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| COLMENERO Y GATTINARA, FRANCISCO (Nápoles, ca. 1642 – Milán, 1719), CONDE DE COLMENERO Y DEL S.R.I. (1715-19). SOL- DADO INFª ESP (1658), CAPITAN (1676), MAESTRE DE CAMPO (1693), GOBº DE VALENZA SUL PO (1695), SG.GRAL.BAT (1696), GOBº DE ALESSANDRIA (1701) GRAL ARTª LOMBARDIA (30.VII. 1702), MDC GRAL LOMBARDIA (20.II.1704), CASTELLANO DE MI- LAN (20.III.1707) Y FELDMARSCHALL IMPERIAL (15.II.715) Hijo de Vasco Colmenero de Andrade y de Morais, (Rasela, Orense, ca. 1614 — Palermo, Sicilia, 1674), caballero de Santiago, maestre del campo del Tercio de Sicilia y general de la Artillería de dicho reino (1662-74), y de su esposa do- ña Virginia Gattinara, que al enviudar volvió a casar en 1676 con el maestre de campo Alonso San Martin de la Cueva. Comenzó a servir muy jóven en el presidio de Vercelli, donde su padre fue gobernador hasta su restitución al du- que de Saboya (31.XII.1659), en virtud de la Paz de los Pirineos; luego le siguió a Sicilia, donde le hallamos de capitán de infantería española en el presidio de Augusta, del cual era castellano su padrastro. Reformado tras la pacificación de la isla (1678), volvió a tener compañía viva en el Tercio de Nápoles, en cuyo reino fue también capitán de caballería ligera. En 1690 pasó a servir a Lom - bardía para apoyar al duque de Saboya, cuyos estados habían invadido los franceses al mando del mariscal Catinat. Pese a los desalentadores comienzos —derrotas de Staffarda (18.VIII.1690) y Orbassano (4.X.1693)— completaría allí una brillante carrera que le llevaría al pináculo del escalafón militar, aun - que para ello hubiera de traicionar la lealtad debida a su rey jurado. A finales de 1693 fue designado maestre de campo del Tercio de la Mar de Ná- poles, que mandó en la toma de Cassale Monferrato (9.VII.1695), recibiendo el año siguiente el gobierno de Valencia sul Po. En 1696 defendió la plaza duran- te un asedio francés (18 de setiembre / 8 de octubre), al que puso fin el trata- do de neutralización de Italia (Vigevano, 7.X.1696), preludio de la Paz de Rijs- wijk, alcanzada el año siguiente; por su meritoria actuación, fue ascendido a sargento general de batalla. Al conocerse en Milán la muerte de Carlos II (1.XI. 1700) y sus disposiciones testamentarias a favor de la Casa de Borbón, que im- plicaban la reversión de las alianzas tradicionales de la monarquía hispánica, el príncipe de Vaudémont, gobernador del Milanesado, le envió a Paris y, tras entrevistarse con Luis XIV en Versalles (23.XII.1700), obtuvo el compromiso real de enviar urgentemente tropas francesas a Lombardía [Dangeau, VII, pág. 462]. El éxito de la misión le fue recompensado con la castellanía de Alessan- dria, que conservó a pesar de sus ascensos posteriores a Capitán general de la Artillería (30.VII.1702) y Maestre de campo general del Ejército del Milanesa- do (20.II.1704). El 4 de enero de 1702, siendo aun segundo general de la Artillería, propuso al Príncipe de Vaudémont formar un regimiento de fusileros para la protección del tren de Artillería. El gobernador le pidió que elaborara una propuesta ra- zonada que se vió el 19 de febrero en el Consejo secreto. Colmenero presentó una «planta para la formación de un batallón para la guardia y manejo de la Artillería» [AHN, Estado,1754], que aparejaba la supresión del pie de la Artillería de las plazas y castillos, que serían integrados en la nueva unidad, de 13 compañías, obligando a los capitanes patentados a levar cada uno 25 hom- bres adicionales, vestidos y armados, en el plazo de dos meses. El Consejo, es - timando «cuanto conviene que la Artillería tenga su guardia fija para su res- guardo y la seguridad de las municiones y pertrechos que se llevan a campa- ña, por los desórdenes que se han experimentado en el pasado», aprobó ínte- gramente la propuesta y Vaudemont firmó el despacho para su ejecución con la misma fecha. Este batallón, la primera unidad especializada del Ejército es- pañol, pasó su primera revista en Milán el 2 de mayo del mismo año. Su maes- tre de campo nato habría de ser el segundo general de la Artillería del Estado, a la sazón Colmenero, que fue designado como tal y continuó siéndolo pese a su ascenso a capitán general del Arma, aunque hubo de renunciar al mismo el 20.II.1794, cuando fue promovido a la maestría general del Estado. El 20 de noviembre de 1704, la unidad se redujo a pie regimiental, adoptando el nom- bre de Regimiento de Fusileros de Milán, siendo ya su coronel Sebastián Pi - mentel, marqués de Mirabel [J.L. Sánchez, «La Infantería de Felipe V, 1701-24 (II parte)», Researching & Dragona, vol.VII no.18 (Madrid, 2002), pgs. 34-71] Fernando Gil Ossorio, estudioso del Arma artillera, persiguió en vano el rastro de esta unidad «llamada algunas veces batallón de fusileros y en alguna oca- sión regimiento, que nunca he visto citada por nadie» [F. GIL OSSORIO, Or- ganización de la Artillería española en el siglo XVIII. Madrid, Serv. Hist. Mili- tar, 1981, págs. 30-31]. El 17 de agosto de 1705, siendo teniente general de los RR.EE., mandó el ala la izquierda de la primera línea del ejército que se enfrentó al príncipe Eugenio de Saboya en Cassano sul Adda; la batalla fue sangrienta y se dice que indeci - sa, pero lo cierto es que el príncipe no pudo pasar los refuerzos alemanes con que intentaba socorrer al Duque de Saboya. Sin embargo, el 7 de setiembre del año siguiente lograría dicho príncipe sorprender las trincheras francesas que cercaban Turín, obligando al duque de Orléans a retirarse a Francia, lo que provocaría el colapso del Milanesado español. La ciudad de Milán, excepto su castillo (24.IX.1709), y Pavía (2.X) se declararon por el Archiduque. Colme- nero guardó las apariencias de una tibia defensa de Alejandría, que rindió el 21 de octubre constituyéndose en prisionero de guerra. El marqués de San Fe- lipe, comentando después aquel suceso escribió (Comentarios de la Guerra de España, B.A.E. no. 99, pg.112): «No hemos entrado a la exacta averiguación de todo lo que de Colmenero se decía por no ser necesario para estos Comentarios poner en claro su cora - zón. Los hechos posteriores arguyen contra él, porque aunque quedó prisio- nero cuando entregó la plaza, luego tomó partido y recibió no pocos premios y entre ellos el gobierno del castillo de Milán». Soprende tanta tibieza en quien, no casualmente, fue llamado «el Tizón de Es- paña. Aunque Vaudémont y Vendôme trataron de justificarle, como no podía ser de otra forma, habida cuenta la confianza que en él depositaron, Saint-Si- mon fue el primero en sospechar su traición, de la que tuvo confirmación por la extensa correspondencia (1706-07) que sostuvo con Francisco Pagave, caba- llero de Alcántara, que no le secundó porque fue luego consejero de Hacienda de Felipe V. Aunque ignoro la razón, el obispo de Alejandría, a quien Pagave se la entregó, la remtió después a París, donde hoy se preserva entre los ms. españoles de la B.N.F. Así pudo conocerla la indomitable curiosidad de Saint- Simon, que penetró la inquietud del militar español por el incierto signo de la guerra y la necesidad de acomodarse a las circunstancias de los tiempos. En definitiva, esa correspondencia nos descubre a un oportunista incapaz de afrontar su futuro armado con los valores de la lealtad, la fidelidad jurada o sus propios ideales dinásticos; un caso que constituye —contra lo que hoy pu- diera admitirse como plausible— una de las infrecuentes excepciones que se dieron en aquel tiempo, al menos por móviles tan poco escrupulosos como ma- terialistas. Quizá por ello, José Sabau, en la continuación a la Historia de Es- paña del Padre Mariana (XX, 140), le tilda de «infame y pérfido». Merced a la simulada entrega de Alessandria, el Archiduque le recibió a su ser- vicio confirmándole su graduación y, el 20 de marzo de 1707, el mismo día que salió la guarnición española del castillo de Milán, con honores militares y el marqués de la Florida a su cabeza —en virtud del tratado de evacuación de Italia (Milán, 13.III.1707)—, se mansionó del mismo tras el pleito homenaje ante quien también se intitulaba rey de España, Carlos III de Habsburgo. Allí moriría, investido de un título condal del S.R.I. y de la máxima dignidad del ejército imperial, la de Feldmarschall, que recibió el 15 de febrero de 1715, equivalente a la de capitán general de los ejércitos españoles. Su hijo Luis, del que ya no se halla memoria sino por Ludwig, heredó el título y fue general-ma- yor (Feldtwachmaister) y coronel del K.u.K. Infanterie-Regiment no.16 al ser- vicio de Austria. Luchó contra los ejércitos del rey de España en Sicilia (1717- 1720) y murió peleando contra sus aliados franceses en la batalla de Guastalla (19.IX.1734). © JUAN L. SÁNCHEZ. |
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| La Rasela era una aldea próxima a Verin, que todavía existe. Ahora pertenece a la provincia de Orense, pero cuando nació allí Vasco Colmenero de Andrade y Morais, allá por el año del Señor de 1614, pertenecía a la de Pontevedra, una de las siete del antiguo Reino de Galicia, que interesba también una parte de Zamora. Galicia siempre me ha atraído y fascina- do y a Galicia hice mis primeros viajes, primero con un 600; después con un 850 y luego con un 1200. Las carreteras eran infernales y a la vez divinas; por enton- ces cambiaban insensiblemente, pero lo hacían, porque recuerdo haber detenido el coche y hollado no pocas veces, a pie y con cierta nostalgia, los tramos mas antiguos e intrincados que iban desafec- tándose. En todo caso, llegar a Verin, desde Madrid, tras 6 o 7 horas de viaje, era un hito. Allí te ponían unos boca- dillos gigantescos, para alimentar a cí- clopes. Allí hacias la segunda paradiña (la primera era en Medina o en Bena- vente, según se calentara el motor del coche) y allí empezabas a perfilar, plano en mano, el resto del viaje. Lo curioso es que, teniéndola tan cerca, no haya tenido conocimiento de la existencia de la Rasela hasta ahora mismo. Aunque todo cambia y cuatro siglos dan para mucho, no debe ser mucho más grande que como la conocieran los Colmenero porque a los gallegos de entonces, como a los de después, les atraía el ancho mundo; sentían su llamada y su influjo como yo sentía hervir mi sangre pen- sando en Galicia. El hermano de Vasco, acabó en Indias y el padre del Francisco que aqui traemos, tras recalar en Ná- poles y en Lombardía, acabó sus dias en Sicilia, como general de la Artilleria de aquel Reino y Maestre de Campo del tercio de españoles que defendía la isla. |
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| Charles Henri de Vaudémont, (Bru- selas, 17.IV.1649 — Commercy, 14.I. 1723), conde y luego príncipe de Vaudémont, último gobernador del Milanesado español (1698-1707). Tras la derrota francesa en Turin, estableció una linea defensiva en torno a Cremona, Mantua, Módena y Brescia, contando con el regreso de las tropas francesas y la resistencia de las plazas fuertes para mantener un pie en Lombardía. Finalmente, sabiendo que no sería reforzado por el duque de Orléans, prefirió capi- tular la salida de las tropas espa- ñolas del Milanesado antes que sacrificarlas inútilmente. El tratado, llamado de evacuación, se firmó en Milán el 13.III.1707, entre St. Pierre y Daun, siendo ratificado por Vau- démont en Mantova (14.III) y por el Duque de Saboya en Turin (16.III). En su virtud, el cuerpo de ejército de Vaudémont pasó por Susa a Fran- cia; el resto de las guarniciones españolas embarcaría en Finale rumbo a España. |
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| Alessandria de la Paglia o Alejandría de la Paja, era el antemural defensivo del Milanesado español. Sin duda, estaba preparada para resistir un largo asedio porque sus baluartes ya no estaban hechos de la paja y adobes que le dieron su nombre primitivo. Pero la verdadera fortaleza de unas murallas se hallaba en los corazones de quienes habían de defenderla, como fue el caso de Gabriel de la Torre en la minúscula Châtelet (1636). En cambio, a Fran-cisco Colmenero Alejandría le venía muy pequeña y a destiempo para probar su temple y virtudes. Ambi-cionaba seguridades mas tangibles y terrenales y discurrió entregarla a beneficio de una carrera que iba a que-dar marcada por el hierro del deshonor. Por eso intentó camuflar camaleóni- camente su deslealtad, lo que cierta-mente consiguió en vida, pues "el Tizón de España", que concluyó su historia 6 años depués de que él hubie-ra muerto no llegó a penetrar del todo su traición, hoy manifiesta gracias a la comprometedora correspondencia con un caballero alcantarino que no se dejó seducir por sus cantos de sirena pero que tampoco lo delató. Se limitó a entergarla al obispo del lugar que la envió a Francia. Hoy dormita en la Biblioteca Nacional de Paris, en la calle Richelieu, que conozco bien. Pero antes de llegar allí, pasó por las manos del duque de St. Simon, que descubrió el pastel y el pasteleo. |
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