HERNANDO DE ACOSTA Y PORRES (1542 - 1595), SOL. INFª EN ITA-
LIA (ca. 1555), CAP. INFª TERCIO DE SICILIA (1577-80), CAPITAN EN-
TRETENIDO (1582-84), TENIENTE GRAL ARTª DE FLANDES (1584),
IDEM DE ESPAÑA (1586-90), CAP.GRAL ARTª DE ARAGÓN (1590-94)

FAMILIA Y FORMACIÓN: 1542 - 1561.
Fue el penúltimo de los 9 hijos habidos del matrimonio entre Antonio de Acosta,
«
mercader principal de Medina del Campo» —en palabras de el P. Juan de Polanco,
secretario de San Ignacio de Loyola— y su legítima esposa, la vallisoletana doña Ana
de Porres. De tan numerosa prole —procreada entre 1531,fecha en que nació Jeróni-
mo, y 1546, en que lo hizo Juana— seis hijos fueron varones y tres hembras. Curio-
samente, los 7 primeros,tanto varones como hembras, profesaron las órdenes sagra-
das y los cinco varones, concretamente en la Compañía de Jesús, fundada en 1540.
Al menos tres de ellos y notablemente el P.José de Acosta (1540-1600), desempeña-
ron cargos relevantes en la compañía, descollando también en los planos científicos,
pastorales o misioneros los tres siguientes:
—Diego (1534-1585), que enseño filosofía en Roma y Salamanca, luego fue rector
del colegio de Sevilla y murió siendo provincial de la Orden en Andalucía.
—Jerónimo, el mayor y último de los hermanos en ingresar (1555).Fue rector del co-
legio de León y sucedió en sus responsabilidades a su hermano José, notable antro-
pólogo que publicó en 1590 (Sevilla, Juan de León), la
Historia natural y moral de
las Indias
, donde residió desde 1572 hasta 1586, en que fue llamado a suceder en los
cargos de su fallecido hermano Diego. Gozó de la confianza de Felipe II y para frenar
su ascendiente sobre el rey se destapó, en 1592, que existían antecedentes judios en
su familia, que él mismo reconoció.
—Bernardino, el más longevo de todos, murió en las Indias en 1615, donde residía
desde 1579. De las hermanas, María, fue abadesa del convento de Jesús y María de
Valladolid.

Es más que probable que el destino de Hernando fuera también el de ingresar en la
Orden, en cuyo colegio de Medina recibió una sólida formación que se revelaría fun-
damental en su carrera posterior. Pero la fortuna de su padre comenzaba a torcerse
por entonces, no pudiendo en 1555 hacer frente a una donación de 3.000 ducados
comprometidos con la Compañía, a la que había hecho otras importantes con ante-
rioridad, tanto en dinero como en tierras. Hubo de retirarse a vivir a Valladolid, con
su mujer y su hija pequeña, y una vez viudo, ingresó también en la Orden.Él y su es-
posa fallecieron antes de 1592,cuando sus restos mortales fueron solemnemente in-
humados en el altar mayor de la nueva iglesia de la Compañía en Valladolid. La de
Medina del Campo —actual parroquia de Santiago— había sido parcialmente cons-
truída sobre el que fuera solar de su propia casa, como igualmente el primitivo cole-
gio se erigió sobre una huerta aneja a ella, fruto de uno de sus primeros donativos.
La única herencia que recibieron los hijos provino de parte materna, pero todos re-
nunciaron a sus legítimas en favor de su hermana pequeña.

La vida y obra del P. José de Acosta ha sido profusamente investigada desde 1889, y
gracias a muchos documentos exhumados por quienes a ella dedicaron sus desvelos
(Carracido, Lopetegui, Pinta Llorente, etc), podemos reconstruir la trayectoria mili-
tar de nuestro biografiado, que ya era lo era en 1561, cuando su hermano José escri-
bía, respondiendo a un cuestionario en el colegio jesuíta de Alcalá de Henares:
«Tengo cinco hermanos, de los cuales los cuatro están en la Compañía, y el menor
anda en la guerra, y tres hermanas, de las cuales las dos son monjas, y la otra tiene
medianamente para casarse y al presente es doncella»
(Lopetegui, 1942: 12).

CARRERA MILITAR HASTA 1579: ITALIA? - LA ALPUJARRA - ITALIA.
También sabemos por Carracido (1899: 28), que en el manuscrito que conserva la
biblioteca de la Real Academia de la Historia, compuesto por Juan López Osorio  
(Principio, …, 268) se cita a Hernando, como «
hermano de los jesuítas, capitán que
se distinguió, sobre todo por sus artes y su cordura, en la campaña para sofocar el
alzamiento de los moros de Granada»
. Pero no solo era capitán, sino sargento ma -
yor, que fungió en Guadix. Así lo lo refiere un documento notarial de 1570 (Asenjo,
1997: 37), donde leemos:
«Hernando de Acosta, de Medina del Campo, sargento
mayor de la gente de guerra de esta ciudad, vende a Rodrigo Rodríguez, de Guadix,
dos esclavos de 15 y 16 años, por 90 ducados»
. Por otros documentos de parecida
naturaleza y de la misma extracción, sabemos que Rodrigo de Benavides era a la sa-
zon «
maestre de campo en la ciudad de Guadix y sus presidios». Mármol no cita a
Hernando en su libro sobre la rebelión de los moriscos, aunque sí a su jefe inmedia-
to, hijo del Marqués de Santistéban del Puerto, al que no involucra en ningún hecho
de guerra y solamente menciona en relación el aprovisionamiento de la forteleza de
la Calahorra. Sin embargo, la procedencia común de los esclavos que aparecen ven-
didos por militares en Guadix, justificada siempre, tenía su orígen en  apresamien -
tos efectuados
«en cabalgadas» o incursiones sobre territorio rebelado, por lo que
es obvio que hubo de participar en alguna de ellas.

Rodrigo había sido maestre de campo de Italia hasta 1559, y en no es descabellado
suponer que Hernando comenzara a servir bajo su órdenes. En 1570 era muy jóven
(27 -28 años), para desempeñar un oficio, el de sargento mayor, que por ser el más
especializado entre la oficiliadad del ejército generalmente se reservaba a soldados
muy curtidos y cargados años y experiencias; pero es obvio que debió impresionar
pronto a sus jefes por su capacitación técnica, esas “
artes y cordura (buena cabeza)”
a la que alude López Osorio.Este Rodrigo de Benavides se halló después en Lepanto,
donde no es improbable que estuviera también Hernando, aunque su nombre no se
halla entre los capitanes que mandaron compañías en la jornada. Tiene sentido, tan-
to si había sido reformado de su puesto una vez sofocada la sublevación morisca, co-
mo si lo hubiera hecho acompañando a su antiguo superior en calidad de aventure -
ro. En todo caso, lo cierto es que se quedó en Italia y antes de 1577 era capitán del
Tercio de Sicilia, todavía en vida de Julián Romero.  

FLANDES: 1577-1580.
Lo anteriomente apuntado lo conocemos por un manuscrito de Simancas, que des-
glosa las diferentes compañías de los tercios en febrero de 1580, poco antes de em -
prender el regreso a Italia tras la segunda evacuación militar de aquellos estados
desde que comenzara la rebelión. En el de Pedro de Paz, que mandaba por entonces
al mencionado Tercio de Sicilia (
TIE no.1), hallamos su nombre en el octavo lugar
entre los 17 capitanes reseñados. Le sigue Vasco de Peralta, tras el cual hay una no-
ta que dice:
«Hasta aquí, los capitanes que vinieron de Italia con el Tercio». Luego
se relacionan otros 5 capitanes (del 10º al 14º, entre los que descuellan Luis de So-
tomayor, futuro capitán general de Chile, y Juan de Rivas, que lo sería también del
Cambresado), que terminan con Carlos de Meneses, bajo el cual leemos:
«Estos los
proveyó el Príncipe de Parma sobre Maastricht»
.Concluye la relación con los capita-
nes Gaspar Domblasco, Pedro de Bracamonte y Gaspar de Herrera, provedídos res-
pectivamente
«en el fuerte de Busa, sobre Maastricht y en Bujen», como se lee tras
sus nombres.Tanto Busa como Bujen se refieren al mismo lugar: el fuerte de Bouge,
donde don Juan estuvo sitiado algún tiempo por el ejército rebelde (15.IX al 15.XII.
1577), cuyas patentes precedieron a los designados sobre Maastricht, que obviamen-
te lo fueron para cubrir las bajas producidas durante aquel duro asedio de la plaza
(8.III.1579 -29.VI.1579), que segaría la vida de 41 capitanes de infantería.

Un año antes de aquel asedio, Juan de Austria, que había debido replegarse sobre
los recios muros de Namur, decidió enfrentarse en camo abierto a los rebeldes que
le habían acosado desde que, tras la firma del “Edicto perpetuo” (7.I.1577) se viera
obligado a devolver a Italia a la infantería española, decisión que pronto hubo de co-
rregir.
Alonso Vázquez (1879: 84-87), el gran cronista militar de aquellos tiempos,
refiere al pormenor el importante papel que Hernando de Acosta jugó en la decisión
final de atacar el campo enemigo, lo que se llevaría a efectos el último dia de enero
de 1578. Dejemos a su pluma la exyensa naracción de aquel hecho:




























El relato de
Vázquez inspiró a Lope una escena de Los españoles en Flandes, si bien
el Fenix sugiere que la idea de que «
a la flamenca tocase / porque se acercase más»,
partió de Alejandro.  (J. Gómez y P. Cuenca, 1997: 563). También L. Van der Essen
(1933-37:I,212) refirió la brillante acción de Hernando,subrayando su decisivo papel
en la determinación de atacar al enemigo antes de que abandonase sus posiciones
en Saint-Martin,que fue donde se dio la batalla de Gembloux (31.I.1578),aunque pa-
sase a la Historia, como en tantas otras ocasiones ha sucedido, por un nombre dife-
rente al del lugar en que se disputó.

Con todo, el texto de Vázquez contiene dos errores. Uno aparece entre paréntesis en
la transcripción y el otro algo mas adelante (pág. 87), al hacerle
capitán entretenido
por Farnesio cuando era —como hemos visto—
capitán vivo del tercio de Sicilia.Am-
bos pueden y deben matirzarse. Así, le cita como entretenido de Farnesio —que no
era todavía capitán general del ejército de Flandes y carecía de capacidad para entre-
tener a nadie a sueldo real— porque le cuadra con la digresión que emprende sobre
el importante papel que los entretenidos cumplían tanto en tiempo de paz como en
guerra.Sin entrar en sus tan juiciosas como jugosas disquisiciones,apuntaré en cam-
bio que el autor, como entretenido que fue antes de alcanzar la sargentía mayor del
Reino de Jaén, era parte interesada en enfatizar su propio papel. Como veremos en-
seguida, también Hernando de Acosta fue capitán entrenido por Farnesio, pero a su
regreso de Saboya (1582-84) y antes de su promoción a teniente general de la arti -
llería del ejército de Flandes (1584). Por lo tanto, puede en este caso concluírse que
al cronista le cuadró mejor en su relato anticipar una situación más que incurrir en
un error. El segundo, en esa afirmación entre paréntesis «
que murió siendo maestro
de campo en el reino de Aragón y castellano de Jaca
», aunque también matizable, es
menos disculpable porque Hernando ni murió en Jaca, ni como maestre de campo,
sino con el empleo de teniente general de la Artillería de España, que le situaba por
encima de todos los tenientes generales del Arma en los disitntos repartimientos mi-
litares de la monarquía y, aunque responsable directo de la construcción del castillo
o ciudadela de Jaca, no lo fue en calidad de castellano sino en su doble condición de
general de la artillería del Reino de Aragón y la expresada de teniente general de la
Artilleria de España, como veremos en su momento.

La digresión ha deshilvanado nuestro relato. Tras aquella brillante acción, tomó par-
te en la batalla de Gembloux y en el largo asedio de Maastricht (8.III – 20.VI.1579).
Luego, tras los acuerdos entre Farnesio y los llamados malcontentos, liderados por
el duque de Arschot y Valentin de Pardieu, que dieron lugar a la reconcialiación con
el rey de las provincias católicas del Sur por la llamada «Unión de Arrás» (5.I.1579),
las tropas españolas hubieron de emprender una nueva marcha a Italia, porque los
valones, celosos siempre de su independencia militar, entendían que podían enfren-
tarse al Taciturno con sus propias fuerzas.Volvemos pues al punto de partida de este
parágrafo, cuando aludíamos al manuscrito de Simancas que nos le presenta como
uno de los capitanes del Tercio de Sicilia dispuesto a abandonar los paises Bajos.

1580-1585: SABOYA Y REGRESO A FLANDES. DE CAPITÁN A TENIEN-
TE GENERAL DE LA ARTILLERÍA DEL EJÉRCITO DE FLANDES.
En la siguiente muestra que conocemos del tercio de Sicilia, por entonces de regreso
en la isla y datada en 1581 (que reproduje
en la biografía de Juan del Aguila), ya no
le hallamos entre sus capitanes, aunque permanecían todos sus camaradas arriba ci-
tados (Rivas, Sotomayor, Meneses, Domblasco, Bracamonte y Herrera), incluyendo
al propio maestre de campo (
Valdés), que no acompañó al tercio desde su partida de
Flandes y había muerto a finales de 1580 siendo gobernador de Piombino. Entre los
documentos de la sección de Estado del Archivo de Simancas (Cat.XIX,p.159), halla-
mos uno que reza:«
Ayuda española a Saboya en la empresa de Ginebra;instrucción
al capitán Hernando de Acosta
». Su contenido fue conocido por Stadler (1952: 213),
que refiere dos instrucciones, una fechada el 12 y otra el 24 de junio de 1582, pero
ambas guardan relación con el final de su misión cerca del duque Carlo Emmanuele
I de Saboya (1562-1630), que había sucedido en sus estados a su padre, el vencedor
de San Quintín, fallecido el 30 de junio de 1580.

Desde su toma de poder, con sólo 18 años, el impetuoso Carlo Emmanuele mostró
sumo interés por incoporar a sus estados el territorio de la república calvinista de Gi-
nebra, lugar estratégico entre los cantones helvéticos y Francia. El Papa Gregorio
XIII, obviamente interesado en la desaparición de aquel
herético enclave, le prestó
rápido apoyo, pero Felipe II, empeñado a la sazón en su entronización como rey de
Portugal, actuó con mayor cautela sabiendo que ni franceses ni los protestantes sui-
helvéticos se cruzarían de brazos ante una agresión directa.Francia,en efecto, acaba-
ba de comprometerse en garantizar, por el tratado de Soleure (1579), la independen-
cia de la república con el auxilio de los cantones protestantes, si bien los católicos e-
ran menos reluctantes y también mas receptivos a los bien pagados requiebros del
Duque. Felipe II no podía comprometer ni política ni militarmente su inminente ex-
pedición a Portugal por lo que envió al duque, como consejero, al capitán Hernando
de Acosta, confiando en que tanto su acreditado temple como juiciosa cabeza darían
con la clave para resolver el problema.  Aunque no resultara, no puede negarse que
de aquella mente saliera la idea que, congujando todos los elementos del problema,
aportó la solución menos comprometida y quizá la única viable para resolverlo.




















El duque había apostado por la sopresa, una táctica que repetiría años más tarde con
la frustrada “escalada” que aun se rememora, pero a juicio de Acosta sus tropas eran
«irrisorias» para salir con el empeño a la vista de las defensas ginebrinas («
der spa -
nische Hauptmann Hernando de Acosta nannte sie in Anbetracht der Stärke Genfs
geradezu lächerlich
», Stadler, 1952: 221). Además, la sopresa era inviable porque la
república había sido prevenida sobre las intenciones del duque. También el cerco lo
era, aunque triplicase sus fuerzas, porque enseguida los franceses y berneses acudi-
rían en socorro de los sitiados. Acosta persuadió al duque de que debía contar con a-
poyo interior,una quinta columna que no sería difícil reclutar entre los católicos per-
seguidos y que debería encargarse de abrir alguna puerta de la villa por la que entra-
ría un grupo de asalto. Llevó casi dos años organizar la conjura, que pasó a la histo -
ria como la
guerra de Raconis, título condal del hermanastro natural del duque que  
debía de mandar la fuerza asaltante desde la ribera saboyana del lago Lehman. Des-
cubierta la conspiración y ajusticiados los implicados en la primavera de 1582, al Du-
que no le cupo más remedio que renunciar momentáneamente a sus pretensiones y
Acosta regresó a Flandes con las tropas españolas que, en julio de aquel mismo año
atravesaban Saboya de regreso a Flandes. Durante su ausencia, su compañía había
sido proveída pero Farnesio, antes de confiale la primera vacante decidió retenerle a
su lado, empleándole como primero como entretenido (20.VIII.1582) y, enseguida,
como teniente general de la artillería, por patente dada en Tournai el 14 de abril de
1583, cuya copia halló uno de los biógrafos de su hermano José en la Biblioteca Va-
ticana (Lopetegui, 1942: 17, n.54).

El ejercicio de su empleo iba a coincidir con una de las más brillantes etapas del ejér-
cito de Flandes.Con los refuerzos españoles, italianos y alemanes llegados el año an-
terior, Farnesio pudo abrir la campaña de 1583 con dos cuerpos de ejército en  Bra-
bante, aparte el que operaba en Frisia.
Karl von Mansfeld rindió Eindhoven, Torn -
hout, Hoogstraten y Deutz, mientras que el marqués de Roubaix tomaba Sichem y  
Westerloo. Farnesio y Acosta, que habían permanecido en Namur, se incorporaron
con éste último ante Herentals, cuyo sitio abandonaron para encontrase con las tro-
pas francesas del mariscal de Biron, que había tomado el castillo de Wouda el 10 de
mayo. La batalla se dio el 17 de junio a la vista de Steenbergen, entre dicha villa y la
de Bergen-Op-Zoom. A pesar de su superioridad numérica, los franceses fueron lite-
ralmente barridos y sufrieron fuertes pérdidas: 3.200 bajas, casi todo el bagaje, 36
banderas y 3 estandartes.Después marchó sobre Dunkerque,ya bloqueada por
Mon-
dragón, que se rindió el 16 de julio. La vecina Nieuwpoort capituló el 23, poniéndose
enseguida el ejército sobre Ostende, cuya toma se abandonó al comprender Farnese
que se malgastaría el tiempo sin antes privarla del socorro marítimo. Así, mientras
que un destacamento rendía Furnes y Menin,el ejército principal se encaminó sobre
Dixmude, que se rindió el 1 de agosto, para caer seguidamente sobre Ypres. El cerco
de esta plaza hubo de suspenderse para enviar refuerzos a Verdugo en Frisia,a la vez
que hubieron de destacarse otras tropas en apoyo del arzobispo electo de Colonia, a-
menzado por Truchess, y para asegurar el pais de Waas, al sur de Amberes, cuyos di-
putados ofrecieron someterlo a la autoridad real. Hacia allá marchó el ejército el 15
de octubre, tras eregir un fuerte ante Ypres para mantener a la plaza bloqueada.

Marnix de Sainte Aldegonde, gobernador de Amberes, fue derrotado ante Lier cuan-
do trataba de recobrarla, al parecer, con apoyo interior (18.I.1584). Truchess fue de-
salojado de Bonn y las fuerzas  protestantes de Enrique de Brunswick barridas en la
batalla de Burg (3I.III.1584),junto al Ijsel, cayendo su jefe prisionero.Ypres se rindió
finalmente el 10 de abril, induciendo a Brujas a someterse el mes siguiente. Además,
Verdugo consiguió socorrer a Zutphen y nuevos socorros españoles se encaminaban
a Flandes,llegando a Namur el 18 de junio.Poco después,el Taciturno caía asesinado
(10.VII),el mismo día en que el marqués de Roubaix,
jefe de la caballería del ejército,
se apoderaba de Fort Kallo; Farnese, aprovechando la confusión creada en el campo
rebelde, decidió emprender el cerco de Amberes, la ciudad más opulenta de los Paí-
ses Bajos debido al tráfico comercial que remontaba las aguas del Escalda.Antes era
preciso privarla de socorros terrestres, de ahí que se tomaran Herentals (17.VII),
Dendermond (17.VIII),Vilvoorde (7.IX) y Gante (17.IX), que volvió a la obediencia
por composición, previo pago de 200.00 florines. Ya era tiempo de ir pensando en
cortar el paso al socorro fluvial, lo que se llevó a cabo mediante una magna obra de
ingeniería, asombro de su tiempo, que recibió el nombre de «puente de Farnesio».
Farnesio fue un gran militar y un brillante estratega; no se discute que discurriera la
idea de llevarlo a cabo, pero no creo que dispusiera de la capacitación técnica reque-
rida para dirigir su construcción y resolver los problemas quel el día a día planteara,
aunque se desplazó a Beveren para impulsar la obra a principios de octubre. Tampo-
co la tenía su general de la artillería, Antonio Luis de Leiva, príncipe de Ascoli, edu-
cado con él en la corte de Madrid.  ¿Quiénes fueron entonces los responsables direc-
tos de su construcción?





















La Historia suele mencionar a dos ingenieros italianos, el milanés Giovanni Battista
Piatti (a menudo citado como Plato) y al boloñés Properzio Barocci, pero si atende -
mos a las recompensas recibidas, es preciso creer que el concurso y la aportación de
nuestro Hernando fueran también inestimables. La obra debía salvar los 775 metros
entre Oordam (orilla brabanzona) y Kallo (orilla flamenca), ya que no pudo tomarse
el fuerte de Lillo, hecho que complicaría además el transporte de materiales, que de-
bian pasar ante Amberes.Primero se inudaron los pólderes entre Burcht y Kallo,per-
mitiendo el paso de las barcazas con la marea alta, pero finalmente hubo de abrise
un canal de 20 km. de longitud entre Stekene y Kallo para evitar que los amberenses
se apoderasen de ellas. La construcción comenzó a finales de septiembre, una vez
que la recuperación de Gante proporcionó a los sitiadores barcos suficientes. Prime-
ro se erigieron los dos nuevos fuertes que protegerían sus extremos, llamados Santa
Maria (cerca de Kallo) y San Felipe, en la ribera opuesta; el puente se comenzó por
ambos extremos, sustentados sobre pilotes anclados en el lecho del río hasta donde
fue posible clavarlos (300 m. por la parte de Oordam y solo 65 m.por la de Kallo), el
resto de la obra; es decir, 410 m, debía sustentarse sobre barcas.

El 24 de diciembre, una flotilla de barcos zeelandeses alcanzó el puerto de Amberes,
pero sería la última en lograrlo. Aunque el puente no se ultimó hasta el 27 de febre-
ro, la ciudad había sido ya totalmente cercada Quedaba a los sitiados la esperanza de
destruir la obra, lo que intentaron con brulotes en diversas ocasiones. El 5 de abril lo
dañaron gravemente al estallar uno prácticamente en el centro de la obra, provocan-
do unas 800 bajas, pero los daños fueron reparados enseguida y por la mañana apa-
recía intacto para desesperación de los ambero-zeelandeses, que habían conseguido
por entonces apoderase del
fuerte de Liefkenshoek, controlando por lo tanto las dos
riberas del rio aguas abajo del puente. Ante su probada solidez, los esfuerzos de los
sitiados y sus aliados se concentraron sobre el contradique de Couwenstein, ya que
abriéndolo también se aseguraban la comunicaciób fluvial, orillando al puente. El 27
de mayo lo atacaron conjuntamente, por ambos costados, logrando hacer pie en dos
puntos y abrirlo en uno de ellos, pero fueron finalmente rechazados con fuertes pér-
didas y la brecha taponada. El dia siguiente, un gran barco de quilla rebajada, bauti-
zado “el fin de la guerra” se dirigió contra el contradique, pero desarbolado por la ar-
tillería del fuerte de la Victoria, encalló cerca de Oordam.Amberes capituló finalmen-
te bajo condiciones generosas el 17  de agosto, aunque Hernando no pudo entrar en
la ciudad que tanto había contribuído a ganar porque los acuerdos impedían que se
hallaran empañoles entre la comitiva triunfal. Farnesio, previamente investido del
collar del Toisón, entró en la ciudad rodeado de valones diez dias después.

Los ascensos en aquella época solían justificarse por hechos notables de servicio. No
hemos comentando en su lugar, que aparte los méritos ya contraídos, el hecho que
propició su ascenso a teniente general de la artillería de los Paises Bajos fue el éxito
de una gestión diplomática que le encargó Farnese ante el duque de Alençon, here -
dero de la corona de Francia desde 1576, a quien los rebeldes ofrecieron nombrarle
su rey para asegurarse la ayuda francesa (
«à Termonde, … il avait conféré en secret
avec le capitaine Hernando de Acosta»
, Gachard, V, 1866: xli); negociaciones que
concluyeron felizmente con la firma de un tratado entre el representante del Duque  
y Farnese suscrito en Tournai el 3 de marzo de 1583. La rendición de de Amberes, a
la que habían precedido las de Bruselas, Nimega y Malinas, supuso a Hernando su
nombramiento como teniente general de la Artillería de España, empleo que ya fun-
gía en 1586.

TENIENTE GENERAL DE LA ARTILLERÍA DE ESPAÑA 1585? - 1589.
Ignoramos las fecha de su patente y la de su llegada a España; en cambio, sabemos
que llegó tuerto. Aunque tampoco sabemos donde perdió el ojo que le faltaba, pudo
haber sido en la explosión del puente, contribuyendo así a acelerar su recompensa.
Su primer destino parece haber sido Málaga,donde existía una fundición de cañones
que funcionaba muy deficientemente. Pero las referencias a esta inspección las co-
nocemos por alusiones en informes posteriores, tanto en Cartagena (1586) como en
Burgos (1589).

En Cartagena inspeccionó la fábrica de polvora, así como el estado del castillo de la
Concepción y las murallas de la plaza, evacuando un informe, fechado el 12.XI.1586
que aun se conserva (AGS, GA, 220). Propuso unas actuaciones que él no llevaría a
cabo porque, poco después, recibió la orden de visitar unas minas de azufre situadas
en Hellin y Moratalla, que venían explotándose bajo la preceptiva licencia real desde
1560. Tras la muerte de su descubridor, el hijo propuso su venta a la Corona y Acos-
ta debía informar sobre «la calidad y cantidad» de aquel yacimiento («
Hernando de
Acosta, lieutenant-general of artillery at Cartagena, was sent to inspect the mines
and report on their 'quality and quantity'
», Goodman, 2002, 119). Tras un meticulo-
so exámen en el que —segun Goodman— no faltó el interrogatorio a los trabajadores
y la consulta a un zahorí local, envió un completo informe al Consejo de Guerra, en
abril de 1587, en el que afirmaba que «
la mina eran tan rica que no se agotaría en
mucho tiempo
». También valoró favorablemente los recursos hídricos y madereros
existentes en la zona, capaces de proveer todo lo necesario para la instalación de la
planta de transformación de la roca en polvo molido, y estimó en 12 reales el precio
de un quintal de azufre, puesto en Cartagena, lo que suponía la mitad del coste del
importado de Italia y casi la décima parte del que se pagaba en Burgos. La compra no
se materializó hasta mayo de 1589,pero sus previsiones resultaron acertadas pues a-
firma Goodman que «
las minas continuaron operando durante todo el siglo XVII,
siendo capaces de proveer a los polvorines de sustanciales cantidades de azufre des-
de 1620
». Es posible que el retraso en su puesta en valor se debiera al hecho de que
el vendedor, Francisco Monreal, lograra en el proceso de venta ser designado admi-
nitrador de la planta, cargo que desempeñó hasta su muerte en 1610.

El mismo año de 1587 tuvo que regresar a Málaga, donde la producción de pólvora
—con azufre importado de Italia— había caído de 8 a 3 quintales diarios. Al igual que
en su primera visita a la fundición de cañones supo ver que el problema consistía en
la escasa capacitación del maestro fundidor, que fue enviado a Lisboa, en la presente
advirtió que la merma de productividad se debía a la logística de los suministros, ya
que los envíos de la materia prima italiana no siempre llegaban o sufrían importan-
tes retrasos.Por ejemplo, en agosto de aquel año las naves italianas por un despiste  
incomprensible desestibaron su cargamento en Gibraltar en lugar de hacerlo en el
puerto malacitano. Detectado el orígen causal del problema y propuestas las alterna-
tivas de solución,  fue enviado a Burgos, donde debía inspeccionar y mejorar la forti-
ficación de su castillo. También este periplo profesional está suficientemente docu-
mentado en el ya centenario pero excelente trabajo de Eduardo Oliver Copons (El
castillo de Burgos, 1893), que publica diferentes cartas de Acosta donde alude a sus
experiencias en la fundición de Málaga, sin precisar de qué época, aunque debían
de corresponder a finales de 1585 o principios de 1586. También revela su alto nivel
de conocimientos en materia de fundiciones, ya que para fundir los 20 nuevos caño-
nes para la dotación de la fortaleza descartó «
la inuencion q' el fraile hizo en Madrid
pues no salió como el decia de seruicio, ni aquella pieça puede seruir de mas de ven -
der el metal à particulares
» (Copons, 1893:218)

CAPITÁN GENERAL DE LA ARTª DEL REINO DE ARAGÓN, 1589-94.
En Burgos trabajó algo más de un año y medio.A finales de septiembre de 1589, de-  
cidida por Felipe II la intervención militar en el reino de Aragón,donde el justicia La-
nuza había liberado de su prisión al ex-secrteario real Antonio Pérez (24.IX), fue de-
signado capitán general de la artillería del ejército invasor,que debía concentrarse en
Agreda, siendo sus superiores inmediatos el Capitán general D. Alonso de Vargas, el
Maestre de campo general  
D. Francisco de Bobadilla, viejos camaradas de Flandes;
el general de la caballería era Bernardino de Velasco, conde de Salazar, hermano de
D. Luis de Velasco, con quien no llegó a coincidir en Flandes.

(CONTINUARÁ) ...













                                                                                        © JUAN L. SANCHEZ.
Plano de Medina del Campo, por Julian de
Ayllon (1806). En la parte superior, al no.
23 señala en emplazamiento de la iglesia
de San Pablo, nombre que entonces re-
cibía la antigua iglesia del noviciado de los
jesuítas, hoy llamada San Francisco. Del
antiguo colegio, adosado a ella, se preser-
va un minúsculo vestigio en su interior.  
Tanto éste como parte de la iglesia se edi-
ficaron en una huerta aneja a la casa na-
tal de Hernando de Acosta, que su padre
donaría a la Compañía para la ampliación
del colegio, donde estudiaron todos sus
hijos varones. La calle marcada con el no.
33 rodeaba a toda la muralla nueva y por
la puerta 11, se accedía al primer recinto
amurado, donde estaba la plaza del mer-
cado. ABAJO: Foto antigua de la Iglesia
parroquial de Santiago el Real.
Don Rodrigo de Benavides, segundón de la
Casa condal de Santistéban del Puerto, ca-
recía de experiencia militar pero su ilustre
cuna junto a su destreza como “caballista
de la jineta y de la brida, peritísimo en el
manejo de las armas" le allanaban el ca-
mino para cualquier empleo, que tuvo
sobre todo en la Corte. Gentilhombre de
la boca del Principe don Felipe (luego
rey), y camarero mayor de su hermanas-
tro D. Juan de Austria, junto al que se
halló en la Alpujarra (donde fué superior
inmediato de Hernando) y en Lepanto. Fue
Comendador de las Casas de Calatrava en
la Orden de Alcántara y protagonista de
un ruidoso lance caballeresco — su de-
safío con Richard de Mérode— que aca-
bó en nada. Murió retirado en la villa de
las Navas, el 5.I.1586.
Grabado de Hogenberg sobre el asedio de
Maastricht por las tropas españolas a las
órdenes de Farnesio, en 1579 (fragmento).
Cromolitografía del artista francés Paul
Philippoteaux (1849-1923), fino ilustrador
de temas militares, que representa a reitre
de la época en que Hernando se vistió a su
usanza para adentarse en el campamento
enemigo, en 1578.
Grabado de Frans Hogenberg (1540-1590)
sobre la batalla de Gembloux. Nacido en
Malinas, hubo de refugiarse en Colonia,
donde murió. Su hijo homónimo continuó
su obra, que suele agruparse en coleccio-
nes facticlas denominadas «Sucesos de
Flandes, de Europa, etc». Rebasa el medio
millar de ilustraciones, muy apreciadas por
la fidelidad de los entornos físico y urba-
nos representados.
Grabado del duque Carlos Manuel I de Sa-
boya. cuyas ambiciones territoriales le lle-
varían a quebrar su alianza con España.
Arriba, vista de Ginebra a principios del si-
glo XVII, desde la embocadura del Ródano
(Museo cantonal). Abajo, vista de la ciudad
vieja (sobre la colina de la derecha), a me-
diados del siglo XVI (xilogradía de Sebas-
tián Munster), desde el lago Lehman.
El conde Carlos de Mansfeld, hijo de Pedro
Ernesto (1517-1604), que fue gobernador
general de los Países Bajos (1592-94).  
Vista caballera del Escalda desde la ribera
brabanzona (izquierda) a la flamenca.
Desde Couwenstein (izda) hasta un punto
intermedio entre Lillo y Oordam, el contra-
dique de Couwenstein cerraba el curso
del rio, que aguas arriba quedó comple-
tamente bloqueada con la erección del
puente de Farnesio (grabado de Hogen-
berg). ABAJO: La explosión del brulote
contra el puente, el 5 de abril de 1585
(grabado de Romeyn de Hooghe, detalle)
Hercule François (1555-1584), duque d'
Alençon, d' Anjou, de Touraine y de Berry,
los tres últimos desde 1576, en que muerto
su hermano Carlos IX, rey de Francia, al
que sucedió su también hermano y rey
Enrique III, se convirtió en príncipe he-
redero. Todos eran hijos de Enrique II y de
Catalina de Médicis y con ellos se extin-
guió la dinastía angevina en Francia. A
François, nombre que cambió por el bau-
tismal de Hercule, Guillermo de Orange le
ofreció la corona hereditaria de los Paises
Bajos, con la exclusión de los ducados de
Holanda y Zelanda, pero su torpe compor-
tamiento (en 1583 untentó saquear Am-
beres para resarcirse de sus gastos), sus
derrotas militares y la presión diplomática
que sobre él ejerció Farnesio, como el
propio Felipe II hizo sobre su hermnao, el
rey Enrique III, le obligaron a abandonar la
idea de coronarse rey de los estados pa-
trimoniales del monarca español.
Plano de las murallas de Cartagena a fina-
les del siglo XVI según A. Grandal López
(Historia de Cartagena, 1986, VII, iii). La mu-
ralla abaluartada, diseñada por Antonelli y
concluida una década antes de la llegada
de Acosta era deficiente por el escaso em-
pleo de muros de mampuesto, necesarios
para fijar la tierra terraplenada. Acosta, que
detectó el problema, propuso la solución. El
no. 4 del plano señala el emplazamiento de
la "Casa del Rey", donde se fabricaba la
pólvora. También trabajó Acosta en perfec-
cionar el recinto amurado del castillo (13)
Liberación de Antonio Perez por Juan de Lanuza (24.IX.1589)
Juan de Lanuza "el Mozo", Justicia de Ara-
gón, libera de la cárcel a Antonio Pérez
(24.IX.1589), hecho que desencadenaría la
invasión del reino por el ejército real y por
el que Lanuza sería ejecutado (cromolitogra-
fía de M. Ferrán, sobre dibujo de J. Segre-
lles, ca. 1905, detalle).


HERNANDO DE ACOSTA Y PORRES.
(Medina del Campo, ca. 1542 — Alcalá de Henares, x.I.1595)
Luego se levantó el Sr. D. Juan y dijo que lo mismo le parecía, y que pues se ha-
bía de pelear, sería bien tornar a enviar a traer nueva lengua, no obstante lo que
había dicho el villano, por si acaso habían mudado de parecer los [p.85] rebeldes
o se estaban en el mismo sitio. Luego mandó el Sr. D. Juan al capitán
Hernando
de Acosta
(que murió siendo Maestro de campo en el reino de Aragón y castella-
no de Jaca), que con diez lanzas fuese á hacer este efecto,y lo  hizo como sagaz
y experimentado soldado, porque se vistió á la raytra [jinete coraza alemán] para
ir más desconocido, y llegó tan cerca del ejército de los rebeldes que pudo reco-
nocer que se estaban atrincherando, y dijo a uno de los diez soldados que lleva-
ba que volviese a Namur a toda prisa y dijese al Sr. D. Juan como se estaban for-
tificando, que él no volvería hasta llevarle entero aviso de la resolución que el e-  
nemigo pensaba tomar. Dio orden a los nueve soldados que le habían quedado
no se moviesen de aquel puesto que tenían y él se fue poco a poco para asegu-
rar a los rebeldes era alguno de sus raytres, y llegó á sus mismas trincheras, y
en ellas asió por los calzones a uno de los que trabajaban, que era un mozuelo
de 14 ó 15 años, y se lo puso en el arzon; y,dando piernas al caballo, llegó a rien-
da suelta adonde había dejado las nueve lanzas emboscadas. Ya en este tiempo,
con los gritos que el mozo había dado,habían ido en su seguimiento algunos ca-
ballos de los rebeldes y como descubrieron las 9 lanzas temieron no hubiera al-
guna emboscada, no osando pasar, se volvieron a su ejército.El capitán Hernan-
do de Acosta llegó a Namur, habiéndose informado del mozuelo del designio de
los rebeldes, y según la relación que hizo, pareció más ángel que persona, pues
siendo de tan poca edad,discurrió sobre lo que se le preguntó como si fuera sol-
dado de mucha experiencia. ...Respondió que hacía saber a S.A. que aunque era
verdad habían salido de Bruselas con intento de sitiar a Namur, que ya estaban
arrepentidos y con tanto miedo, que se fortificaban por temor de los españoles,
y que si con su honra se pudieran volver en salvo, lo hicieran. … y si el valor del
capitán
Hernando de Acosta no fuera tal que le dio atrevimiento para traer aquel
mozo de las trincheras enemigas, quedara el Sr. D. Juan en gran confusión, no
sabiendo el designio de los rebeldes».
Farnesio no pudo entretener a Hernando
de Acosta a principios de 1578 por las
razones apuntadas en el texto, pero lo
haría en agosto de 1582, al regresar las
tropas españolas a Flandes y hallarse
nuestro personaje desprovisto de su com-
pañía por su ausencia en Saboya.
El asesinato de Guillermo de Orange, lla-
mado el Taciturno (10.VII.1584), abatido
por el disparo a quemarropa de Baltasar
Gerard en el Prinsen-Hof de Delf, antiguo
convento de Sainte-Agathe, convertido en
la residencia oficial del príncipe de Oran-
ge. Apenas un mes antes, el 12 de junio, el
principe había clebrado en el mismo lugar
el bautizo de su último hijo, Frédéric Henri
de Nassau, nacido en Delf el 29 de enero.