CAMPAÑA DE 1602
(Traducción, edición y notas por Juan L. Sánchez)
CONTINUACIÓN DEL ASEDIO DE OSTENDE                                                                               
 
Pocos días después [7 de enero], S.A. ordenó erigir una gran batería contra la villa vieja, hizo re-  
conocer la brecha y, asegurándose de que era suficiente, ordenó dar el asalto del siguiente modo:

Dos capitanes con 200 hombres tenían órdenes de asaltar el baluarte del mar; otros dos, también
con 200 hombres, la
falsa braga y otros 2 capitanes y 200 soldados la cortina del dicho baluarte, a
mano izquierda. Dicha gente precedía al MdC de españoles Diego Durango, que con 400 hombres
tenía órdenes de fortificar el baluarte junto al foso; otros 3 capitanes, con 200 hombres, debían
asaltar el revellín de la villa vieja, que quedaba a la derecha de dicho baluarte, y Frey Antonio
Gambaloita, MdC de italianos, que seguía con 200 hombres al mando de 4 capitanes, debía forti-
ficarse en el dicho revellín y mantenerlo, dándose la mano con Durango. Estaban después dis-
puestos otros 300 infantes con 5 capitanes y luego don
Agustin Mexía, con 400, para enviar a es-
tos y a los anteriores donde advirtiera la mayor necesidad; el resto del ejército, repartido en di-
versos cuerpos, estaba preparado para la ocasión. Se enviaron pequeños cuerpos de tropas para
que de todas partes vinieran a las armas con los sitiados y se ordenó al
conde de Bucquoy que,
esguazando el canal en la marea baja, asaltase la parte de la villa vieja que daba a su cuartel.

Ordenadas las cosas de esta manera y llegada la bajamar al caer la noche, desde el cuartel de San
Alberto comenzó el fiero y terrible asalto porque los holandeses acudieron a la defensa de todas
partes, trayendo numerosas antorchas para descubrir a los asaltantes y se defendieron valerosa-
mente en medio de un gran estrépito producido por los disparos de artillería y mosquete. Buc-
quoy, queriendo pasar el canal, encontró el agua demasiado alta y no pudo hacerlo; los sitiados,
dándose cuenta de que su intento era solo diversión, acudieron al socorro de los suyos de modo
que los católicos, tras haber hecho cuanto podía hacerse y no siendo posible conservar el puesto,
batido continuamente por la artillería y los mosquetes, comenzaron a retirarse. Entonces los ho-
landeses abrieron súbitamente la esclusa inundando el canal con la furia del agua, por lo que
muchos se ahogaron al cruzarlo. El número de muertos y heridos llegó a los 800, entre ellos buen
número de capitanes y gente particular; Gambaloita murió y Durango quedó herido.

























Siendo la estación de lo más crudo del invierno, muchos pidieron al Archiduque que levantara el
asedio, alegando que sería imposible culminarlo, lo cual no quiso consentir S.A. pareciéndole que
no convenía a su reputación ni al ejército de un rey tan poderoso. Resolvió S.A. proseguir la em-
presa y ordenó que en el cuartel de San Alberto, junto al canal de Ostende, se levantara un gran
caballero [que después se llamó plataforma] para dominar el lugar con artillería; que en el cuartel
del Conde de Bucquoy se empezara un dique, desde el fuerte de San Carlos en dirección al mar,
con la idea de llevarlo hasta la boca del canal e impedir, con la artillería que debía montar, la en-
trada de barcos enemigos en Ostende. Comenzóse a trabajar en las dos obras; la plataforma, que
estaba en lugar elevado, se levantaba con arena y fajinas, pero el dique, que se hacía mientras du-
raba la bajamar, avanzaba de otra forma. Primero se clavaban estacas, de 15 pies de largo, a las
que luego se ataban otras longitudinalmente mediante cabos fabricados con leños retorcidos, ele-
vándose la obra lo suficiente para que la creciente del agua no la inundase; después se metía den-
tro mucha arena para resistir el ímpetu del mar. Sobre el dicho dique se levantó también un para-
peto de tierra y fajinas de 30 pies de largo, dejándose a la distancia conveniente, cañoneras para
meter las piezas de artillería.

El Marqués de Varambon renunció a su tercio de borgoñones, el cual dió S.A. a su hermano
Claude, Barón de Balançon, que había perdido una pierna en el asedio. El Archiduque, viendo las
cosas bien encaminadas y habiendo sabido que el enemigo hacía grandes preparativos para salir a
campaña, pasó a Gante para atender mejor las cosas de la guerra, dejando el gobierno del ejército
ante Ostende en manos del MdC Juan de Rivas.

Se hallaba entonces en Flandes Federico Spinola, caballero de mucho juicio y extraordinario
valor, que servía al rey católico en aquella guerra de muchos años atras. Había sido nombrado
general de las galeras que condujo a estos países el año 1599, que tenía en el puerto de La Esclusa
y con las cuales, dando pruebas de su valor, hacía mucho daño a los holandeses. Y estando bien
informado en los puertos de las islas circunvecinas, tanto por vía de espias como de hombres
suyos muy prácticos, condiderando el daño que podía causar a los holandeses por vía marítima,
pasó a España para informar personalmente al rey Católico, que resolvió darle 8 galeras más y que
levase 8.000 infantes en el Estado de Milán: 6.000 italianos de nuevo y 2.000 españoles a tomar
de los soldados veteranos, todos a cargo del marqués Ambrosio Spinola, su hermano, con título de
jefe mayor de aquella gente. A principios del año 1602 pasaron los dos hermanos a Milan a dar
parte al Conde de Fuentes, gobernador general de aquel Estado, que les dió licencia para levar los
italianos pero no quiso darles los españoles porque, teniendo pocos, no quiso despren- derse de
ellos por lo que pudiera suceder. Federico tuvo que volver a España para pasar con las galeras a
Flandes y el rey católico ordenó que el número de 8.000 infantes se completase de italianos, en
dos tercios, y cada uno de 20 compañías de 200 hombres por bandera. De uno de dichos tercios
fue MdC el dicho marqués de Spinola y sargento mayor Pompeo Giustiniano; del otro, Lucio
Dentici, soldado de experiencia, y su SgM Agostino Arconato. Los capitanes fueron escogidos
entre un centenar de pretendientes y, sabiéndose que la gente que militaba a las órdenes de
Federico era pagada con prontitud, fue tan grande el concurso de soldados que la masa no solo se
completó en breve tiempo, sino que llegó al número de 9.000 infantes, entre los cuales había
buen número de gentilhombres y personas ricas; asi que los capitanes tuvieron comodidad para
escoger a los mejores.

Entretanto, esperanzado el Archiduque por el aviso de algunos franceses desertados del enemigo
en sorprender a Breda, donde había poca gente, envió al Conde Frederick van den Berg con 4.000
infantes y 500 caballos; sin embargo, debido a la negligencia de los guías, que perdieron el
camino, fueron descubiertos al despuntar el día. Poco después salió el enemigo con 6 compañías
de caballos, encontrándose con la del conde Adolf van den Berg, que no quiso rendirse pese a su
inferioridad numérica, sino que peleó valerosamente hasta que cayó herido, siendo apresado con
muchos de los suyos.

REFUERZOS DE AMBROSIO SPINOLA.                                                                                         
En Milán, el Marqués de Spinola recibió órdenes del rey católico de partir el primero de mayo,
para llegar a Flandes al mismo tiempo que debía hacerlo Federico con las galeras. Marchó a
Vercelli, ordenando a las compañías que se encaminasen a dicha ciudad, imponiendo a cada una
el dia en que debían llegar, queriendo que para mayor comodidad la gente se agrupara en tropas
de 5 compañías cada una, de manera que en el lugar de la que partía por la mañana otra se alojase
por la tarde, habiendo preparado una buena provisión de vituallas para todos.

Con este orden marchó hasta Campagnole, lugar de Borgoña [Franco-Condado], donde dio
muestra con dos pagas, y después se encaminaron a Flandes con tanta disciplina militar que no
parecía que llevase gente nueva sino mas bien práctica y ejercitada de muchos años. Y habiendo
publicado en Vercelli un bando para que la gente no se desbandase ni dañase el país que
atravesaba, lo cumplía y hacía cumplir escrupulosamente.

Llegó a Luxemburgo, primer lugar de las Provincias de los Paises Bajos, donde fue por la posta a
besar la mano del archiduque, que se hallaba en Gante y del que fue muy bien recibido. Los
holandeses habían hecho aquel tiempo gallardos preparativos de guerra y juntado un ejército de
24.000 infantes y 6.000 caballos con resolución de pasar al Brabante a tomar las plazas que
pudieran y socorrer a Ostende en Flandes, presuponiendo que el Archiduque no tendría fuerzas
suficientes para oponerse a los dos o, si quería hacerlo, precisaba levar el asedio. Sobre tales
avisos S.A. tomo las medidas necesarias para juntar la mayor gente posible. Pagó a los amotina-
dos, ordenó que salieran los hombres de armas y que el MdC Juan de Rivas le mandase de Osten-
de el mayor número de soldados que pudiera. Consiguió reunir así 5.000 infantes y 4.000 caba-
llos que confió a
Francisco de Mendoza, Almirante de Aragón, su mayordomo mayor y general de
la Caballería ligera, ordenándole que marchase a Tirlemont [Tienen] a oponerse al enemigo, del
que tenía noticias que estaba en Nimega, preparando puentes para pasar el Mosa por
Mooche
[Mook] y ordenó al marqués que se uniera a dicho almirante y que tomase de él las órdenes en
aquella ocasión, reservándose la justicia para él. Regresando con tal orden con su gente, que ya
había llegado a Namur, marchó rápidamente a reunirse con el Almirante, que le hacía vivas
instancias, el cual formó plaza de armas en un campo a media legua de Tirlemont, que fortificó.
Tuvo noticias de que el Conde Mauricio de Nassau, general de los holandeses, pasaba el Mosa y
venía con el ejército hacia allí, pero llegando a la tierra de St. Trond [Sint Truiden], lugar del Pais
de Lieja, distante 3 horas de camino de Tirlemont, hizo alto a una legua del campo católico, de-
jando dicha villa detrás, y después de pasar algunos dias sin hacer movimiento alguno se retiró.


















MAURICIO SITIA Y RINDE A GRAVE.                                                                                                
El Almirante, avisado de la retirada de Mauricio, llamó a consejo y pidió parecer sobre la resolu-
ción que se debía tomar en aquella ocasión. Algunos querían perseguir al enemigo, procurando
dañarlo cuanto fuese posible sin darle tiempo de atacar alguna plaza. Otros que pasando por Diest
y atravesando la Campiña, se marchase hacia Bolduque y Grave, lugares de los que se tenía
mayores recelos, porque siendo las fuerzas enemigas más poderosas que las católicas no se debía
andar derechamente para no verse en la necesidad de dar batalla, procurando sólamente que el
enemigo no hiciera progresos. Otros dijeron que debía darse parte al Archiduque de cuantro
sucedía y que él aportase la solución. El Almirante resolvió avisar a S.A. mientras se encaminaba
hacia Diest para marchar después hacia Grave o Bolduque o volverse hacia el Mosa. Por hallarse
desprovisto de dinero, municiones de guerra y carruajes para llevar las vituallas, la gente expresó
su malestar, excepto la del marqués, puntualmente pagada. Fue juzgado que se perdió una buena
ocasión de dañar al enemigo al no seguirle rápidamente, pareciendo que cada día que estuvo en
St. Truiden le faltaron víveres y que su gente, casi toda nueva, no estaba habituada a sufrir tales
padecimientos, además de que siendo las retiradas por lo común expuestas a desórdenes, y preci-
sando Mauricio pasar por muchos pasos estrechos y por país enemigo, era muy fácil causarle
grandísimo daño; pero las carencias antedichas fueron en parte causa de que no tomase el
Almirante la resolución, dejándola en manos del Archiduque y seguir lo que se le indicare mejor
para el real servicio. Pero creía que los holandeses hacían aquellas demostraciones para atraer al
ejército católico al país y sacarlo de Ostende, con intención de embarcar súbitamente a su gente y
socorrer aquella plaza por mar, lo cual podían hacer antes de que llegasen los católicos.
Sospechando eso, el almirante no quiso tomar resolución alguna hasta que no penetrase el
designio de Mauricio, el cual se retiró sin ninguna perturbación y marchó con diligencia a Grave,
donde acampó, tomando de camino el castillo de Helmond, lugar de poca consideración,
atendiendo sobre todo a
fortificarse las espaldas [trazar las líneas de contravalación].

Grave esta situado en la ribera del Mosa, en la parte de Brabante, es lugar muy fuerte por tener
alrededor muchos marjales y un foso muy profundo. Pero en una y otra orilla del rio se han
levantado diques para reprimir el ímpetu del agua y asegurar el pais de las inundaciones, contra
los cuales se pueden abrir trincheras para atacarlos con mucha facilidad y con poco daño. A la otra
parte del Mosa hay un pequeño fuerte, fabricado para asegurar el paso del rio. Mauricio
acampó
allí el 14 de julio
* y comenzó a cerrrarlo con presteza por todas partes por medio de trin- cheras,
fuertes y reductos para impedir que pudiesen entrar socorros y tendió además un puente sobre el
Mosa para darse la mano con sus cuarteles de la otra orilla.
Estaba en la plaza por gober- nador el
español Antonio González, con 1.500 infantes de todas las naciones*
, que dispuso con diligencia
todo lo necesario para la defensa. El enemigo, después de haberse cubierto bien las espaldas,
pareciéndole en todo haber impedido el socorro, comenzó a abrir trincheras hacia el fuerte ya
dicho, batiéndolo continuamente con el cañón, y aunque los católicos hicieron una gallarda
defensa, fue preciso abandonarlo. Dueño de él,  Mauricio comenzó a tirar contra la villa bombas
de fuego que arruinaban las casas y mataban a mucha gente. Al mismo tiempo ordenó los
aproches por 3 partes, avanzando lo que podía al no faltar los sitiados en hacer una valerosa
resistencia.

Avisado el Almirante del suceso, marchó con el ejército hacia allí, tomando el camino junto al río
para traer municiones y víveres de Namur, Lieja, Maastricht y otros lugares que estan mas abajo
de dicho rio. Llegado a
Ruramunda [Roermond] hizo alto algunos dias para proveerse de las cosas
necesarias; después marchó hacia Grave, tendió un puente para cruzar el Mosa en caso de
necesidad y acampó no muy lejos de las fortificaciones de Mauricio; pero las halló tan altas y bien
trazadas que perdió la esperanza de socorrer aquella plaza. Llamaba continuamente a consejo y
siempre hallaba diversidad de pareceres. Algunos sugerían marchar con el ejército a asediar otra
plaza para divertir al enemigo, citando a Rheinberg y Watchtendonck; otros que pasara a Ravens-
tein para impedir a los holandeses que llevaran vituallas a su campo, porque del Mosa abajo no las
podrían traer, que son tierras católicas, y del Mosa arriba tampoco, una vez ocupado dicho puesto.
No faltaba quien pedía asaltar las trincheras y combatir al enemigo, cosa dificilísima, opinión que
compartía
Grobbendonck, gobernador de Bolduque, muy práctico de estos países. El Almirante
aprobó la resolución de ir a Ravenstein, pero dudaba como llegar porque habiendo dos caminos,
por uno era preciso dar un gran rodeo de 5 o 6 dias, tiempo mas que suficiente para que Mauricio
hubiera penetrado sus intenciones y tomado el puesto antes; el camino mas corto atravesaba una
zona pantanosa por donde era difícil conducir mucha gente, además, era preciso acercarse mucho
a las trincheras del enemigo y ofrecerles el flanco, cosa muy peligrosa, porque si Mauricio se
resolviera a atacarles podría hacer muchísimo daño. A esta oposición respondió
Grobbendonck
que entre el camino y el enemigo estaban las zonas pantanosas, que de ninguna manera podían
pasar ellos si no era con gente a pié y por senderos tan estrechos que no podrían causar mucho
daño. Entonces el Almirante decidió utilizar el camino para tratar de socorrer a los sitiados y supo
por espías que hacia Ravenstein las fortificaciones eran más bajas y peor guardadas, no creyendo
Mauricio que tuviera nada que temer por aquella parte.

Escogió 1.000 infantes de todas las naciones y encomendó a Giovanni Tommaso Spina, maestro
de campo reformado, que al caer la noche atravesase los pantanos y se arrimara lo más
secretamente posible a las fortificaciones enemigas e intentase, dando de improviso sobre ellas,
romper la poca guardia que encontrase y tratase de entrar en la plaza sabiendo que en aquella
parte el enemigo no tenía cuartel. A Simão Antunes, maestro de campo de españoles, ordenó que
siguiese a Spina con otros 1.000 infantes e hiciese alto en un bosque poco distante del lugar por
donde debía intentarse el paso para asegurar su retirada si no prosperase el designio. Y al marqués
de Spinola, que con 2.000 infantes tocase arma al campo enemigo por la otra parte, impidiendo
que uniesen sus fuerzas y facilitar así que Spina consiguiera su propósito.

Pero este encontró muchas dificultades por ser tan pantanoso el lugar por donde debía marchar
que el agua llegaba a los soldados hasta la cintura. Por ello no llegó al lugar marcado antes del
amanecer y como las fortificaciones estaban provistas de numerosa gente
fue rápidamente
descubierto, recibiendo una descarga de mosquetería.
* Vista la imposibilidad de la sorpresa, se
retiró hasta donde le aguardaba Antunes y volvieron juntos al cuartel. El almirante, reconociendo
inútil este designio, reunió al consejo y halló a la mayor parte del parecer de retirarse, dado que
era imposible socorrer la plaza ni podía mantenerse el campo en aquellos cuarteles, en los cuales
faltaba el sustento para la caballería, que comenzaba a desbandarse por el país y había iniciado ya
un motín. Por estas razones resolvió el Almirante retirar el ejército. Formado al alba siguiente en
plaza de armas, marchó en dirección a Venloo.

Mauricio envió corredores a reconocer los movimientos del Almirante. Sabiendo que se retiraba,
no intentó perturbarlo y se aplicó a la expugnación de la plaza. Los sitiados, aunque perdida la
esperanza de recibir socorro, no por ello abandonaron la defensa sino que siguieron dañando con
varias salidas al enemigo. Llegados estos al foso, procuraron ante todo apoderarse de una media
luna que los sitiados tenían avanzada a un pequeño dique que bordeaba el foso para retener sus
aguas, porque la tierra que queda hacia el rio Mosa era más baja. Los católicos procuraban
mantener a toda costa dicha media luna, que defendieron valerosamente pese a verse atacados
por 3 partes con galerías. Habiendo hecho explotar una mina, el 7 de setiembre se lanzó el
enemigo al asalto pero fueron rechazados por los sitiados, que mataron e hirieron a muchos y
capturaron a un capitán malherido que murió dos dias después.

Entonces los holandeses abrieron de noche otra trinchera al encuentro de un baluarte.
Descubierto dicho trabajo a la mañana siguiente, el gobernador dispuso una salida para tratar de
destruir aquel aproche y ordenó al capitán de guardia en dicho baluarte que cayendo con 100
hombres sobre el enemigo los echase de la trinchera, apoderándose de un reducto que tenían al
comienzo de ella y que debía mantener hasta que la gente provista con palas y zapas hubiera
cegado la trinchera. Otro capitán, con 200 hombres, debía guardar las espaldas de los trabajado-
res. Dichas órdenes fueron cumplidas valerosamente. Los enemigos fueron rápidamente desalo-
jados de la trinchera y del reducto, que el capitán mantuvo en su poder hasta que el gobernador,
visto que la trinchera había sido explanada, le ordenó retirarse. En aquella ocasión murieron
muchos holandeses, que asaltaron el reducto varias veces para recuperarlo, y fue herido el coro-
nel Vere, que tenía a su cargo el trabajo por aquella parte. Finalmente los católicos, cuyas fuerzas
menguaban cada día por la gran cantidad de bajas que padecían, fueron obligados a abandonar la
media luna. Tan pronto la ocuparon los sitiadores, rompieron el dique para desaguar el foso y
atacaron un baluarte, zapándolo y alojándose en él. Y no bastándoles con eso, atacaron otro
baluarte y ya procedían a minarlo cuando los sitiados, vista la situación y dado que entre sanos y
heridos no llegaban a 800, perdida la esperanza de ser socorridos,
resolvieron rendirse, como
hicieron el 20 de setiembre,
* saliendo de la plaza con armas, bagajes, mecha encendida y
tambores batientes. En la defensa de la plaza murieron 700 católicos; entre ellos, los capitanes
Tommaso Diano y Jerónimo Nobile, resultando heridos los capitanes Placido de Sangro y
Gaudencio Coretti. Al tomarla, el enemigo perdió grandísimo número de gente.


















































El Almirante pasó a
Toren [Thorn], lugar junto al Mosa, entre Ruramunda [Roermond] y
Maastricht. Unos 600 amotinados del ejército católico, entre infantería y caballería, se habían
adueñado del vecino poblado de Hamont, en el Pais de Lieja, y marchó con 4 piezas de artillería y
gente escogida para castigarles antes de que crecieran en número. Mandó delante algunos
oficiales para ofrecerles el perdón o amenazarles de ser tratados como enemigos si no volvían a la
obediencia, pero los amotinados no les escucharon y perseveraron en su perversa opinión. Mandó
el Almirante a la artillería, que quemó algunas casas, visto lo cual por la caballería, que era el
mayor nervio, salió huyendo por una puerta y la infantería se rindió a la discrección del Almirante,
que les perdonó; en cambio, ordenó a Belgioioso que persiguiera a los fugitivos con su caballería
hasta hacerles pedazos, pero pareciéndole luego que debían haber cobrado mucha ventaja por
haber dispuesto de dos horas de tiempo, revocó la orden y le envió acompañado de unos pocos
para que intentase reducirlos a sus compañías con buenas palabras.

Les halló mas pertinaces e incluso uno de ellos le dijo que pensaban sorprender Diest, por lo cual
pasó a aquel lugar avisando a los lugares vecinos. Los amotinados, al fallar su designio, inten-
taron sorprender Beringhen, también sin éxito, y marcharon hacia Breda. Por el camino encon-
traron a un sargento del presido de Hoogstraten, de nación valona, que prometió ponerles el cas-
tillo en sus manos, como hizo. Al conocerce esta noticia en el campo católico, enseguida marchó
hacia allá toda la gente malintencionada y pronto pasaron de mil. Avisado de cuanto sucedía, el
Archiduque ordenó al Almirante que marchase con el ejército a Diest, donde se encontrarían para
deshacer a los amotinados mientras Mauricio permanecía ocupado en la expugnación de Grave,
sabiendo que Hoogstraten no era muy fuerte, que no habían tenido tiempo de fortificarlo y que la
mayor parte de los amotinados estaban desarmados y carecían de municiones y vituallas.

En Diest, el Archiduque ordenó el ejército en escuadrones y les arengó sobre el daño que causa-
ban los soldados que habían querido amotinarse cuando el enemigo se hallaba tan poderoso en
campaña, por lo cual no se había socorrido a Grave y por eso se les declaraba traidores y rebeldes.
Y queriendo tratar les como a enemigos y haciéndoles prometer que le segurían contra ellos, les
dio una paga. De camino hacia Hoogstraten, recibió primero la noticia de que Mauricio habia
enviado a los amotinados municiones y víveres desde Breda, después de la rendición de Grave. Y
dudando que al verle los holandeses ocupados no atacasen a Venlo, que no tenía presidio ni había
querido aceptarlo del Almirante, ni del conde Hermann de Berg, gobernador de la provincia de
Gueldria, resolvió pasar a aquella parte.

Los ciudadanos hicieron alguna resistencia en admitir guarnición, escudándose en que no tenían
necesidad y que ellos se bastaban para guardar la plaza pero, viendo que el Príncipe lo deseaba, la
aceptaron. Luego S.A. reforzó la guarnición de Gueldres [Geldern], Ruramunda [Roermond] y
Maastricht y, sabiendo que Mauricio, tras haber fortificado Grave y dejádola provista de gente y de
cuanto tenía necesidad, se había retirado y licenciado a su caballería de
reitres y alguna infan-
tería, como era ya otoño resolvió retirarse y mandó a los
hombres de armas (gendarmes o caba-
llería pesada de las
Bandes d'Ordonance) a sus alojamientos. Dos de sus compañías, alojadas en
un pueblo cerca de Maastricht, fueron asaltadas por una tropa de caballos holandeses que
mataron a la mayor parte y capturaron los caballos, de manera que quedaron casi deshechas.
*

En Tirlemont, el Archiduque envió a parte de la gente para reforzar al ejército ante Ostende y al
resto la puso en cuarteles, ordenando a sus capitanes que obedecieran al conde Frederick van den
Berg, al cual previno que procurase guardar el pais de los amotinados. A la gente de Spinola, muy
disminuída al haber muerto muchos por las fatigas pasadas, las mandó a las guarniciones de
Tirlemont, Herentals,
Verta [Weert] y Lira (Lier), y 7 compañías en Dama (Damme), para la
guardia de las galeras. Dadas dichas órdenes, pasó a Gante con la Serenísima Infanta.

Algunos dias después el Almirante regresó a España y su empleo de general de la Caballería le fue
dado a D. Luis de Velasco, hasta entonces general de la Artilleria, cargo que recibió el Conde de
Bucquoy, que se hallaba en Ostende de MdC de un tercio de infantería valona que se dió a Felipe
de Torres, su lugarteniente (patente de 25-IV-1603)

Este año vinieron a servir en la guerra Don Pedro Girón, después duque de Osuna, y Giovanni de
Medici, grande de España, y partió el Conde de Belgioioso, llamado por el Emperador para em-
plearle con mayor grado en la guerra de Hungría. Por aquel tiempo, dos compañías de caballos
católicas, alojadas en la aldea de Hougarde, fueron sorprendidas por los amotinados, que
obligaron a sus soldados a unirse a su causa y maltrataron a sus oficiales. Y sabiendo que la
compañía de Niccolò Basta, Teniente general de la Caballería, se alojaba en Jodoigne, aunque
encontraron las puertas de la villla cerrada, las forzaron y amenazando a los oficiales se llevaron a
los soldados; aunque estos decían pretender sólo aquello que les debía el Archiduque, se
mostraban como enemigos capitales.

Los holandeses, viendo debilitarse a las fuerzas católicas por el creciente motín, se valieron de la
ocasión para atacar a la Provincia de Luxemburgo con 4.000 infantes y 2.000 caballos bajo el
mando del Conde Lodewij Gunther de Nassau, General de su Caballería. Saquearon St. Vit y cau-
saron muchos daños en otras tierras, quemando numerosas aldeas, retirándose antes de que el
Conde Frederick pudiera reunir las fuerzas que juntaba para darles caza.

Por aquel tiempo, el conde
Teodoro Trivulzio renunció al empleo de maese de campo y volvió a
Italia, reformándose su Tercio en el de
Alfonso d'Avalos, que habiéndolo dejado también, se dió
después al Caballero Ludovico Melzi. En España, a Federico Spinola le fueron consignadas por
orden del rey católico 8 galeras con las cuales partió del Puerto de Santa Maria. Durante su viaje,
se encontró en la costa de Portugal con algunos barcos holandeses que habían capturado un
galeón llegado de las Indias con muchas riquezas. Durante el combate, le hundieron dos galeras,
aunque lograron salvarse los soldados y marineros con la mayor parte de la chusma, y consiguió
llegar con las 6 restantes al puerto de Lisboa. Allí tuvo órdenes del rey católico de volver perso-
nalmente a la corte, donde se consumió tanto tiempo que no pudo zarpar con la buena estación.
Lo hizo a finales de septiembre y llegando a la costa de Inglaterra fue abordado por un gruesa
armada holandesa que le aguardaba. Siguió un combate muy gallardo y una gran tempestad por
cuya causa perdió dos galeras; otra dió de través en Calais, perdiéndose por culpa de los oficiales
que la gobernaban; dos se salvaron en Niewpoort y Federico, con la suya, en Dunkerque. Luego
pasaron las tres a La Esclusa con el tercio de españoles que habían traído desde España, del cual
era MdC don Juan de Meneses, caballero portugués del hábito de Santiago.

El Marqués de Spinola sintió el naufragio del hermano y llegó a La Esclusa. Tras visitar los lugares
donde su gente estaba de guarnición y proveerles de cuanto tenían necesidad, pasó a verlo,
resolviendo juntos no permanecer ociosos aquel invierno sino dañar al enemigo todo lo que el
tiempo permitiese. Ordenaron a Pompeo Giustiniano que fuese con 8 compañías a La Esclusa y la
víspera de Navidad, con buen tiemo para el mar, aparejaron 6 galeras y escogida la mejor gente
española e italiana, embarcaron con la intención de dar tierra en Walcherem, una de las islas de
Zelanda, para saquear y quemar algun villorio. Pero el plan no se llevó a cabo porque la misma
noche, antes de salir del puerto, cambió el tiempo y se desembarcó a la gente. Luego se recibió
una carta del Archiduque refiriendo que los amotinados, habiendo crecido a 3.000, hacían
grandísimo daño en el pais y, avisando el Conde Frederick no tener gente suficiente que enfren-
tarles, ordenaba el regreso al Brabante de los hombres que habían partido con Giustiniano.

Casi al mismo tiempo, Mateo Dulkhen, gobernador de Stralem, lugar de la provincia de Gueldria,
halló el modo de sorprender el lugar de Watchtendonck con la ayuda de un soldado de la guar-
nición, que era el encargado de conducir paja con una barca por el rio Niers, que pasa entre la villa
y el castillo. Oculto con 13 de los suyos el dicho gobernador en la barca, cubiertos por la paja, y
conducida por el soldado, llegaron a la puerta del castillo. El centinela, que le conocía, le dejó
pasar y queriendo ayudarle a dar en tierra, le tendió la mano, pero el soldado, de un fuerte tirón le
arrojó al agua. Dulkhen subió rápidamente al puente, apoderándose del mismo tras reducir a 20
soldados que había de guardia, y levantando el rastrillo entró en el castillo e hizo prisionero al
gobernador y a otros 20 soldados que estaban con él, ya que la mayor parte de la guarnición se
alojaba en la villa. En esto el conde Hendrik van den Berg, que con 400 hombres sacados de las
guarniciones de Venloo y Stralem, estaban ocultos tras un bosque entre el rio y el castillo, habían
de pasar en la misma barca al castillo, operación que consumió mucho tiempo. Mientras tanto, el
presidio de la villa, reforzados de improviso con 200 caballos holandeses que pasaban por allí para
emprender una correría, levantaron reparos contra el castillo y comenzaron a batirlo con piezas de
artillería de la villa, impidiendo que entrasen en él los católicos. El Conde Hermann pidió al
Archiduque que le mandara fuerzas para sitiar la villa y éste ordenó al Conde Frederick que
reuniera la gente, pero los holandeses, más próximos al lugar, enviaron rápidamente 3.000
infantes y 1.000 caballos de las guarniciones vecinas de Rheinberg, Mörs y Nimega, impidiendo al
Conde Hermann avituallar a los del castillo. Finalmente, los católicos rindieron el castillo pero
con pactos muy ventajosos que incluían la conservación del botín y al gobernador preso.

Trivulzio regresó de Italia, adonde había pasado a negocios particulares, y S.A. le dió el empleo de
Teniente General de la Caballería que había dejado Niccoló Basta por razones de edad. El puesto
de Belgioioso se dió a Bartolomeo Sánchez, español.

© JUAN L. SÁNCHEZ
Charles de Longueval, conde
de Bucquoy, retratado por
Snayers (detalle)
El asalto nocturno a Ostende,
en una pintura anónima
holandesa (Rijksmuseum)
El caballero o plataforma
artillera elevada que se
construyó ante Ostende
(Snayers)
Marc de Rye, señor de Dissey
y marqués de Varambon, era
hermano de Philibert, Barón
de Balançon y Conde de Va-
rax, el padre de Claude, que
murió en Tournhout (1597).
Hasta ahora creía que Marc
había muerto en 1598 y que
la sucesión de su sobrino en
el Tercio se había producido
dicho año, pero Giustiniano
nos obliga a retrasar dicha
fecha y alterar sus circuns-
tancias. De todas formas,
Claude renunciaría tempo-
ralmente al mando del tercio
en 1604, debido a su convale-
cencia. La unidad levada por
su tío en 1581 se mantendría
al servicio de España hasta
1684, cuando se le reformó al
Barón de Pontamugart, que
ya no podía reclutarla debido
 a la ocupación francesa del
Franco Condado.
Ambrosio Spinola, marqués
de Venafro en Génova.
Felipe IV le daría otro título
marquesal en Castilla, el de
Balbases.
Francisco Hurtado de Men-
doza, marqués de Guadalest,
Almirante de Aragón.
El sitio de Grave (Hogenberg)
“Les Lauriers de Nassau"
(pgs. 269-270), reconstruye la
marcha del ejército de Mauri-
cio, que partió el 11 de julio:
el 12 acampó en Hasselt, el 13
en Helchteren, el 14 en Liste,
el 15 en Hets, el 16 en Hel-
mont, cuyo castillo se rindió
el mismo día, tras la primera
rociada de la batería enemi-
ga. El 17 el ejército holandés
acampó en Uden y el 18 lo
hizo a la vista de Grave, que
alcanzaron por la ruta de
Relten y Welp. El 19 por la
mañana, Mauricio distribuyó
los cuarteles, reservándose el
de oriente; al Conde Gui-
llermo dió el del S. y a los in-
gleses de Vere el de poniente.
La guarnición ordinaria con-
sistía en 5 cías del regimiento
de alemanes altos del coronel
Tiesseling, al mando de su
Tcol Pangus Gallas de Tyrol.
Pero como se temía algún in-
tento holandés, el capitán
Iñigo de Otañola entró de re-
fuerzo con algunas compa-
ñías italianas y españolas.
Anton Schetz, barón de
Grobbendonck
"Les lauriers de Nassau" (pg.
271) registra este ataque du-
rante la noche del 20 de agos-
to, tras un bombardeo previo
del puente sobre el Mosa y el
cuartel de Mauricio que cau-
só poco daño. En cuanto a la
operación de Spina, añade:
«El enemigo apareció poco
después llevando escalas, per-
chas, planchas  y otros pre-
parativos; llegó hasta las trin-
cheras del campo, entre dos
reductos situados entre los
cuarteles de S.E. y del conde
Guillermo de Nassau, con la
intención de forzar este punto
y tratar de socorrer a los sitia-
dos. Pero considerando que
S.E. estaba en guardia y sus
soldados en armas, se retira-
ron sin intentar nada, aban-
donando algunas escalas y
otros aprestos que los nues-
tros salieron a recoger y tra-
jeron al campamento».
Los sitiados enviaron un tam-
bor el 18 solicitando condi-
ciones; aquel día se intercam-
biaron los rehenes y el 19 se
firmó el acuerdo, sobre 10
artículos, que "Les Lauriers"
reproduce íntegramente. Al
día siguiente, viernes, 20 de
setiembre, salieron 800 hom-
bres y 200 enfermos y heridos
hacia Diest, con un convoy de
150 carretas prestadas por el
enemigo, cuya devolución
garantizaban dos capitanes
que quedaron de rehenes.
(Lauriers, pg. 272)
El 1 de octubre de 1602, 14
cornetas de caballería holan-
desa, incluyendo las cias de
los capitanes Du Bois y Bacx
y las ordinarias de las guar-
niciones de Breda, Berg-Op-
Zoom y Gertruidenberg, em-
prendieron una correría por
la provincia de Hainaut apro-
vechando que la caballería de
los amotinados asolaba el
Brabante y que la del Archi-
duque estaba alejada entre
Venloo y Thoren. Llegados a
Bilsen, a unas 3 leguas de
Maastricht, supieron que en
dos villarejos cercanos se
alojaban 4 bandas de Orde-
nanza de los condes de Mans-
feld, Buré, Bucquoy y Beau-
rie, junto a 4 compañías de
caballos ligeros (dos valonas
y dos italianas). Los holande-
ses rodearon de noche las dos
aldeas, sorprendieron a la
guardia y cayeron sobre los
confiados y dormidos solda-
dos, logrando un botin de 500
sillas de montar, 300 caballos
y 200 prisioneros. Sólo uno de
los 8 capitanes del rey servía
su compañía: René de Cha-
lon, que conseguiría huir.
Era hijo bastardo del último
príncipe de Orange de la casa
de Chalon, llamado también
René, que al morir sin des-
cendencia legítima en 1544,
declaró heredero de su casa a
Guillermo de Nassau, el Ta-
citurno. Los holandeses cap-
turaron también 5 estandar-
tes, que llevaron a la sala ca-
pitular del palacio de gobier-
no de los Estados (Binnen-
hofplein), en La Haya.
Pedro Girón, luego llamado
«el gran duque de Osuna».
En Flandes, donde probó su  
valor, comenzó a cimentar su
buena fama.
El ataque sobre las galeras de
Federico Spinola, en un
grabado de B.W.Dolendo para
«Les Lauriers de Nassau». En
dichas galeras iba embarca-
do el tercio de Infantería es-
pañola de Joåo de Meneses.
Carlo Emanuele Teodoro
Trivulzio (1565-1605), en un
retrato anónimo (Venezia,
Museo Stampalia)
CONTINUACIÓN
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POMPEO GIUSTINIANO
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El asalto nocturno del 7 de
enero de 1602, según la
lámina no. 3 de Gamurini.
LEYENDA:
A.-Gente que da el asalto en
dos grupos.
B.-Gente que, retirándose del
asalto, se ahoga en el agua
que viene de la esclusa.
C.-Gente que «toca el arma»
en varios sitios para divertir al
enemigo.
D.-Gente de Bucquoy que no
pudo pasar el canal.
E.-Gente que trabaja en el
dique de Bucquoy.
F.-Gente que forma en
escuadrón mientras se da el
asalto.
El campamento emplazado por el
Almirante de Aragón a las afueras
de Tirlemont (Tienen), según la
lámina no. IV de Giuseppe
Gamuruni.
Al lado, el asedio de Grave
según  la lámina no. 5 de
Gamurini. Abajo, según un
grabado holandés.
Otro detallado grabado
sobre el asedio de
Grave, en este caso
alemán. Aunque care-
ce de firma, los ador-
nos de la cartela, así
como la característica
caligrafía —entre otros
detalles— permiten
adjudicar su autoría al
«cosmógrafo» colo-
niense Gerard Stemp,
de quien ya hemos
comentado algún nota-
ble trabajo en R&D
.