SANCHO DÁVILA Y DAZA (1523 - 1583), SOLDADO INFª (1543), CAP.
INFª (1556), CASTELLANO DE PAVÍA (1562), CAPITÁN DE CABALLOS
LANZAS DE LA GUARDIA DEL DUQUE DE ALBA (1567), CASTELLANO
DE AMBERES (1572-77),  MAESTRE DE CAMPO GENERAL EJÉRCITO
DE PORTUGAL (1580-83), CAPGRAL DE LA COSTA DE GRANADA.

Era hijo de D. Antonio Blazquez Dávila y doña Ana Daza. Ordenado de menores, es-
tudió en Roma pero abandonó la carrera eclesiástica para dedicarse a la militar, sen-
tando plaza de soldado en el Tercio de Alvaro de Sande (1543). Su primer hecho de
armas destacado fue cruzar el rio Elba (Alvis) con 9 soldados españoles, sujetas las
espadas con la boca, para ganar las barcas necesarias para construir el puente con el
que pasó el ejército, favoreciendo así la derrota de los protestantes y la prisión del du
que Mauricio de Sajonia en la batalla de Mühlberg (24.IV.1547). Regresó con su ter-
cio a Sicilia y se halló en la conquista de Africa o Mahdia (27.VI /10.IX.1550), como
también en la desastrosa expedición contra la isla de los Gelves (Djerba), al sur del
Golfo de Túnez (1560-61), donde cayó en cautividad
[1], aunque fue liberado el año
siguiente. Volvió á España para visitar, por orden del Rey,  los presidios de Valencia
y erigir el Castillo de Berni. De allí pasó a ser castellano de Pavía, de donde le sacó el
duque de Alba para servir en los Países Bajos. Para ello reclutó en Milán una compa-
ñía de caballos que sirvió de guarda de la persona del Duque, en el ejercicio de cuyas
funciones prendió al Conde de Egmont en 1568, que le rindió su espada.

El 28 de enero de 1569 tomó posesión del cargo de
castellano de la ciudadela de Am-
beres. En una de sus primeras comunicaciones confesaba: «Los soldados que serían
necesarios para la guardia ordinaria de la ciudadela de Amberes, según su grande -
za, baluartes, cortinas, surtidas y puertas, serian ochocientos por lo menos, y aqui
solo hay el  número de trescientos cuarenta
». Defendían la ciudadela 57 piezas de ar-
tillería de toda suerte y calibres, todas de bronce salvo una culebrina de hierro.

Al estallar la sublevación de los Países Bajos venció al conde de Hoogstraten a ori -
llas del Mosa, pero sufrió una derrota y fué herido cerca de Quesnoy. Persiguió a los
rebeldes hasta Dahlen, les deshizo del todo, tomó prisionero á Villiers y, en la bata-
lla de Gemmingen fue el primero que se enfrentó al duque Ludovico, señalándose
también en evitar que el enemigo llegase a abrir las esclusas para inundar la campi-
ña. En su marcha á Frisia tuvo ocasión de volver a mostrar su arrojo personal al lan-
zarse con otros en el rio de Groninga, «
que vadearon asidos a las colas de los caba-
llos con el agua a los pechos
». Derrotó a los rebeldes y les ganó casi toda su artillería
y una bandera. Tras obligar al enemigo a levantarse sobre Tirlemont, consiguió de-
gollar al sur de la ciudad, junto al rio Petite Gette, a casi 3.000 hombres del grueso
del ejército del Príncipe de Orange, obligándole a buscar refugio en Francia. La ac-
ción tiuvo ligo lugar el 21.X.1568, cerca de Libertange, lugar que dió prestó su nom-
bre a aquel combate.

Durante la segunda sublevación (1572), habiendo sitiado los rebeldes a Medialbur-
que [Middelburg], capital de Zelanda, acudió Dávila en su socorro, obligándoles a le-
vantar el cerco. Persiguió al enemigo, que se retiraba a Ramua [Arnemuiden],  
«ga-
nó esta plaza, y en su puerto mas de 400 bajeles, de los cuales armó diez y se abrió
con ellos paso entre  treinta de los contrarios, quemándoles su capitana
».  Fue en-
tonces cuando sus enemigos empezaron a llamarle con el apelativo con el que pasó
a la historia: “el rayo de la guerra”.

En noviembre de 1573 Felipe II aceptó la renuncia del Duque de Alba como gober -
nador de los Países Bajos, sustituyéndole el Comendador Mayor de Castilla, Luis de
Requesens. Ordenó éste que Sancho Dávila se pusiera al frente del ejército que de-
bía enfrentarse a los rebeldes  
«por ser muy conveniente para aquella empresa y pa-
ra cualquiera otra de tanta importancia como ella, pues es soldado de mucha expe -
riencia y ejecutivo en las ocasiones».
El capítulo final del enfrentamiento lo protago-
nizó el propio Dávila al frente de 600 de sus mejores soldados. Tras orar brevemen-
te, rodilla en tierra, acometieron a los rebeldes y les ocasionaron la pérdida de 1200
hombres, entrando triunfante en Maastricht, que le recibió con las mayores mues -
tras de júbilo.

Al año siguiente venció en la batalla de Mook a Luis de Nassau (14.V.1574). Dividió
su ejército en tres cuerpos: mandaba el de la derecha Gonzalo de  Bracamonte,
Fer-
nando de Toledo el de la izquierda, y él mismo, con el mando supremo, ocupaba el
centro. Los rebeldes abandonaron el campo tras perder 31 banderas y 3 estandartes.
El rey , queriendo darle una muestra de gratitud por sus servicios, le escribió una
carta firmada de su puño y letra, gran distinción en un monarca como Felipe II.



















En octubre de 1576 se encontraba dentro de la ciudadela de Amberes preparándose
para salir á campaña, cuando vio rodeada la ciudad de enemigos. La plaza estaba a
cargo del coronel Van Emden, con trece banderas de alemanes al servicio del rey de
España, pero al final acordó con rebeldes la rendición de la ciudad. De este modo lo-
graron introducir en ella varias banderas de infantería y alguna caballería que man -
daban el marqués de Havré, el conde de Egmont —hijo del que fue decapitado en
Bruselas— y de barón de Bersele. La ciudadela estaba guarnecida por 700 hombres
en aquellos momentos. Los maestres de campo Julián Romero y Alonso de Vargas,
acudieron en su auxilio con infantería y caballería, pero en tan corto número que no
era aconsejable intentar un asalto infructuoso. Pasaron algunos días de incertidum-
bre hasta que una mañana los sitiados divisaron una inesperada ayuda: eran los a-
motinados de Alost que acudieron a socorrer a sus camaradas al conocer su difícil si-
tuación. Aquellos dos mil curtidos veteranos marchaban portando sobre sus cabezas
unos ramos de olivo, conducidos por el electo Juan de Navarrete. A la vista de la ciu-
dad, éste les ordenó levantar sus ramos para demostrar a Sancho Dávila que venían
para  ponerse bajo su obediencia. Cuando salió a recibirles, Navarrete le dijo que ve-
nían confiados en que les conduciría al asalto sin pérdida de tiempo. Dávila le sugi -
rió que comiese su tropa, ya que  venia cansada. La respuesta de Navarrete ha pasa-
do a la leyenda de los Tercios: «Venimos resueltos a comer en el Paraíso o a cenar
en Amberes». Lo que siguió después fue el famoso “saco de Amberes”, de infausto
recuerdo.

Tras el «Edicto Perpetuo» (5.I.1577), que implicaba la aceptación de los términos de
la «Pacificación de Gante» , Dávila volvió a España, siendo muy obsequiado por el
rey. Pero viéndose D. Juan de Austria en la precisión de refugiarse en Namur, acu -
dió allí de nuevo, respondiendo al llamamiento del hermanastro de Felipe II. Tras la
muerte de D. Juan, y por nombramiento del 7.XI.1578, el rey le confió el mando y la
vigilancia de las costas granadinas como Capitán general de la Costa de Granada, an-
te el peligro de ataques de los piratas berberiscos. Cuando Felipe II heredó la corona
portuguesa, Dávila volvió a servir a las órdenes del Duque de Alba como maestre de
campo general de la tropas que debían enfrentarse a la rebelión del Prior de Crato,
opuesto a la sucesión del monarca español pese a su bastardía. El 25.VIII.1580 era
derrotado decisivamente en la batalla de Alcántara, cerca de Lisboa. Dávila recibió
del duque de Alba el encargo de perseguir a los fugitivos, llevando a cabo su misión
con tal éxito que el 24 de octubre se apoderaba de Oporto, completando la sumisión
del reino. Seguía desempeñando el cargo de maestre de campo general, que simulta-
neaba con la capitanía general de Granada, cuando hallándose en Lisboa, una heri-
da mal curada, producida en una pierna por la coz de un caballo, fue la causa de su
muerte, acaecida el 8 de junio de 1583.

Al saber su muerte, el rey que reconoció en público que había perdido a uno de sus
soldados más valientes. Brantôme, soldado y escritor francés, le considera entre los
grandes capitanes de su tiempo. Había casado en Flandes, en 1569, con doña Cata -
lina Gallo, que solo vivió un año y en quien sólo proceó a su hijo Fernando. A su
muerte, su cafáver fue depositado en el convento de San Franciso de Lisboa, que su
hijo  Fernando hizo trasladar a la capilla mayor de la iglesia de  San Juan Bautista,
en la ciudad de Avila.

                                                      © JUAN MIGUEL SERRANO SAN JOSÉ.

[NdE].—Disponemos de la relación completa de los capitanes que intervinieron en
esta expedición, que consultaré para verificar su presencia en Djerba. La creo muy
dudosa; especialmente, su pronta liberación, excepcional en el caso de los cautivos,
dada la inicial cerrazón otomana a su rescate.
Sancho Dávila en un grabado de Carni-
cero publicado en Retratos de los espa-
ñoles ilustres... (Madrid, 1791).
Litografía decimonónica de J. Donon,
sobre dibujo de José Vallejo.
Medallón de la Plaza Mayor de Salamanca,
que le representa con una venera jacobea
que nuestro colaborador no menciona.
Las tropas españolas salen de la ciudadela
de Amberes, como marea incontenible,
para romper el cerco a la que era some-
tida. Tras vencer toda la resistencia que
hallaron a su paso, la ciudad fue saquea-
da. (grabados de Frans Hogenberg)
Grabado de M. Bousquet (Amberes, 1748)


SANCHO DÁVILA Y DAZA.
(Avila, 21.IX.1523 — Lisboa,  8.VI.1583).