LA CAMPAÑA DE 1638 (II PARTE)
Edición y notas de Juan L. Sánchez
TOMA DE FORT ST. JEAN JUNTO A RUMINGHEM
Despues de medio dia envió órden el señor príncipe Tommaso a D. José de Saavedra, en que
le decía que juntase luego 400 hombres de su tercio y 200 del de el marqués de Velada, con
su sargento mayor, y 200 alemanes de
Roberoy [Rouvroy], con su sargento mayor, y 200
irlandeses de D. Eugenio
Onel [O'Neill], y un teniente de maestro de campo general con su
ayudante, y un teniente general de la artillería con 4 piezas y 2 compañías de caballos; y con
este escuadrón volante y demas gente, llegase al anochecer al puesto de
Santa Maricherche
[Ste. Marie Kerke], donde tendría aviso de lo que habia de hacer; y que antes de partir le
fuese a hablar, el cual lo hizo así. Y le mandó S.A., de boca, que atacase el fuerte que estaba
hecho en el dique de Ardres, para lo cual hallaría en el puente de Sainte Marie Kerke 2.000
fajinas hechas; díjole tambien que no tuviese cuidado de que el fuerte fuera socorrido,
porque al mismo tiempo que él partiera tenia orden de hacerlo el Conde
Johann v. Nassau
con la mayor parte de la caballería y 2.000 infantes que llevaban a su cargo el conde de
Fuensaldaña y D. Francesco Toraldo; con lo cual habían de ocupar un puesto entre el
ejército de La Force y el fuerte, y así se hizo.

Llegó
D. José de Saavedra con su gente a muy buena hora al puente y, a poco trecho que
habia caminado, mandó hacer alto a las dos compañías de caballos y, con gran silencio, se
acercó todo lo que pudo al fuerte y envió delante a reconocerlo a Don Bartolomé del Rio,
capitán reformado, el cual le avisó como el enemigo estaba muy quieto. Luego mandó
acercar dos piezas de artillería, que no cabían más en aquel dique, e hizo pasar  las otras dos
a una montañuela que estaba al lado izquierdo del dique. Y haciendo las baterías con toda
prisa, la centinela del fuerte, pensando que el ruido que había sentido era alguna gente que
venia a reconocerlo, disparó un
mosquete pijote, con lo cual, viendo D. José que el enemigo
estaba ya en arma, mandó al sargento mayor del
marqués de Velada que con 100 hombres
del tercio de dicho maestro de campo y 100 del suyo empezase a abrir trincheras, las cuales
se hicieron en forma de culebra por causa de la
estrechura del dique y por la mucha agua que
habia
fondable a los lados de él. Al sargento mayor de Rouvroy mandó que, con sus 200
alemanes, pasase la ribera que está al lado izquierdo del dique y que abriese trincheras
delante de la batería de la montañuela.

Al tiempo que esto se ejecutaba, hacía la noche oscura y lluviosa y el enemigo no había
disparado más. Empezando un poco a aclarar el día, mandó D. José comenzar a jugar de la
artillería y los del fuerte dispararon gran cantidad de mosquetazos. Nuestros cañonazos no
habían hecho saltar ni una estaca de la
frisa, sino que el mayor daño que habían hecho era a
nuestra gente, pues, bajando un poco la artillería la mano, mató  un soldado y llevó la pierna
de otro de la compañía de
Mateo de Torres, que estaban trabajando delante. Viendo esto
Don José de Saavedra, mandó llamar (a) los oficiales que estaban a su orden y les propuso
como no era posible que la artillería hiciese brecha, y pues el enemigo no la había disparado,
se echaba de ver que no la tenia, y que así era de opinión que sin ninguna dilación se les
diese asalto. Todos le respondieron que era aventurarse a perder toda aquella gente, y que
era menester aguardar a llegar con las trincheras a reconocer el foso, y que entonces, si el
agua no fuese mucha, se podia tratar de dar el asalto. Oído esto, se resolvió
D. José a enviar
un tambor al fuerte a decir que se rindiesen, o que si aguardaban al asalto los degollaría a
todos; a lo cual respondieron con grande arrogancia que en pasando ocho días responderían
lo que habían de hacer, y que antes estaban
ciertos (que) les había de socorrer La Force, su
general. Con que despachó D. José a dar parte de lo que habia pasado al
Príncipe Tommaso
con el alférez Marqués [Cristóbal Márquez], ayudante de teniente de maestro de campo
general, al cual mandó le pidiese encarecidamente le diese licencia para que diese el asalto,
porque confiaba en el glorioso San Juan que le había de dar buen suceso en su santo dia.

Respondióle el Príncipe que se diese toda la prisa posible en llegar al foso con las trincheras
y que, en reconociendo el fondo que tenía, le avisase para que le enviase ordenar lo que
había de hacer. Luego que tuvo esta respuesta, mandó dar prisa a los dichos sargentos
mayores que atacaban, a los cuales envió las 2.000 faginas y otras muchas más que se
habían hecho, algunos gaviones y todas las zapas y picos que habian menester; mas por ser
el terreno pedregoso y muy espesas las balas que el enemigo tiraba, no era posible se
trabajase tanto como el maestro de campo D. José deseaba; mataron a un sargento de
alemanes e hirieron al capitán Burquescles (sic) y a tres soldados de la compañía de
Lezcano. Estando en esto se vio venir un hombre a caballo que llegó a las espaldas del fuerte
y, pareciéndole a D. José que sería para  avisarles de que serían socorridos, mandó luego al
capitán de irlandeses que con sus 200 hombres se pusiese en unos setos, al lado derecho del
dique, para recibir el socorro que viniese y, viendo que venia dicho socorro, le envió más
gente de refuerzo.

Estando en esto, el Conde
Juan de Nassau, habiendo descubierto algunas tropas del
enemigo, se empezó a retirar del puesto que ocupaba, aunque fue sin orden, y visto por La
Force, envió su caballería con alguna mosquetería a atacarle la retaguardia. Esto fue con
tanta diligencia que (les hiciera daño) de no haberles hecho cara el capitán
Don Antonio
Pimentel, que llevaba la última manga de mosquetería y, poniéndose en unos setos, detuvo
la furia con que atacaban. Visto por
La Forza [La Force] y pareciéndole que perdía tiempo
en ir a socorrer el fuerte, dio lugar a que se retirase el dicho D. Antonio, que quedó muy mal
herido de un mosquetazo en el brazo izquierdo.

Al mismo tiempo que D. José vio empezar a retirarse al
Conde Juan de Nassau, envió a D.
Juan Ladrón de Guevara, su ayudante, a decir al
señor príncipe Tommaso lo que pasaba y
como nuestra artillería no había hecho ninguna brecha, que los dos sargentos mayores
estaban aun a más de treinta pasos del foso y que el socorro no se podía ya impedir por ha-
ber dejado el puesto el Conde Juan (de Nassau); y así que S. A. se sirviese de darle licencia
de aventurarse a dar el asalto, porque la opinión que tenia el sargento mayor Porcel era de
que se retirasen, porque de ninguna manera se podía ganar el fuerte. Al dicho
D. José no le
parecía bien, pues además que el desaire era muy grande sería fuerza el perder la artillería
porque el enemigo,
en viendo que empezaran a retirarse habría de cargarles con mucha
fuerza y diligencia, con que los soldados se meterían en confusión y la desampararían.

Sabiendo el Príncipe estas razones, y pareciéndole ajustadas, volvió a enviar al dicho
ayudante D. Juan Ladrón, y con él a
monsieur de Mondragón, su gentilhombre de la
cámara, para que dijese a D. José que le daba licencia y le ordenaba que diese el asalto y que
confiaba en que su valor y prudencia lo dispondría todo de modo que tuviese buen suceso.
Era esta la orden que tanto deseaba D. José, ejecutando luego el asalto en esta forma.

Del fuerte de
Nui (sic) habia hecho traer D. José tres escalas, por haberse olvidado el
teniente de la artillería de traerlas, y mandó al capitán de los irlandeses que se hiciese tomar
a cada soldado de los 200 que tenia consigo tres faginas; al sargento mayor Porcel mandó
que los 200 españoles que estaban con él hiciesen lo mismo, que los sargentos de los
capitanes D. Diego de Bohorquez y de
Mateo de Torres embistiesen con 100 hombres y que
sus capitanes les siguiesen con otros 100 y al Sargento mayor de
Rubere [Rouvroy], que
tomase otras tantas faginas con sus 200 hombres y que embistiesen cada cual desde el
puesto en que estaban. A cada uno de los que mandaban los 200 hombres les entregó una
escala y les dió orden que, en oyendo disparar dos piezas de artillería juntas, arremetiesen al
fuerte a un mismo tiempo por las tres partes; que,
en llegando al foso, echasen las faginas en
él para poderlo pasar mejor y que no diesen cuartel a nadie. Al punto que dispararon las
dichas dos piezas, fue ejecutada esta orden con tal bizarría que, subiendo el primero el
sargento del capitán D. Diego, fué herido de un mosquetazo y el primer oficial que entró fue
el sargento de Torres, llamado Manuel Mudarra, al cual siguió el capitan D. Diego y luego
Mateo de Torres, con el cual quiso ir el maestro de campo D. José, por dar mayor coraje a los
soldados, y le dieron dos mosquetazos: el uno en el calzón y el otro en la manga de la ropilla;
el capitán irlandés quedó herido de un mosquetazo y dos soldados españoles muertos, y un
alemán, y seis heridos. Con la fuerza, valor y presteza que se ejecutó este asalto no tuvo
lugar el enemigo de disparar más que la primera carga, y aun no tuvieron tiempo para pedir
cuartel sino solos cuatro, a quienes se lo dio el maestro de campo, y un capitán que fue
prisionero del alférez José Rico, del tercio de Velada, al cual su maestro de campo hizo su
alférez en consideración de lo que se señaló este dia.

Eran dos compañías las que estaban dentro del fuerte, de gente muy escogida; quedaron
muertos de ellos un capitán y 135 soldados, y pocos fueron los que huyeron del rigor del
asalto, los cuales se encontraron con el socorro que les venia, que estaba ya a tiro de mos-
quete del fuerte; con que, oyendo la nueva, hicieron alto.

D. José envió luego a dar la buena nueva y relación del suceso al
señor príncipe Tommaso
con el teniente de maestro de campo general Orozco y, en el interin, metió en el fuerte al
capitán D.
Pedro de Sotomayor con 100 hombres de los 400 que habia dejado de retén, y la
demas gente la puso en escuadrón delante del fuerte. El señor príncipe Tommaso, sabiendo
que el enemigo no se habia retirado, envió a Paulo Fanfanelli, sargento mayor de Carlo
Guasco, con todo su tercio, a orden del maestro de campo Don José, y luego que llegó le
mandó hacer escuadrón con la gente que traía. A las diez de la noche, el señor Príncipe
Tommaso envió a mandar al dicho D. José que se volviese a la frente de banderas de
Romenguien [Ruminghem] a descansar  y que dejase dentro del fuerte al sargento mayor de
Rouvroy con sus 200 alemanes, al cual le dejó todas las municiones necesarias para
defenderse. Infinito fue el gusto que todos recibieron con este suceso, que fue el principio
de todos los buenos que despues hubo. Para
D. José de Saavedra fue de grandísima opinion
y honra, pues ejecutó con tanta prudencia y bizarría, y siendo de tan pocos años, lo que otros
dos maestros de campo de más edad habían rehusado hacer; y esto a la vista del enemigo,
sin haber abierto brecha ni reconocido el foso; el cual, pasando hasta los pechos el agua por
algunas partes, fue menester nadar sin embargo de las faginas que habian echado en él. El
Príncipe y todo el ejército le dieron mil
norabuenas [felicitaciones] y muchas gracias por tan
osada y acertada
facción.

El dia siguiente que tan dichosamente se había ocupado aquel puesto, que de aquí en
adeante llamaremos fuerte de San Juan por la devoción de D. José de Saavedra, mandó el
señor
príncipe Tommaso al coronel Rouvroy que enviase 200 hombres de su regimiento,
con un capitán, a mudar a su sargento mayor, que había quedado en dicho fuerte con los
que he dicho. Habiéndose ejecutado esta orden y viniéndose ya el sargento mayor, oyó
mosquetazos en el fuerte con que dió la vuelta por el dique a ver lo que era y se volvió a
meter dentro del fuerte al tiempo que el enemigo, con gente escogida, le dió dos asaltos y
ambas veces fué rechazado. Sabido en Ruminghem por el señor príncipe Tommaso esta
arma que habia en el fuerte de San Juan y hallándose con él D. Francesco Toraldo, le mandó
que tomase luego 500 hombres, 200 de su tercio y 300 españoles de los tres tercios. Él, por
ir más aprisa, tomó las guardias de su tercio y marchó con ellas al socorro de dicho fuerte, y
se dió tan buena maña que detuvo la furia del enemigo, quedando heridos los capitanes que
llevó consigo,
Caracciolo y Buffalini (1). A este tiempo llegaron los 300 españoles a toda
prisa y les dejó pasar a la vanguardia, como les tocaba, los cuales rechazaron al enemigo con
tal valor que le hicieron retirarse mas de 250 pasos del fuerte. Los capitanes eran:  Alonso
Lopez de Torremocha, del tercio de Saavedra; D. Juan de Santander, del tercio de Velada, y  
Cristóbal de
Veimar [Bedmar], del de Fuensaldaña; a los cuales mandó el señor príncipe
Tommaso que les fuesen a mudar de sus tercios otros 500 hombres para ir refrescando la
escaramuza, la cual duró hasta el anochecer, en que se retiró el enemigo. Según  informaron
algunos prisioneros, con pérdida de más de 800 hombres de muertos y heridos, la mayor
parte de gente particular; de los nuestros murieron 5 y (tuvimos) 22 heridos. Con que vuelto
al cuartel el maestro de campo D. Francisco Toraldo fue muy alabado de todo el ejército por
la disposición y valor con que habia hecho retirar al enemigo con tan gran pérdida, habiendo
durado la escaramuza más de ocho horas.

NOTICIA DE LA TOMA DEL FUERTE DE KALLO, EN BRABANTE.
Habiendo tenido nuestro ejército dos dias muy buenos consecutivos, no lo fue menos el
tercero, porque llegó el ayudante general Galarde, enviado por el Infante, con la nueva de la
gran victoria que habia alcanzado contra los holandeses del dique de Kallo; y aunque sea por
mayor, pondré aquí este suceso.

Volvióse al ataque del
dique de Kallo por tres partes en esta forma:

—A D.
Andrea Cantelmo le dieron el primer ataque y el más principal, que era donde el ene-
migo tenia más gente. Llevaba a su cargo 5 compañías del tercio de Velada, que habían que-
dado en Güeldres y las habia mandado salir el Infante para esta ocasión, al
Duquin
[Duchino] Doria con su tercio y algunas compañías de valones.

—Otro ataque gobernaba el marqués de Lede con 5 compañías de españoles del tercio de
Fuenclara, el tercio de valones de Ribacourt, el regimiento de alemanes bajos de Brion y
otros ramos de gente de diferentes naciones.

—El tercer ataque, que era el más cercano al
fuerte de Kallo, gobernaba el Conde de
Fuenclara con 15 compañías de su tercio.

D. Andrea y el marqués de Lede embistieron delante de su gente, mas el conde de Fuenclara
envió a su sargento mayor D. Baltasar Mercader, y él se quedó todo el día en el fuerte de
Santa María para mejor disponer lo que se ofrecía. Fué este suceso de los mas sangrientos
que ha habido en estos países, mas con la ayuda de Dios y de su Madre bendita ganamos
todas las fortificaciones del enemigo, el cual, deseando escaparse en barcas, no lo pudo
hacer si no es alguna poca gente con el conde Guillermo, cuyo hijo quedó muerto en esta
ocasión,  y muchos oficiales principales de los Estados. Entre muertos, heridos y presos
fueron más de 5.000 hombres;
las banderas y artillería llevaron luego a S. A.

De nuestra parte hubo cerca de 1.000 hombres entre muertos y heridos; entre ellos, quedó
estropeado de ambos muslos el
Duquin [Duchino] Doria y (de) capitanes murieron:

—Del tercio de Fuenclara, D.
Matías de Lizarazu (2), D. José de Vergara y D. Antonio
Verdexa [Verdeja].

—Del tercio de Velada murió D. Juan Félix, otro del tercio del Duchino Doria y otro de Riba-
court; las compañías se proveyeron en personas que se habian señalado en dicha ocasión.

S. A. dio muchas gracias a Dios por tan señalada victoria, con que quedaron estas provincias
como recuperadas de nuevo, pues ya se juzgaban perdidas. Avisó tambien S. A. como Pic-
colomini venía ya marchando a juntarse con el príncipe; esperábamosle con mucho gusto
por el deseo que teníamos de tener otro suceso como el del dique de Kallo y rechazar al
enemigo de Saint Omer.























LEVANTAMIENTO DEL ASEDIO DE ST.-OMER.
Estando en esto llegó el alférez Ochoa de Saint Omer y dijo al señor príncipe Tommaso como
el enemigo se iba fortificando muchísimo alrededor de Saint Omer, con que era muy
dificultoso salir ni entrar nadie. Los de la Junta que gobernaban la villa habían formado
cuatro compañías de valones, de la gente que estaba dentro refugiada, para guardar los
puestos menos importantes, y mandaron que las gobernasen cuatro alféreces españoles, a
los cuales, cuando lo supo el Infante, les dio patentes de capitanes de la dicha gente.

Tambien ordenaron, viendo que el enemigo acercaba mucho sus baterías, con que hacia
daño notable a la villa, que se hiciese una salida con 300 hombres para embarazarle un poco
el trabajo. Éstos se nombraron de todas naciones que habia dentro, dando 150 al capitán
Francisco Pérez, del tercio de Saavedra, que llevaba el lado derecho; al izquierdo, con los
otros 150, iba el capitan D. Tito Toraldo. Hicieron tan bien su deber que pasaron más allá de
las baterías del enemigo y, si hubieran llevado clavos, pudieran haber enclavado las piezas,
retirandose luego sin pérdida ninguna, si no fué el quedar muy mal herido el capitán
Francisco Pérez, pasado un muslo de un mosquetazo.

Conociendo el señor
príncipe Tommaso el gran aprieto en que la villa estaba dispuso
socorrerla, despues de haber llegado el conde Piccolomini, en esta forma:

El segundo y último socorro que el señor príncipe Tommaso envió a la villa de Saint Omer
fue uno de los mas dignos de alabanza que se hallan en la disciplina militar por el buen
orden con que se dispuso y gran valentía con que se ejecutó. Primeramente, mandó al
coronel Rouvroy que con su regimiento quedase en el fuerte de San Juan; al conde Juan de
Nasao que fuese con la mayor parte de la caballería, con quien iba su comisario general  D.
Francisco Pardo; el conde de Colloredo, con toda la caballería imperial, para que se
adelantase el dicho conde de Nasao para hacer cara al mariscal de La Force, porque no se
juntase con
Châtillon, el cual pasó a la otra parte del fuerte de San Juan y le sucedió lo que
despues diremos.

Mandó tambien al conde Piccolomini que con su infantería atacase la iglesia de St. Momelin,
el fuerte real que tenían en el Bacq y los tres reductos y a D. Eugenio O’Neill mandó que con
su tercio de irlandeses y tres compañías de Wezemaal se embarcase en
Watten para ocupar
un puesto donde el enemigo tenia guardia junto a la ribera. Y con la resta del ejército marchó
de esta manera:

Quiso poner el príncipe españoles en vanguardia, batalla y retaguardia, por si acaso fuese
atacado por La Force, y así nombró para llevar la vanguardia al conde de Fuensaldaña con su
tercio, al cual seguía Spinola con su regimiento y a éste Toraldo con su tercio, cerrando la
vanguardia los dos tercios de ingleses.

En la batalla iban el tercio de Velada, seguido del de Guasco, y a retaguardia el de Saavedra,
en dos trozos; al cual seguía el teniente general D. Juan de Vivero con la parte de la caballe-
ría que no había ido con el
Conde Juan de Nasao.

Tenia el enemigo tres fuertes en los marrazos de Nieurlet; al uno había puesto por nombre
la Inclusa, al otro el Esquenque, y al principal llamaban Niursote, donde habia un maestro
de campo con 600 hombres. Llegó el ejército a la vista de los dichos fuertes a la punta del
dia, y por no dar lugar a que Châtillon los socorriese, mandó que los embistiesen los tres
tercios que estaban de vanguardia. Y embistiendo primero el tercio de Fuensaldaña, seguido
del de Spinola, al primer asalto se rindió el fuerte de la Inclusa y dieron cuartel a la gente que
estaba dentro; murieron en este asalto los capitanes D. Pedro de Cepeda y Don Diego de
Velasco, del tercio de Fuensaldaña. El fuerte del Esquenque se rindió a partido a D. Francis-
co de Toraldo, saliendo los 600 hombres que los enviaron a su armada, que por haberse
hallado sin municiones no pudieron hacer resistencia. Entendido esto por Châtillon, envió
algunos batallones a recuperar estos fuertes y el
conde de Fuensaldaña envió a su sargento
mayor Dionisio de Guzmán, con todas las bocas de fuego de su tercio para recibir al enemi-
go, que venía con gran furia. El señor príncipe Tommaso envió cuatro mangas de mosque-
tería de los tercios de Velada y de Saavedra y mandó plantar dos baterías de medios cañones
en los puestos de Fuensaldaña y de Spinola, que hacian notable daño al enemigo, y mandó
tambien a los demas tercios que se acercasen para ir refrescando la escaramuza.

En esto, diciendo un ayudante a Saavedra que se acercase, pensó que le queria decir al fuer-
te, con lo cual marchó con su tercio y pasó la batería de Spinola;  sabido por el Príncipe, le
mandó retirar a hacer escuadrón con su tercio, mas habíase ya empeñado tanto que fue
fuerza dejar la primera manga de mosquetería, que llevaba
D. Pedro de Sotomayor. Muchos
le
decian [reprocharon] despues al dicho D. José de Saavedra, que con su persona había
pasado las baterías y metídose en el agua hasta la rodilla en el primer marrazo, cosa que no
había hecho otro ninguno de los maestros de campo que iban en la vanguardia, y él respon-
dia que aquello lo había hecho por no haber entendido bien la orden.

Piccolomini había ya tomado un reducto por asalto y estaba batiendo
la iglesia de St. Mome-
lin
, la cual se defendía muy bien; llególe nueva al Príncipe (de) como el maestro de campo D.
Eugenio O’Neill había ejecutado la orden que llevaba de echar al enemigo del puesto que
tenia en la ribera de Watten, y habia  entregado todas las municiones que llevaba a su cargo
a un oficial que habia salido de Saint Omer a recibirlas, con que aquel dia fue la facción ma-
ravillosa, así por agua como por tierra.

Desesperado Châtillon de que no podía recuperar los puestos perdidos, mandó retirar su
gente, lo que hizo con notable daño. El Príncipe mandó a
D. José de Saavedra que enviase a
su sargento mayor, D. Diego Lopez de Zúñiga, con 300 hombres a mudar al de
Fuensaldaña
y que desmantelase los fuertes, como lo hizo, y tambien mandó que entrasen dentro de la
villa 300 españoles de los tres tercios, con que todos decian que si duraba Châtillon en estar-
se allí, que habia de ser como el sitio de Ostende, pues siempre se podía refrescar el socorro.

El barón de Wezemaal salió tambien a hablar con el Príncipe, y despues de haberle dado
parte de todo lo que había, se volvió. Cuando ya era de noche, llegó un ayudante de la caba-
llería de parte del
conde Juan de Nassau a decir el mal suceso que allá habían tenido al mis-
mo tiempo que el Príncipe le tuvo acá tan feliz, lo cual pasó en esta forma:

Habiendo reconocido el mariscal de La Force que el conde Juan de Nassau y el conde
Colloredo le hacían cara con la caballería, resolvió de salir de su cuartel y se puso en batalla
con la infantería, artillería y caballería y fué caminando adonde estaba el Conde, el cual
envió algunos arcabuceros a escaramuzar con él y despues envió mas a refrescar la
escaramuza. En este ínterin mandó a su retaguardia que se retirase al fuerte de San Juan y
él, haciendo de la vanguardia retaguardia, iba haciendo cara al enemigo, el cual, luego que
conoció que el conde desamparaba el puesto, le cargó con mucha fuerza y, por ser el camino
de tantos marrazos y setos, viéndose empantanados muchos soldados, dejaban sus caballos
por escaparse, con que se perdieron más de 400. La caballería iba en tal desórden que, si no
fuera por haberlo reconocido el coronel Rouvroy y echado 200 mosqueteros a darles calor
desde el fuerte de San Juan, se hubiera perdido toda.

Murió de un mosquetazo
el conde Colloredo (3), dentro del fuerte de San Juan, poco
despues de haberse retirado. Hirieron al capitán Bonoi, borgoñón, y pocos soldados hubo
muertos y heridos. Perdióse el estandarte del Conde de Beaumont, habiendo muerto su
corneta. Son todos de opinion que si el conde de Nassau hubiera embestido a La Force le
hubiera roto, porque era mucho más fuerte de caballería que él y la campaña era muy a
propósito para ella. Llamaron a esta ocasión la «de las ranas», porque el enemigo, como si lo
fueran, pescó caballos en las lagunas que he dicho.

Sintió muchísimo este mal suceso el Príncipe, pues solo él bastó para aguar los buenos que
hubo aquel dia; mas nunca las cosas de este mundo suceden tan prósperas que vengan sin
alguna parte de zozobra. Envió aquella noche el Príncipe a Ludovico con los
corvatos a
reconocer lo que hacía Châtillon, porque todos juzgaban que levantaría el sitio aquella
noche; mas fué tan al contrario que, a la mañana siguiente, tiraba con más fuerza su
artillería a la villa. Con que, visto por el Príncipe, entró dentro a reconocer lo que se podia
hacer y, en este ínterin, envió a avisar Ludovico como había roto un convoy que venia a la
armada del enemigo de Ardres, cargado de víveres y municiones.

Los prisioneros dijeron a S. A. que Châtillon estaba resuelto a no levantar el sitio mientras se
mantuviese el (fuerte de) Bacq; que habían tenido gran pérdida de oficiales cuando
intentaron recuperar los puestos de Nieurlet y que La Force estaba muy vano con haber
ganado un estandarte y hecho retirar al
conde Juan de Nassau, aunque tambien le había
costado alguna gente particular. El Príncipe, viendo que el fin de este suceso consistía en
tomar el Bacq, envió a Piccolomini para que ganase a St. Momelin. Habiéndose éstos
defendido muy bien ocho días, en los cuales había entrado siempre gente de refresco, al
cabo de ellos envió
Piccolomini al marqués de Gonzaga, sargento mayor de batalla, a dar
parte a S. A. como los de St. Momelin se querian dar a partido. Mandó el Príncipe que se lo
diesen y, viendo que los de el Bacq estaban pertinaces en defenderse y que Piccolomini no
les habia podido hacer
aproches por no haberse aun rendido la iglesia de St. Momelin,
mandó a  D. José de Saavedra que saliese con 1.000 españoles de los tres tercios, toda gente
escogida, y a Don Francisco Toraldo que saliese con 1.000 italianos de su tercio y del de
Guasco, de ingleses y alemanes, con los cuales marcharon.

Estando a la vista del fuerte, le señaló el Príncipe a Saavedra el puesto más
dificultoso por
donde había de dar el asalto y a Toralto el que lo era menos, al cuerno izquierdo de Don
José. Les mandó que se estuviesen quedos hasta que les enviase la orden de acometer,
yéndose a la vuelta de St. Momelin. En este ínterin reconoció Toraldo una hoyada donde
podía tener cubierta alguna gente cerca del fuerte para,
en teniendo orden de dar el asalto,
subir antes que D. José. Habiéndolo sabido éste por un sargento que habia enviado a
reconocer, para impedir la astucia de Toraldo mandó sacar 100 soldados escogidos, con dos
sargentos, y les mandó se alojasen dentro del foso, que era seco,  y que si el enemigo les
tirase, que intentasen dar el asalto, que él les iria siguiendo con
la resta de su gente. Apenas
se metieron en el foso los sargentos cuando el enemigo, en lugar de dispararles, hizo muy
fuerte llamada con el tambor, de lo cual avisado D. José, lo hizo saber al Príncipe. Y éste,
sabiendo del modo que habia sido, dio reprensión a Toraldo y a D. José gracias por la buena
resolución que había tomado y mandándoles volver al cuartel dejó hecho el acuerdo con el
enemigo para que saliesen el dia siguiente a la mañana, juntamente con los de St. Momelin,
que habían hecho el mismo acuerdo.

Había en el fuerte del Bacq 2.000 hombres efectivos con un maestro de campo, que los
gobernaba, y 4 cuartos de cañón de hierro, que dejaron allí, y a ellos les fue convoyando con
4 compañías de caballos, el capitan
monsieur de Mogre [Maugré], natural de Cambrai, y en
el camino les dieron pan de munción y los llevó a Messières, donde, por ser largo el camino,
se murió la mitad de la gente antes de llegar. Sabiendo Châtillon como se habia rendido el
Bacq resolvió hacer su retirada la noche siguiente, con que enviando toda la artilleria gruesa
y el bagaje delante, puso de retaguardia la mejor de su gente y así comenzó a retirarse. Y
luego que los sintieron los que estaban en las medias lunas de la villa, enviaron a avisar al
Príncipe, el cual marchó con el ejército y con el de Piccolomini y, entrando por la puerta del
Bacq salió a la montaña de San Miguel, donde siendo ya más de las ocho del día y viendo que
el enemigo iba con muy buena orden y nos llevaba media legua de ventaja, le pareció al
Príncipe que era mejor hacer al enemigo
la puente de plata, como dice el refrán, con que hizo
alto media legua más allá de Saint Omer y mandó
trujesen el bagaje, con que dormidos
aquella noche en escuadrones, mandó tambien salir a toda la gente que estaba en St.- Omer
y que cada uno volviese a su tercio. El dia siguiente marchó a la antigua
Teruana
[Terouanne], que no tiene más que ruinas de lo que fue, donde mandó hacer frente de
banderas, y de allí se fue a Bruselas a verse con S. A. el señor Infante, que estaba en la fiesta
del Santísimo Sacramento del Milagro.

Abrazó el Infante a su primo, y el uno al otro se dieron mil norabuenas del buen fin que ha-
bían tenido con tan gloriosos sucesos como el de Kallo y Saint Omer. Había quedado en el
ínterin gobernando el ejército el conde Piccolomini, y la gente estaba ya descansada por
estar el cuartel de Therouanne muy cómodo, por tener muy buena agua y cantidad de
buenas
minestras [verduras], forrajes y leña.


























Habia sucedido antes del último socorro de Saint Omer una desgracia muy grande: que
estando D. Jerónimo Briceño, capitán de caballos corazas españoles en su cuartel, cerca de
la ribera de Gravelines, dijo que se quería bañar en ella. Aconsejándole sus amigos que no lo
hiciese, que le haría mal, respondió que tenia mucho calor y que le habian dicho que había
poca agua en aquella parte; con que a pocos pasos despues que se hubo metido cayó, por-
que se le metieron los pies en unos juncos que tenia la ribera, y cuando llegó un soldado que
se habia arrojado a socorrerle ya le topó ahogado. Sintióse mucho en el ejército, porque era
un caballero mozo, mayorazgo, rico y casado con doña Blanca, hija de D. Carlos Coloma.

Cuando llegó el príncipe Tommaso a Terouanne, publicó las mercedes que S.A. había hecho:

—La compañía de caballos de D. Jerónimo Briceño a D. Alberto Coloma, su cuñado, hijo
segundo de Don Carlos.

—De las de infantería,  del tercio de Fuensaldaña: la compañía de D. Pedro Cepeda al capitán
D. Diego de Goñi y la de Don Diego de Velasco, al ayudante Torres, del mismo tercio.

Trajo tambien orden al Magistrado de St.-Omer para que deshiciesen todas las
fortificaciones que había hecho el enemigo a la parte de
Artues [Artois] y a las chatelerías de
Cassel, Bergues y Bourbourg, y que deshiciesen las que estaban hechas a la parte de
Flandes; con que, dispuesto esto, marchó de Therouanne a Lillers, donde hizo frente de
banderas, y habiendo ido los
corvatos [croatas] a reconocer al enemigo, trujeron algunos
prisioneros que dijeron las nuevas siguientes:

—Que estaban resueltos de sitiar a Hesdin con los dos ejércitos de Châtillon y La Force, y
que se había juntado otro muy buen ejército que habia traído el Mariscal de Bresse, el cual
habia de estar al opósito.

En este tiempo llegaron nuevas de como el príncipe de Condé habia tomado
el pasaje
[Pasajes] y tenia sitiada a Fuenterrabía y la apretaba muchísimo, aunque el capitan D.
Domingo de Eguía, que en ausencia era gobernador, hacía todo lo posible por no dejarle
acercar. Mas el cuidado con que estaban en Madrid era grandísimo, con que hacían grande
esfuerzo para irla a socorrer. También llegó nueva de como el marqués de Leganés había
tomado en poco tiempo a Vercelli, plaza de grande importancia en el Piamonte, con que
mandó el
Príncipe Tomasso que en el ejército del Rey y en el del Emperador se hiciese salva
real disparando tres veces la artillería y la mosquetería por las tomas de
Breme y de Vercelli,
por la batalla del dique de Kallo y por el famoso socorro de Saint Omer, y así se hizo.
Fort St. Jean era el mas
septentrional de los erigidos por
los franceses para controlar los
accesos a St.-Omer. Aunque no
queda rastro de él, su nombre
quedó arraigado en la toponimia
local, existiendo hoy en su
emplazamiento, en el valle del
Hem,  una pequeña localidad,
precísamente llamada Le Fort St.
Jean, en el Departamendo du
Nord (Francia
)
Antonio Pimentel de Prado, futuro
MdC y castellano de Amberes, que
se dice fue amante de la reina
Cristina de Suecia.
 
Jacques Nompart de Caumont
(1558-1652), duque de La Force,
mariscal de Francia (1622). El
asedio de St. Omer fue la última
campaña de su carrera, en la cual
destacan su victoria sobre Filippo
Spinola en el combate de Carig-
nano (1630), el socorro de Casale
(1630) y la conquista de Lorena
(1631-34). Museo de Versalles.
Tommaso di Savoia-Carignano
(grab.de Pontius, segun V. Dyck)
(1).-Onofre Caracciolo recibiría
en diciembre de 1639 la
compañía de caballos del
Marques de Pallavicino, que
regresó a Italia con el príncipe
Tommaso de Saboya.
Gian Buffalini era sobrino del
cardenal Mazarino. En 1640
recibió la compañía de caballos
de Tomás Davalos (muerto en un
desafío) que sirvió hasta 1643, en
que se paso a los franceses en
Rocroi. Levantó una compañía
con algunos prisioneros italianos
tomados en dicha batalla.
Andrea Cantelmo
(2).-Matias de Novoa (II,533) le
reputa sobrino del marqués Juan
de Ciriça y añade que le «hallaron
entre los muertos con la espada
ensangrentada en la mano, sin
haberla soltado». Fue Caballero de
San Juan y era hijo de Juan de
Lizarazu y Marcilla  (1565-1609) y
de  Ana María García de Recaín.
Su hermano Miguel, también
caballero jerosilimitano, murió en
combate contra los turcos y
Bernardo (†1574), su sobrino
carnal, fue MdC del Tercio de la
Armada y castellano de Jaca.
Novoa suma entre los muertos al
capitán Felipe de Campos y men-
ciona a los siguientes capitanes
heridos: Sancho de Monroy, que
perdió un brazo; Juan del Río y
Domingo de Garibay. También
resultaron heridos los capitanes
reformados Juan de Alcocer —al
que dieron la compañía de
Lizarazu—, Juan de Alvarado —al
que dieron el gobierno de
Niewpoort—  y Luis de Andrada.
Juan de Rocafull, cayó prisionero
.
Alfonso de Vivero, conde de
Fuensaldaña
La iglesia de Saint Momelin en una
fotografía de 1994.
El conde Johann von Nas-
sau-Siegen, retratado por
Velázquez en «Las lanzas»
(3)-.-Girolamo I Colloredo
(1582-1638), hizo toda su carrera
al servicio del Emperador, siendo
general de la Caballería imperial
cuando murió.
Del socorro de Saint Omer
conocemos cuatro pinturas: una
de Vrancx, dos de Snayers, su
discípulo, y otra anónima. En la
imágen, detalle de una de las de
Snayers (H.G.M. de Viena).
La toma del fuerte del Bacq en
una pintura contemporánea que
se conserval en el Museo de
St.-Omer (detalle).
© JUAN L. SÁNCHEZ
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L. DE CEVALLOS
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El reembarque de los holande-
ses en Kallo, cerca de la vieja
iglesia (Theatrum  Europaeum).
En la portada de nuestro sitio
puede verse el ataque al fuerte,
por el dique de Verrebroek,
según un lienzo de Sebastian
Vrancx que conserva el palacio
de Viana (Córdoba). Por cierto,
un observador atento también
descubrirá la iglesia
ABAJO: «La carroza de Kallo»,
diseñada por Rubens para la
exhibición triunfal en Amberes
de las banderas tomadas al
enemigo (detalle).
La iglesia de Kallo conserva su
primitiva traza del siglo XVI,
como podemos apreciar en el
grabado de abajo. La torre es
obra del siglo XVIII.
Gaspard III de Coligny (1584-1646),
duque de Châtillon, mariscal de
Francia (Museo de Versalles).
Detalle del ataque y toma del
fuerte del Bacq en uno de los
lienzos de Snayers.
Soldado de caballería croata,
según un lienzo de Vrancx,
datado en 1639
Ottavio Piccolomini