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| CARLOS COLOMA Y DE SAA (1566-1637),I MARQUÉS DE ESPINAR (16.IX. 1627), CBº DE SANTIAGO (1597), COMENDADOR DE MONTIEL Y LA OSA (28.IV.1621); SOLD. INFª ESP (1580), CAP. CABª ESP (1591), MDC INF ESP (1597), CASTELLANO DE PERPIÑAN Y CAPGRAL DEL ROSELLÓN (1600- 10), VIRREY DE MALLORCA (1611-17), CAPGRAL CAMBRESADO (1617-31), MDCGRAL PALATINADO (1620), CONSEJERO DEL SUPREMO DE GUERRA (1621), EMBAJADOR EN LONDRES (1622-24; 1629-31), MDCGRAL EN FLAN- DES (1631-34), IDEM DE LOMBARDIA Y CASTELLANO DE MILAN (1634), GOBº INTERINO MILANESADO (1635), CONSEJERO DE ESTADO (1636). ANTECEDENTES FAMILIARES Los Coloma habían comprado sus territorios del Valle de Elda en 1497 a los Condes de Cocentaina, en concreto Mosen Juan de Coloma. Su hijo, Don Juan Francisco Pérez Calvillo de Coloma, tomo el señorío como residencia habitual. Fueron una de las familias nobles más importantes del Reino de Valencia. Mosen Juan Coloma, natural de Borja (Zaragoza), que compró los señoríos de Petrer y Elda, fue secretario de Juan II y Fernando el Católico e intervino en las capitulaci- ones de Santa Fe entre Colón y los Reyes Católicos.Sus descendientes mantendrán estas posesiones durante 325 años, siendo el segundo Conde de Elda, Antonio Colo- ma, el señor con más moriscos en el Reino de Valencia. Pese a sus intentos para evi- tarlo,fue expulsada el 80% de la población del condado, lo que suponía su ruina.Aun así, los moriscos de Elda tuvieron la suerte de ser acompañados y protegidos por el Conde, dejándolos a buen recaudo en las ciudades de Mostagan y Tremecem, en Ar- gelia. Una generación mas tarde marcharían los condes a Valencia. Desde allí, y más tarde desde Madrid, siguieron desempañando su papel feudal hasta la abolición de los señoríos (1811-37). Actualmente el título sigue vigente. Juan Coloma, I Conde de Elda, padre de Carlos Coloma, no solo es conocido como militar y virrey, quizá lo sea más como poeta. Sus obras son alabadas por Cervantes: Década de la pasión de Nuestro Redemptor Jesucristo (Cagliari, 1576) y Cántico de la Gloriosa Resurrección (Madrid, 1586). Esta última se encuentra en el catálogo de autoridades de la lengua de al Academia Española. No es de extrañarnos esta afición por la literatura sabiendo la considerable biblioteca que su padre le dejó como heren- cia en el Palacio de Elda; afición que también cultivaron sus hijos Alonso Coloma, que fue obispo y Virrey de Cataluña (poesía atina) y Don Carlos Coloma, que ha sido sin duda el vástago de la familia Coloma con más importancia de su estirpe. CARRERA DE CARLOS COLOMA Nació en Alicante el 9 de febrero de 1566. Poco después, su padre marchó con sus dos hermanos mayores a ejercer el cargo de virrey de Cerdeña, quedándose Carlos en el castillo-palacio de Elda junto a su madre, Isabel de Saa, que no se movió del condado ni siquiera cuando su marido ejerció el cargo virreinal. Tras regresar de Cer- deña, Juan Coloma fue nombrado por Felipe II Conde de Elda en 1577. Con solo 14 años, Juan Coloma envió a Carlos con las tropas que a las órdenes del Duque de Alba se dirigían a la conquista del reino de Portugal (1580). Pasó más tar- de a servir cuatro años en las galeras de Sicilia (1584) y, en 1588, marchó a Flandes. Allí se curtió en numerosos hechos de armas, en los que al parecer destacó por su arrojo, y aprendió al lado de insignes generales, tales como Alejandro Farnesio y el Conde de Fuentes. Era ya soldado de la compañía de Ramón Cerdán (Tº de Juan del Águila), cuando fracasado un golpe de mano que se intentó contra Ostende (7.IV. 1589). Al formar a las fuerzas que se retiraban de Oudenburg, una bala que escapó desde una manga de arcabuceros le hirió gravemente, estropeándole una mano. Fe- lipe II, reconociendo sus méritos y arrojo, ordenó a Alejandro Farnesio que le conce- diera el mando de la primera compañía de caballería que vacara en su ejército y 40 escudos de ventaja. Así empezó a ilustrar su brillante carrera militar haciéndose no- tar por su arrojo ya con una pica en la mano, mezclado entre los peones, como tenían a gala hacerlo los nobles más distinguidos de su época, ya como capitán, peleando al frente de los caballos. El 7.X.1591, tras la muerte te de Carlos de Luna en Niewpoort, Farnesio le proveyó su compañía de lanzas españolas, con la cual asistió a la segunda invasión de Fran- cia (1592). Digno de admiración fue su comportamiento en la batalla de Aumale (18. II.1592), donde resultó herido el rey Enrique IV de Francia, y en el subsiguiente so- corro de Rouen.Es indudable que a su decisión y pericia se debió en gran parte la vic- toria alcanzada en Doullens (1595) por el Conde de Fuentes. El mismo año concu - rrió al célebre sitio de Cambray y al socorro de La Fère y, en 1596 se halló en las con- quistas de Calais, Ardres y Hulst, llevándose en todas estas ocasiones fama de gran entendido y valeroso capitán. Tan importantes servicios fueron premiados con el há- bito de Santiago (1597), no sin polémica por el pasado converso de la familia, y una pequeña pensión sobre las rentas de Nápoles. Además, al conocerse en Flandes la promoción de Antonio de Zúñiga al cargo de MdCGral de Portugal, el Archiduque le proveyó su tercio (4-VII-1597), convirtiéndose en maestre de campo del Tercio Viejo de Infantería española de los Estados de Falndes (T.I.E. no. 1). El Tercio de Carlos Coloma participó en el frustrado socorro de Amiens (1597). Des- pués hizo las campañas de 1598 y 1599, asistiendo en la primera a la toma de Rhin- berg, y ocupando en la última la isla de Bommel, que poco después hubo de abando- narse al enemigo. Tras estos años bélicos, Don Carlos obtiene por fin un destino ale- jado de los frentes de guerra, siendo nombrado por Felipe III gobernador de Perpi - ñán y lugarteniente general de los condados de Rosellón, Cerdaña y Conflent (17.VI. 1600). Diez años después, fue promovido al virreinato y capitanía general de Mallor- ca, que desempeñó hasta 1617. Durante su mandato se construyó el fuerte de San Carlos, en la punta de Porto-Pi, dominando la bahía de Palma, que aun se mantiene en pie y aloja un museo militar regional. En febrero de 1616 moría el castellano de Cambrai y capitán general del Cambresa- do, Juan de Rivas, que fuera uno de los soldados más reputados de su tiempo. Tras este suceso el Archiduque Alberto escribe a Felipe III pidiendo que cubra ese cargo. La corte española designa a don Fernando Girón, pero este rehusa y Felipe III no provee la vacante hasta la conclusión del mandato mallorquín de Coloma, a quien concede el cargo el 17 de mayo de 1617. Iba a conservarlo durante los próximos 14 años, aunque apenas residió en Cambrai, cuyo gobierno efectivo quedó en manos de su teniente. Coloma estuvo más tiempo en Bruselas, donde Alzina le hace «Gran Maestre de Palacio», cargo que no hemos podido identificar. En 1620 es designado MdCGral del ejército con que Spinola invadirá el Palatinado, feudo del elector Federico V a quien los protestantes bohemios le eligieron por su rey. El ejército se puso en marcha el 6 de agosto y a Coloma le correspondió apode- rarse de Kreuznach. Pero Spinola necesitaba una persona para recabar más apoyo de la corte de Madrid y envió allí a Don Carlos en misión diplomática, por lo cual aban- donó la campaña. Ya en la corte le correspondió, a disgusto, encargarse de la prisión del Duque de Osuna en el castillo de la Almeda (7.IV.1621), como "guarda mayor" y responsable directo de su custodia. Por fortuna, fue al poco relevado por Luis de Go- doy y regresó a Bruselas donde, expirada la Tregua de los 12 Años, había que afron- tar el rebrote de la guerra con Holanda. El mismo Coloma había sido uno de los nu- merosos partidarios de no renovar aquella tregua que había agigantado el poderío económico de las provincias rebeladas: «Si en doce años han conseguido todo esto — escribía en 1620— cabe imaginarse lo que harán si les damos más tiempo». Antes, el 28 de abril, Felipe IV le había concedido la encomienda de Montiel y la Osa en la Orden jacobea, cuyo título y rentas gozó el resto de sus días. El 11 de marzo de 1622, en Bruselas, toma parte en el solemne cortejo fúnebre con motivo del traslado de los restos del Archiduque a su definitivo panteón. Ya había sido nombrado emba- jador ante la corte inglesa, a donde partió poco despues. A finales de abril de 1622 se reúne en Londres con Gondomar, a quien iba a relevar, que le pone al corriente del estado de los negocios; pero no disponía Don Carlos de los grandes medios económicos que habían permitido a su antecesor una amplia la- bor de atracción y propaganda para su causa. Fue bien recibido por Jacobo I y le cayó en herencia el espinoso asunto de la boda del Príncipe de Gales y la Infanta María, hija de Felipe III. Además tuvo que enfrentarse con el punzante tema de la piratería y del tráfico de la Compañía de las Indias Orientales; la toma de Ormuz por los ingle- ses y persas; la cuestión del Palatinado; el problema de la tolerancia hacia los católi- cos ingleses, que logró mejorar. Ocurrió entonces el problemático viaje a Madrid del Príncipe de Gales, para sorpresa de Don Carlos y, poco más tarde, el fracaso de la bo- da, que causó mal ambiente en Inglaterra y dejó en delicada situación a Coloma. In- tentó conseguir la caída del Duque de Buckingham, a quien atribuía la oposición al matrimonio, pero fracasó y cesó en su puesto el 14.XII.1624. Tras cesar en la embajada se incorporó al asedio de Breda, donde mandó el cuerpo de ejército que cubría las labores de sitio. La rendición de la plaza ha pasado también a la historia por el espléndido cuadro del inmortal Diego Velázquez, también conoci- do por «Las Lanzas», donde el investigador Carl Justi identificó a los jefes y genera- les que aparecen retratados en el cuadro: Ambrosio Spinola, Alberto de Arenberg [en realidad, Claude de Rye, baron de Balançon], el príncipe de Neuburg, Don Gon- zalo del Córdoba y Don Carlos Coloma. [Sin embargo, en otras páginas de esta web hemos identificado inequívocamente a los condes de Isenburg y Nassau]. El 13-VIII-1625, ante la crisis desatada por la invasión franco-piamontesa de la repú- blica de Génova y la renuncia de Gonzalo Pimentel, que la mandaba, Carlos es desig- nado Capitán general de la Caballeria ligera del Estado de Milán, que se le concedió con la inusual retención de su gobierno de Cambrai. No ha quedado mucho rastro de su actuación en Milán, salvo un informe sobre la situación defensiva del Estado en 1626, estudiado por Olga Turner en la Rivista Storica Italiana (1952): Il rapporto di don Carlos Coloma dal ducato di Milano, nel 1626, a Filippo IV di Spagna. No sa- bemos cuanto tiempo sirvió aquel empleo, en el que le sucedió Felipe Spinola, hijo del marqués de los Balbases, que lo gozaba ya en 1628; sin embargo, lo más probable es que saliera de Italia en 1627, antes de que Gonzalo de Córdoba se embarcara en la Guerra de Mantua. Sabemos que aquel año estuvo en la corte y lo más probable es que pasara a ella sin hacerlo por Flandes, embarcándose en Génova. El rey gratificó sus servicios con el título nobiliario de marqués del Espinar, que fue publicado el 16. IX.1627 aunque es probable que se le concediera antes: el 3 de agosto, cuando don Carlos besó la real mano antes de salir de la corte. Pero no iba a Flandes directamen- te; segun la gaceta de Jerónimo Gascón, debía cumplir una misión en Portugal. Breve debió ser, si Gascón estuvo en lo cierto, porque el 3 de enero de 1628 ya estaba de regreso en Bruselas, en la despedida de Ambrosio Spinola, que había conseguido al fin una apretada licencia para exponer en España los problemas del Estado. Ni el mismo Spinola, ni la Corte, sabían que no habría de volver, quedando interinamente el Ejército a cargo de Coloma y del conde Hendrik van den Berg. A la sazón, el otrora poderoso Ejército de Flandes se hallaba reducido a la mayor estrechez y según expu- so Spinola ante el Consejo de Estado, solo la esperanza de su éxito en Madrid había detenido su amotinamiento.De esta época son unas estremecedoras cartas que Colo- ma dirigió al secretario Villela y al mismo Conde-Duque, parcialmente transcritas por Rodríguez Villa en su discurso de ingreso en la Academia de la Historia (1883). Habla de soldados «muertos de hambre, en carnes vivas (o sea, en cueros) y pidien- do limosna de puerta en puerta». La última de dichas cartas, dirigida al Conde-Du - que, está fechada en noviembre de 1629, ignorante todavía de que, para entonces, su destinatario le había procurado una nueva misión diplomática. En efecto, el nombramiento es de octubre, nuevamente a Londres, ahora para nego- ciar la paz con Inglaterra. Llegó en enero de 1630. Pese a la fracasada embajada an- terior, en la corte de St. James se le apreciaba, lo que sin duda contribuyó al éxito. Tras difíciles negociaciones, se firmó el tratado de paz que juró el rey de Inglaterra el 17 de diciembre de 1630. Terminada su misión, en febrero de 1631, regresó a los Pai- ses Bajos con el empleo de MdCGral del Ejército, el mismo que se dio al conde van den Berg y a Frey Lelio Brancaccio, al que se mandó venir de Italia. También venía de Italia, con importantes refuerzos, el Marqués de Santa Cruz, que habría de ser la cabeza de todos con el título de gobernador de las Armas. Coloma hubo de renunciar a su gobierno del Cambresado, que se dio al Marqués de Fuentes. Aquel año las tro- pas españolas consigueron su primer triunfo militar desde 1627, que el mismo Colo- ma narró en «El socorro de Brujas» y que traeremos a ésta págna. Sin embargo, no sirvió de mucho. Carlos había reconocido, en su correspondencia con la corte de 1629, el clima de la- tente rebelión que se vivía en los Estados. «Puedo asegurar a V.E., con toda verdad, no haber estado jamas los ánimos de todas estas provincias tan alienados de los espa- ñoles como hoy en dia lo están; y es de manera que si la rabía de la herejía permitiera al príncipe de Orange y a los Estados rebeldes publicar la unión y libertad de concien - cia con las provincias obedientes, y seguridad al clero y abades de gozar sus rentas, iglesias y abadías, todas se incorporaran con ellos sin que le quedara al rey otra cosa que tres castillos». En 1632 los holandeses comenzaron una ofensiva militar y política. No publicaron «la Union y libertad» que temía Coloma, pero habían urdido un «golpe de estado» con la complicidad de Richelieu y la nobleza local. No fueron muchos los implicados, pero importantes: El jefe de finanzas, Warffusé, el duque de Havré, y el militar local más prestigioso, el conde Hendrik van den Berg, sobre «cuya buena ley y fidelidad» nunca dudó Coloma «por más que digan». Se equivocó. La traicionera defección de Berg costó aquel año la pérdida de Maastricht (23-VIII), que nunca más seria espa- ñola. Aquel fue el año más negro de la presencia militar española en los Paises Bajos, pues los holandeses tomaron tambien Venlo, Roermond, Straelen, Sittard y Limbur- go.El siguiente (1633) murió la infanta Isabel Clara Eugenia dejando impuesto que se encargara de la gobernación de Flandes un consejo de cinco personas; entre ellos, don Carlos. El Marqués de Santa Cruz fue relevado por Aytona en el mando del Ejér- cito, pero la situación militar no cambiaría en Flandes hasta la llegada del Cardenal Infante, como había dejado entrever Carlos en aquella correspondencia de 1629: «Cabezas, señor, es lo que importa y persona Real acá; ... y que a un mismo tiempo se arrimen tres tercios de italianos y dos de españoles en que haya 10.000 infantes. Con esto habrá acá miedo y vergüenza; sin ésto, ni vergüenza ni miedo». En 1634 Felipe IV le designaba castellano de Milán y MdCGral del ejército de Lom - bardía para suceder al duque de Noccera. La patente es del 16 de octubre, y parece que no se firmó —y por lo tanto expidió— hasta el 11 de noviembre. Sin embargo, tu- vo que marchar a Milán, pese a sus reticencias por su estado de salud, a comienzos del verano. Allí demostraría por última vez su valía como militar tras obligar a Cré- qui, general francés al mando del ejército coaligado (Francia, Saboya y Parma) a le- vantar el 28 de octubre de 1635 el asedio impuesto a Valenza del Po dos meses atrás. El Marqués de Leganés, nuevo gobernador del Estado, llegó a Milán el 17 de noviem- bre, pero es poco conocido que tomara el relevo precísamente de Carlos Coloma, go- bernador interino desde la muerte del cardenal Gil de Albornoz, que obligó a llamar de Flandes a Lelio Brancaccio para ocupar su puesto de MdCGral y nombrar interi - namente a Juan Diaz Zamorano como castellano de la fortaleza de los Sforza. Retirado por fin en Madrid, llevó en sus últimos días una vida tranquila en la corte, donde fue nombrado miembro de Consejo de Castilla (1635 – 1637) y mayordomo mayor del rey. En sus últimos años gozó de todo el favor de la corte, asistiendo al Consejo de Estado hasta el día de su muerte el 23 de octubre de 1637, en Madrid. MATRIMONIO Y PROGENIE Carlos casó en Flandes con Margaretta van Liedekerke, hija de Antoon van Liede- kerke, señor de Moorsele y Gracht, y de Louise de La Barre, en la cual procreó una numerosa descendencia. Siguiendo a Luis de Salazar, habría sido la siguiente (2 varones y 6 hembras): Sin embargo, en la antecedente relación faltan: FRANCISCO ALBERTO, que fue capitán de corazas desde 1638 hasta 1646/49, en que su compañía sucedió en el capitán Joseph Manrique. JOSEPH COLOMA, también militar, que reclamaba sueldos vencidos en 1638. Además, afloran otros dos yernos, no mencionados arriba, aunque en ninguno de los casos constan los nombres de sus esposas. Se trata del ya mencionado Joseph Manrique, coronel de Infª alemana, y de Jerónimo de Bressignies y Alburquerque. © MIGUEL ÁNGEL GUILL ORTEGA /JUAN L. SÁNCHEZ |
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| Carlos Coloma en una calcografía de Paul Pontius, basada en una grisalla de Van Dyck. Aunque carece de fecha, sabemos que se ejecutó después de 1631 porque se le cita como «Magister campi generalis in Belgio». Si Velázquez le incluyó en «las Lanzas», como así lo creyó Justi, sin duda se inspiró en éste grabado para llegar al resultado de abajo, donde el artista le habría rejuvenecido más de lo necesario. Personalmente, dudo mucho la certeza de tal atribución, sobre todo porque los testimonios disponibles en torno a la despedida a la guarnición vencida no le fijan en el lugar, aunque andaba cerca e incluso escribió a la Corte una relación en la que contrastaba el lucido aspecto de los rendidos con la desnudez de sus soldados. Además, creo al retratado abajo bastante más parecido con el duque Philipp-Wilhelm de Neuburg, como veremos al explorar la rica iconografía de éste personaje. |
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| El magnífico grabado de Pauls Pontius, aquí completo, basado en una grisalla de Van Dyck (abajo), para la serie «Icones principum virorum...», que comenzó a publicarse en 1636. |
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| Federico V, elector palatino (izquierda), cuyos estados ocuparon y se repartieron España y Baviera, en cuyo duque recayó la dignidad electoral. El problema es que Federico estaba casado con Elisabeth Stuart, hija de Jacobo I de Inglaterra, que presionó a España para restituir el Palatinado Inferior a su hija. La famosa boda no era sino el colofón a un Tratado de Restitución, precisamente firmado por Coloma en Londres, el 29-III-1623. Sin boda (alianza), no hubo restitución sino guerra, que de alguna manera declaró el mismo Jacobo (26-XI-1624), al encargar a Ernst v. Mansfeld, apoyado por 6.000 ingleses, su recuperación con las armas. El asunto tiene enorme interés histórico por los cambios de posición a que dió lugar, pero no ha sido suficientemente profundizado y solo queda el rasgo de fri- volidad que quiso darle la propaganda olivarista. Lo cierto es que el tratado, que fijaba la entrega de Frankenthal para el 28-iX-1624 no se cumplió. Aquello fue lo que provocó la guerra con Inglaterra, no la venganza pasional del duque de York. DERECHA: Isabel, hija y hermana de los reyes de Inglaterra y esposa del que fuera Rey de Invierno y Elector del Palatinado (ambos grabados de Crispin de Passe). |
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| El mayor problema para aceptar la pre- sencia de Gonzalo de Córdoba en «las Lanzas» radica en que no citan su pre- sencia en el cuartel de Balançon las fuentes en que Velázquez se inspiró para componer el lienzo: el bien conocido tra- bajo de Hermann Hugo (del que existe una reciente y excelente edición a cargo de Julio Albi), siendo la príncipe de 1626; el de Céspedes y Meneses (1631) y algu- nas relaciones coetáneas, notablemente la anónima «Carta tercera que vino a un caballero desta Civdad» (Valladolid), impresa en julio de 1625, único testimo- nio que habla de una entrega de llaves, trasunto del cuadro y tema que encendió una polémica que no revela sino el es- caso conocimiento que generalmente tienen los críticos de Arte sobre asuntos militares. Lo que entregó —y debía en- tregar— Justino a Spinola eran las llaves del castillo o ciudadela de Breda, resi- dencia del gobernador. Las llaves de las distintas puertas de la villa ya estaban en poder de los piquetes de guardias que las custodiaban desde que se firmó la capitu- lación (2 de junio) y se intercambiaron los rehenes. Para ser formales, el título del cuadro velazqueño debería ser «Ren- dición (por entrega) de las llaves del castillo de Breda»; de ahi que prefiera citarle por «las Lanzas». |
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| Al conde Hendrik van den Berg (1573-1638), líder de la llamada fronda aristocrática belga, no se le juzgará con severidad llamándole por lo que fue: fementido y traidor. Novoa, que se inclinaba por el resintimiento para ex- plicar su defección, escribió: «Si al con- de Enrique de Vergas, que yo no defien- do ni alabaré de fiel, le hubieran dado el ser general de la caballeria de Flandes, de que era teniente y le tocaba de de- recho por muerte de don Luis de Velas- co, no hubiera, por este agravio, aposen- tado en su pecho la traición pues vió quitársele, cuando esperaba, el premio de sus servicios. Cuando se lo dieron todo, ya estaba desconfiado y con recelo de otra ofensa". No creo que Novoa ignorara que el con- de era Capitán general de Gueldres, no obstante lo cual, en 1626, se le nombró Gran maestre y capitán general de la Artilleria, empleo al que hubo de renun- ciar cuando, sin pasar por el generalto de la Caballería, se le ascendió a MdC. Gral. Soldados más esforzados que él pe- charon mayor sordina en sus carreras sin que por eso se quebrara ni desfa- lleciera su lealtad, sinónimo de honradez en aquellos tiempos. Aparte que no cabe justificar en base al resentimiento ninguna felonía, el verdadero móvil de su conducta hay que buscarlo en la ambición que supo insuflarle Richelieu, maestro en el manejo de voluntades. |
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| Levantamiento del sitio de Valenza (28-X-1638), pintado por Snayers para el marqués de Leganés, hoy en el Deuts- ches Historisches Museum, en Berlin |
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| Miguel Angel Guill, estudioso de la figura y obra de Carlos Coloma, no solo acabó consiguiendo una copia del manuscrito inédito de Don Carlos sobre el socorro de Valenza del Po, sino que acaba de publicar (2008) una magnífica biografia sobre el personaje titulada: Carlos Coloma (1566-1637),espada y pluma de los tercios. El enlace os llevará directamente a la editorial, pero basta teclear el título completo en cualquier buscador para que puedan verse satisfechas cualesquiera otras opciones de compra. Por supuesto, ya he conseguido mi ejemplar, opción que sinceramente recomiendo. A través de Google-books, puede accederse a una vista parcial. |
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| 1 |
CARLOS IGNACIO COLOMA |
†1652 |
II marqués del Espinar, Cbº de Santiago y comendador de Montiel. |
| 2 |
ANTONIO COLOMA |
†1678 |
I marqués de Noguera (1670), Cbº Alcántara, mudándose a la de San- tiago para titularse comendador de Montiel (1662), cuyas rentas goza- ba desde la muerte de su hermano. Comenzó a servir en Flandes en 1617 y era SgM en 1649, año en que solicitó mandar un tercio «en atención a sus méritos y los paternos». Fue coronel de Infª alemana. |
| 3 |
JUANA DE SAA |
Religiosa en el convento de la Santa Fe de Toledo. |
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| 4 |
JERÓNIMA COLOMA |
Religiosa en el convento de la Santa Fe de Toledo. |
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| 5 |
MARIA COLOMA |
Dama de la Infanta doña Isabel. Casó con Nicolás de Velasco, Cbº de Santiago. |
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| 6 |
MARGARITA COLOMA |
Casó con el MdC Juan Vázquez Coronado. |
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| 7 |
ISABEL COLOMA |
casó con Luis de Peralta y Cárdenas, II vizconde de Ambite, Cbº de Alcántara |
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| 8 |
BLANCA COLOMA |
Casó primero con el capitán Jerónimo Briceño (†1638) y después con Diego de Luyando, señor de las casas de Luyando y Sopelana, Cbº de Calatrava y gentilhombre de boca del rey |
