| CAMPAÑA DE 1595 (PARTE II) (Edición y notas por Juan L. Sánchez) |
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| FRACASA LA ENTREGA DE HAM Ganado Châtelet [Le Catelet], después de haberse detenido allí el ejército hasta el 7 de julio re- haciendo la batería, pasó a los contornos de Cambrai, irresoluto hasta entonces el Conde en si pondría sitio en aquella ciudad o aguardaría a tener mayores fuerzas. Esperaban para fin de ju- lio toda la gente que había tenido Verdugo en el País de Luxemburgo, o mucha parte della, y de- seando no estar entretanto ocioso, comenzó a destruir y talar todas las campos de Cambray, se- gando los panes en berza y acabando de abrasar lo poco que había dejado en pie la guerra de los dos años pasados, tanto para hacerles por entonces el daño que se podía y atemorizarles, como para darles a entender que no se tenía pensamiento de tomarla sino por hambre, descuidándoles por aquel camino de su defensa. Tenía también el Conde el ojo en lo de Ham y esperaba a los Gomerones, por quienes había enviado a Bruselas, animado con ordinarias cartas de su madre y particularmente con el capitán Alessandro Brancaccio, uno de los presos, que con licencia de Or- villé pasó al campo a tratar los rescates de todos. De parte de madama de Gomeron se le aseguró que nunca había habido mejor ocasión ni el negocio había estado jamás tan bien dispuesto para buen suceso como entonces, que Orvillé había comenzado a desavenirse con el Conde de Saint Pol por negocios de interés, que son los que suelen romper las amistades más bien fundadas, cuanto más las adquiridas por medios ruines, y que ella se sentía con fuerzas y comodidad de darle entrada en el castillo a pesar de la guarnición. Parecieron a los más recatados estas promesas de madama de Gomeron un ansioso deseo de alargar la vida de sus hijos; y con todo eso, fueron de parecer los del consejo que se tentase, lle- vando a Gomeron y a sus hermanos para mover el ánimo de la madre y del hermano. En sabién- dose que habían llegado a la villa de Canoe [Le Quesnoy], partió para traerlos don Carlos Colo- ma con 300 caballos, y hallándoles acabando de comer, les notificó con el rostro más alegre que pudo que habían de ir [con él] al campo, animándoles con mil esperanzas de buen suceso. Notó- se que no habló más palabra Gomeron y que, yéndose a poner una cereza en la boca, estuvo ab- sorto un gran rato y al fin no la comió; que a los que habían ya concebido sospechas de que par- ticipó en el trato de su hermano, se les acabó de confirmar. Lleváronles aquella tarde al campo en un coche, echadas todas las compuertas para que no pudiesen ver ni ser vistos. Iban con Go- meron dos hermanos suyos de 16 y 18 años y una hermana de 20 en hábito de monja que había ido con ellos, a lo que se creyó, para serlo en cierto monasterio de Artois, donde tenía una parienta. Partió al siguiente dia el Conde [de Fuentes] la vuelta de Ham con el ejército en orden de guerra y acrecentado con las compañías de caballos que don Ambrosio trajo de Luxemburgo: la suya, la del conde de Montecuccoli, las dos que habían sido de la guardia del Archiduque Ernesto y las de arcabuceros de los capitanes Juan Cesate, Sebastian Gaudart y Simon de Laittres, tras de haber enviado las demás que sirvieron en aquella guerra a la campiña, donde se hacía la masa del ejér- cito que marchó poco después en socorro de Grolle, cuyos sucesos contaremos a su tiempo. Lle- gó el campo en dos alojamientos a la vista de Ham, al apuntar el dia 12 de julio, y en llegando a tiro de cañón comenzó a tirar el castillo algunas piezas, las cuales no hicieron daño, que pareció a los confiados artificio. Túvose por cierto que si Orvillé tuviera su libertad (como quiera que es siempre lo que más obliga el postrer agravio, movido del que a su parecer había recibido de los ministros franceses) entregara la plaza al Conde; pero Bouillon y Saint Pol, viéndose una vez señores del castillo, no le dejaron que pudiera hacer con ellos lo mismo que había hecho con los españoles. Y así, aunque por espacio de cuatro horas hubo muchas demandas y respuestas, no se litigaba ya por los de dentro sobre dar o dejar la plaza, sino por salvar la vida de los Gomero- nes. Si bien su madre hizo lo que pudo con monsieur de Saseval [Senseval], teniente ya de Pi- cardía, que se hallaba dentro, y él lo que era obligado como buen vasallo de su rey. Orvillé, falto de consejo, y porque no pudiese decirse que había dejado quitar la vida en su presencia a sus hermanos, no menos que por no ver las lágrimas de la madre, se salió por la puerta del socorro la vuelta de Chaoni [Chauny], y falto poco que no diese en las manos de don Alvaro Osorio y del capitán Pedro Gallego, que venían de La Fère al campo. De cuatro [caballos] corazas que llevaba consigo, tomaron a dos y a él le dieron la carga más de dos leguas. Hizo el postrer acto desta tragedia madama de Gomeron, saliendo ella y dos hijas suyas niñas en busca del Conde y pidiendo, arrojada a sus pies, la vida de sus hijos con las palabras y efectos que enseña el dolor, cuya elocuencia suele exceder a la más artificiosa, acompañada también de todas aquellas lágrimas que pudo sacar una pena tan justa en el tierno corazón de una madre, a quien no sólo lastimaba el efecto sino la causa de su infelicidad; mirada a todas luces cabalmen- te desconsolada y, aunque debió enternecerle al Conde harto esta lástima, atento al rigor de la justicia, o por ventura más al escarmiento (deseoso de desarraigar también con este ejemplo ta- les géneros de dobleces, que tanto cuestan) hubo de ensordecerse a tan piadosos ruegos, res- pondiéndole entonces pocas palabras, aunque graves y resueltas. Tal que volvió al parecer algo consolada con la que le dió de restituirle los demas hijos sanos, como lo hizo. El cadáver del se- ñor de Gomeron, que era el mayor, a quien cortó un verdugo alemán la cabeza, sirvió de espec- táculo a todo el campo, y a muchos de materia para alabar y vituperar el ánimo del Conde que, aunque parece imposible en una misma acción no lo es, sino tan usada cuanto las opiniones hu- manas son varias y llenas de ambigüedad. Lo cierto es que Gomeron no mereció la muerte por haberse perdido la plaza cuando no estaba a su cargo, la mereció por haberla vendido. Marchó el ejército aquel mismo dia 4 leguas, no acabado de resolver aun el Conde en lo que ha- bía de hacer, aunque determinado de hacer algo en lo que quedaba de julio. A la mañana sigui- ente se presentó delante del castillo de Cléry, situado sobre el rio Somme, una legua de Péronne, el cual, a persuasión de Monsieur de Rusio [sic], caballero francés, proveedor general del ejérci- to, se rindió sin aguardar batería. Metióse en él la compañía de corazas de Ambri [d'Ambres], ca- pitán francés, y 50 soldados valones. El apoderarse el conde de este castillo, y con él del paso del Somme, dió que sospechar al duque de Nevers de que trataba de sitiar alguna de las plazas situa- das sobre aquel rio. Hallábanse en St. Quentin, con cerca de 1.000 caballos, 4.000 infantes y or- den del príncipe de Bearne de encargarse de la defensa de Picardía durante su ausencia en Bor- goña, fiado de su larga experiencia y deseando quitar emulaciones entre los demas gobernadores de provincias, que todos se concordaban en obedecerle como príncipe de tanta calidad y el más viejo de Francia. Aquí, en este alojamiento, le sobrevino al duque de Pastrana un accidente tan recio que le tuvieron por muerto; mejoró un poco y desde Bray, donde estuvo el campo tres dias, le llevó don Carlos Coloma con escolta de 400 caballos a la ciudad de Arras, en el país de Artois. SITIO y TOMA DE DOULLENS Está Bray en la igual distancia de 3 leguas, entre Péronne y Corbie, plazas enemigas en la ribera del Somme; con que dando el Conde que sospechar a entrambas, hizo dividir las fuerzas enemi- gas y estar suspenso al de Nevers. Pero la verdad era que no deseaba otra cosa para coger a Dur- lens [Doullens] desapercibida, que era donde pensaba dar, por la mucha dificultad que ofrecía el emprender cualquiera de las plazas desta ribera, en razón de haber de ser fuerza pasar la mitad del campo de la otra parte con fuerzas incapaces de hacerlo sin peligro; y lo que era más de con- siderar, sin barcas para hacer puentes. Alcanzó esta treta el Duque de Nevers y medroso de per- der a Doullens, el mismo dia que desalojó el Conde a Bray, hizo que pasasen de Amiens 1.000 infantes y 500 caballos, casi todos gente noble, que llegaron con facilidad a Dourlens, alegrando al conde de Dinant, su gobernador, y asegurando a su parecer la plaza. Llegó el campo en dos alojamientos al riachuelo de Auti [Authie], y pasándose por justo a Pas, alojó la noche del 15 de julio en Tievre [Thièvres], a donde vuelta a cobrar la caballería que había acompañado al duque de Pastrana, salvo su compañía, que quedó alojada en los burgos de Arras, pasó toda a ocupar los puestos de Doullens, como es costumbre, mientras llegaba todo el ejército. Es Doullens villa de pocos más de 1.000 vecinos, la más empeñada y metida hacia el pais de Artois que tenga el francés en Picardía, y a esta causa está fortiticada de muy buenos revellines y baluartes; aunque las murallas en sí son flacas. Tiene un castillo en la parte superior, hacia Francia, de 4 caballeros a lo moderno, aunque no mayores que los de Châtelet. La villa está en una llano, y por beneficio del río Authie tiene todos los fosos con agua, salvo los del castillo, que por su eminencia no la consiente. Estaba en el castillo un hermano segundo del conde de Dinant, llamado señor de Ronsoy, ambos de poca edad e hijos de un padre muy valeroso, y ellos por sus personas no in- dignos de merecer el mismo nombre. Mostráronlo bien en la defensa desta plaza, como se verá. Habia dentro 600 caballos, y mas, con quienes, en llegando nuestra caballeria, se trabó una es- caramuza tan viva que hubo muchos heridos y muertos de ambas partes, aunque a la postre se hubieron de encerrar los enemigos dentro de sus murallas. Fueron llegando a cosa de mediodía los escuadrones; uno de los cuales, que llevaba de vanguardia monsieur de Rône para ocupar un puesto conveniente con que asegurar el alojamiento, fue recibido por otro de 1.000 franceses debajo de su artillería, y pelearon más de dos horas sin ventaja, aunque a la postre se ganó el puesto y se comenzó a fortificar y a levantar en él un fuerte capaz de poder asegurar la plaza de armas. Señaláronse mucho don Agustin [Mejía] y su tercio, y de él, los capitanes de arcabuceros, de los cuales don Gonzalo Mesía [Mejía] salió con una pierna rota de un mosquetazo. Ocupados los puestos y reconocida por todas partes la villa, se comenzó a echar de ver la dificul- tad que habia en cerrarla del todo con tan poca gente, que no pasaban de 6.000 infantes; y lla- mando el Conde al anochecer a los del consejo, después de largas disputas, se vino a resolver la altercación en dos votos encontrados; del primero eran autores casi todos, y del segundo solo monsieur de La Motte. Decian los primeros que, no teniendo gente bastante para arrimarse a la villa por dos partes, consistía la esperanza de buen suceso en la presteza; y que no habiéndose de hacer todo el esfuerzo por una parte, debia emprenderse el castillo por acabar con aquello de una vez. Confesaba todos estos motivos La Motte, y probaba que por ellos mismos era mas con- veniente acometer primero la villa, como la parte mas flaca; la cual ganada en cuatro dias, como lo aseguraba, y dejando en ella bastante defensa, hecho un cuerpo todo el ejército, podia acome- terse el castillo por la parte de Francia sin peligro de que le entrase socorro por la villa. Replica- ban los otros que no era plaza aquella que se podía ganar en cuatro dias, teniendo dentro mas de 2.500 infantes y tanta nobleza, y pudiendo defender la batería desde muchas partes, y aun desde el castillo como la más eminente, lo que no podian hacer en el castillo por la estrechura de la pla- za, cuya defensa, con cuanta más gente se intentase, tanto más facilitaba la entrada su propio embarazo y muchedumbre; y que cuanto al socorro que le podia entrar, habiendo de venir por lo menos de siete leguas (que tantas hay desde Doullens a Amiens, la ciudad más cercana), se po- dian buscar otros remedios sin tomar uno tan peligroso y largo como hacer aquella empresa de dos veces, pudiendo hacerla de una. Ponderó finalmente el Conde las razones de todos y al fin se resolvió en seguir el parecer de monsieur de La Motte, no menos por su larga experiencia que por haber de ser él mismo quien habia de ejecutarla con la prisa o espacio que quisiese poner a su artillería; que, como la pasión y deseo de acreditar con el suceso su parecer en todos tiene tan gran lugar que viene a ser negocio propio, y como tal se procura conseguir; y así, es prudencia encargar la ejecución a quien da el consejo cuando tienen partes para podérsele fiar. Atendiendo pues a esto La Motte con extraordinaria diligencia, yendo aquella misma noche a reconocer el puesto donde había de plantar la artillería, le alcanzó un mosquetazo por encima del ojo derecho que le salió al colodrillo, de que cayó luego muerto. Afirmase que en su vida, con haber hecho aquello infinitas veces, le habian visto pedir armas fuertes sino aquella noche, que en el reducto que se levantó aquella tarde para comenzar a abrir trincheras pidió sus armas al capitán don Je- rónimo de Silva, y con todo eso, le dieron por entre la falda del morrión y la rodela. OBITUARIO DEL SEÑOR DE LA MOTTE-AUX-BOIS Fué Valentin de Pardieu, señor de La Motte, de linaje modesto, nacido en el pais de Artois; pro- fesó la guerra desde su juventud y en la batalla de San Quintin era ya capitán de infantería valo- na. Siguió la artillería con monsieur de la Cresionera [Cressonière], general della en tiempo del duque de Alba, y gobernándola él, batió a Haarlem y Alquemar [Alkmaar] e hizo muchos servi- cios en Holonda. Hízole el duque coronel de valones, y en tiempo del Comendador Mayor alcan- zó el gobierno de Gravelinas. En las últimas revueltas de los Estados batió por ellos el castillo de Gante y, aunque no de los primeros, vino al fin a servir al señor don Juan, llevando consigo a la devoción del Rey la importante plaza de Gravelinas; en cuyo agradecimiento le confirmó todos sus cargos y tuvo siempre cerca de su persona. Perseveró después con mas fidelidad que fortu- na, hallándose en todas las cosas que se ofrecieron en su tiempo, y señalándose siempre en ellas. No fué dichoso en las que emprendió siendo cabeza, aunque es cierto que las encaminó con prudencia y las ejecutó con valor. Alcanzóle esta mala suerte hasta en salir herido de todas las facciones; en el asalto del fuerte de la Esclusa [Sluys] dejó el brazo derecho, en cuya recom- pensa le dió el Rey la encomienda de Estepa y el duque de Parma —de quien fué muy estimado— la superintendencia de todo el condado de Flandes. Adquirió en efecto toda la estimación que pudo desear y tales premios que se gratificaron con ellos a dos señores de gran calidad y a tres soldados de mucha cuenta. Desta manera, su regimiento se dió a Mr. de La Coquille, su teniente coronel; su companía de hombres de armas al conde de Solre; el gobierno de Gravelinas al señor de Garnoval, su sobrino, que había servido de teniente en aquella plaza muchos años; la super- intendencia de Flandes a Juan de Rivas, gobernador de la Esclusa, y la artillería al señor de Ba- lançon, conde de Varax, hermano del marqués de Varambon. Sintió mucho el Conde y todo el ejército la pérdida de monsieur de La Motte, pero faltando su apoyo a la opinión de acometer la villa, se resolvió con facilidad el acometer el castillo, y fue el remedio total de aquella empresa, que por el otro camino iba a muy gran peligro de no acertarse. Retiróse siendo de dia la gente de las praderas, donde estaban junto al rio, y acuartelose en un vallado distante tiro de esmeril del castillo, en parte harto acomodada por haber agua y algunas casas. Entre el vallado y el castillo, habia una eminencia o loma cubierta de la artillería, que se destinó para plaza de armas, en la cual se hizo un fuerte para asegurarla. Otros dos se hicieron a las espaldas de los cuarteles, por cubrirlos del enemigo, y otra más capaz que todos en la parte septentrional de la villa, para guardar el rio y el paso para el pais de Artois; en guardia de los cua- les se ocuparon 1.500 hombres, que casi eran la cuarta parte del ejército. La vanguardia de las trincheras tocó al tercio de don Alonso [de Mendoza] y así se encargó dellas Hernán Tello Porto- carrero, sargento mayor, por la poca salud del Maese de campo. Se comenzaron a abrir la misma noche, que fue la del 17, encaminadas al ángulo diestro del baluarte llamado Amiens. Iban de subsidio con los españoles de ambos tercios los borgoñones y valones, que lo hicieron maravillo- samente; tal, que con dos noches de trabajo se llego a la estrada cubierta, y la tercera se echo al enemigo della, ganándole un revellinejo que tenia para su defensa. Fue así: Resuelto Hernán Tello en hacerse señor del foso, le pareció, con consejo del conde Pachoto [Pa- ciotti], que servía de ingeniero mayor, del ayudante Diego de Durango y de los capitanes, que era fuerza ocupar el revellinejo, distante más de 50 pasos de la cabeza de las trincheras, y resolvióse que se hiciese al apuntar del dia. Y así, con este intento se trabajó toda la noche en arrimarse a él cuanto fué posible y en apercibir gran cantidad de palas, zapas, faginas y todo lo necesario para tomar pié y fortilicarle en ganándole. Reforzóse de gente las trincheras, y dado por señal de arre- meter un cañonazo, que se tiró media hora antes del dia, arremetieron de vanguardia los capita- nes Antonio Sarmiento de Losada, Francisco Vega de Mendoza, don Juan de Londoño, alférez del maestro de campo don Atonio, y parte de la compañía de Buitrago, que, dejando su bagaje en Châtelet, habia salido con orden del Conde para aquella ocasión. La mayor dilcultad estuvo en bajar al foso y subir al revellinejo, a causa de los lodos y deslizaderos causados por la continua lluvia; la cual, dañosa en esto, fue de provecho para imposibilitar las armas de fuego que de ordi- nario jugaban de la muralla. Resistieron valerosamente, con todo eso, 120 franceses que había en aquel puesto hasta que, viendo dentro a los nuestros, se retiraron algunos a su casnmata, de- jando muertos cosa de 60 y perdidas las armas de todos. Fortificáronse los españoles y naciones en el puesto —aunque no sin muerte y heridas de muchos; entre ellos, don Gabriel de Sotoma- yor, capitán de borgoñones—, lo que bastó para conservarlo y, con él, toda la estrada cubierta. Era ya el 23 y, aunque se habian hecho grandes diligencias para echar al enemigo del foso, no habia sido posible hasta entonces, haciéndose ellos fuertes en ciertas casamatas bajas en forma de galerías o —como desde entonces las comenzaron a llamar— caponeras, adonde no podian ser vistos de la artillería de nuestro campo dado que estaban ya plantadas tres piezas sobre el arcén del foso. La noche del 22 se supo por un prisionero que por la puerta de Lucheu [Lucheux] ha- bían entrado 800 hombres de socorro y que, hallándose ya los sitiados con 3.000 infantes y más de 500 caballos, había escrito el gobernador a Bouillon y Saint Pol, que estaban en Amiens, que le metiesen 1.000 infantes eseogidos más y que les ofrecía salir a dar la batalla al campo español. Había ya antes de esto enviado a pedir el Conde gente de socorro al condado de Flandes; sabido aquello y los grandes aparatos [aprestos] que se hacían en Amiens para socorrer la plaza, envió a dar prisa a esta leva, que no tardó en venir ni dejó de ser a su tiempo de servicio. En este estado estaba el sitio de Dourlens [Doullens] cuando, la noche del 23, se tuvo aviso por un espía que residía en Piquiñi [Pequigny] que monsieur de Villars, almirante de Francia, había entrado en Amiens con 400 caballos escogidos entre la nobleza de Normandía; que el conde de Saint Pol y el duque de Bouillon habian escrito al de Nevers —que todavía estaba en San Quintin preparándose de veras para socorrer la plaza— que la socorrerían o perderían las vidas. En prue- ba de todo esto, volvieron al amanecer los corredores del campo, afirmando que habian descu- bierto grandes tropas que venian marchando de la vuelta de Amiens. No tardó mucho en llegar otro aviso de que el enemigo llegaba al villaje de Horreville [Orville] y a las diez de la mañana co- menzaron a descubrirse distintamente once tropas de caballos que pasaban de 1.500 a juicio de los pláticos. Al principio se pensó que aquello no era más que una ostentación de fuerzas con el deseo de reconocer las del campo español y el creerlo así pudo crear una notable confusión, que al fin se sirvió Dios della misma para darnos la vitoria porque si los enemigos no la hubieran co- nocido en nosotros nunca hubieran pasado tan adelante, como ellos mismos dijeron después. BATALLA ANTE DOULLENS, LA VISPERA DE SANTIAGO. Estaba el enemigo a menos de una legua francesa y todavía discurríase en lo que se podia hacer en lugar de ponerse de manera que se pudiese acudir todo lo que él hiciese. Temióse que daría en los cuarteles, y estando ya cargado el bagaje, se mandó subir todo a la plaza de armas. Visto esto por los franceses, persuadidos ya de antes de nuestras pocas fuerzas —que siempre es im- prudencia creer que tiene pocas el enemigo—, pensó absolutamente que nos retirábamos y entre ellos se comenzó a discurrir si nos perseguirían o si les bastaba con socorrer la plaza, siendo cier- to que si ellos y nosotros creyéramos el medio destos extremos, ninguno quedara engañado.Con todo eso, viendo el Conde que el enemigo se encaminaba con resolución a nuestra plaza de ar- mas, ordenó que se doblase la guardia de las trincheras; que al calor del gran fuerte que asegura- ba dicha plaza de armas se formase un escuadrón de infantería, que a lo sumo podía ser de 2000 hombres, con 4 medios cañones, fuera de un escuadroncillo volante, todo de españoles, que se sacó con intento de emplealle en donde fuese necesario. Del gran escuadrón se encargó don Agustin Mexía; del volante, los capitanes Alonso de Rivera, Francisco Vega de Mendoza, Contre- ras, Rosado y don Pedro de Guevara. Al teniente de Maese de campo general Gaspar Zapena se le ordenó que asistiese en la plaza de armas con 1.000 alemanes para acudir con todos o parte a donde se le ordenase. Venía en esto machando el enemigo con esta ordenanza: —La vanguardia, con sus normandos y cien corazas de Picardía, al mando del almirante Vi- llars, repartida en dos tropas de a 200 caballos y una de 100. —La batalla, en que podía haber 300 caballos picardos, todos en una tropa, traía a su cargo monsieur de Saseval [Senseval]. —Lo restante, hasta el número de 600 corazas, repartidas en 5 tropas, traían el duque de Boui- llon y el conde Saint Pol. Aparte estos tres cuerpos, había algunas tropas de arcabuceros a caba- llo y dragones sobresalientes, que iban delante de cada trozo para trabar la escaramuza. Sobre su mano derecha marchaban 1.200 infantes escogidos de los regimientos de Champaña [Champag- ne] y Picardia, y veíanse venir marchando con ellos 20 carros cargados de municiones de guerra. Su intento era meter la infantería y municiones en la villa y retirarse dando una mano a nuestra caballería, en que se les ofrecía menos dificultad de la que hallaron. Viendo el Conde ya a los enemigos tan cerca que andaban escaramuzando sus corredores con la compañía de Francisco de Almansa —que les dió valerosamente algunas cargas— mandó salir a los hombres de armas sobre la mano derecha y a la caballería ligera por la izquierda, y comenzó a marchar él en medio, la vuelta del enemigo, acompañado del guión de la compañía de don San- cho de Luna y de toda la gente particular de su corte, algunos de los cuales eran el duque de Au- male, el señor de Rône, los príncipes de Chimay y Avellino, el marqués de Varambon, don Alon- so de Mendoza, Esteban de Ibarra, don Juan de Bracamonte, Juan de Guzmán, Bartolomé de Torralba —sargento mayor de don Antonio de Zúñiga—, y cosa de 25 a 30 capitanes reformados. Los hombres de armas, con el conde de Boussu, que los gobernaba, hicieron luego ala y se man- tuvieron firmes, conforme la orden que se les dio. No tuvo tanto tiempo la caballería ligera por- que, llegando al puesto las dos primeras tropas —que eran las compañías de Alonso de Mondra- gón y don Ambrosio Landriano en una y las del conde Alonso de Monteccucoli y conde Francis- co Beljoyoso [Belgioioso] en otra— fueron acometidos por la tropa grande del Almirante y, sin romper cuatro lanzas, les hicieron volver las espaldas. Entretanto, la tropa de Saseval [Senseval], apartándose sobre su mano derecha, parecía que daba muestra de querese dejar caer la vuelta de la villa. Llevaba la tercera tropa de lanzas don Carlos Coloma con su compañía y las de don Juan Gamarra y don Francisco de Padilla, que todos podian hacer 150 lanzas, y pareciendo que aque- lla tropa procuraba evitar el choque y embestirle después por el costado, sin darle lugar para ello ni aguardar orden, que en casos semejantes suele dar las más veces la necesidad, cerraron él y don Juan de Gamarra —que aunque muy jóven probó harto bien aquel día— con tanta resolu- ción, y sus soldados con tanto valor, que al punto se vieron por tierra más de 100 franceses muertos y apeados, volviendo los demás las espaldas a rienda suelta. De los nuestros murieron cinco de las pistolas enemigas. Al alférez Carlos Juan de Terraza, natural de Mallorca, después de haber atravesado con el estandarte el cuerpo de un enemigo y roto la lanza, le mataron el ca- ballo, que le cayó encima. El Conde entretanto, vista la ruin prueba de las primeras tropas de lanzas y el buen suceso de la de don Carlos, mandó cerrar a don Sancho de Luna y que embistiese por el costado a la tropa del Almirante, que se había metido en segumiento de nuestras tropas ligeras. Yéndolo a hacer don Sancho y rompiendo él y algunos de los primeros valerosamente sus lanzas, le acometió por el costado la última tropa de las 100 corazas del Almirante, en que venía su persona. Murieron al- gunos de ambas partes y don Sancho salió herido de un pistoletazo. Adelantábase con lo restan- te de la caballería ligera don Ambrosio Landriano cuando comenzó a ordenar el Almirante la retirada, medroso de nuestra infantería, que veía venirse acercando, sin que a todo esto Bouillon ni Saint Pol hiciesen más que dar color a su vanguardia y batalla. Esta fue la causa porque el Conde no dejó cerrar a los hombres de armas, que en número de más de 600 caballos aguarda- ban firmes. En comenzando el enemigo a retirarse, parece que brotaba caballos nuestros el cam- po; tal que, en tropas separadas comenzaban a apretar al Almirante y a la gente escapada —aun- que poca— de la tropa de Seseval [Senseval], que al momento hicieron un cuerpo. Como el Al- mirante era soldado, conoció su perdición si no hacía un esfuerzo extraordinario, y para poder hacerlo con más comodidad, envió a pedir 150 corazas mas a Bouillon y Saint Pol, que al punto se las enviaron con el conde de Belin. Con este socorro mandó el Almirante volver las caras, si bien se le habian disparado ya ocho ó diez cañonazos, aunque con poco efecto. Y de tal manera cerró contra nuestra caballería desmandada que, sin aguardar al choque, volvió las espaldas a más que al paso. Alonso de Ribera y los demás capitanes que llevaban el escuadroncillo volante se hallaban en una colina sobre nuestra mano izquierda, por debajo de la cual iban pasando las tropas francesas cargando a las nuestras, y haciendo disparar a la mosquetería hizo en ellas mu- cho daño. Esto, y el venir otra vez cargando el Conde con los hombres de armas por la mano de- recha y don Carlos con la caballería española por la izquierda, que habiendo cargado un poco a los que se escapaban de la tropa de Saseval [Senseval], volvió resueltamente a cerrar con la del Almirante, seguido de don Ambrosio Landriano, el comisario general Contreras y los demás ca- pitanes y tenientes españoles y las compañias de italianos y otras naciones, animados todos con haber visto a nuestra infanteria en tan buen puesto, cerraron de golpe y acabaron de romper al Almirante con que fue todo desórden, matar y prender enemigos. La detención que causó esto dio la vida a Bouillon y Saint Pol, que valiéndose de la segunda arremetida del Almirante para mejorar su retirada, tomaron la via de Amiens con el resto de su retaguardia y en breve, aunque cargados más de una legua, se perdieron de vista. Escaparonse con ellos cosa de 500 caballos; todos los demás quedaron muertos y presos. El Almirante, vistoso y galán en un gallardo caba- llo, cayó en manos de los tenientes Pedro de Sosa y Hernando Patiño, soldados de don Carlos Coloma. Llegaron luego el capitán Hernando de Salazar y el teniente del vizconde de Toja [D'Es- tauges], hijo del señor de Rône, y pretendiendo parte comenzaron a desavenirse sin querer es- cuchar al Almirante, que en fino español les decía que se sosegasen, que para todos habría, sin- tiendo gusto particular de haber caído en manos de españoles. Llegó a esto el comisario general Contreras y dicen algunos que, de envidia de tan buena presa en otras manos, mandó a un paje suyo que le matase y arreglase la diferencia; el mozo no fué perezoso y, poniéndole la escopeta por la sien, le atravesó la cabeza y cayó muerto. Dio por disculpa Contreras que no era justo en- tretenerse con prisioneros no estando aun el enemigo acabado de deshacer —como era verdad—, aunque fuese aquel de tanta calidad y nombre, habiendo tantos ejemplos de haberse trocado la suerte de las victorias por ponerse los soldados intempestivamente a gozarlas. El Almirante, así como fué el primero en dejar el bando español, y con él el apoyo de la religión en Francia, asi permitió Dios que fuese también el primero en recibir el castigo de mano de españoles, si bien su género de muerte la aprobaron los menos. La infantería enemiga entretanto iba procurando ganar la falda de un bosque cuando, acometida por nuestra caballeria, quedó degollada toda tras bien poca resistencia, durante la cual hirieron de un arcabuzazo a don Luis Portocarrero, del que curó después. Los carros de municiones se trajeron enteros al Conde y las recámaras de los príncipes fueron saqueadas en un momento. Murieron en esta batalla, fuera de toda la infantería —que no se tomaron 50 prisioneros—, más de 700 franceses de su caballería, la mayor parte gente noble, y quedaron presos 134. De gente particular, además del Almirante, murieron monsieur de Senseval, teniente general de Picardia, el que entregó las plazas de Amiens y Abeville al francés; el señor de Sisenay, mariscal de campo; los señores de Gamache, Perdrière y Crausie, los gobernadores de Roy, Troyes, Tours, Dieppe y Pontaudemer; los señores de Verli, Neuberg y Carionville, capitanes de caballos, y más de otros cien caballeros de nombre. Entre los prisioneros, el de más estima fué el conde de Belin —ya go- bernador de Paris, y en esta ocasion de Ham— que, malherido, se rindió a don Carlos Coloma; los señores de Lonchay, Bavais y d'Aubigny, el barón de la Treuse y hasta 50 gentileshombres de calidad, que todos pagaron gruesos rescates. Se alcanzó esta victoria el lunes 24 de julio, víspera de Santiago, gloriosísimo caudillo y patrón de las armas espoñolas. A la intercesión del y al valor dellas se debe el buen suceso deste dia y no, como dice Campana, a la nobleza italiana ni al príncipe d'Avellino, pues ni él ni ella se apearon, como refiere, ni tuvieron para qué; si bien es sin duda que, siguiendo y acompañando al conde de Fuentes como a su capitán general, que es todo lo que hicieron, cumplieron con lo que esta- ban obligados y aventuraron sus vidas con la prontitud que lo habian hecho otras muchas veces. Tentaron los sitiados mientras duraba la batalla —que fué más de 3 horas— el hacer salida y fue- ron rechazados con pérdida de los más atrevidos. Acertaron a llegar aquella misma tarde 800 in- fantes valones que venian del condado de Flandes a cargo de monsieur de Peransi (sic), que al ser vistos por los sitiados, pensando que era un socorro, salieron a recibirlos cosa de 500 por la puerta de Arras, y desengañados por el toque de las cajas, volvieron a Doullens, aunque no sin pérdida. Las compañias de Francisco Coradin [Corradino], Ruggero Gaytan [Caetani] y Carlos Visconti, con otras dos de arcabuceros de su nación, no se hallaron en la batalla por estar algu- nas dellas fuera en servicio del ejército, y otras ocupadas guardando algunos puestos que no pu- dieron dejar. De haberse hallado, es cierto que no mereciera silencio su valor, como tampoco lo merece lo que hizo el capitán Roberto Fantasini, teniente del conde Francisco Belgioioso, que gobernaba su compañía en ausencia de su capitán. Viendo la ruin prueba que había hecho su tropa y la que llevaba la vanguardia, tomando doce lanzas —y la suya, trece— cerró con un escua- droncillo de cosa de 30 franceses, todos gente principal, y abriéndolos, pasó por ellos dos o tres veces con muerte de los más; si bién, en la última arremetida quedó muy malherido debajo de su caballo y murió pocos dias después. Este fué el suceso de la batalla de Doullens, escrita por tantos y tan variamente, que apenas men- cionan los escritores franceses, conforme a su costumbre, como si no fueran las armas jornale- ras —como ellos dicen— y sujetas más que ninguna otra acción de los mortales a infinita canti- dad de accidentes; de ahí la infelicidad de los malos sucesos. Como cosa no del todo en nuestra mano, debe sufrirse constantemente puesto que el repartidor de todos los bienes, que es Dios, a ninguna nación en particular ha vinculado las victorias. Ésta por lo menos fue de las más señala- das de nuestros tiempos y principio de otras que siguieron lo restante del año y el siguiente. Entre los muertos fueron conocidos el Almirante y Senseval. Mandados poner decentemente por el Conde, los envió al duque de Nevers, que se supo haber llegado a Amiens aquel mismo dia, para que los hiciese enterrar con las honras debidas a su calidad. Agradeciólo mucho el Du- que y, deseando mostrar que le quedaba ánimo para tentar otra vez el socorro, salió en persona con las reliquias de su caballería y cerca de 2.000 infantes, la mayor parte sacados de los presi- dios de Picardia, presentándose a dos leguas de nuestro campo. Hubo quien aconsejaba que se fuese a buscarles, aunque al fin pareció más prudente consejo obligarle a acercarse más si queria socorrer la plaza, aparte la mayor reputación el ganarsela ante sus ojos. Esta asonada fue el 28 y sin hacer otra diligencia, ni estar noche en campaña, medroso de alguna encamisada, se retiró el de Nevers a sus cuarteles, que los tenía arrimados a las murallas de Amiens. No desmayaron por esto los sitiados, antes parece que se animaron más a defenderse valerosa- mente, como desesperados de socorro. El conde de Fuentes, despues de haber hecho dar las debidas gracias a Dios y avisado desta victoria al Duque de Feria, don Diego de Ibarra, y final- mente a todo el consejo de Estado, que residía en Bruselas, deseoso de acabar con aquella em- presa y quedar desembarazado para la de Cambray —adonde le llamaban los paises de Henao y Artois, y sobre todo su buena fortuna—, determinó hacer una gallarda batería de 24 cañones. Como no se hallaba con más que 16, envió a don Carlos Coloma con 1.000 infantes y 400 caba- llos a Arras por otros 6 cañones y 2 culebrinas que llegaron al campo el 28 con el capitán Lam- bert, uno de los tenientes de la artilleria. Se encargó batir el castillo a los capitanes Cristóbal Le- chuga y Mateo Serrano, como lo comenzaron al alba del lunes 31 de julio sin que en todo este tiempo se hubiese podido acabar de echar del todo al enemigo del foso, aunque se procuró con grande daño suyo, que perdió en defensa de aquello mucha gente. También faltó alguna de la española y hubo muchos heridos, en particular, el capitán Alonso de Rivera, don Fernando De- za, don Diego de Villalobos y otros. Sin embargo, pareció pequeño inconveniente dejar de lim- piar del todo el foso, pues era cierto que no pudiendo estorbar el asalto desde ciertos traveses, a los que llamaban, como dicho es, caponeras, hechas a prueba de mosquete, con sus troneras y capaces de 25 a 30 hombres, habian de acudir a defender la bateria o quedar cortados siempre que se tomase puesto en ella. En la principal jugaban 16 cañones, 4 en la que procuraba quitar el través de la casamata y, en una eminencia natural —que parece la puso Dios alli para aquello— 2 cañones y dos culebrinas. Todas, y en particular una alojada alli con un medio cañón desde el principio del sitio —a la cual los enemigos llamaban la Rabiosa por no haber disparado un tiro sin daño notable suyo— descortinaban la bateria por costado y no dejaban parar cestón ni perso- nas a la defensa por aquella parte. Comenzóse a batir con una niebla tan espesa que, ayudada por más de dos horas del humo de la pólvora, fue de mucho provecho porque, sin poder ser vistos los que manejaban las piezas —pe- se a estar solo a la distancia del foso en medio— veian ellos muy bien el pie de la muralla. Y fue tal la prisa del batir, ayudando también a ello el tiempo fresco y el rocio de la niebla, que cuando el sol acabó de deshacerla estaba ya sentida casi toda la muralla y amenazando ruina. Continuó- se el batir hasta las tres, después de mediodia, con tan gran efecto que casi a un mismo tiempo cayeron más de veinte brazas de muralla con su terraplén y la mayor parte del través de la casa- mata colateral. Los enemigos, que en todo aquel sitio habían mostrado mucho valor, cuidado y diligencia, y en particular monsieur d'Harcourt, soldado de larga experiencia, cuyo parecer seguian en todo el conde de Dinant, gobernador, y monsieur de Ronsoy, su hermano, alcaide del castillo, no habian estado entre tanto ociosos. Antes, haciendo cortar y dejar fuera todo lo batido, se atrincheraron por dentro y se fortificaron cuanto se lo permitió la cortedad del tiempo y la estrechura de la pla- za, aparejándose todos al asalto y, en particular, más de 400 caballeros que, blandiendo las picas y hechos un monte de hierro, lo esperaban con gran resolución. No tuvieron menos cuidado de sus almas, pues se afirma que pasaron de 2.000 los que comulgaron aquella mañana. Avisado el Conde del buen efecto que había hecho la artillería, vino a las trincheras acompañado de todas las personas particulares que le seguian y, para evitar el desórden de La Capelle mandó a todos que no se moviesen de junto a su persona ni pensasen quitar las primeras hileras a sus soldados, que aquel era su dia, en esperanza del cual trabajaban todo el año y sufrían con gusto tantos trabajos corporales. La resolución con que mandaba el Conde y el ejemplo reciente de Châtelet, adonde tuvo para cortar la cabeza a don Alonso de Lerma porque arremetió contra su orden a la batería, detuvo y refrenó la voluntad con que todos se ofrecian al peligro, y en particu- lar el príncipe d' Avellino, que como mozo y deseoso de honra, cuando llegó el Conde estaba ya en las trincheras armado él y doce gentileshombres de su nación que le segían, y puestos a pun- to de pelear. Discurrió el Conde con los del consejo si se daría asalto general y con banderas, y resolvióse que no, sino que los capitanes a quienes tocaba la vanguardia tomasen puesto en la muralla y la for- tificasen, desde donde, o se obligaría al enemigo a que se rindiese o se tomaria la ocasión de más cerca o cuando el enemigo estuviese más descuidado. Mientras se trataba desto, amontonada la gente en las trincheras aguardando la orden, llegó un cañonazo de la villa y mató 9 ó 10 solda- dos, entre ellos al capitán Vasco de Carvajal, que tenía la vanguardia y al capitán Francisco de Salcedo, ambos del tercio de don Agustin; quedaron heridos los capitanes Saavedra y Buitrago, del de don Alonso, y otras doce personas. Arremetieron de vanguardia 300 españoles de los dos tercios y 200 entre valones y borgoñones con los capitanes Isidro Pardo y Antonio Sarmiento de Losada, que lo eran de arcabuceros, y don Juan de Londoño, alférez de don Alonso de Mendoza, y con ellos el capitán Alonso de Soria, en- tretenido, que asistía por orden del Conde en las trincheras y se mezcló en ella. Seguíanles de so- corro don Juan y don Jerónimo de Silva, Jerónimo Cimbrón y la compañía de Alonso de Rivera — gobernada por su alférez Juan de Rivera, por estar herido en un brazo— con 400 españoles y 300 entre valones y borgoñones y órdenes de no salir a la bateria hasta que los primeros hubie- sen tomado pie. Los primeros, hecha la oración, arremetieron con tanto valor que al momento se les vió pelear pica a pica con los franceses, en quienes hicieron mucho daño las bombas y pi- cas de fuego que llevaban algunos de la vanuardia y las cuatro piezas de la montañuela. A cosa de un cuarto de hora de resistencia cayeron muertos de mosquetazos don Juan de Londoño e Isidro Pardo y tras ellos, cayó atravesado por otro mosquetazo de un ojo al colodrillo Antonio Sarmiento, aunque vivió después. Alonso de Soria, herido en un brazo, procuraba conservar lo ganado en la bateria cuando arremetió la segunda tropa, peléandose por más de una hora con singular valor de ambas partes. Habia hecho aparejar el Conde otra tercera tropa con lo último de las fuerzas y viendo que el tomar puesto se habia convetido en asalto y animado del gran efecto que hacía la artillería de la montañuela, que cada balazo se llevaba tres y cuatro franceses, dió la señal de arremeter de veras. Peleaban los enemigos en lugar estrecho y sin través que de- fendiese a los nuestros por costado y asi, aunque hicieron lo último de valor, hubieron final- mente de ceder al de los españoles y demás gente de naciones, que se señaló mucho este dia. Murió peleando valerosamente el conde de Dinant, por cuya falta, herido de muerte su hermano el señor de Ronsoy y viéndose cogidas las espaldas al ganar los nuestros una cestonada por la que comenzaron a correr la muralla gritando «¡victoria y Santiago!», cesó del todo la resistencia y se comenzó a matar con la crueldad acostumbrada en semejantes casos, aunque no con el exceso que los franceses pintan pues no se pasó a matar mujeres ni niños, ni tal consintieron los capitanes ni la nobleza española, de quien es cierto que no reina menos modestia que valor. Pero habiendo muchos no podían morir pocos, y más haciéndose el saco general y abriéndose las puertas a la caballería y a las naciones. Nadie niega que hubo desórdenes, ni que en tales accidentes no es posible que falten. De los mayores que sucedieron hubo un incendio, sin que se pudiese averiguar al autor, que abrasó en un momento lo más y mejor de la villa, y la hubiera abrasado toda si el Conde no acudiera en persona a remediarlo, como se hizo con el último re- medio de derribar las casas cercanas al fuego, quitándole la materia. El saco fue de poca consideración por ser aquella tierra fronteriza y más presidio de soldados que habitación de gente rica: tomáronse hasta 24 piezas de artilleria entre grandes y pequeñas y po- cas municiones, por estar ya consumidas. Murieron cerca de 2.500 franceses sin contar los bur- geses de la villa, que pasaron de 600. Los muertos de consideración fueron el conde de Dinant y su hermano, el señor de Ronsoy, los señores d'Angerville, Fescans y Povilli, 5 capitanes de caba- llos y 32 de infanteria con sus oficiales. Quedaron en prisión monsieur d'Harcourt y un hermano suyo, el señor de Gribeauval, gobernador de Pondermi [Pontaudemer]; el de Villeroy, maestro de campo; los señores de Sansouin, de Conroy, de Trefart y de Bracamont; los de Ambreval, Tanquer, Frémoger y Saint Marco; los de Renseval, Simoneur, Granvelle, Belaval, Quelis, Vale- court y otros muchos de menos nombre. Vése en esto la honrada resistencia que hicieron en aquella plaza y el valor de quien la ganó tan bien defendida. A los señores d'Harcourt, Gribeau- val y Renseval envió el conde de Fuentes al castillo de Amberes por su cuenta y pagaron entre los tres 40.000 ducados por su libertad; los demás fueron de quien los tomó, estimándose que los dias 24 y 31 de julio se tomaron prisioneros de más de 200.000 ducados de rescate, y si el Almirante viviera pudiera darlos él solo. Proveyó el Conde el gobierno de aquella plaza en el sargento mayor Hernan Tello Portorcarrero, a cuyo cargo habían estado las trincheras de aquel sitio. Dejóle 800 hombres de todas naciones de guarnición y 12.000 ducados para levantar las baterias 4 para allanar aquella eminencia desde donde habia recibido el enemigo tanto daño. Se hizo no sin trabajo, causándole mucho mayor la mortandad de tantos cuerpos porque, si bien por 4 dias continuos no hicieron más de 100 carros otra cosa que llevarlos a una sima muy honda que habia algo separada del castillo, adonde se cu- brieron con dos picas de alto de tierra, fue tal la putrefacción y corrupción del aire que causó una peste de la que acabaron de morir los pocos burgeses que quedaban, siendo cosa digna de admi- ración que no dañaba a los soldados. Dióse Hernan Tello no solo a reparar las murallas, sino tambien a reedificar las casas consumidas del fuego, que sin este remedio no se pudiera alojar el presidio, y en particular la caballeria, que en número de 7 compañias se le metió de guarnición pocos meses dcspués. Quince dias se detuvo el Conde en Lucheux, burgaje una legua de Doullens, que fue lo que tardó en ponerse en defensa la batería y repararse algun tanto la gente, que lo habian bien menester. En ese tiempo no cesaron de venir al Conde embajadas de las provincias de Artois, Henao, Lille y Turnesado [Tournaisois], que con gran insistencia le pedían que hiciese la empresa de Cam- brai, tan deseada por ellos cuanto conveniente al servicio del rey, para lo cual ofrecían grandes ayudas. Henao [Hainaut] ofreció 200.000 florines, que son 80.000 escudos de a diez reales, 5.000 infantes y gran cantidad de municiones; Artois ofreció 100.000 florines y 2.000 infantes; Lila [Lille], con su castellanía, 150.000 florines; Luis de Berlaymont, obispo de Tournai y arzo- bispo de Cambrai, 40.000 florines y el cuidado de solicilar todo lo demás; y entre todos se com- pusieron en levantar y pagar 4.000 gastadores. Deseó el Conde poder traer del Brabante un ter- cio de los dos de españoles y el regimiento de Stanley, pero avisado de que el enemigo hacia punta a Frisia y que se encaminaba la vuelta de Grol, hubo de enviar a mandar a Mondragón que fuese en su seguimiento con todo el ejército que tenia a su cargo, cuyo suceso contaremos des- pues. Tentóse tambien el ánimo de los amotinados de Tirlemont y La Capelle, que deseosos de lavar la mancha de los desórdenes pasados con algun servicio, ofrecieron los primeros 600 caba- llos, aunque tardaron en llegar, y los segundos 250, estos gobernados por tres de los de su con- sejo. Trajo los de Tirlemont el conde Juan Jacobo Beljoyoso [Belgioioso], uno de los rehenes, quedando todavia en su guarnición don Francisco de Padilla. Trabajó mucho en solicitar esta re- solución de los amotinados Carlos Felipe de Croy, marqués d' Havré, que residia ya en Bruselas con los demás del consejo de Estado. El Conde, con la esperanza del socorro de las provincias y la nueva que tuvo de que se ponian en orden los amotinados para venirle a socorrer, animado tambien con un regimienlo de valones nuevo que levantó el conde de Bucquoy, recién venido de España, en el que habia más de mil quinientos; con el regimiento de alemanes que tenía el conde Via [Biglia] y valones de La Bourlotte, que acabado del todo lo de Luxemburgo y rehechos ellos, venían marchando y se sabía que habian entrado en el pais de Namur, levantó el campo de Lucheux y en cuatro alojamientos se puso a vista de Cambrai con menos de 7.000 infantes y 1.500 caballos. Baligny, sabido la poca gente con que el Conde se acercaba, dicen que lo escribió a su rey mostrando tanta confianza en sus fuerzas que le suplicó, según afirman los franceses, que no volviese las espaldas a las cosas de Borgoña y le dejase a él la honra de defenderle aquella ciudad. Por ventura se lo levantaron para disculpar lo que tardó el rey en venir y la reputación que perdió dejando perder una ciudad tan importante sin atreverse a socorrerla, habiendo llega- do con grandes fuerzas tan cerca, como lo tocaremos a su tiempo. © JUAN L. SÁNCHEZ |
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| Jacques de la Cressonière no fue capitán general de la artillería sino lugarteniente de Gabriel Cervellon, que lo fue desde el año 1569 hasta 1578. |
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| El capitán Alonso de Ri- bera Zambrana, que 4 años después sería desig- nado Capiitán general de Chile. |
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| François de Faudoas d'Aver- ton (†1609), conde de Belin, señor de Serillac. Después de gobernar Paris por la Liga católica, de la que fue uno de sus jefes, fue de los pri- meros ligueros en pasarse al partido de Enrique IV, facilitándole su entrada en Paris en marzo de 1594. El rey le honró con el collar de St. Michel y le nombró preceptor de Henri de Bor- bon, príncipe de Condé, que tuvo educación católica. |
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| André-Jean Baptiste de Brancas, señor de Villars, Almirante de Francia. |
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| Pedro Enríquez de Acevedo, conde de Fuentes |
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