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| JUAN DE URBINA (1486-1529), SEÑOR DEL GIARDINO DI MILANO Y DE LA VILLA SFORZESCA, MARQUES D'OIRA, CONDE DE BORGOMA- NERO Y COMENDADOR DE HELICHE EN LA ORDEN DE ALCÁNTARA (1528-29); SOLDADO INFª ESPAÑOLA (1502), ALFÉREZ INFª PONTI- FICIA (1507), CAPITÁN IDEM (1511), CAPITÁN INFª ESPAÑOLA (1512); MDC INFª ESPAÑOLA (1522), CASTELLANO DE AVERSA Y DE CASTEL DELL'OVO (1528), MAESTRE JUSTICIERO DEL RºDE NÁPOLES (1529). ORÍGENES Y PRIMEROS SERVICIOS MILITARES: Citado frecuentemente como vizcaíno o alavés, Guvantes (1802) fijó su nacimiento en el lugar de Urbina de Basabe, en el valle y hermandad de Quartango, diócesis de Calahorra. Sin embargo, Prudencio de Sandoval afirma que fue natural de Berbera - na, en la antigua merindad de Castilla Vieja (hoy de Losa), en tierras burgalesas, aunque más cerca de Orduña o Amurrio (Vizcaya) que de cualesquiera otros lugares castellanos. Suele datarse su nacimiento ca. 1490 (Römling) ó 1492 (Espasa), pero he debido retrasarlo un lustro por la imposibilidad de conciliar tales fechas con las noticias aportadas por Sandoval, Zurita o Cadenas, entre otros, que forjan su reputa- ción de valiente soldado durante las campañas napolitanas del Gran Capitán (1502- 1503). El primero, tras referir al detalle el desafío de Rossano, en Calabria (1503), afirma que “desde entonces quedó Juan de Urbina por el mejor soldado de Italia; mas como se acabó luego la guerra de Nápoles, no pudo subir”. Fuera por ambición o mera necesidad, como recordaría el capitán Diego García de Paredes (1466-1528) en los postreros dias de su vida, lo cierto es que a finales del a- ño 1506 ambos pasaron al servicio del Papa Julio II, que les empleó de alabarderos del “Sacro palacio” (Vaticano). En mayo de 1507, para someter a la rebelada Monte- fiascone, el Papa ordenó levantar 4 compañías de infantería,una de las cuales dio a García de Paredes, el “Sansón extremeño”, que hubo de elegir a sus subalternos. Co- mo alférez nombró a Urbina, un mozo de 20-21 años de edad y 5 de servicios, pero más sorprendente resulta que lo prefiriera a su propio hermano, al que hizo sargen- to, o a los Pizarro, Villalba y Zamudio que fueron sus cabos de escuadra; el primero, padre del conquistador y los otros, nada menos que coroneles de infantería españo- la en Ceriñola. Mucha fama de valiente, al menos tanta como unánimemente le re- conocen sus coetáneos, debía haberse granjeado el jóven Urbina, y muy rápidamen- te, para justificar aquella elección, aun dando por sentadas las cualidades que glosa Sandoval: «grande, robusto, de lindo entendi miento, limosnero, liberal, devoto y hombre que nunca juraba». A ello hay que añadir que su gran amigo, el maestre de campo Rodrigo de Ripalda, escribió en su lápida sepulcarl que fue el soldado más alto del ejército. La experiencia no fue duradera, aunque el producto de saqueos y rescates le permi- tiría desligarse del servicio papal. En el verano de 1509, tras la toma de Orán, asentó de nuevo plaza de soldado en la infantería española y partió de Nápoles, con los ve- teranos que el virrey aportó a Pedro Navarro (1454-1528), para otra expedición en Berbería. Participó en los asaltos y conquistas de Bujía (6.I.1510) y de Trípoli (25. VII.1510), así como en la desastrosa invasión de la isla de Djerba (que nosotros lla- mábamos los Gelves), el 30 de agosto siguiente, quedando después de guarnición en Trípoli, a las órdenes de Jaime de Requesens. A raíz de un motín, Requesens fue relevado y regresó a Nápoles con no pocos soldados descontentos y desmovilizados, entre ellos Urbina, que se fue a Roma para enrolarse por segunda vez en las tropas de la Iglesia. Julio II preparaba entonces un ejército para recobrar de Venecia algu- nas plazas de sus estados en Romaña y le concedió el mando de una compañía. Sir- vió con ella en la toma de Mirandola (20.I.1511), así como en la retirada del ejército papal de Bolonia (21.V.1511), sublevada por los partidarios de Giovanni Bentivoglio y amenazada por un poderoso ejército francés. CAPITÁN DE INFANTERÍA ESPAÑOLA Tras la publicación, el 5 de octubre de dicho año, de la primera “Liga Santa” entre la Iglesia, Venecia y Fernando el Católico, Urbina obtuvo licencia para servir en el ejér- cito del virrey Ramón de Cardona, que le respetó el empleo de capitán de infantería. Al mando de su propia compañía se halló en el infructuoso asedio de Bolonia (26.I – 6.II.1512), que el virrey hubo de levantar ante la llegada de un ejército francés de socorro; así como en la batalla que se dio en las inmediaciones de Ravenna (11.IV. 1512), donde Cardona fue derrotado por Gastón de Foix (1489-1512), duque de Ne- mours. El escuadrón de infantería de Urbina, en el que combatió junto a Luis de Herrera y Antonio de Leiva, consiguió replegarse en perfecto orden, rechazando to- das las cargas del enemigo, incluso la última de la caballería, mandada personalmen- te por el duque de Nemours, que perdió su vida en el empeño. También pereció en la lucha su jefe inmediato, el coronel Zamudio, que fuera subordinado suyo al ser- vicio del Papa; pero conviene recordar aqui que uno de sus antiguos superiores, Pe- dro Navarro, cayó prisionero en la jornada. Como Fernando el Católico se negó a pagar su rescate, que en cambio satisfizo el rey de Francia, pasaría al servicio de és- te convirtiéndose desde entonces en uno de los más formidables rivales de sus anti- guos camaradas de armas. Aquella gloriosa retirada permitió salvar al virrey y al núcleo del ejército que Cardo - na lograría rehacer en Nápoles, desde donde partió el 7 de junio. En una rápida cam- paña, que comenzó con la toma y saqueo de Prato (29 de agosto), logró restablecer la autoridad de los Medici en Florencia y, poco después, la del duque Maximiliano Sforza (1593-1530) en Lombardía, el hijo primogénito de Ludovico el Moro, despo- jado de sus estados y muerto en prisiones francesas hacía 4 años. Su reposición se vió facilitada por la pasividad francesa, que prácticamente abandonaron el estado para defender la Guyena, invadida por las tropas anglo-españolas que habían com- pletado la fulgurante conquista de Navarra. El año siguiente, combatió en la victo- riosa batalla dada contra los venecianos en la Motta, cerca de Vicenza (7 .X.1513), permanenciendo en Lombardía hasta que, poco antes de la muerte de Luis XII (1.I. 1515), se llegó a la paz con Francia. No obstante apoderarse del Milanesado su yerno y sucesor, Francisco I, el mismo año de su coronación (1515), tras derrotar a Maxi- miliano Sforza en la batalla de Marignano y alienar sus derechos sucesorios median- te el pago de 30.000 ducados, dicha paz no se rompería hasta 1521, cuando el rey francés invadió Navarra para intentar la restauración de la Casa de Albret (Labrit). PROEZAS EN LOMBARDIA (1522-23). Próspero Colonna (1452-1523), lugarteniente de Carlos I en Italia, atacó el Milane- sado, que defendía Odet de Foix (1485-1528), señor de Lautrec, apoyado por tropas suizas y venecianas. Urbina tuvo una parte fundamental en la ruptura de las defen- sas francesas, apostadas en el rio Adda, entre Trezzo y Cassano, ya que logró cruzar- lo con 30 hombres en una barca, cerca de Vaprio d’Adda, y sostuvo una cabeza de puente en la orilla opuesta hasta que pudo ser apoyado (8 de noviembre). Colonna marchó inmediatamente contra Milán, que tomó por sorpresa la noche del 19, aun- que su fortísimo castillo permaneció en poder de la guarnición francesa. Lautrec abandonó algunas plazas y se replegó sobre territorio véneto, pero intentó recobrar- las el año siguiente, en conjunción con otro ejército francés que, al mando de su hermano Tomás, señor de Lescun, había desembarcado en Génova. Tras tomar No- vara y asediar infructuosamente Pavia, marchó sobre Milán, pero fue completamen- te vencido en la batalla de Bicocca (27.IV.1522), casi a la vista de la capital lombarda, sufriendo fuertes pérdidas y el abandono de sus mercenarios suizos. Colonna rindió Lodi, Pizzighetone, Génova —donde Urbina capturó a su antiguo jefe, Pedro Nava- rro (30 de mayo)— y Cremona, permitendo a Lescun, tras capitular la entrega del castillo, retirarse a Francia con su guarnición; las mismas condiciones que concedió a la del castillo de Milán, que no se rindió hasta el 14 de abril de 1523. Sin embargo, el 14 de setiembre de aquel mismo año, otro ejército francés al mando de Guillaume Gouffier (1488-1525), señor de Bonnivet, cruzaba el Tesino para invadir nuevamen- te el Milanesado, marchando por Vigevano hasta Milán, ante la que llegaron el 17 de setiembre. Durante este asedio, Juan de Urbina, al mando de 600 hombres, condu- jo una “encamisada” (ataque nocturno) sobre el campamento enemigo, causándoles un gran estrago a costa de muy pocas pérdidas (Cereceda, I, 49-50). Conociendo la inminente llegada del socorro que traía el virrey Carlos de Lannoy (1487-1527), los franceses levantaron el campo y se replegaron sobre Abbiategrasso y Robecco (14 de noviembre). La defensa de Milán fue la última victoria militar de Colonna, que mu- rió allí el último dia del año 1523. El 19 de enero siguiente, el virrey Lannoy, con Hernando de Alarcón (1466-1540) y Juan de Urbina, asaltaron sorpresivamente el cuartel de los franceses en Robecco, masacrando a la mayor parte de la guarnición y capturando su bagaje, armas y caba- llos; Urbina fue quien tomó el puente que protegía el campamento, con el sigilo ne- cesario para evitar que se diese la alarma. Reforzado el campo imperial por tropas venecianas al mando de Francisco Maria della Rovere (1490-1538), Duque de Urbi- no, el virrey Lannoy resolvió expulsar a Bonnivet de Lombardía. El 26 de marzo, al mando de un millar de soldados españoles y alemanes, Urbina sorprendió al desta- camento alojado en Sartirana Lomellina, donde hizo prisioneros a dos señalados je- fes enemigos: el conde Hugo Pepoli (1484-1528) y Juan de Birago (1488-1528). Pa- ra evitar nuevas sorpresas, Bonnivet agrupó a su ejército en Novara y ordenó la reti- rada hacia Ivrea con intención de retornar a Francia por el valle de Aosta. Lannoy marchó tras ellos tibiamente, sin apenas inquietar a su retaguardia y, cuando quiso atacar su campo en Romagnano, en la orilla del Sessia, la artillería francesa se bastó para frustrarlo. Urbina, herido en la acción, reaccionó visceralmente y acusó al vir- rey de connivencia con el jefe francés, arguyendo que ambos eran borgoñones, lo- grando que tanto Hernando de Alarcón, comisario general del ejército, como el du- que Carlos de Borbón, Condestable de Francia, que militaba por Carlos I desde co- mienzos de aquel mismo año, arrancaran del virrey una conducta más enérgica. Aquel mismo dia se cruzó el Sessia en persecución de los franceses y, por la tarde del siguiente (30 de abril), se trabó una escaramuza en el bosque de Rovasenda (a menudo citado como Ravisigno o Robasegna), donde cayó mortalmente herido Pie- rre de Terrail (1476-1524), señor de Bayard, prototipo del héroe caballeresco francés y universalmente conocido como “el caballero sin miedo y sin tacha”. El primero de mayo se castigó duramente a la retaguardia enemiga en Buronzo y Salussola, al pa- so del Elvo. Los franceses desistieron de fortificarse en Ivrea, pero lo hicieron tras el puente romano de Pont Saint Martin, a 25 metros de altura sobre el Lys, poco antes de desaguar en el Dora. Urbina, apenas recobrado de su herida, forzó el puente el 3 de mayo, con su alférez Ripalda y 30 arcabuceros. La vanguardia francesa, para ali- gerar su huída, hubo de abandonar toda su artillería en Bard. La satisfacción por la presa, y la necesidad de transportarla a Shantià, donde habia quedado el grueso del ejército, puso fin a la persecución. LA INVASIÓN DE PROVENZA (1524) En Shantià se decidió la invasión de Provenza para favorecer la pretensión del con- destable de Borbón de reinstaurar el viejo reino de Arles, apoyada por Carlos I para intentar distraer la atención de Francisco I sobre Italia. Mandaban la expedición el Condestable y Alfonso de Avalos (1502-1546), marqués del Vasto, que se habia ne- gado a servir a las órdenes del primero, ambos como capitanes generales de un redu- cido ejército de 13.000 hombres, al cual prestaría apoyo una escuadra de galeras al mando de Hugo de Moncada. Urbina desempeñaba la función de maestre de campo de la infantería española, que no alcanzaba los 2.000 soldados, porque Antonio Lei- va, su titular, se quedó en Milán. Marcharon por Fossano, San Dalmazo y el puerto de Tende, para bajar por Sospel hasta Niza, prosiguiendo por la costa hasta Antibes, donde Moncada desembarcó artillería y provisiones (13 de julio). Tras descansar en Draguinan (25 de julio), marcharon sobre Aix en Provence, capital y sede del Parla- mento provenzal, que se sometió al Condestable el dia 30. Sin embargo, no pudo éste imponer a los españoles su criterio de proseguir por el valle del Ródano hasta Arles, y finalmente se resolvió ir sobre Marsella (15 de agosto). Toulon y otras villas se sometieron, pero Marsella, bien proveída y defendida por una escuadra naval su- perior a la de Moncada, se aprestó a resistir. La batería comenzó a jugar el 23, pero la muralla, terraplenada por el interior, no se abría sino a mucha altura, imposible de abordar; por ello no hubo ocasión de intentarse ningún asalto, pese a durar el cerco 40 dias. Sabiéndose que Francisco I reunía un ejército en Avignon, el 29 de setiembre se levantó el campo, tras embarcarse la artillería en Toulon. La guarnición de Marsella, al mando de Renzo de Ceri, intentó picar la retaguardia imperial, pero fue tan maltratada en Trets que no volvió a intentarlo. Aquella marcha fue conocida como «la bella retirada» porque, en tan solo 23 dias, se desandó el camino entre Marsella y Milán, a tiempo para acudir a la defensa del estado, amenazado por el rey de Francia en persona, que desde Avignon condujo a su ejército contra Pavía, a la que puso cerco el 28 de octubre del mismo año. Es bien sabido como Francisco I re- sultaría completamente derrotado el año siguiente ante dicha plaza, aunque Juan de Urbina no se halló en aquella jornada. Había seguido la retirada del ejército hasta San Remo, pero allí se embarcó con licencia hacia Nápoles para atender «a cosas que a su honra tocaban» (Sandoval). ASESINATO DE SU ESPOSA: COMPLICACIONES, REACCIONES Y AS- CENSO A MAESTRE DE CAMPO (1525-1526). Había transcendido que su mujer se amancebaba con otro en Nápoles, cuestión que zanjó matándola en su propia casa «con cuantas cosas halló vivas en ella». ¿A qué otros posibles crímenes puede aludir esta cita de Sandoval? ¿Alcanzaría también su venganza al amante, al personal de servicio y algún posible fruto del matrimonio? No he hallado más respuestas a tales interrogantes que la indulgencia de los histo- riadores, poetas y comediógrafos del Siglo de Oro, que trataron el caso como legítima reacción al honor mancillado, aunque muy disparmente en el relato de los hechos. Luis Zapata sugiere que tras el infanticidio estranguló a la esposa con sus propias manos en un poema en octavas (Carlo famoso. Valencia, 1566); pero mientras el li- cenciado Manuel González afirma que quemó su casa con toda su familia dentro (El español Juan de Urbina, o el cerco de Nápoles, 1656), Lope de Vega apunta que los ahogó en el mar, reputando dicha acción como otra de sus hazañas (La contienda de don Diego García de Paredes y el capitán Juan de Urbina, 1600). Aunque la falta de unanimidad hizo sospechar a Restori (Zeitschrift für Rom. Philologie, XXX, 1906, p. 233-34) en una posible tradición infundada del suceso, su ausencia del ejército durante casi dos años invita a creer en que Urbina tuviera más de un quebradero de cabeza con la justicia, aunque aparentemente quedara absuelto de los posibles car- gos y reforzada su promoción personal con el empleo de maestre de campo de la in- fantería del Reino de Nápoles. Hasta el mes de setiembre de 1526 no volvemos a tener noticia de sus actividades, hallándose a la sazón en las montañas del Piamonte, intentando sorpreder a su vie- jo conocido Birago en las proximidades de Revello. Consiguió derrotarle causándole numerosas bajas, pero éste logró refugiarse en el castillo, desde donde organizaría, con notable éxito,frecuentes ataques contra los imperiales. Estas acciones se enmar- caban en la nueva guerra declarada en Italia, al denunciar Francisco I el Tratado de Madrid (14.I.1526), fruto de su derrota y cauteverio en Pavía, y aliarse con Venecia, Inglaterra, el Papa Clemente VII y los duques de Florencia y Milán en la liga de Cog- nac (2.V.1526), promovida por la reina Luisa de Saboya —regente de Francia duran- te el cautiverio de su marido en España— y alentada por el Papa Clemente VII. A fa- vor de la sorpresa las tropas pontificias, al mando de Francesco Guicciardini, y las venecianas, a las órdenes del duque de Urbino, logaron tomar Lodi (28.VI) y poner asedio a Milán (30.VI-21.IX), pero hubieron de retirarse para aguardar refuerzos de Francia no sin que, de paso, forzaran la rendición de Cremona (23.IX). Sin embargo, Georg Frundsberg (1473-1528) logró pasar 35 compañías de landsquenetes alema- nes (10.600 hombres) a través de la Valtellina, pese a la vigiliancia veneciana y a la oposición de Giovanni de Medici (1498-1526), el famoso condottiero del Papa, apo- dado “el de la Banda Negra”, que moriría a causa de una herida recibida en el comba- te de Governolo (26.XI.1526). Ello permitió a los imperiales franquear el Po y, tras asolar las tierras de Modena, Reggio y Parma, acampar en torno Castel San Giovan- ni, cerca de Piacenza, equilibrando el estado de las fuerzas contendientes de cara a la siguiente campaña. EL SACO DE ROMA (1527). El 2 de enero del año siguiente (1527), el Condestable de Borbón, tras dejar guarne- cidas las plazas que controlaba en el Milanesado, cuyo mando confió a Antonio de Leiva, se dirigió al encuentro de Frundsberg con 29 compañías de infanteria españo- la (5.000 h.) 20 italianas (3.000 h.) y 1.500 jinetes, entre pesados y ligeros, al man- do de Philibert de Chalon (1502-1530), príncipe de Orange; Fabrizio Maramaldo mandaba la coronelía napolitana y el marqués del Vasto la infantería española, en la que Juan de Urbina era, como ya hemos dicho, maestre de campo. Tras cruzar el rio Trebbia (19.II), operó su unión con Frundsberg en Castel San Giovanni, donde el e- jército hubo de deternerse más de un mes debido al riguroso invierno, problemas de aprovisionamiento y motines, pero también por las maniobras dilatorias de los flo- rentinos, que intentaron comprar su retirada mediante el compromiso de abonar sus pagas atrasadas. Tales promesas no llegaron a concretarse y, mientras que las tropas coaligadas reforzaban Piacenza, Bolonia y Florencia, en el campo imperial se declararon diversos motines. Primero fueron los alemanes, siempre celosos del co- bro puntual de sus pagas. Viéndose incapaz de calmar a sus soldados, Frundsberg sufrió una apoplegía (13.III), siendo trasladado a Ferrara; no lograría recobrarse y murió el año siguiente en Alemania. Alfonso de Avalos, marqués del Vasto y Pesca- ra, logró aquietarles distribuyéndoles 12.000 ducados que le prestó el duque de Fe- rrara, provocando la revuelta de los españoles, sempiternamente preteridos por los alemanes en el reparto de las pagas. «El marqués del Gasto con el medio de Juan de Urbina, a quienes los españoles tienen gran respeto, los concertó que se contentasen con un escudo por hombre y caminasen» (El Abad de Nájera al Emperador, 28.III, 1527). Entretanto, los venecianos, que habian cruzado el Po el 3 de marzo, se man- tenían a prudente distancia, publicando manifiestamente su intención de no llegar al combate con los imperiales. Clemente VII, quizá excesivamente confiado en el apoyo de sus aliados, había dirigi- do sus esfuerzos contra el Reino de Nápoles. Su flota había tomado sorpresivamen- te algunos puertos en el Golfo (Castellammare di Stabia,Torre del Greco y Sorrento), mientras que Renzo de Ceri penetraba en Abruzzo —ocupando l'Aquila y Tagliacoz- zo— y Agostino Trivulzio ponia cerco a San Germano (al pie de Montecassino). Sin embargo, aquellas victorias fueron anuladas por el rápido agotamiento de los recur- sos y la falta de auxilios de Francia. A primeros de marzo, Trivulzio hubo de retirarse de San Germano y Ceri, muy castigado por la deserción, regresó a Roma.En ese con- texto, el ejército del Condestable representaba una seria amenaza y,para neutralizar- la, el Papa ofreció una tregua al virrey de Nápoles, Charles de Lannoy, comprome - tiéndose a restituirle sus conquistas y al pago de 65.000 ducados para que los impe- riales se replegaran a Lombardía. Lannoy firmó el tratado el 15 de marzo, enviando desde Roma a Cesare Fieramosca para dar cuenta del mismo al Condestable; pero a éste la oferta le pareció inuficiente y rechazó adherirse a ella (23.III), lo que provocó que el marqués del Vasto y algunos capitanes, como subordinados directos de Lan- noy, abandonaran el campo mientras que Carlos de Borbón enderezaba la marcha de su ejército hacia Bolonia, por la antigua Via Emilia, con la intención de pasar a Florencia por el Sasso. La partida del marqués del Vasto dejó a Urbina como jefe de la infantería española. El 31 de marzo, a dos leguas de la ciudad, en el viejo puente romano sobre el rio Re- no, construído por el cónsul Marco Emilio Lépido hacia 187 A.C., reforzado por Au- gusto y consolidado en el siglo VI de nuestra era, les cerraba el paso un numeroso cuerpo de infantería y caballería véneto-pontificia al mando de Galeazzo de Sanseve- rino. El ataque a un puente era una operación expuesta, ya que permitía a los defen- sores eludir cualquier maniobra de flanqueo, obligando al enemigo a embocarlo con escaso frente. Pero ya hemos visto precedentemente que Urbina había desarrollado una táctica eficaz para enfrentar tales situaciones, por lo que el Condestable le con- fió la misión de desalojar del enemigo. Por el minucioso testimonio de García de Ce- receda (I,172), sabemos que primero dispuso el ataque con 250 arcabuceros españo- les, relevando su frente mediante sucesivas oleadas de refuerzos, introducidos por hileras. Urbina no solo ganó el puente sino que persiguió tan de cerca al enemigo — en su huída para refugiarse intramuros de Bolonia—, que bien pudo haber entrado en la ciudad e intentar cobrarla a favor de la confusión, lo que expresamente le pro- hibió el Condestable. El ejército debía cruzar los Apeninos toscanos, pero el paso del Sasso, que conducía en derechura a Florencia, era impracticable debido al espesor de la nieve. Desde Pia- noro, el ejército hubo de abrir un amplio rodeo por Castel San Pietro Terme, Cotig- nola y Meldola, bordeando la cordillera hasta Civitella di Romagna, para bajar por el valle del Bagno, como hizo, saqueando de camino Galeata, Pianetto, Santa Sofia,San Piero y Bagno di Romagna, hasta alcanzar la llanura toscana por Pieve Santo Stefa- no y afirmarse en Montevarchi, al SO de Florencia, el 20 de abril. Hasta allí llegaron nuevos emisarios del Pontífice intentando comprar por segunda vez la retirada de los imperiales, aunque ahora las pretensiones del Borbón se elevaron a 300.000 du- cados. Fuera por ello, o porque el Papa —que había concentrado el grueso de sus fuerzas en torno a Florencia— confiara en la capacidad de resistencia de la ciudad, lo cierto es que incumplió el plazo de su entrega, fijado en Siena. El Condestable, que hasta entonces había respetado aquellos contornos, saqueó Laterina, Rondine y el castillo de Valdarno antes de partir hacia Siena para proveerse de la artillería y muni- ciones precisas para formalizar el asedio de la apital medicea. Pero, el 26 de abril, en un consejo de jefes celebrado en San Giovanni Valdarno, en el que se halló Urbina, se tomó la decisión de variar el plan para dirigirse directamente contra Roma, peor defendida que Florencia y donde no se les esperaba. Conscientes de que dejaban de- tras a un ejército tan numeroso como el suyo y que debían de moverse con la mayor rapidez, se evitó llevar artillería y, por todo material de asedio, se construyeron de camino escalas capaces para seis asaltantes por peldaño. El ejército se puso en mar- cha el 27 de abril y, tras vadear el rio de la Paglia y saquear Montefiascone y Ronci- glione, llegó ante los muros de Roma en la madrugada del 5 de mayo. Apenas tenía viatuallas para dos días, pero el núcleo de los perseguidores, al mando del Duque de Urbino,se hallaba aun en Peruggia y solo una pequeña fuerza a las órdenes de Guido Rangoni podía llegar a tiempo de prestar algún auxilio a los romanos. La sorpresa había sido total, ya que en Roma solo se conocieron las intenciones del Borbón una vez que hubo llegado a Viterbo, tras el saqueo de Montefiascone. El a- salto se postpuso al alba del dia 6, a favor de una espesa niebla que impedía hacer blanco a la artillería de las defensas. Los alemanes, al mando de Konrad v. Bemel - berg (1494-1567), atacaron por la puerta Torrione al burgo de San Pedro, mientras que los españoles, liderados por Urbina, lo hacían por la de Santo Spirito y los italia- nos por la de Settimiana, todas al Trastevere, en el lienzo de muro bajo que Nicolás V había levantado en la cima del Gianiccolo, en paralelo a la via Lungara. Los alema- nes fueron rebatidos y, queriendo el Condestable darles ejemplo, se apeó del caballo para afirmar una escala, cayendo atravesado por un arcabuzazo. Urbina tomó enton- ces las riendas del asalto, pero la defensa se mantuvo obstinada hasta el mediodía, sin que la niebla remitiese.Renzo de Cieri venía a reforzar quel sector cuando,repen- tinamente, se topó con una compañia española que había penetrado dentro del re- cinto amurado por un postiguete, oculto por la maleza, que daba al huerto del carde- nal Ermellino. El comandante en jefe de la guarnición romana, en una reacción in- explicable, indujo el pánico entre sus hombres al ordenar el abandono de las mura- llas para fotificarse tras el Tiber. Completada la conquista del burgo de San Pedro y del palacio Vaticano, los atacantes descansaron hasta que, a las 4 de la tarde, el Prin- cipe de Orange, nuevo jefe del ejército imperial, renovó la orden de ataque. Otra vez le cupo a Juan de Urbina la misión de desalojar a los defensores del puente Sixto, a- unque ofrecieron poca resistencia. Poco después, sin que nadie pudiera impedirlo, los soldados se desparramaron por la ciudad, matando, violando y saqueando «sin respeto a Dios ni vergüenza del mundo», mientras que los más avisados y notables vecinos procuraban refugiarse en Sant’Angelo, donde también habían entrado Cle- mente VII, 13 de sus cardenales, los embajadores de Francia, Inglaterra, Venecia y Floencia, junto a numerosos prelados y unos 500 soldados suizos. Justo entonces llegaba Rangoni a Monterotondo, al frente de las Bandas Negras. Alcanzó a cruzar el puente Salario, sobre el rio Aniene, antes de su confluencia con el Tiber, pero de- bió de ver la situación ya totalmente perdida y se retiró hacia Otricoli. El duque de Urbino, general veneciano, partió de Florencia el 3 de mayo, reunién - dose el 16 en Orvieto con el marqués de Saluzzo. Ante esta amenaza, el Príncipe de Orange llamó en a su auxilio al virrey Lannoy, al marqués del Vasto,a Hugo de Mon- cada y a Hernando de Alarcón, que acudieron a su llamada con la infantería del Rei- no, vituallas y 6 cañones para al expugnación del castillo. En sólo 3 dias, Juan de Ur- bina, tendió varios puentes de barcas sobre el Tiber, cercando el castillo por la parte opuesta con una profunda trinchera. El 27 de mayo, el Abad de Nájera escribía al Emperador: «Ha hecho el dicho Juan de Urbina tales trincheras y reparos que el Papa y sus va- ledores podrán perder la esperanza… (y) si se determinan los enemigos de llegarse al castillo, (será preciso) que venga todo su campo y que, en llegado a las trinche - ras, tope con todo nuestro ejército y se haga la jornada, a la cual estan los soldados de V.M. tan dispuestos y deliberados cuanto jamás los ví». Quien no estaba dispuesto a empeñar la batalla, a la vista de la previsiones defensi - vas adoptadas, fue el Duque de Urbino, que el 1 de junio replegaba el ejército de la Liga a Monterosi. El dia 5, Clemente VII, privado de toda esperanza de socorro, ca - pitulaba en Sant’Angelo bajo durísimas condiciones. Entre otras, debía satisfacer 400.000 ducados, 100.000 al momento, con el oro y la plata que encerraba en el castillo, y el resto en dos meses, permanenciendo prisionero en la fortalerza, bajo escolta, hasta el cumplimiento del pago “y todo el tiempo que se creyese necesario para asegurarse de que el Papa había retirado de la Liga su ánimo”. El tratado, re - dactado en latín, fue firmado por 13 cardenales y 19 altos oficiales del ejército impe- rial; Urbina, lo hizo en 4º lugar, tras el príncipe de Orange, Fernando Gonzaga y Be- mmelberg. Además, formó parte del consejo de guerra del Príncipe junto al citado Bemmelberg, el abad de Nájera, Ludwig von Lodron (1484-1538), Vespasiano Gon- zaga y Gerolamo Morone (1470-1529), mientras que Alarcón quedaba en guardia del Papa, Felipe Cerbellón como castellano de Sant’Angelo y el francés Charles de Tocques de Saint-Aubin, señor de la Motte-des-Noyers, con el mando de la ciudad. El ejército imperial salió de Roma el 30 de junio, asolada ya por la peste, alojándose entre Narni y Terni, al norte de la urbe, también en tierras de la Iglesia, donde per - manecería hasta el total reembolso de sus pagas atrasadas. Pese a dicha precaución, tanto el príncipe de Orange como el virrey Lannoy sufrieron el contagio; pero mien- tras el primero logró sanar en Siena, el segundo murió cerca de Aversa (23.IX), ca - mino de Nápoles, sucediéndole en el virreinato Hugo de Moncada.La epidemia tam- bién segó la vida de Fernando Marin, Abad de Nájera, comisario general del ejército, tan citado por su correspondencia con Carlos I (publicada en 1919). En cambio, Ur- bina permenció en Roma, pese a lo cual parece datar de entonces su pretendida fa- ma de “crápula de campamento”, cuyo posible orígen y pleno significado no he con- seguido establecer. Jugaba mucho y fuertes sumas, como era frecuente entre los o- ficiales de alta graduación, que eran sus contrincantes habituales. Römling (pg.198) ha documentado partidas de cartas y de dados en las que participó con Bemmelberg y el Príncipe de Orange, el perdedor más frecuente en estos envites: el 9 de mayo de 1527, en el palacio del Papa, perdió 140 ducados y en enero de 1528, sin constancia del lugar,aunque ante los mismos rivales, 515 escudos, una fruslería comparada con los 5.000 ducados que Sebastian Schertlin v. Burtenbach, entonces un simple capi- tán, reconoció en su autobiografía haber perdido en una hora de juego. De manera que, de ahí a aceptar la literalidad de la imputación media un abismo. Quiza bebiera, aunque dudo que más de lo justo para comparecer siempre sobrio, pero cualquier alusión a libertinaje o vida disoluta y licenciosa es inaceptable y calumniosa, sobre todo teniendo constancia —como tenemos— de que ahorraba, y no poco. Así, el 14 de junio de 1528, el príncipe de Orange escribía al Emperador que: «Jean Durbin... es uno de los mejores servidores que tenéis y creo que tendréis jamás, pues no esca- tima ni su cuerpo ni sus bienes a vuestro servicio. En lo que hace al cuerpo, lo tenéis sobradamente sabido por lo pasado; en cuanto a los bienes, además de los 3.000 es- cudos que os había prestado para ayudar a la paga de vuestros españoles,los alema- nes se habrían amotinado si no me hubiera prestado otros 2.000 para ellos» [U.Ro- bert, «Philibert de Chalon,Prince d'Orange (1502-1530). Lettres et documents». Bo- letin de la Real Academia de la Hisotria, XXIX (1901), pg. 148, doc. no. 105) Ya apuntamos que es dudoso que Urbina llegara salir de Roma, porque el 8 de julio se hallaba allí impidiendo un nuevo saqueo a la ciudad por los landsquenetes, siem- pre ávidos de botin, a los que logró mantener a raya. En aquellos días protagoniza - ron, tanto él como su alférez, Antonio Zamora, “algunas de las infrecuentes demos- traciones de clemencia y compasión que mostraron los invasores” (Gouwens y Re- iss, 136): en concreto, Urbina donó 30 ducados a un huérfano de 11 años que confió a las monjas de Campitelli. Por otra parte, diversos documentos le sitúan en Roma hasta finales de 1527, arrostrando impávidamente el riesgo de contagio. Hasta fina- les de agosto estuvo alojado en la casa de Monseñor Jacopo Cardello, prohibiendo que nadie pudiese penetrar después en dicha casa “asi por ser estançia mia como por estar destruyda a causa de los muchos dias que en ella soy estado alojado” (Römling, 205, citando una cédula inédita hallada en el Archivio Storico Capitolino). El 25 de setiembre volvió a evitar un tumulto de los alemanes, que en esta ocasión obtuvieron la custodia de algunos cardenales en garantía del cobro de sus pagas y, en noviembre, hubo de enfrentarse a un grupo de desertores que intentaron despa- rramarse por la ciudad, logrando expulsar a la mayoría; poco después, sofocaba de raíz un intento de motín de la infantería española, matando con su espada a uno de sus promotores (Rodríguez Villa, 305 y 307). ASEDIO Y DEFENSA DE NÁPOLES (1528) La conmoción en Europa por la violación de la Ciudad Santa de la Cristiandad y la prisión del Sumo Pontífice, tuvieron efectos políticos inmediatos. Francisco I y En- rique VIII renovaron su alianza, al márgen de la Liga, mediante un nuevo tratado (18.VIII.1527) que comprometía al primero a enviar a Italia un ejército de 50.000 hombres, al mando de Lautrec, mientras que el segundo contribuiría a su financión con 30.000 ducados mensuales. Tras forzar la sumisión de Génova, el general fran- cés invadió el Milanesado, ahora sumamente debilitado, obligando a capitular a las guarniciones de Alessandria, Vigevano y Abbiategrasso. Luego plantó su ejército an- te Milán, el 24 de setiembre, ofreciendo pactar su rendición a Leiva, que la rehusó; pero, ante las imponentes defensas de la plaza, prefirió marchar el 28 sobre Pavía, defendida por Ludovico Barbiano, conde de Belgioioso. También éste se negó a ren- dirla y la ciudad, tomada el 5 de octubre, fue saqueada durante 8 dias. Pero su verda- dero objetivo era el Reino de Nápoles, del cual Francisco I había designado ya por vi- rrey a Louis de Lorraine (1500-1528),conde de Vaudémont. Ante el giro de los acon- tecimientos, Francisco Gonzaga, duque de Mantua y Alfonso de Este, duque de Fe- rrara, tradicionales aliados del Imperio, pasaron a engrosar las filas de la liga,firmán- dose la renovación de la misma, el 7 de diciembre de 1527, en Mantua. Curiosamen- te, al alba del dia anterior, el Papa había sido puesto en libertad, por orden de Carlos I, pese a no haber cumplido todas sus obligaciones económicas, partiendo a Orvie- to.Al final de la carta en la que Moncada daba cuenta del hecho al Rey, escribía: “Ple- gue a Dios que sus obras para con V.M. correspondan a las buenas palabras que di- ce de querer ser buen padre de todos y hacer su posibilidad en la pacificacion y bene- ficio de la Cristiandad”. Como veremos, sus temores sobre la futura actitud de Cle - mente VII, eran infundados. Lautrec partió de Bolonia el 9 de enero de 1528 y, atravesando por la Romaña y Mar- ca de Ancona, cruzó el rio Tronto, divisoria del Reino, el 5 de febrero, tomando sin resistencia, y sin violencia, Teramo, Chieti y L’Aquila, antes de que los imperiales, maniatados por el cobro de las pagas, salieran de Roma el 17 de febrero. A grandes marchas intentaron oponer alguna resistencia a los franceses, pero cuando alcanza- las alturas de Troia (15.III), no lejos de de donde se hallaba Lautrec, éste había so - metido también a Capestrano, Noccera, Foggia, San Severo y otros lugares. Los dos ejércitos llegaron a estar tan próximos que sus avanzadillas trabaron algunos com- bates, pero antes de darse la batalla sus generales prefirieron aguardar refuerzos. Al llegar antes al campo francés Orazio Baglione con las “Bandas Negras”, el Príncipe de Orange levantó sigilosamente su campo, la noche del 21 de marzo, y se retiró ha- cia Nápoles mientras que Lautrec, en lugar de forzar su persecución, quiso apode- rarse de Melfi, que defendió valerosamente el príncipe del lugar, Giovanni Caraccio- lo (1487-1550). Tras ganarla al asalto (23.III), los franceses causaron una espantosa masacre que enfrió el espíritu de resistencia del resto de los barones del Reino, mu- chos de los cuales le remitieron voluntariamente las llaves de sus villas, castillos y ciudades, incluso desde Calabria. Las provincias de Abruzo, Apulia y Basilicata caye- ron totalmente en su poder, mientras que la flota veneciana tomaba las plazas cos- teras de Barletta, Trani, Molfetta y Monopoli en la segunda quincena de marzo. Tras ingresar en la provincia de Campania (17 de abril), los franceses ocuparon Ca- pua, Nola y Aversa, presentándose ante los muros de la capital partenopea el 29 de abril. Lautrec intentó someterla por hambre, pero los sitiados forzaban sus líneas con salidas diarias que dieron lugar a numerosas escaramuzas. La mayor de ellas se dio el 12 de mayo, cuando unas naves francesas, cargadas de vituallas, municiones y dinero fueron abordadas en la Maddalena, cerca de la desembocadura del Sebeto, siendo preciso transportar la presa por tierra para asegurarla contra el bloqueo naval del enemigo. El Príncipe de Orange ordenó salir a Juan de Urbina para hacerse cargo del precioso cargamento, mientras Lautrec quería recuperarlo a toda costa. «De tal manera dieron los unos contra los otros —refiere Cereceda— que Juan de Urbina hi- zo una gran matanza y tomó preso al coronel de los tudescos del campo francés [Wolf von Lupfen], con otros oficiales», regresando a Nápoles con el botín y «poca pérdida de los suyos». El 22 de mayo moría Baglione en otra escaramuza, sucedién- dole al mando de las “Bandas Negras”, Hugo Pepoli, viejo rival de Urbina. No todas aquellas “surtidas” fueron tan afortunadas. El 26 de junio, tras asaltar Fernando de Gonzaga el campamento frances del monte Posillipo, fue sorprendido durante el re- greso, perdiendo todas las carretas y mas de 100 prisioneros; pero mayor aun había sido la derrota sufrida un mes antes. El virrey Moncada, que zarpó del puerto con 6 galeras y dos fustas para intentar capturar algunas naves con suministros para el e- nemigo, fue sorprendido por la potente flota genovesa de Filippino Doria frente al Cabo d’Orso, en el golfo de Salerno (28 de mayo), perdiendo casi toda su armadilla y su vida,con la de Cesare Fieramosca y algunos centenares más, cayendo prisioneros, entre otros, el marqués del Vasto y Ascanio Colonna, Gran Condestable de Nápoles. La situación se agravaría más para los sitiados cuando, el 10 de junio, apareció en a- guas del Golfo la flota veneciana del almirante Lando, perfeccionando el bloqueo na- val de la ciudad, pero cambiaría radicalmente cuando Andrea Doria —enfrentado con Francisco I por el rescate del marqués del Vasto—ofreció sus servicios al Emperador, que aceptó sus condiciones. El 4 de julio, la flota genovesa se retiraba a la Spezia y la veneciana, temiendo que pudiera caer sobre ella, lo hizo el 18. Merced a esta rever - sión de alianzas pudo restablecerse el abastecimiento de los sitiados desde Sicilia, en tanto que la escasez se instalaba entre los sitiadores, en cuyo campo se declaró un brote de peste que se cobró primero la vida de Vaudémont y después la del mismo Lautrec (16 de agosto). A primera hora de la madrugada del viernes 28 de agosto, Juan de Urbina al frente de 15 compañías de soldados españoles, congregadas en Sant’ Elmo, junto a otro es- cuadrón de 3.000 alemanes, que saliendo de Nápoles a favor de la oscuridad se ha- bían ocultado en la falda de Poggio Reale, acometieron las trincheras francesas de Campo Vecchio, bien fortificadas y artilladas.Tras pelear toda la noche, al alba se rin- dieron los últimos defensores con su jefe, el coronel Charles de Coucy, señor de Bu- rie.Al conocer la noticia, el marqués de Saluzzo y Pedro Navarro, que habían asumi- do el mando de los sitiadores, decidieron levantar su campo aquella misma noche, enterrando la mayor parte de su artillería para poder marchar con más desembarazo. Perseguidos de cerca por los imperiales,apenas unos miles lograron alzanzar los mu- ros de Aversa o Capua, donde logró refugiarse la Banda Negra de Pepoli, que murió alli, provocando la rendición de los suyos (30.VIII). Aversa capituló el dia siguiente, siendo apresados Saluzzo, Charles d’Albret, hermano del rey de Navarra, y Rangoni; Navarro, Bolzoli y Paolo Camillo Trivulzio, heridos y apresados durante la persecu- ción, habían sido llevados a Nápoles, donde murieron poco después. La capitulación del marqués de Saluzzo en Aversa obligaba también a rendirse a las demás guarni - ciones francesas. Nola se entregó inmediatamente y las restantes a lo largo del mes de setiembre, excepto Barletta, Andria, Trani y Monopoli, retenidas por los venecia- nos. Doria reconquistaba Génova (10.IX) y poco después Inglaterra se desvinculaba de la liga.Aunque Francisco I pudo enviar refuerzos a Lombardía, al mando de Fran- çois de Bourbon, conde de St.-Pol, éste acabó preso y vencido por Leiva en la batalla de Landriano (21.VI.1529), abocando al rey francés a la Paz de Cambrai, más conoci- da como "Paz de las Damas” (5.VIII.1529). MUERTE PREMATURA Y TRAICIONERA. Clemente VII había concluído antes una paz separada con el Emperador, firmada en Barcelona, el 29 de junio del mismo año; un tratado que obligaba al monarca espa- ñol a una nueva reposición de los Médici en Florencia, expulsados de ella poco des- pués del saco de Roma. La reconciliación entre ambos comenzó a gestarse poco an- tes de su liberación de Sant’Angelo, razón por la cual el Papa rehusó participar en el esfuerzo bélico de la Liga contra Nápoles, incluso cuando, tras la derrota y muerte de Moncada, Lautrec envió a François de la Tour, vizconde de Turenne, para intentar convencerle. Pero el Pontífice, que sabía que Francisco I no le ayudaría a restaurar la autoridad de su familia sobre Florencia, aliada de Francia, y rehusó involucrarse. Aun antes de firmarse el tratado, el Emperador había escrito varias veces al Príncipe de Orange, desde Zaragoza y la misma Barcelona, previniéndole de que estuviera preparado para marchar “a donde y por donde Su Santidad le pidiera” (Varchi, 32). El 15 de mayo, desde Barcelona, le recomendaba que llevara alemanes y «que no deje de ir Juan de Urbina» (Viajes del Emperador). Esta debía ser posterior a otra, mencionada por Varchi sin aportar su data, dirigida a su Consejo Colateral de Nápo- les, solicitando que “si las cosas del Reino no reclamaban la presencia de Urbina, el virrey pudiese valerse de su persona”. Según Sandoval, la insistencia cesárea —que preparaba su viaje a Italia para recibir la investidura imperial por Clemente VII— se debía al deseo de conocer personalmente a Urbina, pero era otra su naturaleza: que el Consejo había rechazado dicha petición “a causa de las tierras que tienen los vene- cianos en Apulia”. Para comprender su negativa es preciso considerar que aun anda- ba poderoso Saint-Pol en Lombardía y que, en el virreinato, los vestigios del ejército de Lautrec se habían unido a las tropas venecianas, dueñas de las plazas adriáticas que arriba señalamos. En noviembre de 1528, Renzo de Ceri había aplastado una in- surrección en Barletta, incendiando y arrasando sus dos arrabales; incluso, más re - cientemente, el marqués del Vasto había fracasado en el asedio de Monopoli (9.III - 18.V.1529). El Consejo se cerró a la salida de Urbina del Reino incluso cuando, a las instancias del virrey y del Emperador, se sumó el Papa, que envió a Nápoles a un tal «Monsieur de Bombardon, uno de los que había venido con el Condestable» para tratar de mover su voluntad. El Colateral se mostró impasible una vez más, «protes- tándole (a Urbina) bajo gravísima pena que no partiese del Reino» (Varchi, 33). Pe- ro la intimación le encolerizó tanto que, sin sospechar que en aquel preciso momen- to torcía ineluctablemente su destino, se presentó ante el Consejo, del cual formaba parte, amenazando con estrangular a los firmantes de la resolución y a quien se la ha bía llevado. Refieren las crónicas que seis consejeros corrieron a esconderse, pres - tándole los demás la venia para su partida. Urbina se presentó en el campo junto a L’Aquila, donde el virrey reunía las tropas destinadas a la empresa de Florencia. Apenas llegado, le nombró su lugarteniente, encomendándole el ejército mientras él partía a Roma para entrevistarse con el Pa- pa (31.VII.1529). El campo estaba compuesto por 3.500 alemanes y la coronelía de Maramaldo porque los españoles se quedaron para la guarda del Reino, bajo el go- bierno interino del Cardenal Colonna; el marqués del Vasto había partido anterior - mente a Lombardía para tratar de reunir alguna infantería española, que debía con- centrarse en Foligno con el cuerpo expedicionario. La negociación con el Papa fue árdua y hasta el 19 de agosto no se reunió el virrey con Urbina, que había conducido el ejército hasta Terni. De camino a Foligno, sometieron algunos lugares de Malates- ta Baglioni, señor de Perugia, aliado de los florentinos, a quien el príncipe de Orange había escrito y enviado emisarios para ganarle mediante composición; por ello no se empleó violencia contra Montefalco y Bavagna,villas de Baglioni, cuyas guarniciones se refugiaron en Spello, que también señoreaba. Cuando el ejército llegó a Foligno, aun no lo habían hecho los refuerzos que debía aportar el marqués del Vasto,ni tam- poco se tenían respuestas positivas de Baglioni. El 28 de agosto, para forzar a éste, el virrey ordenó a Urbina que tomara Spello, villa murada, 8 Km. al N. Pasado el me- diodía,Urbina intimó la entrega de la plaza a su gobernador, Leone Baglione, herma- no natural de Malatesta. «No le quiere obedecer; antes, entreteniéndole con palabras —refiere Cereceda (p.235)—, le tiran con un mosquete y le hieren en una pierna», siendo llevado a Foligno. El príncipe de Orange, al conocer el hecho, se presentó el dia siguiente ante el lugar con todas sus fuerzas, lo sometió a un duro bombardeo y forzó su capitulación el 31 de agosto. No obstante, la guarnición fue expoliada cuan- do salía bajo la fe de los pactos, que tampoco salvaron a la villa del saqueo. Tal fue la vengaza de Orange por la agresión cometida sobre Urbina, hecho que la mayoría de los historiadores, siguiendo a Giovio y a Giucciardini, obvían y trastocan, prefirién- dose aquí la narración de un testigo ocular. Todavía le vio con vida el príncipe de O- range en Foligno, gangrenada su herida, y escribió al Emperador temiendo por ella. Carlos V, que se hallaba ya en Italia, le respondió desde Castell San Giovanni, el 5 de setiembre, lamentando su estado y deseando su recuperación, pero falleció aquel mismo dia, casi en soledad, dado que el ejército había emprendido ya la marcha so- bre Perugia. En cambio, tras su nuerte, no le faltó el reconocimiento unánime de camaradas, poetas e historiadores, incluso de sus enemigos. Paulo Giovio, que había padecido el saco de Roma, se muestra muy laudatorio en los libros 25 y 27 de Histo- riarum sui temporis (Florencia, 1552), y tampoco le escatimó elogios Francesco Gui- cciardini en su Storia d’Italia (Florencia, 1561; lib. XIX, cap.12), donde le reputa de «il principato tra tutti i capitani spagnuoli, perché per consiglio suo si reggeva quasi tutta la guerra».No por harto manoseada y de sobra conocida, vamos a obviar en es- ta glosa, aquella famosa sentencia, que respondía entonces a una muy arraigada y profunda convicción en aquel ejército: «Un alférez, Santillana; un capitán, Urbina» RECOMPENSAS EN VIDA. Aunque algo tardíamente, llegaron a alcanzarle en vida las recompensas y distincio- nes que tanto había merecido, labradas a golpes de audacia. Refiere Sandoval que fueron las de “comendador de Eliche, alcaide del Ovo y de Aversa, y marqués de Oi- ra, conde de Burgomene, señor de Esforcessa, señor del Jardín de Milán y maestre justiciero de Nápoles”; las mismas que había anticipado Juan de Oznayo, con distin- ta ortografía, y que repetiría Rafael de Floranes en su estudio sobre El Canciller Ma- yor de Castilla, don Pedro López de Ayala (Co.Do.In, XIX, Madrid, 1854), donde re- conoce ser autor de un memorisl impreso sobre los «servicios de Juan de Urbina y muchos de los señores de su Casa hasta el alférez Francisco Javier de Urbina, Isun- za y Eguiluz, Diputado que ha sido por la provincia de Alava» (pg.23). Vamos a re- pasar dichas mercedes: La encomienda de Heliche y Castilleja, de la Orden de Alcántara, perteneciente al partido de la Serena (actualmente en la provincia de Sevilla), estaba vaca desde la muerte de Cesare Fieramosca (28.V.1528),que referimos mas arriba. No he localiza- zado la cédula de su concesión, que correspondía al Emperador como Maestre de las Ordenes, pero se habla de ella en la correspondencia publicada por Ulysse Robert. Así, escribiendo al Emperador el 1 de mayo de 1528, el príncipe de Orange suplicaba que «os sirváis proveer a Jan D'Urbin de la capitanía de gente de armas y de la cas- tellania de Castel Ouve que él tenía —refiriéndose al fallecido Ugues de Moncada— y también, Sire, para que tega medios de entretenerse a nuestro servicio la encomien- da de Calatrava que tenía el señor Sesar Fieramosque» (pg.103, doc.99, de cuyo ori- ginal en francés he conservado la grafía de los nombres propios). Dado que la enco- mienda, y posiblemente el resto de las mercedes suplicadas, se le concedió, lo cual implicaba su ingreso previo en la Orden alcantarina, debió de abrirse el correspon- diente expediente de pruebas, que la muerte del pretendiente dejó inconcluso; por lo tanto, ni vistió el hábito de caballero ni llegó a despachársele el título de la enco- mienda, razón que no nos priva de reconocerle como tal ya que los derechos econó- micos que le reportaron fueron acreditados en la liquidación de deudas practicada por la Corona, a petición de su viuda el año 1531. Aunque investido de ellos, tampoco llegó a gozar, ni siquiera visitar, sus dominios señoriales. El único que fincaba en el Reino de Nápoles era el marquesado de Oira, arrebatado a Roberto Bonifacio por haberse sometido a los franceses, aunque éste conseguiría recobrarlo alos más tarde, mediando el pago de una fuerte suma a su viuda, doña Francisca de Viacampo. Los restantes se hallaban en Lombardía: el con- dado de Borgomanero, cerca de Novara, formaba parte de las tierras confiscadas a Paolo Camillo Trivulzio, arriba mencionado; el palacio de la Sforzesca, una gran vi- lla rural levantada por Bramante para Ludovico el Moro, en 1486, todavía se conser- va cerca de Vigevano,y el Giardino di Milano o Viridarium, otra villa de recreo donde posteriormente se alzaría el actual palacio Isimbardi,se hallaba entonces extramuros de Milán, en el camino de Monforte. La primera se retornó en 1530 al duque de Mi- lán, a quien se le había incautado en 1528 por seguir el partido de la Liga; en cambio, la segunda cambiaría de dueño en 1557, ya fallecida su segunda esposa. Además de los predios señalados, gozó simultánemante los empleos de castellano de Aversa y de Castel dell’Ovo, el segundo en importancia de los que defendían la ciudad de Ná - poles, donde también fue promovido a Maestro Giustiziere, uno de los llamados sie- te grandes oficios del Reino. SEGUNDO MATRIMONIO (1529) Y SEPULCRO (1531). Cuando redacté la biografía de Urbina para el Diccionario biográfico español, desco- nocía que hubiera contraído segundas nupcias en Nápoles con una jóven aragonesa avecindada en la ciudad, hija de un capitán. La boda debió celebrarse a finales de 1528 o a principios de 1529, porque no pudo hallarse presente en ella el que fuera su alférez y gran amigo Rodrigo de Ripalda, ya citado,que casaría después con su viuda. Ripalda fue quien erigió el sepulcro a su memoria, en cuya lápida escribió:«Joannes Dorbinus hic ficus est, qui summo corporis, atque animi vigore bella gerendo, Cae- sari victorias, Hispaniae decus, sibi nomen cum inmortali gloria comparavit. A.Sal. M.D.XXXI. Rodericus Ripalta Amico». Ignoro si el texto se compuso en latín o en romance, aunque creo esto último más plausible; el caso es que nos ha llegado mer- ced a la transcripción que hizo del mismo Julio César Capaci, que compuso en latín su Urbis Neapolis a secretis et civis Historiae, escrita antes de 1554 aunque no fue publicada hasta 1771 por Gravier en la monumental Raccolta di tutti i piu rinomati scrittori dell’ Historia generale del Regno di Napoli, principiando dal tempo che que- lle Provincie hanno preso forma di Regno (vol. XXIII,págs. 25-26). El sepulcro se erigió en la iglesia de Santa Maria de la Cripta de Pausillipo, que es como la llama el autor, aunque ya en la vista de Heirs (1734), se cita por Santa María de Piedigrotta, que conserva en la actualidad.El sepulcro, que estaba junto al altar mayor, no se ha preservado, siendo el último que dejó constancia de haberlo visto, aunque no rese - ñara su inscripción, Nicolás de la Cruz en su Viaje de España, Francia, e Italia, tomo quinto,que trata de Nápoles y de sus alrededores, publicado en Madrid (Imp.de San- cha, 1807), págs. 65 y 66. Benedetto Croce, basándose en el precedente trabajo de Carlo Celano (1625-1693), describió así los sepulcros españoles de dicho templo: «En la iglesia de Piedigrotta, el aragonés Luigi Viacampo, alférez imperial y capitán de infantería, muerto en Bolonia el año 1530 durante la coronación de Carlos V, y el otro capitán Rodrigo Ripalta (sic) que levantó la tumba a Dorbina (sic) y que mu- rió de un arcabuzazo en 1536 en el asedio de Ceri (sic); entrambos de los cuales esta el monumento de Francisca Viacampo, mujer primero del uno y después del otro, que quiso ser sepultada, en 1554, junto al primer marido». Como Capaci no alude al sepulcro de Francisca, se infiere que visitó la iglesia antes de su fallecimiento (1554). La traducción del epitafio que nos dejó sobre Urbina se- ría: «Aquí yace Juan de Urbina, el más alto de cuerpo y de vigor de ánimo peleando en la guerra. Su nombre, de inmortal gloria, preparó las victorias del César y los triunfos de España. Su amigo Rodrigo de Ripalda. Año del Salvador de 1531. © JUAN L. SÁNCHEZ. |
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| El único retrato conocido de Juan de Urbina procede de: Retratos de los Españoles ilustres, con un epítome de sus vidas, publicado en Madrid, por la Imprenta Real, en 1791. El dibujo lo hizo Antonio Carnicero (1748-1814), grabándolo defi- nitivamente al buril Manuel Salvador Carmona (1734-1820), tras haberlo comenzado L. Noseret (el original mide 359 x 235 mm.). En la inscripción al pie de la estampa, se lee: "JUAN DE URBINA. Natural de Vizcaya: Maestre de Campo de los Exércitos de Carlos V, famoso por su esfuerzo y osadía: fué muerto en el asalto de Híspelo en el año de 1530." |
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| Gastón de Foix, conde ’d'Étampes y duque de Nemours (1510-12), que pereció en la batalla de Ravenna a los 23 años de edad (Litografía de François Delpech, 1829). |
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| Odet de Foix, señor de Lautrec, en un conocido dibujo de F. Clouet. El Palacio del Senado (Madrid) conserva un retrato suyo, de cuerpo entero, que perteneció a la pinacoteca del marqués de Leganés. |
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| Prospero Colonna, patricio romano (aunque nacido en Velletri), al servicio del Emperador, según la xilografía publicada por Rendina en Capitani di ventura. |
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| Pierre de Terrail, señor de Bayard, “chevalier sans peur et sans reproche", Martin Garcia de Cereceda, soldado y cronista, refirió al pormenor los últimos momentos de su lenta agonía, cuya suerte conmovió a Urbina tanto como si se hu- biera tratado de un camarada de armas. |
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| Antonio Leiva (1486-1536), había sido preferido a Urbina cuando, en mayo de 1522, se produjo la vacante de maestre de campo en el ejército de Lombardía. Toda- vía dicho empleo no aparejaba la autori- dad y competencias que posteriormente se le añadirían al aparecer los tercios en la orgánica militar española. Leiva no asistió a la primera expedición de Provenza que aqui referimos, pero lo haría en la se- gunda, en la que murió (1536). |
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| La ciudad de Marsella a la que puso sitio el ejército imperial a las órdenes del Duque de Borbón y el Marqués del Vasto, el 23 de agosto de 1526, no difería mucho de la que aparece en el Civitatis Orbis Terrarum, de Georg Braun y Frans Hogenberg, publicada entre 1572 y 1617. Sin embargo, la Tour Royale que ya defendía el puerto de Toulon (abajo), se rin- dió a los españoles tras 4 dias de resistencia y éstos desmontaron sus cañones para apuntarlos contra Marsella. |
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| Lope de Vega (1562-1635), el Fénix de los ingenios, solo trata el drama conyu- gal de Urbina, en 4 escenas de las 23 que componen el segundo acto de “La contienda de Diego Garcia de Paredes y el Capitán Juan de Urbina" (estrenada el 15 de febrero de1600). Sin embargo, fue el que más lejos llevó la excuplación de Urbina de todos cuantos la trataron en los escenarios. El crimen no fue sino otra mas de las gestas del soldado. |
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| Georg von Frundsberg , el padre los lans- quenetes, no pudo soportar el ver merma- da su autoridad entre sus hombres y su- frió una apopegía de la que no se recu- peraría, aunque alcanzó a morir en su castillo de Mindelheim (20.VIII.1528) |
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| Alfonso de Avalos Aquino y Aragón (1502-1546), IV marqués del Vasto y de Pescara, Caballero del Toisón de Oro, retratado por Tiziano. Era coronel de la Infantería del Reino de Nápoles, pero en- tonces dicho empleo equivalía al de general de toda ella; es decir, la misma función que posteriormente tendría el empleo de maestre de campo general, o abreviadamente MdCGral. |
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| Francesco Maria della Rovere, duque de Urbino (1548-1631), general de las tropas venecianas, en un grabado decimonó- nico francés. |
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| Charles III de Bourbon, duque de Bor- bón, conde de Montpensier y Condes- table de Francia, de donde tuvo que huir a finales de 1523. El Emperador le re- cibió a su servicio y le dió el mando de sus tropas en Lombardía, distinguién- doso en la batalla de Pavía. |
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| La muerte del Duque de Borbón ante los muros de Roma, en un grisalla del ga- ditano Francisco Mota (1915). Abajo, una ilustración decimonónica sobre el sa- queo de los templos de la ciudad. |
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| El conquense Hernando de Alarcón (Palomares, 1466 - Nápoles, 1540), llamado a Nápoles, sería designado cas- tellano de Sant'Angelo y custodio de Clemente VII hasta su liberación. El grabado procede de la misma colección que referimos en el de Urbina y a la que también pertenece el de Leiva. |
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| Charles de Lannoy (1487-1527), virrey de Nápoles desde marzo de 1522, acu- dió a Roma en auxilio del Príncipe de Orange, pero contrajo la peste e inten- tó regresar a Nápoles para curarse. Murió de camino. |
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| Giulio de Medici (1478-1524), Papa Cle- mente VII (1523-34), retratado por S. Lu- ciani, ca. 1526-27. Sobre el fin que tuvo su cautiverio la historiografia decimonó- nica expandió la falsedad de su imposi- ble fuga de Sant'Angelo, disfrazado de comerciante, cuando está sobradamente documentada su puesta en libertad por orden del Emperador. |
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| Vista de Nápoles, en un graba- bado de Sebastian Munster pu- blicado en 1550, pero basado en un dibujo anterior a 1535 porque aun vemos el primitivo castillo de Sant' Elmo en la ci- ma del monte San Erasmo (arri- ba, izquierda) que el valencia- no Escrivá convirtió en la forta- leza poligonal que hoy conoce- mos; tambien se aprecian las antiguas torres de Castel Ca- puano, junto a la Porta Capua- na (derecha), desmochadas el mismo año para convertir el edificio en sede de los tribuna- les de la Vicaria, la Sommaria y la Zecca. El trazado de las mu- rallas y torres nos permite una idea de su estado durante el asedio de 1528. A la izquierda de Castelnuovo, no recoge el grabado ni Castel dell'Ovo ni la colina Pizzofalcone, que juga- ron un importante papel en la defensa; tampoco aparece el monte de Posillipo, más a la izquierda todavía, en Mergelli- na, donde acababa la ribera de Chiaia y se hallaba, y aun se halla, la iglesia de Santa Maria de Piedigrotta, donde fue inhumado Juan de Urbina. |
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| Teramo, capital de la provincia de su nombre, en Abruzzo. Panorámica actual. |
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| Philibert de Châlon (1502-1530), príncipe de Orange, sucedió al Condestable como jefe del ejército y a Moncada como virrey de Nápoles a la muerte de ambos. En- cargado de someter a Florencia. murió en la batalla de Gavinana (2.VIII.1530), que obligaría la república a capitular diez dias más tarde.. |
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| Hugo de Moncada (1478-1528), fue uno de los más efímeros virreyes de Nápoles, ya que fungió el cargo sólamente 8 me- ses. Le sucedió como tal Philibert de Chalons, Príncipe de Orange. |
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| Vista aérea de la actual fortaleza de Sant' Elmo, desde la cual salió Urbina, la noche del 28 de agosto de 1528 para romper el cerco francés sobre la ciudad. |
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| Pedro Navarro, el cántabro a cuyas órde- nas había servido Urbina en Bujía y Trí- poli (1510) y al que después —ya a sueldo francés— apresaría en Génova (1523), fue capturado de nuevo en la retirada ha- cia Aversa. Conducido a Nápoles y re- cluído en Castilnovo, se dice que fue as- fixiado por orden de Alarcón para evi- tarle la decapitación pública, pena que el Emperador le habia impuesto. |
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| Este retrato de Juan de Urbina, por ma- no anónima pero copiado del preceden- te, fue publicado el el tomo I del «Tra- tado de las camapañas y otros aconte- cimientos del Emperador Carlos V, en Italia, Francia, Austria, Berbería y Gre- cia, desde 1521 hasta 1545, por Martin Garcia de Cereceda, cordobés, soldado en aquellos ejércitos», que aporta un testimonio veraz y valiosísimo sobre las operaciones militares de aquellos tiem- pos. Según Guvantes (1802), el dibujo para el grabado se inspiró en un retrato atribuído a Pantoja de la Cruz que en- tonces se hallaba en el palacio del mar- qués de Montehermoso, en Vitoria. |
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| Spello, la anrtigua Hispellum, llamada Hispelo en tiempos de Urbina.ARRIBA, vista de su estado actual; CENTRO, la Porta di Venere (Venus), desde una de cuyas torres partió el disparo que le causaría la muerte (estado actual); ABAJO: Xilografía de su porte en 1568; más ajustado al que prestó marco a la traición perpetrada contra Urbina. |
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| Una de las 4 torres laterales e idénticas, que rematan los extremos de la villa Sforcezca, cerca de Vigevano, en Lom- bardía, que Urbina señoreó poco tiempo. |
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| Castel dell'Ovo (Castiillo del huevo), frente a la colina de Pggio Reale, en un grabado de H. Heirs, de 1734 |
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| La iglesia de Santa Maria de Piedrigotta, al pie de monte Posillipo y a la entrada del camino que los romanos excavaron en él para facilitar la comunicación con Puzzoli. En la vista de Heirs, (1734) está señalada con el no. 53; en primer término, Mergellina. |
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| Estado actual de la fachada de la iglesia de Santa Maria de Piedigrotta, en Nápoles (estación de Mergellina). |
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