragón. Allí falleció, víc-
tima de un brote de peste que acabó también con la vida del Marqués de Aguilar,
montero mayor del rey, el secretario Antonio Eraso, el Arzobispo de Zaragoza y cer-
ca de 1.500 personas más.

FIGURA RECURRENTE EN LAS LETRAS HISPÁNICAS.
Lope de Vega, por boca de uno de sus personajes, le saludó como «Aquel invencible
Marte, /don Lope de Figueroa, / famoso del Tajo al Ganges»
, pero no fue el único
de los dramaturgos del siglo de Oro que le llevó a la escena. Don Lope ingresó en el
mundo de la literatura como protagonista de tragicomedias como «Amar después
de la muerte» y «el Alcalde de Zalamea», de Calderón de la Barca, en un tema ya es-
bozado por el mismo Lope, que volvió sobre él en «el asalto de Mastrique» (1606),
sin olvidar «el Aguila del Agua», de Vélez de Guevara, y otras estudiadas por Hen -
driks, que trató de profundizar en las divergencias entre la personalidad histórica
del personaje y sus diferentes encarnaciones literarias.

                                                                                        © JUAN L. SÁNCHEZ.
EL HOMBRE DE LOS MIL ROSTROS SIN
NINGÚN RETRATO. La figura militar de Lo-
pe de Figueroa, cautivo en Djerba, vence-
dor y protagonista en Malta, Gemmingen,
Lepanto, Maastricht y San Miguel no ha
merecido ni un retrato, ni siquiera una
ilustración por figurada que fuera. En
cambio, como protagonista de "el Alcalde
de Zalamea", ha sido encarnado miles de
veces desde su primera representación ca.
1636. De izquierda a derecha, algunos de
los actores que le prestaron su rostro en
los escenarios: Agustin González (2003),
Jordi  Dauder (2000) y Jorge Lillo (1955)
Curiosamente, la mayoría de las repre-
sentaciones iconográficas del personaje
(sobre todo, en carteles) se deben también
a su rol literario. Como en este relieve en
bronce de Joan Figueras (1878), donde
aparece con marcial porte, apoyado en su
bastón de maestre de campo y a la izquier-
da de Felipe II, en el monumento a Calde-
rón de la Barca, en Madrid, que reproduce
el elenco de personajes de «el Alcalde de
Zalamea».
Busto de Sampieru Corso, si no el más
famoso del los corsos, lugar reservado a
Napoleón Buonaprte, hoy celebrado como  
«le plus Corse des Corses».
La Plaza Mayor de Galera en una foto
reciente. Su traza es posterior a 1570, tras
la reedificación del pueblo, destruído por
el Tercio de Lope de Figueroa en su prime-
ra acción bélica.
Representación de la batalla de Lepanto
en un gran fresco de Andrea Vicentino
(Detalle. Venecia, Palacio Ducal).
Don Juan apreció el mérito de don Lope,
a quien eligió para llevar a Felipe II la
nueva de la victoria de Lepanto; a cam-
bio, éste le profesó una  incuestionable
lealtad (ARRIBA, pintura atribuída a Sán-
chez Coello, Descalzas Reales; ABAJO,
su escultura funeraria yacente, en el
Panteón del Monasterio del Escorial)
Gouache de Francisco Mota (1915) que
ilustra el ingreso del cortejo fúnebre de D.
Juan de Austria en la ciudad de Namur, en
cuya iglesia sería provisionalmente
inhumado, procedente del cercano fuerte
de Bouges, donde falleció. En él debería
estar representado Lope de Figueroa, que
fue uno de los que portó el féretro.
Alvaro de Bazán, I Marques de Santa Cruz
de Mudela, combatió en Lepanto junto a
Don Lope, en la primera ocasión en que
su terció peleó embarcado, hallándose
también en la batalla de la isla de San
Miguel  (26.VII.1582) y en el desembarco
en la Terceira, últimas ocasiones en que
volvió a hacerlo el Tercio de la Liga.
(Anónimo, siglo XVI. Col. del Marqués de
Santa Cruz, Madrid). ABAJO: El galeón
San Martin, insugnia de D. Alvaro en la
campaña de las Azores.
Pedro Luis Calderón de la Barca, el genio
de la métrica impensable, sutil como el vue-
lo de la mariposa y tan profunda como los
más insondables  abismos —los de la mente
y el espíritu, que surcó con inimitable
maestría en «La vida es sueño»—, transmu-
tó la figura histórica de Don Lope en per-
sonaje de corralas y escenarios, contri-
buyendo decisivamente a la conformación
de su figura literaria.


LOPE DE FIGUEROA Y ZAPATA, CABALLERO DE SANTIAGO
Y COMENDADOR DE LOS BASTIMENTOS DE MONTIEL.
Guadix (Granada), 1520 — Monzón (Huesca), 28.VIII.1585.
Estado actual del fuerte de Djerba, amplia-
do por Alvaro de Sande (1560-61) y rendi-
do a los turcos el 29 de julio de 1561. En él
fue cautivado Lope de Figueroa.
Su sucesor al mando del ejército, Alejandro Far-
nese (1545-1592), futuro duque de Parma, reto-
mó la iniciativa la primavera siguiente asediando
la fortísima plaza de Maastricht, tomada al asal -
to tras casi 4 meses de cerco (9.III — 29.VI), du-
rante los cuales el Tercio de la Liga sufrió nume-
rosas bajas y la pérdida de 9 capitanes. La Unión
de Arrás (5.V.1579), por la que Farnesio atrajo a
la obediencia real a las provincias católicas del
sur, impuso como contrapartida una nueva eva-
cuación de las tropas foráneas, abandoando el
tercio los Paises Bajos en marzo de 1580. Tras
recuperarse en Milán, donde pasaron muestra
21 compañías (16 de picas y 5 de arcabuces), con
1998 soldados (AGS,E,1251), embarcaron en Sa-
vona rumbo a Nápoles, en cuyo puerto, aguar -
dando otro embarque, las compañías de Juan de
Gamboa y la del propio Don Lope protagoniza-
ron un altercado que casi deriva en motín, resol-
viéndose la situación no sin algunos muertos,
heridos y presos (AGS, E,  1254).