LA CAMPAÑA DE 1602
(Traducción, edición y notas por Juan L. Sanchez)
Charles de Longueval, conde
de Bucquoy, retratado por
Snayers (detalle)
El asalto nocturno a Ostende,
en una pintura anónima
holandesa (Rijksmuseum)
El caballero o plataforma arti-
llera elevada que se construyó
ante Ostende (Snayers)
(1) Marc de Rye, señor de Dissey y
marqués de Varambon, era her-
mano de Philibert, Barón de Ba-
lançon y Conde de Varax, el padre
de Claude, que murió en Tourn-
hout  (1597). Hasta ahora creía
que Marc había muerto en 1598 y
que la sucesión de su sobrino en
el Tercio se había producido en
dicho año, pero Giustiniano nos
obliga a adelantar dicha fecha y
alterar sus circunstancias. De to-
das formas, Claude renunciaría
temporalmente el mando del ter-
cio en 1604, debido a su convale-
cencia. La unidad levada por su
tío en 1581 se mantendría al ser-
vicio de España hasta 1684, en
que se le reformó al Barón de
Pontamugart, que ya no podía
reclutarla debido  a la ocupación
francesa del Franco Condado.
Federico Spinola, hermano
de Ambrosio.
Ambrosio Spinola, marqués de
Venafro en Génova. Felipe IV
le daría otro título marquesal
en Castilla, el de Balbases.
El sitio de Grave (Hogenberg)
Relación holandesa de la ren-
dición de Grave, datada el 18
de septiembre.
(2) Orlers, Lauriers de Nassau
(págs. 269-270), reconstruye la
marcha del ejército de Mauricio,
que partió el 11 de julio: el 12
a-campó en Hasselt, el 13 en
Helch-teren, el 14 en Liste, el 15
castillo se rindió el mismo día,
tras la prime-ra rociada de la
batería enemiga. El 17 el ejército
holandés acampó en Uden y el 18
lo hizo a la vista de Grave, que  
alcanzaron por la ruta de Relten y
Welp. El 19 por la mañana,
Mauricio distribuyó los cuarteles,
reservándose el de  oriente; al
Conde Guillermo dió el del sur  y
a los ingleses de Vere el de
poniente.
(3) La guarnición ordinaria con-
sistía en 5 cías del regimiento de
alemanes altos del coronel Ties-
seling, al mando de su Tcol Pan-
gus Gallas, tirolés. Pero como se
temía algún intento holandés, el
capitán Iñigo de Otañola entró de
refuerzo con algunas compañías
italianas y españolas.
Anton Schetz, barón de
Grobbendonck
(5) Los sitiados enviaron un tam-
bor el 18 solicitando condiciones;
aquel día se intercambiaron los re-
henes y el 19 se firmó el acuerdo,
sobre 10 artículos, que Orlers re-
produce íntegramente. (p.272) Al
día siguiente, viernes, 20 de sep-
tiembre, salieron 800 hombres y
200 enfermos y heridos hacia
Diest  con 150 carretas prestadas
por el enemigo, cuya devolución
garantizaban dos capitanes que
quedaron de rehenes.
Otro detallado grabado so-
bre el asedio de Grave, en
este caso alemán. Aunque
carece de firma, los ador-
nos de la cartela, así como
la característica caligrafía
—entre otros detalles— per-
miten adjudicar su autoría
al «cosmógrafo» coloniense
Gerard Stemp, de quien ya
hemos comentado algún
notable trabajo en Resear-
ching & Dragona
.
El castillo de Hoogstraten
sigue en pie. Napoleón lo
destinó a prisión.
(6) El 1 de octubre de 1602, 14
cornetas de caballería holandesa,
incluyendo las cias de los capita-
nes Du Bois y Bacx y las ordina-
rias de las guarniciones de Breda,
Berg-Op- Zoom y Gertruidenberg,
emprendieron una correría por la
provincia de Hainaut
aprovechan- do que la caballería
de los amoti- nados asolaba el
Brabante y que la del Archiduque
estaba alejada entre Venloo y
Thoren. Llegados a Bilsen, a
unas 3 leguas de Maas- tricht,
supieron que en dos villa- rejos
cercanos se alojaban 4 ban- das
de Ordenanza de los condes de
Mansfeld, Buré, Bucquoy y Beau-
rie, junto a 4 compañías de caba-
llos ligeros (dos valonas y dos ita-
lianas). Los holandeses rodearon
de noche las dos aldeas, sorpren-
dieron a la guardia y cayeron so-
bre los confiados y dormidos sol-
dados, logrando un botin de 500
sillas de montar, 300 caballos y
200 prisioneros. Sólo uno de los 8
capitanes del rey servía su compa-
ñía: René de Chalon, que conse-
guiría huir. Era hijo bastardo del
último príncipe de Orange de la
casa de Chalon, llamado también
René, que al morir sin descenden-
cia legítima en 1544, declaró he-
redero de su casa a Guillermo de
Nassau, el Taciturno. Los holan-
deses capturaron también 5 estan-
dartes, que llevaron a la sala ca-
pitular del palacio de gobierno de
los Estados (Binnenhofplein), en
La Haya.
El ataque sobre las galeras de
Federico Spinola, en un gra-
bado de B.W.Dolendo.  En di-
chas galeras iba embarcado el
tercio de Infantería española de
Joåo de Meneses.
Carlo Emanuele Teodoro
Trivulzio (1565-1605), en un
retrato anónimo (Venezia,
Museo Stampalia)
Pocos días después [7 de enero], S.A. ordenó erigir una gran batería contra la villa vieja, hizo recono-
cer la brecha y, asegurándose de que era suficiente, ordenó dar el asalto del siguiente modo:

Dos capitanes con 200 hombres tenían órdenes de asaltar el baluarte del mar; otros dos, también con
200 hombres, la
falsa braga y otros 2 capitanes y 200 soldados la cortina del dicho baluarte, a mano
izquierda. Dicha gente precedía al MdC de españoles Diego Durango (
T.I.E no.11), que con 400 hom-
hombres tenía órdenes de fortificar el baluarte junto al foso; otros 3 capitanes, con 200 hombres, de-
bían asaltar el revellín de la villa vieja, que quedaba a la derecha de dicho baluarte, y Frey Antonio
Gambaloita, MdC de italianos (
T.I.I. no.14), que seguía con 200 hombres al mando de 4 capitanes,
debía fortificarse en el dicho revellín y mantenerlo, dándose la mano con Durango. Estaban después
dispuestos otros 300 infantes con 5 capitanes y luego don
Agustin Mexía, con 400, para enviar a es-
tos y a los anteriores donde advirtiera la mayor necesidad; el resto del ejército, repartido en diversos
cuerpos, estaba preparado para la ocasión. Se enviaron pequeños cuerpos de tropas para que de todas
partes vinieran a las armas con los sitiados y se ordenó al
conde de Bucquoy que, esguazando el canal
con la marea baja, asaltase la parte de la villa vieja que daba a su cuartel.

Ordenadas las cosas de esta manera y llegada la bajamar al caer la noche, desde el cuartel de San Al-
berto comenzó el fiero y terrible asalto porque los holandeses acudieron a la defensa de todas partes,
trayendo numerosas antorchas para descubrir a los asaltantes y se defendieron valerosamente en
medio de un gran estrépito producido por los disparos de artillería y mosquete. Bucquoy, queriendo
pasar el canal, encontró el agua demasiado alta y no pudo hacerlo; los sitiados, dándose cuenta de
que su intento era solo diversión, acudieron al socorro de los suyos de modo que los católicos, tras
haber hecho cuanto podía hacerse y no siendo posible conservar el puesto, batido continuamente por
la artillería y los mosquetes, comenzaron a retirarse. Entonces los holandeses abrieron súbitamente
la esclusa inundando el canal con la furia del agua desembalsada, por lo que muchos se ahogaron al
cruzarlo. El número de muertos y heridos llegó a los 800, entre ellos buen número de capitanes y
gente particular; Gambaloita murió y Durango quedó herido.

























Siendo la estación de lo más crudo del invierno, muchos pidieron al Archiduque que levantara el ase-
dio, alegando que sería imposible culminarlo, lo cual no quiso consentir S.A. pareciéndole que no
convenía a su reputación ni al ejército de un rey tan poderoso. Resolvió S.A. proseguir la empresa y
ordenó que en el cuartel de San Alberto,junto al canal de Ostende, se levantara un gran
caballero, que
después se llamó plataforma, para dominar el lugar con artillería; que en el cuartel del Conde de Buc-
quoy se empezara un dique, desde el fuerte de San Carlos en dirección al mar, con la idea de llevarlo
hasta la boca del canal e impedir, con la artillería que debía montar, la entrada de barcos enemigos en
Ostende. Comenzóse a trabajar en las dos obras; la plataforma, que estaba en lugar elevado, se levan-
taba con arena y fajinas,pero el dique, que se hacía mientras duraba la bajamar, avanzaba de otra ma-
nera.Primero se clavaban estacas,de 15 pies de largo,a las que luego se ataban otras longitudinalmen-
te mediante cabos fabricados con leños retorcidos, elevándose la obra lo suficiente para que la cre -  
ciente del agua no la inundase; después se metía dentro mucha arena para resistir el ímpetu del mar.
Sobre el dicho dique se levantó también un parapeto de tierra y fajinas de 30 pies de largo, dejándose
a la distancia conveniente cañoneras para meter las piezas de artillería.

El Marqués de Varambon (1) renunció a su tercio de borgoñones, el cual dió S.A. a su hermano Clau-
de, Barón de Balançon, que había perdido una pierna en el asedio. El Archiduque, viendo las cosas
bien encaminadas y habiendo sabido que el enemigo hacía grandes preparativos para salir a campa-
ña, pasó a Gante para atender mejor las cosas de la guerra, dejando el gobierno del ejército ante Os-
tende en manos del MdC Juan de Rivas.

Se hallaba entonces en Flandes Federico Spinola, caballero de mucho juicio y extraordinario valor,
que servía al rey católico en aquella guerra de muchos años atras. Había sido nombrado general de
las galeras que condujo a estos países el año 1599, que tenía en el puerto de La Esclusa, con las cua-
les —dando pruebas de su valor— hacía mucho daño a los holandeses. Y estando bien informado en
los puertos de las islas circunvecinas, tanto por vía de espias como de hombres suyos muy prácticos,
considerando el daño que podía causar a los holandeses por vía marítima, pasó a España para infor-
mar personalmente al rey Católico, que resolvió darle 8 galeras más y que levase 8.000 infantes en el
Estado de Milán: 6.000 italianos de nuevo y 2.000 españoles a tomar de los soldados veteranos, to-
dos a cargo del marqués Ambrosio Spinola, su hermano, con título de jefe mayor de aquella gente. A
principios del año 1602 pasaron los dos hermanos a Milan a dar parte al Conde de Fuentes, goberna-
dor general de aquel Estado, que les dió licencia para levar los italianos pero no quiso darles los espa-
ñoles porque, teniendo pocos, no podía desprenderse de ellos por lo que pudiera suceder. Federico
tuvo que volver a España para pasar con las galeras a Flandes y el rey católico ordenó que el número
de 8.000 infantes se completase de italianos, en 2 tercios, y cada uno de 20 compañías de 200 hom-
bres por bandera. De uno de dichos tercios fue MdC el dicho marqués de Spinola y sargento mayor
Pompeo Giustiniano; del otro, Lucio Dentici, soldado de experiencia, y su SgM Agostino Arconato.
Los capitanes fueron escogidos entre un centenar de pretendientes y, sabiéndose que la gente que
militaba a las órdenes de Federico era pagada con prontitud, fue tan grande el concurso de soldados
que la masa no solo se completó en breve tiempo, sino que llegó al número de 9.000 infantes, entre
los cuales había buen número de gentileshombres y personas ricas; asi que los capitanes tuvieron
comodidad para escoger a los mejores.

Entretanto, esperanzado el Archiduque por el aviso de algunos franceses desertados del enemigo en
sorprender a Breda, donde había poca gente, envió al Conde Frederick van den Berg con 4.000 infan-
tes y 500 caballos; sin embargo, debido a la negligencia de los guías, que perdieron el camino, fueron
descubiertos al despuntar el día. Poco después salió el enemigo con 6 compañías de caballos, encon-
trándose con la del conde Adolf van den Berg, que no quiso rendirse pese a su inferioridad numérica,
sino que peleó valerosamente hasta que cayó herido, siendo apresado con muchos de los suyos.

REFUERZOS DE AMBROSIO SPINOLA.                                                                                         
En Milán, el Marqués de Spinola recibió órdenes del Rey católico de partir el primero de mayo, para
llegar a Flandes al mismo tiempo que debía hacerlo Federico con las galeras. Marchó a Vercelli, orde-
nando a las compañías que se encaminasen a dicha ciudad, imponiendo a cada una el dia en que de-
bían llegar, queriendo que para mayor comodidad la gente se agrupara en tropas de 5 compañías cada
una, de manera que en el lugar de la que partía por la mañana se alojase otra por la tarde, habiendo
preparado una buena provisión de vituallas para todos. Con este orden marchó hasta Campagnole,
lugar de Borgoña [Franco-Condado], donde dio muestra con dos pagas, y después se encaminaron a
Flandes con tanta disciplina militar que no parecía que llevase gente nueva sino mas bien práctica y
ejercitada de muchos años. Y habiendo publicado en Vercelli un bando para que la gente no se des -
bandase ni dañase el país que atravesaba, lo cumplía y hacía cumplir escrupulosamente.

Llegó a Luxemburgo, primer lugar de las Provincias de los Paises Bajos, donde fue por la posta a be-
sar la mano del Archiduque, que se hallaba en Gante y le recibió muy bien. Los holandeses habían   
hecho aquel tiempo gallardos preparativos de guerra y juntado un ejército de 24.000 infantes y 6.000
caballos con resolución de pasar al Brabante a tomar las plazas que pudieran y socorrer a Ostende en
Flandes, presuponiendo que el Archiduque no tendría fuerzas suficientes para oponerse a los dos o,
si quería hacerlo, precisaba levar el asedio. Sobre tales avisos S.A. tomó las medidas necesarias para
juntar la mayor gente posible. Pagó a los amotinados, ordenó que salieran los hombres de armas y
que el MdC Juan de Rivas le mandase de Ostende el mayor número de soldados que pudiera. Consi-
guió reunir así 5.000 infantes y 4.000 caballos que confió a
Francisco de Mendoza,Almirante de Ara-
gón
, su mayordomo mayor y general de la Caballería ligera, ordenándole que marchase a Tirlemont
[Tienen] para oponerse al enemigo, del que tenía noticias que estaba en Nimega, preparando puen-
tes para pasar el Mosa por
Moche [Mook] y ordenó al marqués que se uniera a dicho almirante y que
tomase de él las órdenes en aquella ocasión, reservándose la justicia para él. Regresando con tal or-
den con su gente, que ya había llegado a Namur, marchó rápidamente a reunirse con el Almirante,
que le hacía vivas instancias, el cual formó plaza de armas en un campo a media legua de Tirlemont,
que fortificó. Tuvo noticias de que el Conde Mauricio de Nassau, general de los holandeses, pasaba
el Mosa y venía con el ejército hacia allí, pero llegando a la tierra de
St. Trond [Sint Truiden], lugar
del Pais de Lieja, distante 3 horas de camino de Tirlemont, hizo alto a una legua del campo católico,
dejando dicha villa detrás, y después de pasar algunos dias sin hacer movimiento alguno se retiró.



















MAURICIO SITIA Y RINDE A GRAVE.                                                                                                
El Almirante, avisado de la retirada de Mauricio, llamó a consejo y pidió parecer sobre la resolución
que se debía tomar en aquella ocasión. Algunos querían perseguir al enemigo, procurando dañarlo
cuanto fuese posible sin darle tiempo de atacar alguna plaza. Otros que pasando por Diest y atrave-
sando la Campiña, se marchase hacia
Bolduque ('s-Hertogenbosch) y Grave, lugares de los que se te-
nía mayores recelos, porque siendo las fuerzas enemigas más poderosas que las católicas no se debía
andar derechamente para no verse en la necesidad de dar batalla, procurando sólamente que el ene-
migo no hiciera progresos. Otros dijeron que debía darse parte al Archiduque de cuantro sucedía y
que él aportase la solución.El Almirante resolvió avisar a S.A. mientras se encaminaba hacia Diest pa-
ra marchar después hacia Grave o Bolduque o volverse hacia el Mosa. Por hallarse desprovisto de di-
nero, municiones de guerra y carruajes para llevar las vituallas, la gente expresó su malestar, excepto
la del marqués, puntualmente pagada. Juzgóse que se perdió una buena ocasión de dañar al enemigo
al no seguirle rápidamente, pareciendo que cada día que estuvo en St. Truiden le faltaron víveres y
que su gente, casi toda nueva, no estaba habituada a sufrir tales padecimientos, además de que sien-
do las retiradas por lo común expuestas a desórdenes, y precisando Mauricio pasar por muchos pasos
estrechos y por pais enemigo, era muy facil causarle grandísimo daño; pero las carencias antedichas
fueron en parte causa de que no tomase el Almirante la resolución, dejándola en manos del Archidu-
que y seguir lo que se le indicare mejor para el real servicio. Pero creía que los holandeses hacían esas
demostraciones para atraer al ejército católico al país y sacarlo de Ostende, con intención de embarcar
súbitamente a su gente y socorrer aquella plaza por mar, lo cual podían hacer antes de que llegasen
los católicos. Sospechando eso, el almirante no quiso tomar resolución alguna hasta que no penetra-
se el designio de Mauricio, el cual se retiró sin ninguna perturbación y marchó con diligencia a Grave,
donde acampó, tomando de camino el castillo de Helmont, lugar de poca consideración, atendiendo
sobre todo a
fortificarse las espaldas [levantar las líneas de contravalación].

Grave esta situado en la ribera del Mosa, en la parte de Brabante, es lugar muy fuerte por tener alre -  
dedor muchos marjales y un foso muy profundo. Pero en una y otra orilla del rio se han levantado di-
ques para reprimir el ímpetu del agua y asegurar el pais de las inundaciones, contra los cuales se pue-
den abrir trincheras para atacarlos con mucha facilidad y con poco daño. A la otra parte del Mosa hay
un pequeño fuerte, fabricado para asegurar el paso del rio. Mauricio
acampó allí el 14 de julio (2) y
comenzó a cerrrarlo con presteza por todas partes por medio de trincheras, fuertes y reductos para e-
vitar que pudiesen entrar socorros; además, tendió un puente sobre el Mosa para darse la mano con
sus cuarteles de la otra orilla.
Estaba en la plaza por gobernador  Antonio González con 1.500 infantes
de todas las naciones (3)
, que dispuso con diligencia todo lo necesario para la defensa. El enemigo,
después de haberse cubierto bien las espaldas, pareciéndole en todo haber impedido el socorro, co -  
menzó a abrir trincheras hacia el fuerte ya dicho, batiéndolo continuamente con el cañón, y aunque
los católicos hicieron una gallarda defensa, fue preciso abandonarlo. Dueño de él,  Mauricio emepezó
a tirar contra la villa bombas de fuego que arruinaban las casas y mataban a mucha gente. Al mismo
tiempo ordenó los
aproches por 3 partes, avanzando lo que podía al no faltar los sitiados en hacer una
valerosa resistencia.

Avisado el Almirante del suceso, marchó con el ejército hacia allí, tomando el camino junto al rio para
traer municiones y víveres de Namur, Lieja, Maastricht y otros lugares que estan más abajo de dicho
rio. Llegado a
Ruramunda [Roermond] hizo alto algunos dias para proveerse de las cosas necesarias;
después marchó hacia Grave, tendió un puente para cruzar el Mosa en caso de necesidad y acampó  
no muy lejos de las fortificaciones de Mauricio; pero las halló tan altas y bien trazadas que perdió la
esperanza de socorrer aquella plaza. Llamaba continuamente a consejo y siempre hallaba diversidad
de pareceres. Algunos sugerían marchar con el ejército a asediar otra plaza para divertir al enemigo,
citando a Rheinberg y Watchtendonck; otros que pasara a Ravenstein para impedir a los holandeses
que llevaran vituallas a su campo, porque del Mosa abajo no las podrían traer, que son tierras católi-
cas, y del Mosa arriba tampoco, una vez ocupado dicho puesto. No faltaba quien pedía asaltar las trin-
cheras y combatir al enemigo, cosa dificilísima, opinión que compartía
Grobbendonck, gobernador de
Bolduque, muy práctico de estos países. El Almirante aprobó la resolución de ir a Ravenstein, pero
dudaba sobre cómo llegar porque, habiendo dos caminos, por uno era preciso dar un gran rodeo de 5
ó 6 dias, tiempo mas que suficiente para que Mauricio hubiera penetrado sus intenciones y tomado
el puesto antes. El camino mas corto atravesaba una zona pantanosa por donde era difícil conducir a  
mucha gente; además, era preciso acercarse mucho a las trincheras del enemigo y ofrecerles el flan-
co, cosa muy peligrosa, porque si Mauricio se resolviera a atacarles podría hacer muchísimo daño. A
esta oposición respondió
Grobbendonck  que entre el camino y el enemigo estaban las zonas panta-
nosas, que de ninguna manera podían pasar ellos si no era con gente a pie y por senderos tan estre-
chos que no podrían causar mucho daño. Entonces el Almirante decidió utilizar el camino para tratar
de socorrer a los sitiados y supo por espías que hacia Ravenstein las fortificaciones eran más bajas y
peor guardadas, no creyendo Mauricio que tuviera nada que temer por aquella parte.

Escogió 1.000 infantes de todas las naciones y encomendó a
Giovanni Tommaso Spina, MdC napo -
litano, que al caer la noche atravesase los pantanos y se arrimara lo más secretamente posible a las
fortificaciones enemigas e intentase, dando de improviso sobre ellas, romper la poca guardia que en-
contrase y tratase de entrar en la plaza sabiendo que en aquella parte el enemigo no tenía cuartel. A
Simão Antunes, MdC de españoles, ordenó que siguiese a Spina con otros 1.000 infantes e hiciese al-
to en un bosque poco distante del lugar por donde debía intentarse el paso para asegurar su retirada
si no prosperase el designio. Y al marqués de Spinola, que con 2.000 infantes tocase arma al campo
enemigo por la otra parte, impidiendo que uniesen sus fuerzas para facilitar asi que Spina consiguiera
su propósito. Pero éste encontró muchas dificultades por ser tan pantanoso el lugar por donde debía
marchar que el agua llegaba a los soldados hasta la cintura. Por ello no llegó al lugar marcado antes
del amanecer y como las fortificaciones estaban provistas de numerosa gente
fue rápidamente descu-
bierto, recibiendo una descarga de mosquetería(4).
Vista la imposibilidad de la sorpresa, se retiró has-
ta donde le aguardaba Antunes y volvieron juntos al cuartel. El almirante, reconociendo inútil este
designio,reunió al consejo y halló a la mayor parte del parecer de retirarse,dado que era imposible so-
correr la plaza ni podía mantenerse el campo en aquellos cuarteles, en los cuales faltaba el sustento
para la caballería, que comenzaba a desbandarse por el país y había iniciado ya un motín.Por estas ra-
zones resolvió retirar el ejército , formado al alba siguiente en plaza de armas, marchó en dirección a
Venloo.

Mauricio envió corredores a reconocer los movimientos del Almirante. Sabiendo que se retiraba, no
intentó perturbarlo y se aplicó a la expugnación de la plaza. Los sitiados, aunque perdida la esperanza
de recibir socorro, no por ello abandonaron la defensa sino que siguieron dañando con varias salidas
al enemigo. Llegados estos al foso, procuraron ante todo apoderarse de una media luna que los sitia-
dos tenían avanzada a un pequeño dique que bordeaba el foso para retener sus aguas, porque la tie-
rra que queda hacia el rio Mosa era más baja. Los católicos procuraban mantener a toda costa dicha
media luna, que defendieron valerosamente pese a verse atacados por tres partes con galerías. Tras
haber hecho explotar una mina, el 7 de septiembre se lanzó el enemigo al asalto pero fueron rechaza-
dos por los sitiados,que mataron e hirieron a muchos y capturaron a un capitán malherido que murió
dos dias después.

Entonces los holandeses abrieron de noche otra trinchera al encuentro de un baluarte. Descubierto
dicho trabajo a la mañana siguiente, el gobernador dispuso una salida para tratar de destruir aquel a-
proche y ordenó al capitán de guardia en dicho baluarte que, cayendo con 100 hombres sobre el ene-
migo, los echase de la trinchera, se apoderara de un reducto que tenían al comienzo de ella y que se  
mantuviera hasta que la gente provista con palas y zapas hubiera cegado la trinchera. Otro capitán,
con 200 hombres, debía guardar las espaldas a los trabajadores.Dichas órdenes fueron cumplidas va-
lerosamente. Los enemigos fueron rápidamente desalojados de la trinchera y del reducto, que el capi-
tán mantuvo en su poder hasta que el gobernador, visto que la trinchera había sido explanada, le or-
denó retirarse. En aquella ocasión murieron muchos holandeses, que asaltaron el reducto varias ve-
ces para recuperarlo, y fue herido el coronel Vere, que tenía a su cargo el trabajo por aquella parte. Fi-
nalmente los católicos, cuyas fuerzas menguaban cada día por la gran cantidad de bajas que padecían,
fueron obligados a abandonar la media luna. Tan pronto la ocuparon los sitiadores, rompieron el di-
que para desaguar el foso y atacaron un baluarte, zapándolo y alojándose en él. Y no bastándoles con
eso, atacaron otro baluarte y ya procedían a minarlo cuando los sitiados, vista la situación y dado que
entre sanos y heridos no llegaban a 800, perdida la esperanza de ser socorridos,
resolvieron rendirse,
como hicieron el 20 de septiembre (5),
saliendo de la plaza con armas, bagajes, mecha encendida y
tambores batientes. En la defensa de la plaza murieron 700 católicos; entre ellos, los capitanes Tom-
maso Diano y Jerónimo Nobile, resultando heridos los capitanes Placido de Sangro y Gaudencio Co-
retti. Para tomarla, el enemigo perdió grandísimo número de gente.





















































El Almirante pasó a
Toren [Thorn], lugar junto al Mosa,entre Ruramunda [Roermond] y Maastricht.
Unos 600 amotinados del ejército católico, entre infantería y caballería, se habían adueñado del veci-
no poblado de Hamont, en el Pais de Lieja, y marchó con 4 piezas de artillería y gente escogida para
castigarles antes de que crecieran en número. Mandó delante algunos oficiales para ofrecerles el per-
don o amenazarles de ser tratados como enemigos si no volvían a la obediencia, pero los amotinados
no les escucharon y perseveraron en su perversa opinión. Mandó el Almirante a la artillería, que que-
mó algunas casas, visto lo cual por la caballería, que era el mayor nervio, salió huyendo por una puer-
ta y la infantería se rindió a la discrección del Almirante, que les perdonó; en cambio, ordenó a Belgi-
oioso que persiguiera a los fugitivos con su caballería hasta hacerles pedazos, pero pareciéndole que
debían haber cobrado mucha ventaja, por haber dispuesto de dos horas de tiempo, revocó la orden y
le envió con unos pocos para que intentase reducirlos a sus compañías con buenas palabras.

Les halló mas pertinaces e incluso uno de ellos le dijo que pensaban sorprender Diest, por lo cual pa-
só a aquel lugar avisando a los lugares vecinos. Los amotinados, al fallar su designio, intentaron sor-
prender Beringhen, también sin éxito, y marcharon hacia Breda. Por el camino encontraron a un sar-
gento del presido de Hoogstraten, de nación valona, que prometió ponerles el castillo en sus manos,
como hizo. Al conocerce esta noticia en el campo católico, enseguida marchó hacia allá toda la gente
malintencionada y pronto pasaron de mil. Avisado de cuanto sucedía, el Archiduque ordenó al Almi-
rante que marchase con el ejército a Diest, donde se encontrarían para deshacer a los amotinados en
tanto que Mauricio permanecía ocupado en la expugnación de Grave, sabiendo que Hoogstraten no
era muy fuerte, que no habían tenido tiempo de fortificarlo y que la mayor parte de los amotinados
estaban desarmados y carecían de municiones y vituallas.

En Diest, el Archiduque ordenó el ejército en escuadrones y les arengó sobre el daño que causaban
los soldados que habían querido amotinarse cuando el enemigo se hallaba tan poderoso en campaña,
por lo cual no se había socorrido a Grave y por eso se les declaraba traidores y rebeldes. Y queriendo
tratarles como a enemigos y haciéndoles prometer que le segurían contra ellos, les dio una paga. De
camino hacia Hoogstraten, recibió primero la noticia de que Mauricio habia enviado a los amotinados
municiones y víveres desde Breda, después de la rendición de Grave. Y dudando de que, al verle ocu-
pado, los holandeses no atacasen a Venlo, que no tenía presidio ni había querido aceptarlo del Almi-
rante, ni del conde Hermann de Berg, gobernador de la provincia de Gueldres (Geldern), resolvió pa-
sar a aquella parte.

Los ciudadanos de Venloo hicieron alguna resistencia en admitir guarnición, escudándose en que no
tenían necesidad y que ellos se bastaban para guardar la plaza pero,viendo que el Príncipe lo deseaba,
la aceptaron. Luego S.A. reforzó la guarnición de Gueldres [Geldern], Ruramunda [Roermond] y Ma-
astricht y, sabiendo que Mauricio, tras haber fortificado Grave y dejádola provista de gente y de cuan-
to tenía necesidad, se había retirado y licenciado a su caballería de
reitres y alguna infantería, como
era ya otoño resolvió retirarse y mandó a los
hombres de armas (gendarmes, caballería pesada o las
Bandes d'Ordonance) a sus alojamientos. Dos de sus compañías, alojadas en un pueblo cerca de Ma-
astricht, fueron asaltadas por una tropa de caballos holandeses que mataron a la mayor parte y captu-
raron los caballos, de manera que quedaron casi deshechas (6).

En Tirlemont, el Archiduque envió a parte de la gente para reforzar al ejército ante Ostende y al resto
la puso en cuarteles, ordenando a sus capitanes que obedecieran al conde Frederick van den Berg, al
cual previno que procurase guardar el pais de los amotinados. A la gente de Spinola, muy disminuída
al haber muerto muchos por las fatigas pasadas, las mandó a las guarniciones de Tirlemont, Heren-
tals,
Verta [Weert] y Lira (Lier), y 7 compañías en Dama (Damme), para la guardia de las galeras. Da-
das dichas órdenes, pasó a Gante con la Serenísima Infanta.

Algunos dias después el Almirante regresó a España y su empleo de general de la Caballería le fue
dado a D. Luis de Velasco, hasta entonces general de la Artilleria, cargo que recibió el Conde de Buc-
quoy, que se hallaba en Ostende de MdC de un tercio de infantería valona que se dió a Felipe de To-
rres, su lugarteniente [patente de 25.IV.1603]

Este año vinieron a servir en la guerra Don Pedro Girón, después duque de Osuna, y Giovanni de Me-
dici, grande de España, y partió el Conde de Belgioioso, llamado por el Emperador para emplearle
con mayor grado en la guerra de Hungría. Por aquel tiempo, dos compañías de caballos católicas, alo-
jadas en la aldea de Hougarde, fueron sorprendidas por los amotinados, que obligaron a sus soldados
a unirse a su causa y maltrataron a sus oficiales.Y sabiendo que la compañía de Niccolò Basta, tenien-
te general de la Caballería, se alojaba en Jodoigne, aunque encontraron las puertas de la villla cerra-
da,las forzaron y amenazando a los oficiales se llevaron a los soldados;aunque estos decían pretender
solo aquello que les debía el Archiduque, se mostraban como enemigos capitales.

Los holandeses, viendo debilitarse a las fuerzas católicas por el creciente motín, se valieron de la oca-
sión para atacar a la Provincia de Luxemburgo con 4.000 infantes y 2.000 caballos bajo el mando del
Conde Lodewij Gunther de Nassau, general de su Caballería. Saquearon St. Vit y causaron muchos
daños en otras tierras, quemando numerosas aldeas, retirándose antes de que el conde Frederick pu-
diera reunir las fuerzas que juntaba para darles caza.

Por aquel tiempo, el conde
Teodoro Trivulzio renunció al empleo de maese de campo y volvió a Ita-
lia,reformándose su Tercio en el de
Alfonso d'Avalos, que habiéndolo dejado también, se dió después
al Caballero Ludovico Melzi. En España, a Federico Spinola le fueron consignadas por orden del rey
católico 8 galeras con las cuales partió del Puerto de Santa Maria. Durante su viaje, se encontró en la
costa de Portugal con algunos barcos holandeses que habían capturado un galeón llegado de las In-
dias con muchas riquezas. Durante el combate, le hundieron dos galeras, aunque lograron salvarse
los soldados y marineros con la mayor parte de la chusma, y consiguió llegar con las 6 restantes a Lis-
boa. Allí tuvo órdenes del rey católico de volver personalmente a la corte, donde se consumió tanto
tiempo que no pudo zarpar con la buena estación. Lo hizo a finales de septiembre y llegando a la cos-
ta de Inglaterra fue abordado por una gruesa armada holandesa que le aguardaba. Siguió un combate
muy gallardo y una gran tempestad, por cuya causa perdió dos galeras; otra dió de través en Calais,
perdiéndose por culpa de los oficiales que la gobernaban; dos se salvaron en Nieuwpoort y Federico,
con la suya, en Dunkerque. Luego pasaron las tres a La Esclusa con el tercio de españoles que habían
traído desde España, del cual era MdC don Juan de Meneses, caballero portugués del hábito de San-
tiago. El Marqués de Spinola sintió el naufragio del hermano y llegó a La Esclusa. Tras visitar los lu-
gares donde su gente estaba de guarnición y proveerles de cuanto tenían necesidad, pasó a verlo, re-
solviendo juntos no permanecer ociosos aquel invierno sino dañar al enemigo todo lo que el tiempo
permitiese. Ordenaron a Pompeo Giustiniano que fuese con 8 compañías a La Esclusa y la víspera de
Navidad, con buen tiempo para marear, aparejaron 6 galeras y escogida la mejor gente española e ita-
liana, embarcaron con la intención de dar tierra en Walcherem, una de las islas de Zelanda, para sa-
quear y quemar algun villorio. Pero el plan no se llevó a cabo porque la misma noche, antes de salir
del puerto, cambió el tiempo y se desembarcó a la gente. Luego se recibió una carta del Archiduque
refiriendo que los amotinados, habiendo crecido a 3.000,hacían grandísimo daño en el pais y, avisan-
do el Conde Frederick no tener gente suficiente que enfrentarles, ordenaba el regreso al Brabante de
los hombres que habían partido con Giustiniano.

Casi al mismo tiempo, Mateo Dulkhen, gobernador de Stralem, lugar de la provincia de Gueldria, ha-
lló el modo de sorprender el lugar de Watchtendonck con la ayuda de un soldado de la guarnición,
que era el encargado de conducir paja con una barca por el rio Niers, que pasa entre la villa y el casti-
llo. Oculto el dicho gobernador con 13 de los suyos en la barca, cubiertos por la paja, y conducida por
el soldado, llegaron a la puerta del castillo. El centinela, que le conocía, le dejó pasar y queriendo ayu-
darle a dar en tierra, le tendió la mano, pero el soldado, de un fuerte tirón le arrojó al agua. Dulkhen
subió rápidamente al puente, apoderándose del mismo tras reducir a 20 soldados que había de guar-
dia, y levantando el rastrillo entró en el castillo e hizo prisioneros al gobernador y a otros 20 soldados
que estaban con él, ya que la mayor parte de la guarnición se alojaba en la villa.En esto el conde Hen-
drik van den Berg, que con 400 hombres sacados de las guarniciones de Venloo y Stralem estaban o-
cultos tras un bosque entre el rio y el castillo, habían de pasar en la misma barca al castillo, operación
que consumió mucho tiempo. Mientras tanto, el presidio de la villa, reforzado de improviso con 200
caballos holandeses que pasaban por allí para emprender una correría, levantaron reparos contra el
castillo y comenzaron a batirlo con piezas de artillería de la villa,impidiendo que entrasen en él los ca-
tólicos. El Conde Hermann pidió al Archiduque que le mandara fuerzas para sitiar la villa y éste orde-
nó al Conde Frederick que reuniera la gente, pero los holandeses, más próximos al lugar, enviaron
rápidamente 3.000 infantes y 1.000 caballos de las guarniciones vecinas de Rheinberg, Mörs y Nime-
ga, impidiendo al Conde Hermann avituallar a los del castillo. Finalmente, los católicos rindieron el
castillo pero con pactos muy ventajosos que incluían la conservación del botín y al gobernador preso.
Trivulzio regresó de Italia, adonde había pasado a negocios particulares, y S.A. le dió el empleo de te-
niente General de la Caballería que había dejado Niccoló Basta por razones de edad. El puesto de Bel-
gioioso se dió a Bartolomeo Sánchez, español.

                                                                                                                © JUAN L. SÁNCHEZ
Francisco Hurtado de Men-
doza, marqués de Guadalest,
Almirante de Aragón
.
gistra este ataque durante la no-
che del 20 de agosto, tras un bom-
bardeo previo del puente sobre el
Mosa y el cuartel de Mauricio que
causó poco daño. En cuanto a la
operación de Spina, añade: «El
enemigo apareció poco después
llevando escalas, perchas, plan-
chas  y otros preparativos; llegó
hasta las trincheras del campo, en-
tre dos reductos situados entre los
cuarteles de S.E. y del conde Gui-
llermo de Nassau, con la inten-
ción de forzar este punto y tratar
de socorrer a los sitiados. Pero
considerando que S.E. estaba en
se retiraron sin intentar nada, se
retiraron sin intentar nada,
abandonando algunas escalas y
abandonando algunas escalas y
otros aprestos que los nuestros
otros aprestos que los nuestros
salieron a recoger y trajeron al
salieron a recoger y trajeron al
campamento».campamento».
Pedro Girón, luego llamado «el
gran duque de Osuna». En
Flandes, donde probó su  valor,
comenzó a cimentar su fama.
enero de 1602, según la
lámina no. 3 de Gamurini.
LEYENDA:
A.-Gente que da el asalto en
dos grupos.
B.-Gente que, retirándose del
asalto, se ahoga en el agua
que viene de la esclusa.
C.-Gente que «toca el arma»
en varios sitios para divertir al
enemigo.
D.-Gente de Bucquoy que no
pudo pasar el canal.
E.-Gente que trabaja en el
dique de Bucquoy.
F.-Gente que forma en
escuadrón mientras se da el
asalto.
El campamento emplazado por el
Almirante de Aragón a las afueras de
Tirlemont (Tienen), según la lámina
no. IV de Giuseppe Gamuruni.
DERECHA, el asedio de Grave según  
la lámina no. 5 de Gamurini. ABAJO,
según un grabado holandés.
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