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DIEGO DE LUNA Y MORA
PRIMERA PARTE
CAMPAÑA DE 1635 (2ª PARTE)



A  los 27 de setiembre mudó S.A. el ejercito a Jenape [Gennep], villa también neutral del
Ducado de Cleves, 4 leguas de
Uden [Uedem] y  3 del Esquenque [Schenkenschans].
Acuartelóse entre la villa y  el castillo, tomando por espaldas la Mosa y por frente al rio Niers;
echóse puente en la Mosa y paso la caballería a alojarse en la campiña, que estaba abundan-
tísima de forrajes, de que habia algunos dias se carecía. A los 28 fue el conde Piccolomini con
una tropa de su caballería hacia Nimega, que está 4 leguas de
Jenape [Gennep], y escaramu-
zando con la que salió de la villa degolló hasta 40, siguiéndoles hasta dentro de sus
fortificaciones. La gente que tenía D. Andrea Cantelmo acuartelada junto al dique que va de
Cleves al Waal, se alojó en aquella villa y en el castillo
della, y de allí mudaron las guardias a
las  trincheras del Esquenque, que el enemigo no apretaba ya tanto porque iba entrando el
invierno y perdía la esperanza de recuperarlo. Y como estaba S. A. cerca de Nimega y de
Grave, metió en aquellas villas gruesas guarniciones, comenzando deshacer su campo.

Viendo S. A. de cuanta importancia era conservar el castillo de
Jenape [Gennep], así para
cortar el paso de Holanda a Ramunda y Venlo, como para abreviar el de nuestros países al
Esquenque sin tener que rodear por
Esteban Vert [Stevensweert], determinó fortificarle y se
comenzó a trabajar con mucha
priesa, haciendo una fortificación real capaz de más de 2.000
hombres, y una esclusa en el rio Niers, que por allí se desagua en la Mosa para llenar los
fosos de agua.

EL CANJE DE JOSE DE SAAVEDRA, SEÑOR DE RIVAS
A los 29 de setiembre llegó D. José de Saavedra de Maastrich, que se habia puesto en
ejecución el canje que había ajustado el duque de Lerma con el Mariscal de Bresse por orden
de S. A., por un deudo suyo y capitán del regimiento de su hijo el marques de Bresse, que
habiéndose quedado atrás le cogieron los villanos y llevaron preso a Namur, al conde de la
Montería [Motterie]. Llamábase Monsieur de Tudier, natural del
Puetu [Poitou]. Vino
también con D. José, el capitán Fernandarias de Saavedra, trocado por un  corneta de
caballería francés. Los dos franceses pasaron a Nimega y D. José beso la mano a S. A. y se
dolió mucho de ver lo maltratado que venía, pues el vestido que traia a cuestas se lo había
dado un burgués de Maastrich por amor de Dios, apiadándose do verlo entrar desnudo y
descalzo de pie y pierna, en una silla de paja en brazos de dos alféreces,  que el uno se
llamaba Jaime Ponce y el otro D. Simón de Castañiza, su camarada y mayordomo, que por
ser muchas las heridas y peligrosas no podia ir de otro modo. Y estando en este tiempo vaca
una compañía de caballos corazas españolas, por muerte de Don Alberto Vaca de Benavides,
le hizo S.A. merced della a Don Jose, con requisitos de mucha estimación, como fue el pasar
el Infante con su coche y topar a D. José, y enviarle a decir con D. Antonio de la Cueva, su
paje de guión, que estuviese con el príncipe Tomás, porque como se habia perdido con él
quiso S. A.   que   de él recibiese la nueva,   excusando a D. Martin de Aspe, su Secretario, que
escribiese billete como se hace con todos; aunque viéndose D. José con el Príncipe aquella
noche, delante la mayor parte de los Cabos del ejercito, le dijo como S. A. le habia hecho
merced de la compañía de caballos de D. Alberto Vaca, no teniendo atención a su ilustre
sangre ni a la fineza que hacia en venir a consumir su mayorazgo, que pudiendo estar tan
descansado con él en su casa lo gastaba en su lucimiento y en ayudar a pobres soldados, sino
meramente por lo que se habia señalado en aquella ocasión, perdiéndose en su puesto
peleando con los enemigos hasta romper la pica y espada en ellos y quedar en camisa y
dejado por muerto. Y que respecto de que no había otra cosa mayor vaca, le daba sola esta
compañía en competencia con todos los capitanes de caballos reformados, y otros hijos de
señores que se habian hallado en la batalla de Nordlingen con el Infante, que la pretendian,
y que le daba la palabra de escribir al Rey para que le hiciese una muy particular merced.

LAS PERIPECIAS DE SU CAUTIVERIO
Digno es de toda ponderación, y no me lleva el cariño de ser andaluz y conocer a D. José
desde que vino a estos Estados bien muchacho, al fin del año de 1629, con el marqués de
Leganés, cuñado do la marquesa de la Puebla, su madre, saliendo de menino a su costa,
como que salia voluntario a ser soldado, de indignación el ver un caballero, señor de una
casa tan cómoda, haber pasado tantos trabajos y tan grandes, que rara vez en un sujeto se
han visto, y en esta ocasión ninguno, porque si fueron heridos no fueron desnudos, y si
fueron presos toparon con personas que tenian posible y valor para regalarlos y si perdieron
su bagaje, que muchos le escaparon con el abrigo del besco que estaba a las espaldas,  no era
tal como oí  de Don José, el cual acababa de venir a toda diligencia a Amberes de cobrar de
Andrea Piquenote 2.500 patacones; y a no haber tenido tanto deseo de hallarse en la
ocasión, bien pudiera haber tardado, y no que hizo diligencia a reventar de ida y vuelta en
dos dias desde Landen, donde estaba alojado cerca de Namur y de las orillas de la Mosa,
como D. Juan Alonso de Sosa y Pedro Cuche, capitanes del mismo tercio, que tardaron de
modo que no se hallaron en el reencuentro; y el como tenia tanto  porte de camaradas y
criados y supo como aquel ejército habia de ir a Alemania, temió no le faltase dinero para
mantener el lucimiento con que habia salido a la campaña, apresuró este viaje para
presentarse al peligro con que conferida esta materia se halla como en D. José  concurrieron
todas las desgracias dignas de ponderación, porque habiéndose quejado de que aunque no le
tocase por las guardias no le hubiese el Maestre de campo nombrado para el escuadrón
volante, le sucedió también que nuestra caballería, huyendo, rompió el dicho escuadrón, el
cual, retirándose, rompió parte del tercio que estaba dentro de una pradera con setos, y
saliendo D. José solo con una manga de arcabucería suelta a recibir al enemigo, le rompieron
la pica de un mosquetazo, con que tomó la rodela que tenia su paje de gineta, Francisco
Palomino, el cual quedó tan maltratado que murió dello después en Bruselas, y con ella y su
espada se defendió de modo que le dejaron en el suelo entre muchos cuerpos muertos, y
pasaron por encima de el los regimientos de Champaña y Piamonte; y comenzando a pasar
el regimiento del conde de Socur, Teniente general de la Picardía, habiéndose muy de veras
D. José encomendado a la Virgen de Atocha, su patrona, llegó un soldado a quitarle las
medias y estandóselas quitando llegó Monsicur de Bacombal, teniente del capitán Depon,
del dicho regimiento de Socur, y le dijo al soldado:
—«Llevaos vuestras medias, mas no le hagáis mal, que yo no he ganado nada hasta ahora y
quería llevarme este prisionero, que me he aficionado de él por haberlo visto defenderse con
tanto valor».
Y cogió de la mano a D. José y le dijo que si se hallaba con ánimo de levantarse. Le respondió
que si y se puso en pie como si  no hubiera nada que le  embarazara. Le preguntó Bacombal
si era alférez o capitán y él le contestó:
—«Capitán y persona que os dará mny buena satisfacción de la cortesía quo le hiciéreis».
Y Bacombal, tomándole de la mano le dijo:
—«Venid hijo conmigo, que yo os salvaré la vida».
Y asi fue porque como toro a quien ninguna gallina despues de desjarretado niega
cuchillada, asi fue de gran cantidad de picas, espadas y pistolas acosado D. José, el cual no
tenia más de vivo que el corazón, que nunca se rindió a este infortunio. Y si no fuera por
Bacombal le hubieran muerto; mas el le defendió deteniendo a todos con que era su
prisionero y que le habia de valer una gran ración [rançon, rescate]. Salvóle del tumulto que
iba siguiendo el alcance codicioso del despojo, apartándose con él a un lado hasta que
mandasen los  mariscales recoger su ejército para tomar un buen puesto en que acuartelarse
aquella noche. Metió Bacombal a D. José y le encargó que fuese con él, dentro do su
regimiento de Socur, a un sargento, y deste modo, dando admiración a todos los Cabos del
enemigo, marchó media legua a pie, su cara, camisa, y piernas teñidas en sangre de las trece
heridas, que necesitaban más de cura y regalo que de tal camino. En llegando al cuartel hizo
venir un cirujano a que le curase, que estaba tan desangrado que era ya como muerto, hízole
echar en una pajada consigo y mandó a un caporal de infans perdus de su compañía que le
prestase un gabán que era verde, a la gascona. Llámase el caporal Monsieur de la Violette.
Aquella noche dio Bacombal a Don José una manzana con pan de munición podrido, que
dijo no tener otra cosa. A la mañana, el caporal la Violette se llegó a él, no estando allí el
teniente, y le dijo:
—«Monsieur, randeme [rend-moi] mon capot que je me mort de froid toute la nuit.»
Con que quedó Don José con su camisa sola, que se pasaron en marchar y en estar hechos
altos en el país de Lieja, y junto a la misma ciudad, viéndose D. José tan malo de sus heridas,
concertó con Bacombal que por el cuartel de Holanda, que son 600 fruines, fiando su
Maestre de campo Alonso Ladron, le enviase a Lieja. Y envió al capitán Fernandarias de
Saavedra a decirlo al dicho Maestre de campo, el cual respondió que harto haria cada uno en
responder por sí; acción que a los nuestros y a los enemigos pareció muy ruin. Bien
diferentemente lo hizo el marqués Sfrondato, que a los más capitanes y personas
particulares de su tercio les envió a gozar de libertad, quedando él por su rescate.
Estando un dia destos medio durmiendo D. José, oyó platicar a Bacombalcon el barbero que
le curaba de que era imposible que sanase de las heridas porque a la primera calenturica que
le diese moriría. Con que se determinó Bacombal a dejarle en unos setos para que allí se
muriese o le acabasen de matar, diciendo por gran cosa que había gastado en diapalma y en
lienzo y en darle de comer mucho, lo cual nunca pasó de pan y queso, y por grande agasajo le
decía que era menester para calentar el estómago tomar un bullón, el cual era una poca de
agua caliente en un tiesto, con un hueso de tocino que había rervido [rehervido] en más de
20 caldos y más parecía zancarrón de Mahoma que otra cosa. Y que pues no tenia profit que
no quería hacer más gastos.

Disimulando que había oído esta resolución D. José dijo le llamasen a D. Simón de
Castañiza, que había andado como tan hombre de bien que había negociado le dejasen venir
a asistir a su capitán, y si no fuera por él muriera porque las heridas no le dejaban mover pies
ni cabeza, con que le llevaba a cualquier necesidad en brazos Castañiza, al cual envió D. Jose
a quejarse a los mariscales de la rssolución de Bacombal, sin darse con él por entendido de
que habia oido la conversación con el barbero, pues imaginaba que dormía. Y pareciéndoles
muy mal llamaron al Mayor de su regimiento, que como dicho queda era el de Socur, y le
dijeron que si no daba cuenta de todos los prisioneros le habían de cortar la cabeza. Sabido
por Bacombal, quedó rabioso, mostrando grande arrepentimiento de haber salvado la vida a
D. Jose; no quiso darle más lienzo para curarle, con que el barbero le cortó las faldas de la
camisa para ello, y le quitó la poca comida que le daba, que si n0 fuera por otro teniente del
mismo regimiento que se llamaba la Motte,  y era por su madre aragonés, de la casa de
Lanuza, muriera de hambre. Y éste no se atrevía a darle nada de comer si no era a escondidas
del otro.

Marchaba D. José hasta que se hizo alto entre La Varia y  Mastrique [Maastrich], en la
carreta de Bacombal, la cual era de un caballo y descubierta, que lo principal para que la
llevaba era para llevar armas para pasar muestras, que como tenía a su capitán ausente tenia
la ganancia para sí. En ella le quisieron matar un dia que se tocó arma, diciendo que el conde
Juan de Nassau venia. Y llegando un soldado diciendo que era menester primero matar a los
prisioneros, y que él comenzaría por este herido, dio a D. José un mochazo que lo reparó con
el  brazo  derecho,  de que estuvo bien malo algunos dias y, a no habello detenido un capitán.
le acabara de matar, que era grande el miedo con que estaban de la venida del conde Juan.

No pasándole por el pensamiento, aumentóse la rabia en Monsieur de Bacombal cuando
supo que habían resuelto los mariscales de quedarse con todos los prisioneros para su ley y
dejallos en Mastriq en manos del duque de Bullón, gobernador de aquella villa, dejando
decir palabras descontentas contra sus Cabos y contra los prisioneros, por lo cual no quiso
dar su carreta para que llevasen a D. José; y así, por la piedad de aquellos alféreces que he
dicho en su entrada, le valió por triunfo  de  sus  trabajos.  
Bacombal perdió para con todos la acción primera de haber salvado la vida a D. José con la
segunda de haber usado con él tan malos términos. Metiéronle en casa del Preboste, y a D.
Crisanto Soler y a Fenandarias de Saavedra, de los cuales supe tan por menor todo lo que
voy refiriendo, porque la modestia de D. José no le ha permitido hablar en ello. A los demás
prisioneros repartieron en las hosterías y dellos oí mil alabanzas de la constancia y ánimo
con que habia llevado D. José tan excesivos trabajos.