SEÑOR DEL GIARDINO DI MILANO Y DE LA VILLA SFORZESCA,  
MARQUES D'OIRA, CONDE DE BORGOMANERO Y COMENDADOR
DE HELICHE EN LA ORDEN DE ALCÁNTARA(1528-29); SOLDADO
INFª ESPAÑOLA (1502), ALFÉREZ INFª PONTIFICIA (1507), CAPI -
TÁN IDEM (1511), CAPITÁN INFª ESPAÑOLA (1512); MAESTRE DE
CAMPO INFª ESPAÑOLA (1522), CASTELLANO DE AVERSA Y DE
CASTELL'OVO (1528), MAESTRE JUSTICIERO DEL REINO DE NÁPO-
LES (1529).

ORÍGENES Y PRIMEROS SERVICIOS MILITARES:
Citado frecuentemente como vizcaíno o alavés, Guvantes (1802) fijó su nacimien-
to en el lugar de Urbina de Basabe, en el valle y hermandad de Quartango, diócesis
de Calahorra. Sin embargo, Prudencio de Sandoval afirma que fue natural de Ber -
berana, en la antigua merindad de Castilla Vieja (hoy de Losa), en tierras burgale-
sas, aunque más cerca de Orduña o Amurrio (Vizcaya) que de cualesquiera otros
lugares castellanos. Suele datarse su nacimiento ca. 1490 (Römling) ó 1492 (Espa-
sa), pero he debido retrasarlo un lustro por la imposibilidad de conciliar tales fe-
chas con las noticias aportadas por Sandoval, Zurita o Cadenas, entre otros, que
forjan su reputación de valiente soldado durante las campañas napolitanas del
Gran Capitán (1502-1503). El primero, tras referir al detalle el desafío de Rossano,
en Calabria (1503), afirma que
“desde entonces quedó Juan de Urbina por el mejor
soldado de Italia; mas como se acabó luego la guerra de Nápoles, no pudo subir”
.
Fuese por ambición o mera necesidad, como recordaba Diego García de Paredes
(1466-1528) en los postreros dias de su vida, lo cierto es que a finales del año 1506
ambos pasaron al servicio del Papa Julio II, que les empleó de alabarderos del
“Sacro palacio” (Vaticano). En mayo de 1507, para someter a la rebelada Monte -
fiascone, el Papa ordenó levantar 4 compañías de infantería, una de las cuales dio a
García de Paredes, el “Sansón extremeño”, que hubo de elegir a sus subalternos.
Como alférez nombró a Urbina, un mozo de unos 20-21 años de edad y solo cinco
de servicios, pero más sorprendente resulta que lo prefiriera a su propio hermano,
al que hizo sargento, o a los Pizarro, Villalba y Zamudio que fueron sus cabos de
escuadra; el primero, padre del conquistador y los otros, nada menos que corone-
les de infantería española en Ceriñola. Mucha fama de valiente, al menos tanta co-
mo unánimemente le reconocen sus coetáneos, debía haberse granjeado el jóven
Urbina, y muy rápidamente, para justificar aquella elección, aun dando por
sentadas las cualidades que Sandoval glosa: “grande, robusto, de lindo entendi -
miento, limosnero, liberal, devoto y hombre que nunca juraba”.
La experiencia no fue duradera,  aunque el producto de saqueos y rescates le per-
mitiría desligarse del servicio papal. En el verano de 1509, tras la toma de Orán,
asentó de nuevo plaza de soldado en la infantería española y partió de Nápoles,
con los veteranos que el virrey aportó a Pedro Navarro (1454-1528), para otra ex -
pedición contra Berbería. Participó en los asaltos y conquistas de Bujía (6.I.1510) y
de Trípoli (25.VII.1510), así como en la desastrosa invasión de la isla de los Djerba
(que nosotros llamábmos los Gelves), el 30 de agosto siguiente, quedando después
de guarnición en Trípoli, a las órdenes de Jaime de Requesens. A raíz de un motín,
Requesens fue relevado y regresó a Nápoles con no pocos soldados descontentos y
desmovilizados, entre ellos Urbina, que se fue a Roma para enrolarse por segunda
vez en las tropas de la Iglesia. Julio II preparaba entonces un ejército para recobrar
de Venecia algunas plazas de sus estados en Romaña y le concedió el mando de
una compañía. Sirvió con ella en la toma de Mirandola (20.I.1511), así como en la
retirada del ejército papal de Bolonia (21.V.1511), sublevada por los partidarios de
Giovanni Bentivoglio y amenazada por un poderoso ejército francés.

CAPITÁN DE INFANTERÍA ESPAÑOLA
Tras la publicación, el 5 de octubre de dicho año, de la primera “Liga Santa” entre
la Iglesia, Venecia y Fernando el Católico, Urbina obtuvo licencia para servir en el
ejército del virrey Ramón de Cardona, que le respetó el empleo de capitán de in -
fantería. Al mando de su propia compañía se halló en el infructuoso asedio de Bo-
lonia (26.I – 6.II.1512), que el virrey hubo de levantar ante la llegada de un ejército
francés de socorro, así como en la batalla que se dio en las inmediaciones de Rave-  
nna (11.IV.1512), donde Cardona fue derrotado por Gastón de Foix (1489-1512),
duque de Nemours. El escuadrón de infantería de Urbina, en el que combatió  jun-
to a Luis de Herrera y Antonio de Leiva, consiguió replegarse en perfecto orden,
rechazando todas las cargas del enemigo, incluso la última de la caballería, manda-
da personalmente por el duque de Nemours, que perdió su vida en el empeño.
También pereció en la lucha su jefe inmediato, el coronel  Zamudio, que fuera su-
bordinado suyo al servicio del Papa; pero conviene recordar aqui que uno de sus
antiguos superiores, Pedro Navarro, cayó prisionero en la jornada. Como  Fernan-
do el Católico se negó a pagar su rescate, lo que en cambio hizo el rey de Francia,
pasaría pasaría al servicio de éste, convirtiéndose desde entonces en uno de los
más formidables rivales de sus antiguos cama-radas de armas.

Aquella gloriosa retirada permitió salvar al virrey y al núcleo del ejército que Car -
dona lograría rehacer en Nápoles, desde donde partió el 7 de junio. En una rápida
campaña, que comenzó con la toma y saqueo de Prato (29 de agosto), logró resta-
blecer la autoridad de los Médicis en Florencia y, poco después, la del duque Maxi -
miliano Sforza (1593-1530) en Lombardía, hijo primogénito de Ludovico el Moro,
despojado de sus estados y muerto en prisiones francesas hacía 4 años. Su reposi-
ción se vió facilitada por la pasividad francesa, que prácticamente abandonaron el
estado para defender la Guyena, invadida por las tropas anglo-españolas que ha -
bían completado la fulgurante  conquista de Navarra. El año siguiente, combatió
en la victoriosa batalla dada contra los venecianos en la Motta, cerca de Vicenza (7 .
X.1513), permanenciendo en Lombardía hasta que, poco antes de la muerte de
Luis XII (1.I.1515), se llegó a la paz con Francia. No obstante apoderarse su yerno y
sucesor, Francisco I, del Milanesado el mismo año de su coronación (1515), tras
derrotar a Maximiliano Sforza en la batalla de Marignano y alienar sus derechos
sucesorios por 30.000 ducados, dicha paz no se rompería hasta 1521, cuando el rey
francés invadió Navarra para intentar la restauración de la Casa de Albret.

PROEZAS EN LOMBARDIA (1522-23).
Próspero Colonna (1452-1523), lugarteniente de Carlos I en Italia, atacó el Milane-
sado, que defendía Odet de Foix (1485-1528), señor de Lautrec, apoyado por tro -
pas suizas y venecianas. Urbina tuvo una parte fundamental en la ruptura de las
defensas francesas, apostadas en el rio Adda, entre Trezzo y Cassano, ya que logró
cruzarlo con 30 hombres en una barca, cerca de Vaprio d’Adda, y sostuvo una ca-
beza de puente en la orilla opuesta hasta que pudo ser apoyado (8 de noviembre).
Colonna marchó inmediatamente contra Milán, que tomó por sorpresa la noche
del 19, aunque su fortísimo castillo permaneció en poder de la guarnición francesa.
Lautrec abandonó algunas plazas y se replegó sobre territorio véneto, pero intentó
recobrarlas el año siguiente, en conjunción con otro ejército francés que, al mando
de su hermano Tomás, señor de Lescun, había desembarcado en Génova. Tras to-
mar Novara y asediar infructuosamente Pavia, marchó sobre Milán, pero fue com-
pletamente vencido en la batalla de Bicocca (27 de abril de 1522), casi a la vista de
la capital lombarda, sufriendo fuertes pérdidas y el abandono de sus mercenarios
suizos. Colonna rindió Lodi, Pizzighetone, Génova —donde Urbina capturó a su
antiguo jefe, Pedro Navarro (30 de mayo)— y Cremona, permitendo a Lescun, tras
capitular la entrega del castillo, retirarse a Francia con su guarnición; las mismas
condiciones que concedió a la del castillo de Milán, que no rindió hasta el 14 de
abril de 1523. Sin embargo, el 14 de setiembre de aquel mismo año, otro ejército
francés al mando de Guillaume Gouffier (1488-1525), señor de Bonnivet, cruzaba
el Tesino para invadir nuevamente el Milanesado, marchando por Vigevano hasta
Milán, ante la que llegaron el 17 de setiembre. Durante este asedio, Juan de Urbi -
na, al mando de 600 hombres, condujo una “encamisada” (ataque nocturno) sobre
el campamento enemigo, causándoles un gran estrago a costa de muy pocas pér-
didas (Cereceda, I, 49-50). Conociendo la inminente llegada del socorro que traía
el virrey Carlos de Lannoy (1487-1527), los franceses levantaron el campo y se re-
plegaron sobre Abbiategrasso y Robecco (14 de noviembre). La defensa de Milán
fue la última victoria militar de Colonna, que murió allí el último dia del año 1523.

El 19 de enero siguiente, el virrey Lannoy, con Hernando de Alarcón (1466-1540) y
Juan de Urbina, asaltaron sorpresivamente el cuartel de los franceses en Robecco,
masacrando a la mayor parte de la guarnición y capturando su bagaje, armas y ca -
ballos; Urbina fue quien tomó el puente que protegía el campamento, con el sigilo
necesario para evitar que se diese la alarma. Reforzado el campo imperial por tro-
pas venecianas al mando de Francisco Maria della Rovere (1490-1538), Duque de
Urbino, el virrey Lannoy resolvió expulsar a Bonnivet de Lombardía. El 26 de mar-
zo, Juan de Urbina, al mando de un millar de soldados españoles y alemanes, sor-
prendió al destacamento alojado en Sartirana Lomellina, donde hizo prisioneros a
dos señalados jefes enemigos: el conde Hugo Pepoli (1484-1528) y Juan de Birago
(1488-1528). Para evitar nuevas sorpresas, Bonnivet agrupó a su ejército en Nova-
ra y ordenó la retirada hacia Ivrea con intención de retornar a Francia por el valle
de Aosta. Lannoy marchó tras ellos tibiamente, sin apenas inquietar a su retaguar-
dia y, cuando quiso atacar su campo en Romagnano, en la orilla del río Sessia, la
artillería francesa se bastó para frustrarlo. Urbina, herido en la acción, reaccionó
visceralmente y acusó al virrey de connivencia con el jefe francés, arguyendo que
ambos eran borgoñones, logrando que tanto Hernando de Alarcón, comisario ge-
neral del ejército, como el Condestable Carlos de Borbón, que militaba por Carlos I
desde comienzos de aquel mismo año, arrancaran del virrey una conducta más
enérgica. Aquel mismo dia se cruzó el Sessia en persecución de los franceses y, por
la tarde del siguiente (30 de abril), se trabó una escaramuza en el bosque de Rova-
senda (a menudo citado como Ravisigno o Robasegna), donde cayó mortalmente
herido Pierre de Terrail (1476-1524), señor de Bayard, prototipo del héroe caballe-
resco francés y universalmente conocido como “el caballero sin miedo y sin tacha”.
El primero de mayo se castigó duramente a la retaguardia enemiga en Buronzo y
Salussola, al paso del Elvo. Los franceses desistieron de fortificarse en Ivrea, pero
lo hicieron tras el puente romano de Pont Saint Martin, a 25 metros de altura
sobre el Lys, poco antes de desaguar en el Dora. Urbina, apenas recobrado de su
herida, forzó el puente el 3 de mayo, al mando de 30 arcabuceros, y la vanguardia
francesa, para aligerar su huída, hubo de abandonar toda su artillería en Bard. La
satisfacción por la presa, y la necesidad de transportarla a Shantià, donde habia
quedado el grueso del ejército, puso fin a la persecución.

LA INVASIÓN DE PROVENZA (1524)
En Shantià se decidió la invasión de Provenza para favorecer la pretensión del
condestable de Borbón de reinstaurar el viejo reino de Arles, apoyada por Carlos I
para intentar distraer la atención de Francisco I sobre Italia. Mandaban la expedi-
ción el Condestable y Alfonso de Avalos (1502-1546), marqués del Vasto, que se
habia negado a servir a las órdenes del primero, ambos como capitanes generales
de un reducido ejército de  13.000 hombres, al cual prestaría apoyo una escuadra
de galeras al mando de Hugo de Moncada. Urbina desempeñaba la función de
maestre de campo de la infantería española, que no alcanzaba los 2.000 soldados,
porque Antonio Leiva, su titular, se quedó en Milán.  Marcharon por Fossano, San
Dalmazo y el puerto de Tende, para bajar por Sospel hasta Niza, prosiguiendo por
la costa hasta Antibes, donde Moncada desembarcó artillería y provisiones (13 de
julio). Tras descansar en Draguinan (25 de julio), marcharon sobre Aix en Proven-
ce, capital y sede del Parlamento provenzal, que se sometió al Condestable el dia
30. Sin embargo, no pudo éste imponer a los españoles su criterio de proseguir por
el valle del Ródano hasta Arles, y finalmente se resolvió ir sobre Marsella (15 de
agosto). Toulon y otras villas se sometieron, pero Marsella, bien proveída y defen-
dida por una escuadra naval superior a la de Moncada, se aprestó a resistir. La ba-
tería comenzó a jugar el 23 de agosto, pero la muralla, terraplenada por el interior,
no se abría sino a mucha altura, imposible de abordar; por ello no hubo ocasión de
intentarse ningún asalto, pese a durar el cerco 40 dias. Sabiéndose que Francisco I
reunía un ejército en Avignon, el 29 de setiembre se levantó el campo, tras embar-
carse la artillería en Toulon. La guarnición de Marsella, al mando de Renzo de
Ceri, intentó picar la retaguardia imperial, pero fue tan maltratada en Trets que no
volvió a intentarlo. Aquella marcha fue conocida como “la bella retirada”  porque,
en tan solo 23 dias, se desandó el camino entre Marsella y Milán, a tiempo para
acudir a la defensa del estado, amenazado por el rey de Francia en persona, que
desde Avignon condujo a su ejército contra Pavía, a la que puso cerco el 28 de
octubre del mismo año. Es bien sabido como Francisco I resultaría completamente
derrotado el año siguiente ante dicha plaza, aunque Juan de Urbina no se halló en
aquella jornada. Había seguido la retirada del ejército hasta San Remo, pero allí se
embarcó con licencia hacia Nápoles para atender “a cosas que a su honra tocaban”
(Sandoval).

























ASESINATO DE SU ESPOSA: COMPLICACIONES, REACCIONES Y AS-
CENSO A MAESTRE DE CAMPO (1525-1526).
Había transcendido que su mujer se amancebaba con otro en Nápoles, cuestión
que zanjó matándola en su propia casa
“con cuantas cosas halló vivas en ella”. ¿A
qué otros posibles crímenes puede aludir esta cita de Sandoval? ¿Alcanzaría tam-
bién su venganza al amante, al personal de servicio y algún posible fruto del matri-
monio? No he hallado más respuestas a atles interrogantes que la indulgencia de
los historiadores, poetas y comediógrafos del Siglo de Oro, que trataron el caso co-
mo legítima reacción al honor mancillado, aunque muy disparmente en el relato
de los hechos. Luis Zapata sugiere que tras el infanticidio estranguló a la esposa
con sus propias manos en un poema en octavas (Carlo famoso. Valencia, 1566);
pero mientras el licenciado Manuel González afirma que quemó su casa con toda
su familia dentro (El español Juan de Urbina, o el cerco de Nápoles, 1656), Lope
de Vega apunta que los ahogó en el mar, reputando dicha acción como otra de sus
hazañas (La contienda de don Diego García de Paredes y el capitán Juan de Urbi-
na, 1600). Aunque la falta de unanimidad hizo sospechar a Restori (Zeitschrift für
Rom. Philologie, XXX, 1906, p. 233-34)  en una posible tradición infundada del
suceso, su ausencia del ejército durante casi dos años invita a creer en que Urbina
tuviera más de un quebradero de cabeza con la justicia, aunque aparentemente
quedara absuelto de los posibles crímenes cargos y reforzada su promoción perso-
nal con el empleo de maestre de campo de la Infantería del Reino de Nápoles.

Hasta el mes de setiembre de 1526 no volvemos a tener noticia de sus actividades,
hallándose a la sazón en las montañas del Piamonte, intentando sorpreder a su
viejo conocido Birago en las proximidades de Revello. Consiguió derrotarle cau -
sándole numerosas bajas, pero éste logró refugiarse en el castillo, desde donde or-
ganizaría, con notable éxito, frecuentes ataques contra los imperiales. Estas accio-
nes se enmarcaban en la nueva guerra declarada en Italia, al denunciar Francisco I
el Tratado de Madrid (14.I.1526), fruto de su derrota y cauteverio en Pavía, y aliar-
se con Venecia, Inglaterra, el Papa Clemente VII y los duques de Florencia y Milán
en la Liga de Cognac (2.V.1526), promovida por la reina Luisa de Saboya —regente
de Francia durante el cautiverio de su marido en España— y alentada por el Papa
Clemente VII. A favor de la sorpresa las tropas pontificias,  al mando de Francesco
Guicciardini, y las venecianas, a las órdenes del duque de Urbino, logaron tomar
Lodi (28.VI) y poner asedio a Milán (30.VI-21.IX), pero hubieron de retirarse para
aguardar refuerzos de Francia no sin que, de paso, forzaran la rendición de Cremo-
na (23.IX). Sin embargo, Georg Frundsberg (1473-1528) logró pasar 35 compañías
de landsquenetes alemanes (10.600 hombres) a través de la Valtellina, pese a la
vigiliancia veneciana y a la oposición de Giovanni de Medici (1498-1526), el famo-
so condottiero del Papa, apodado “el de la Banda Negra”, que moriría a causa de
una herida recibida en el combate de Governolo (26.XI.1526). Ello permitió a los
imperiales franquear el Po y, tras asolar las tierras de Modena, Reggio y Parma,
acampar en torno Castel San Giovanni, cerca de Piacenza, equilibrando el estado
de las fuerzas contendientes de cara a la siguiente campaña.

EL SACO DE ROMA (1527).
El 2 de enero del año siguiente (1527), el Condestable de Borbón, tras dejar guar-
necidas las plazas que controlaba en el Milanesado, cuyo mando confió a Antonio
de Leiva, se dirigió al encuentro de Frundsberg con 29 cias de infanteria española
(5.000 h.) 20 italianas (3.000 h.) y 1.500 jinetes, entre pesados y ligeros, al man-
do  de Philibert de Chalons (1502-1530), príncipe de Orange; Fabrizio Maramaldo
mandaba la coronelía napolitana y el marqués del Vasto la infantería española, en
la que Juan de Urbina era, como ya hemos visto, maestre de campo. Tras cruzar el
rio Trebbia (19 de febrero), operó su unión con Frundsberg en Castel San Giovan-
ni, donde el ejército hubo de deternerse más de un mes debido al riguroso invier-
no, problemas de aprovisionamiento y motines, pero también por las maniobras
dilatorias de los florentinos, que intentaron comprar su retirada mediante el com-
promiso de abonar sus pagas atrasadas. Tales promesas no llegaron a concretarse
y, mientras que las tropas coaligadas reforzaban Piacenza, Bolonia y Florencia, en
el campo imperial se declararon diversos motines. Primero fueron los alemanes,
siempre celosos del cobro puntual de sus pagas. Viéndose incapaz de calmar a sus
soldados, Frundsberg sufrió una apoplegía (13.III), siendo trasladado a Ferrara; no
lograría recobrarse y murió el año siguiente en Alemania. Alfonso de Avalos, mar -
qués del Vasto y Pescara, logró aquietarles distribuyéndoles 12.000 ducados que le
prestó el duque de Ferrara, provocando la revuelta de los españoles, sempiterna -
mente preteridos por los alemanes en el reparto de las pagas.
«El marqués del Gas-
to con el medio de Juan de Urbina, a quienes los españoles tienen gran respeto, los
concertó que se contentasen con un escudo por hombre y caminasen»
(El Abad de
Nájera al Emperador. San Giovanni, 28.III,1527). Entretanto, los venecianos, que
habian cruzado el Po el 3 de marzo, se mantenían a prudente distancia, publicando
manifiestamente su intención de no llegar al combate con los imperiales.

Clemente VII, quizá excesivamente confiado en el apoyo de sus aliados, había diri-
gido sus esfuerzos contra el Reino de Nápoles. Su flota había tomado sorpresiva-
mente algunos puertos en el Golfo (Castellammare di Stabia, Torre del Greco y So-
rrento), mientras que Renzo de Ceri penetraba en Abruzzo —ocupando l'Aquila y
Tagliacozzo— y Agostino Trivulzio ponia cerco a San Germano (al pie de Montecas-
sino). Sin embargo, aquellas victorias fueron anuladas por el rápido agotamiento
de los recursos y la falta de auxilios de Francia. A primeros de marzo, Trivulzio hu-
bo de retirarse de San Germano y Ceri, muy castigado por la deserción, regresó a
Roma. En ese contexto, el ejército del Condestable representaba una seria amena-
za y, para neutralizarla, el Papa ofreció una tregua al virrey de Nápoles, Charles de
Lannoy, comprometiéndose a restituirle sus conquistas y al pago de 65.000 duca-
dos para que los imperiales se replegaran a Lombardía. Lannoy firmó el tratado el
15 de marzo, enviando desde Romaa  Cesare Fieramosca para dar cuenta del mis-
mo al Condestable; pero a éste la oferta le pareció inuficiente y rechazó adherirse a
ella (23.III), lo que provocó que el marqués del Vasto y algunos capitanes, como
subordinados directos de Lannoy, abandonaran el campo mientras que  Carlos  de
Borbón enderezaba la marcha de su ejército hacia Bolonia, por la antigua Via Emi-
lia, con la intención de pasar a Florencia por el Sasso. La partida del marqués del
Vasto dejó a Urbina como jefe de la infantería española.

El 31 de marzo, a dos leguas de la ciudad, en el viejo puente romano sobre el rio
Reno, construído por el cónsul Marco Emilio Lépido hacia 187 A.C., reforzado por
Augusto y consolidado en el siglo VI de nuestra era, les cerraba el paso un nume-
roso cuerpo de infantería y caballería véneto-pontificia al mando de Galeazzo de
Sanseverino. El ataque de un puente era una operación expuesta, ya que permitía
a los defensores eludir cualquier maniobra de flanqueo, obligando al enemigo a
embocarlo con escaso frente. Pero ya hemos visto precedentemente que Urbina
había desarrollado una táctica eficaz para enfrentar tales situaciones, por lo que el
Condestable le confió el desalojo del enemigo. Por el minucioso testimonio de
García de Cereceda (I,172), sabemos que primero dispuso el ataque con 250 arca-
buceros españoles,  relevando su frente mediante sucesivas oleadas de refuerzos,
introducidos por hileras. Urbina no solo ganó el puente sino que persiguió tan de
cerca al enemigo —en su huída para refugiarse intramuros de Bolonia—, que bien
pudo haber entrado en la ciudad e intentar cobrarla a favor de la confusión, lo que
expresamente le prohibió el Condestable.

El ejército debía cruzar los Apeninos toscanos, pero el paso del Sasso, que condu-
cía en derechura a Florencia, era impracticable debido al espesor de la nieve. Desde
Pianoro, el ejército hubo de abrir un amplio rodeo por  Castel San Pietro Terme,
Cotignola y Meldola, bordeando la cordillera hasta Civitella di Romagna, para bajar
por el valle del Bagno, como hizo, saqueando de camino Galeata, Pianetto, Santa
Sofia, San Piero y Bagno di Romagna, hasta alcanzar la llanura toscana por Pieve
Santo Stefeano y afirmarse en Montevarchi, al SO de Florencia, el 20 de abril. Has-
ta allí llegaron nuevos emisarios del Pontífice intentando comprar por segunda vez
la retirada de los imperiales, aunque ahora las pretensiones del Borón se elevaron
a 300.000 ducados. Fuera por ello, o porque el Papa —que había concentrado el
grueso de sus fuerzas en torno a Florencia— confiara en la capacidad de resistencia
de la ciudad, lo cierto es que incumplió el plazo de su entrega, fijado en Siena. El
Condestable, que hasta entonces había respetado aquellos contornos, saqueó La-
terina, Rondine y el castillo de Valdarno antes de partir hacia Siena para proveerse
de la artillería y municiones precisas para formalizar el asedio de la apital medicea.
Pero, el 26 de abril, tras un consejo de jefes celebrado en San Giovanni Valdarno,
en el que se halló Urbina, se tomó la decisión de variar el  plan para dirigirse direc-
tamente contra Roma, peor defendida que Florencia y donde no se les esperaba.
Conscientes de que dejaban detras a un ejército tan numeroso como el suyo y que
debían de moverse con la mayor rapidez, se evitó llevar artillería y, por todo mate-
rial de asedio, se construyeron de camino  escalas capaces para seis asaltantes por
peldaño. El ejército se puso en marcha el 27 de  abril  y, tras vadear el rio de la Pa-
glia y saquear Montefiascone y Ronciglione, llegó ante los muros de Roma en la
madrugada del 5 de mayo. Apenas tenía viatuallas para dos días, pero el núcleo de
los perseguidores, al mando del Duque de Urbino, se hallaba aun en Peruggia y
solo una pequeña fuerza a las órdenes de Guido Rangoni podía llegar a tiempo de
prestar algún auxilio a los romanos.

La sorpresa había sido total, ya que en Roma solo se conocieron las intenciones del
Borbón una vez que hubo llegado a Viterbo, tras el saqueo de Montefiascone. El
asalto se pospuso al alba del dia 6, a favor de una espesa niebla que impedía hacer
blanco a la artillería de las defensas. Los alemanes, al mando de Konrad v. Bemel -
berg (1494-1567), atacaron por la puerta Torrione, al burgo de San Pedro, mientras
que los españoles, liderados por Urbina, lo hacían por la de Santo Spirito y los ita -
lianos por la de Settimiana, todas al Trastevere, en el lienzo de muro bajo que  Ni -
colás V había levantado en la cima del Gianiccolo, en paralelo a la via Lungara. Los
alemanes fueron rebatidos y, queriendo el Condestable darles ejemplo, se apeó del
caballo para afirmar una escala, cayendo atravesado por un arcabuzazo. Juan de
Urbina tomó entonces las riendas del asalto, pero la defensa se prolongó obstina-
damente hasta el mediodía, sin que la niebla remitiese. Renzo de Cieri venía a re-
forzar la defensa de aquel sector cuando, repentinamente, se topó con una compa-
ñia española que había penetrado dentro del recinto amurado por un postiguete,
oculto por la maleza, que daba al huerto del cardenal Ermellino. El comandante en
jefe de la guarnición romana, en una reacción inexplicable, indujo el pánico entre
sus hombres al ordenar el abandono de las murallas para fotificarse tras el Tiber.
Tras completar la conquista del burgo de San Pedro y del palacio Vaticano, los ata-
cantes descansaron hasta que, a las 4 de la tarde, el Principe de Orange, nuevo jefe
del ejército imperial, renovó la orden de ataque. De nuevo cupo a Juan de Urbina
la misión de desalojar a los defensores del puente Sixto, que ofrecieron po- ca
resistencia. Poco después, sin que nadie pudiera impedirlo, los soldados se  des-
parramaron por la ciudad, matando, violando y saqueando
“sin respeto a Dios ni
vergüenza del mundo”
, mientras que los más avisados y notables vecinos procura-
ban refugiarse en Sant’Angelo, donde también habían entrado Clemente VII, 13 de
sus cardenales, los embajadores de Francia, Inglaterra, Venecia y Floencia, junto a
numerosos prelados y unos 500 soldados suizos. Justo entonces llegaba Rangoni
a Monterotondo, al frente de las Bandas Negras. Alcanzó a cruzar el puente Sala -
rio, sobre el rio Aniene, antes de su confluencia con el Tiber, pero debió ver la si -
tuación ya totalmente perdida y se retiró hacia Otricoli.

El duque de Urbino, general de los venecianos, partió de Florencia el 3 de mayo,
reuniéndose el 16 en Orvieto con el marqués de Saluzzo. Ante esta amenaza, el
Príncipe de Orange llamó en a su auxilio al virrey Lannoy, al marqués del Vasto, a
Hugo de Moncada y a Hernando de Alarcón, que acudieron a su llamada con la in-
fantería del Reino, vituallas y 6 cañones para al expugnación del castillo. En sólo 3
dias, Juan de Urbina, tendió varios puentes de barcas sobre el Tiber, cercando el
castillo por la parte opuesta con una profunda trinchera. El 27 de mayo, el Abad de
Nájera escribía a Carlos I:
«Ha hecho el dicho Juan de Urbina tales trincheras y reparos que el Papa y sus
valedores podrán perder la esperanza… (y) si se determinan los enemigos de lle -
garse al castillo, (será preciso) que venga todo su campo y que, en llegado a las
trincheras, tope con todo nuestro ejército y se haga la jornada, a la cual estan los
soldados de V.M. tan dispuestos y deliberados cuanto jamás los ví».
Quien no estaba dispuesto a empeñar la batalla, a la vista de la previsiones defen-
sivas adoptadas, fue el Duque de Urbino, que el 1 de junio replegaba el  ejército de
la Liga a Monterosi. El dia 5, Clemente VII, privado de toda esperanza de socorro,
capitulaba en Sant’Angelo bajo durísimas condiciones. Entre otras, debía satisfacer
400.000 ducados, 100.000 al momento, con el oro y la plata que encerraba en el
castillo, y el resto en dos meses, permanenciendo prisionero en la fortalerza, bajo
escolta, hasta el cumplimiento del pago
“y todo el tiempo que se creyese necesario
para asegurarse de que el Papa había retirado de la Liga su ánimo”
. El tratado, re-
dactado en latín, fue firmado por 13 cardenales y 19 altos oficiales del ejército im-
perial; Urbina, lo hizo en 4º lugar, tras el príncipe de Orange, Fernando Gonzaga y
Bemmelberg. Además, formó parte del consejo de guerra del Príncipe junto al
citado Bemmelberg, el abad de Nájera, Ludwig von Lodron (1484-1538), Vespasia-
no Gonzaga y  Gerolamo Morone (1470-1529), mientras que Alarcón quedaba co-
mo castellano de Sant’Angelo y el francés Charles de Tocques de Saint-Aubin, se-
ñor de la Motte-des-Noyers, con el mando sobre la ciudad.

El ejército imperial salió de Roma el 30 de junio, asolada ya por la peste,  alojándo-
se entre Narni y Terni, al norte de la urbe, también en tierras de la Iglesia, donde
permanecería hasta el total reembolso de todas sus pagas atrasadas. Pese a dicha
precaución, tanto el príncipe de Orange como el virrey Lannoy sufrieron el conta-
gio; pero mientras el primero logró sanar en Siena, el segundo murió cerca de Aver-
sa (23 de setiembre), camino de Nápoles, sucediéndole en el virreinato Hugo de
Moncada. La epidemia también segó la vida de Fernando Marin, Abad de Nájera,
comisario general del ejército, tan citado por su correspondencia con Carlos I (pu-
blicada en 1919). En cambio, Urbina permenció en Roma, pese a lo cual parece
datar de entonces su pretendida fama de “crápula de campamento”, cuyo posible
orígen y pleno significado no he conseguido establecer. La verdad es que jugaba, y
fuertes sumas, como era frecuente entre oficiales de alta graduación, que eran sus
contrincantes habituales. Römling (pg. 198) ha documentado partidas de cartas y
de dados en las que participó con Bemmelberg y el Príncipe de Orange, el perdedor
más frecuente en estos envites: el 9 de mayo de 1527, en el palacio del Papa, perdió
140 ducados y en enero de 1528, sin constancia del lugar, aunque ante los mismos
rivales, 515 escudos, una fruslería en comparación con los 5.000 ducados que Se-
bastian Schertlin v. Burtenbach, entonces un simple capitán, reconoció en su
autobiografía haber perdido en solo una hora de juego. De manera que, de ahí a
aceptar la literalidad de la imputación media un abismo. Quiza bebiera, aunque
dudo que más de lo justo para comparecer siempre sobrio, pero cualquier alusión a
libertinaje o vida disoluta y licenciosa es inaceptable y calumniosa.

Ya apuntamos que es dudoso que Urbina llegara salir de Roma, porque el 8 de ju-
lio se hallaba allí impidiendo un nuevo saqueo a la ciudad por los landsquenetes,
siempre ávidos de botin, a los que logró mantener a raya. En aquellos días protago-
nizaron, tanto él como su alférez, Antonio Zamora,
“algunas de las infrecuentes
demostraciones de clemencia y compasión que mostraron los invasores”
(Gou -
wens y Reiss, 136): en concreto, Urbina donó 30 ducados a un huérfano de 11 años
que confió a las monjas de Campitelli. Por otra parte, diversos documentos le si -
túan en Roma hasta finales de 1527, arrostrando impávidamente el riesgo de con -
tagio. Hasta finales de agosto estuvo alojado en la casa de Monseñor Jacopo Carde-
llo, prohibiendo que nadie pudiese penetrar después en dicha casa
“asi por ser es-
tançia mia como por estar destruyda a causa de los muchos dias que en ella soy
estado alojado”
(Römling, 205, citando una cédula inédita hallada en el Archivio
Storico Capitolino).El 25 de setiembre volvió a evitar un tumulto de los alemanes,
que en esta ocasión obtuvieron la custodia de algunos cardenales en garantía del
cobro de sus pagas y, en noviembre, hubo de enfrentarse a un grupo de desertores
que intentaron desparramarse por la ciudad, logrando expulsar a la mayoría, y po-
co después, sofocaba de raíz un intento de motín de la infantería española, matan-
do con su espada a uno de sus promotores (Rodríguez Villa, 305 y 307).

ASEDIO Y DEFENSA DE NÁPOLES (1528)
La conmoción en Europa por la violación de la Ciudad Santa de la Cristiandad y la
prisión del Sumo Pontífice, tuvieron efectos políticos inmediatos. Francisco I y En-
rique VIII renovaron su alianza, al márgen de la Liga, mediante un nuevo tratado,
firmado el 18 de agosto de 1527, que comprometía al primero a enviar a Italia un
ejército de 50.000 hombres, al mando de Lautrec, mientras que el segundo contri-
buiría a su financión con 30.000 ducados mensuales. Tras forzar la sumisión de
Génova, el general francés invadió el Milanesado, ahora sumamente debilitado,
obligando a capitular a las guarniciones de Alessandria, Vigevano y Abbiategrasso.
Luego plantó su ejército ante Milán, el 24 de setiembre, ofreciendo pactar su ren -
dición a Leiva, que la rehusó; pero, ante las imponentes defensas de la plaza, prefi-
rió marchar el 28 sobre Pavía, defendida por Ludovico Barbiano, conde de Belgioi-
oso. También éste se negó a rendirla y la ciudad, tomada el 5 de octubre, fue saque-
ada durante 8 dias. Pero su verdadero objetivo era el Reino de Nápoles, del cual
Francisco I había designado ya como su virrey a Louis de Lorraine (1500-1528),
conde de Vaudémont.  Ante el giro de los acontecimeintos, Francisco Gonzaga, du-
que de Mantua y Alfonso de Este, duque de Ferrara,  tradicionales aliados del Im-
perio, pasaron a engrosar las filas de la “Santa Liga”, firmándose la renovación de
la misma, el 7 de diciembre de 1527, en Mantua. Curiosamente, al alba del dia an-
terior, el Papa había sido puesto en libertad, por orden de Carlos I, pese a no haber
cumplido todas sus obligaciones económicas, partiendo  a Orvieto. Al final de la
carta en la que Moncada daba cuenta del hecho al Rey, escribía:
“Plegue a Dios que
sus obras para con V.M. correspondan a las buenas palabras que dice de querer
ser buen padre de todos y hacer su posibilidad en la pacificacion y beneficio de la
Cristiandad”
. Como veremos, sus temores sobre la futura actitud de Clemente VII,
eran infundasos.
Lautrec partió de Bolonia el 9 de enero de 1528 y, atravesando por la Romaña y la
Marca de Ancona, cruzó  el rio Tronto, divisoria del Reino, el 5 de febrero, toman-
do sin resistencia, y sin violencia, Teramo, Chieti y L’Aquila, antes de que el Prínci-
pe de Orange, maniatado por el cobro de las pagas, saliera del Roma el 17 de febre-
ro. A grandes marchas intentó oponer alguna resistencia a los franceses, pero
cuando alcanzó las alturas de Troia (15 de marzo), no lejos de de donde se hallaba
Lautrec, éste había sometido también a Capestrano, Noccera, Foggia, San Severo y
otros lugares. Los dos ejércitos llegaron a estar tan próximos que sus avanzadillas
trabaron algunos combates, pero antes de darse la batalla, ambos generales prefiri-
eron aguardar refuerzos. Al llegar primero al campo francés Orazio Baglione con la
“Banda Negra”,  el Príncipe de Orange levantó sigilosamente  su campo, la noche
del 21 de marzo,  y se retiró hacia Nápoles mientras que Lautrec, en lugar de forzar
su persecución, puso sitio a Melfi, que defendió valerosamente el príncipe del lu-
gar, Giovanni Caracciolo (1487-1550). Tras ganarla al asalto (23 de marzo), los
franceses causaron una espantosa masacre que enfrió el espíritu de resistencia de
los demás barones del Reino, muchos de los cuales le remitieron voluntariamente
las llaves de sus villas, castillos y ciudades, incluso desde Calabria. Las provincias
de Abruzos, Apulia y Basilicata cayeron totalmente en su poder, mientras que la
flota veneciana tomaba las plazas costeras de Barletta, Trani, Molfetta y Monopoli
en la segunda quincena de marzo.
Tras ingresar en la provincia de Campania (17 de abril), los franceses ocuparon Ca-
pua, Nola y Aversa, presentándose ante los muros de la capital partenopea el 29 de
abril. Lautrec intentó someterla por hambre, pero los sitiados forzaban sus líneas
con salidas diarias que dieron lugar a numerosas escaramuzas. La mayor de ellas
se dio el 12 de mayo, cuando unas naves francesas, cargadas de vituallas, municio-
nes y dinero fueron abordadas en la Maddalena, cerca de la desembocadura del Se-
beto, siendo preciso transportar la presa por tierra, para asegurarla contra el blo-
queo naval del enemigo. El Príncipe de Orange ordenó salir a Juan de Urbina para
hacerse cargo del precioso cargamento, mientras Lautrec quería recuperarlo a toda
costa.
“De tal manera dieron los unos contra los otros —refiere Cereceda— que
Juan de Urbina hizo una gran matanza y tomó preso al coronel de los tudescos del
campo francés [Wolf von Lupfen], con otros oficiales”
, regresando a Nápoles con
el botín y
“poca pérdida de los suyos”. El 22 de mayo, en otra escaramuza, moría
Baglione, sucediéndole al mando de la “Banda Negra”, Hugo Pepoli, viejo rival de
Urbina. No todas aquellas
“surtidas” fueron tan afortunadas. El 26 de junio, tras
asaltar Fernando de Gonzaga el campamento frances del monte Posillipo, fue sor-
prendido durante el regreso, perdiendo todas las carretas y mas de 100 prisione -
ros; pero mayor aun había sido la derrota sufrida  un mes antes. El virrey Monca-
da, que zarpó del puerto con 6 galeras y dos fustas para intentar capturar algunas
naves con suministros para el enemigo, fue sorprendido por la potente flota geno-
vesa de Filippino Doria frente al Cabo d’Orso, en el golfo de Salerno (28 de mayo),
perdiendo casi toda su armadilla y su vida, con la de Cesare Fieramosca y muchos
centenares más, asi como prisioneros de la talla del marqués del Vasto o Ascanio
Colonna, Gran Condestable de Nápoles. La situación se agravaría más para los si-
tiados cuando, el 10 de junio, apareció en aguas del Golfo la flota veneciana del al-
mirante Lando, perfeccionando el bloqueo naval de la ciudad, pero cambió radical-
mente cuando Andrea Doria, cada vez más distanciado de Francisco I y con quien
llegó a enfrentarse por el rescate del marqués del Vasto, ofreció sus servicios al
Emperador, que aceptó sus condiciones. El 4 de julio, la flota genovesa se retiraba
a la Spezia y la veneciana, temiendo que pudiera caer sobre ella, lo hizo el 18. Mer-
ced a la reversión de su alianza pudo restablecerse el abastecimiento de los sitiados
desde Sicilia, mientras que la escasez se instalaba entre los sitiadores, en cuyo
campo se declaró un brote de peste que se cobró primero la vida de Vaudémont y
después la del mismo Lautrec (16 de agosto).
A primera hora de la madrugada del viernes 28 de agosto, Juan de Urbina al frente
de 15 compañías de soldados españoles, congregadas en Sant’ Elmo, junto a otro
escuadrón de 3.000 alemanes, que saliendo de Nápoles a favor de la oscuridad se
habían ocultado en la falda de
Poggio Reale, acometieron las trincheras francesas
de
Campo Vecchio, bien fortificadas y artilladas. Tras pelear toda la noche, al alba
se rindieron los últimos defensores con su jefe, el coronel Charles de Coucy, señor
de Burie. Al  conocer la noticia, el marqués de Saluzzo y Pedro Navarro, que habían
asumido el mando de los sitiadores, decidieron levantar su campo aquella misma
noche, enterrando la mayor parte de su artillería para poder marchar con más de-
sembarazo. Perseguidos de cerca por los imperiales, apenas unos miles lograron
alzanzar los muros de Aversa o Capua, donde logró refugiarse la “Banda Negra” de
Pepoli, que murió alli, provocando la rendición de los suyos (30 de agosto). Aversa
capituló el dia siguiente, siendo apresados Saluzzo, Charles d’Albret, hermano del
rey de Navarra, y Rangoni; Navarro, Bolzoli y Paolo Camillo Trivulzio, heridos y
apresados durante la persecución, habían sido llevados  a Nápoles, donde murie -
ron poco después. La capitulación del marqués de Saluzzo en Aversa, de cuya for-
taleza fue nombrado castellano Urbina, obligaba también a la rendición de las de-
más guarniciones francesas. Nola se entregó inmediatamente y todas las restantes
a lo largo de setiembre, excepto Barletta, Andria, Trani y Monopoli, retenidas por
los venecianos. Doria reconquistaba Génova (10 de setiembre) y poco después In-
glaterra se desvinculaba de la Liga. Aunque Francisco I pudo enviar refuerzos a
Lombardía, al mando de François de Bourbon, conde de Saint-Pol, éste acabó pre-
so y vencido por Leiva en la batalla de Landriano (21.VI.1529), abocando al rey
francés a la Paz de Cambrai, más conocida como "Paz de las Damas” (5.VIII.1529).

MUERTE PREMATURA Y TRAICIONERA.
Clemente VII había concluído antes una paz separada con el Emperador,  firmada
en Barcelona, el 29 de junio del mismo año; un tratado que obligaba al monarca
español a una nueva reposición de los Médici en Florencia, expulsados de ella poco
después del saco de Roma. La reconciliación entre ambos comenzó a gestarse poco
antes de su liberación de Sant’Angelo, razón por la cual el Papa rehusó participar
en el esfuerzo bélico de la Liga contra Nápoles, incluso cuando, tras la derrota na-
val de Moncada, Lautrec envió a François de la Tour, vizconde de Turenne, para
intentar convencerle; pero el Pontífice sabía bien que Francisco I no le ayudaría a
restaurar la autoridad de su familia sobre la república florentina, aliada de Francia,
y rehusó involucrarse.
Aun antes de firmarse el tratado, el Emperador había escrito varias veces al Prínci-
pe de Orange, desde Zaragoza y la misma Barcelona, previniéndole de que estuvie-
ra preparado para marchar “
a donde y por donde Su Santidad le pidiera” (Varchi,
32). El 15 de mayo, desde Barcelona, le recomendaba que llevara alemanes y
«que
no deje de ir Juan de Urbina»
(Viajes del Emperador). Esta debía ser posterior a
otra, mencionada por Varchi sin aportar su data, dirigida a su Consejo Colateral de
Nápoles, solicitando que
“si las cosas del Reino no reclamaban la presencia de Ur-
bina, el virrey pudiese valerse de su persona”
. Según Sandoval, la insistencia  cesá-
rea —que preparaba su viaje a Italia para recibir la investidura imperial por   Cle -
mente VII— se debía al deseo de conocer personalmente a Urbina, pero el proble-
ma tenía otra naturaleza: que el Consejo había rechazado dicha petición
“a causa
de las tierras que tienen los venecianos en Apulia”
. Para comprender su negativa es
preciso considerar que aun andaba poderoso Saint-Pol en Lombardía y que, en el
virreinato, los vestigios del ejército de Lautrec se habían unido a las tropas venecia-
nas, dueñas de las plazas adriáticas que arriba señalamos. En noviembre de 1528,
Renzo de Ceri había aplastado una insurrección de Barletta, incendiando y arrasan-
do sus dos arrabales; incluso, más recientemente, el marqués del Vasto había fra -
casado en el asedio de Monopoli (9.III - 18.V.1529). El Consejo se cerró a la salida
de Urbina del Reino incluso cuando, a las instancias del virrey y del Emperador, se
sumó la del Papa, que envió a Nápoles a un tal «
Monsieur de Bombardon, uno de
los que había venido con el Condestable»
para tratar de mover su voluntad. El Co -
lateral se mostró impasible una vez más,
«protestándole (a Urbina) bajo gravísima
pena que no partiese del Reino»
(Varchi, 33). Pero aquella intimación le encolerizó
tanto que, sin sospechar que en aquel preciso momento torcía ineluctablemente
su destino, se presentó ante el Consejo, del cual formaba parte, amenazando con
estrangular a los firmantes de la resolución y a quien se la había llevado. Refieren
las crónicas que seis consejeros corrieron a esconderse, prestándole los demás la
venia para su partida.
Urbina se presentó en el campo junto a L’Aquila, donde el virrey reunía las tropas
destinadas a la empresa de Florencia. Apenas llegado, le nombró su lugarteniente,
encomendándole el ejército mientras él partía a Roma para  entrevistarse con el
Papa (31.VII.1529). El campo estaba compuesto por 3.500 alemanes y la coronelia
de Maramaldo, pues los españoles se quedaban para la guarda del Reino, bajo el
gobierno interino del Cardenal Colonna; el marqués del Vasto había partido ante-
riormente a Lombardía para tratar de reunir alguna infantería española, que debía
concentrarse en Foligno con el cuerpo expedicionario. Las negociaciones con el
Papa fueron árduas y hasta el 19 de agosto no se reunió el virrey con Urbina, que
había conducido el ejército hasta Terni.  De camino a Foligno, sometieron algunos
lugares de Malatesta Baglioni, señor de Perugia, aliado de los florentinos, a quien
el Príncipe de Orange había escrito y enviado emisarios para ganarle mediante
composición; por ello no se empleó violencia contra Montefalco y Bavagna, villas
de Baglioni, cuyas guarniciones se refugiaron en Spello, que también señoreaba.
Cuando el ejército llegó a Foligno, aun no lo habían hecho los refuerzos que debía
aportar el marqués del Vasto, ni tampoco se tenían respuestas positivas de Baglio-
ni. El 28 de agosto, para forzar a éste, el virrey ordenó a Urbina que tomara Spello,
villa murada, 8 Km. al N. Pasado el mediodía, Urbina intimó la entrega de la plaza
a su gobernador, Leone Baglione, hermano natural de Malatesta.
«No le quiere
obedecer; antes, entreteniéndole con palabras
—refiere Cereceda (p.235)—,  le ti -
ran con un mosquete y le hieren en una pierna»
, siendo transportado a Foligno. El
príncipe de Orange, al conocer el hecho, se presentó el dia siguiente ante el lugar,
con todas sus fuerzas, lo sometió a un duro bombardeo y forzó su capitulación el
31 de agosto. Sin embargo, la guarnición fue expoliada cuando salía bajo la fe de
los pactos y, pese a ellos, la villa también fue saqueada. Tal fue la vengaza de Oran-
ge por la agresión cometida sobre Urbina, hecho que la mayoría de los historiado-
res, siguiendo a Giovio y a F. Giucciardini, obvían y trastocan, prefiriéndose aquí la
narración de un testigo ocular. Todavía le vio con vida el Príncipe de Orange en Fo-
ligno, gangrenada su herida, y escribió al Emperador temiendo por ella. Carlos V,
que se hallaba ya en Italia, le respondió desde Castell San Giovanni, el 5 de setiem-
bre, lamentando su estado y deseando su recuperación, pero falleció el mismo dia,
casi en soledad, dado que el ejército había emprendido ya la marcha sobre Perugia.
En cambio, tras su nuerte, no le faltó el reconocimiento unánime de camaradas,
poetas e historiadores, incluso de sus enemigos. Paulo Giovio, que había padecido
el saco de Roma, se muestra muy laudatorio en los libros 25 y 27 de
Historiarum
sui temporis
(Florencia, 1552), y tampoco le escatimó elogios Francesco Guicciar-
dini en su
Storia d’Italia (Florencia, 1561; lib. XIX, cap.12), donde le reputa como
“il principato tra tutti i capitani spagnuoli, perché per consiglio suo si reggeva qua-
si tutta la guerra”
. No por harto manoseada, y de sobra conocida, vamos a olvidar
en esta glosa, aquella famosa sentencia, que no respondía entonces sino a una
muy arraigada y profunda convicción en el Ejército de su tiempo:
«Un alférez,
Santillana; un capitán, Urbina»

RECOMPENSAS EN VIDA.
Aunque algo tardíamente, llegaron a alcanzarle en vida las recompensas y distin-
ciones que tanto había merecido, labradas  a golpes de audacia. Refiere Sandoval
que fueron las  de
“comendador de Eliche, alcaide del Ovo y de Aversa, y marqués
de Oira, conde de Burgomene, señor de Esforcessa, señor del Jardín de Milán y
maestre justiciero de Nápoles”
; las mismas que había anticipado Juan de Oznayo,
con diferente ortografía, y que repetiría Rafael de Floranes en su estudio sobre
El
Canciller Mayor de Castilla, don Pedro López de Ayala
(Co.Do.In, XIX, Madrid,
1854), donde reconoce ser autor de un memorisl impreso sobre los "
servicios de
Juan de Urbina y muchos de los señores de su Casa hasta el alférez Francisco Ja-
vier de Urbina, Isunza y Eguiluz, Diputado que ha sido por la provincia de Alava
"
(pg.23). Vamos a repasar dichas mercedes:
La encomienda de Heliche y Castilleja de Alcántara, perteneciente al partido de la
Serena en su Orden (actualmente en la provincia de Sevilla, estaba vaca desde la
muerte de Cesare Fieramosca (28.V.1528), que referimos mas arriba. No he loca-
lizado la cédula de su concesión, que correspondía al Emperador como Maestre de
las Ordenes españolas, dado que implicaba su ingreso previo en la Orden alcantari-
na. Debió abrirse el correspondiente expediente de pruebas,  que la muerte del pre-
tendiente dejó inconcluso; por lo tanto, ni vistió el hábito de caballero ni llegó a
despachársele el título de la encomienda, razón que no nos priva de reconocerle co-
mo tal ya que los derechos económicos que le reportaron fueron acreditados en la
liquidación de deudas practicada por la Corona, a petición de sus causabientes, el
año 1531.
Aunque investido de ellos, tampoco llegó a gozar, ni siquiera visitar, sus dominios
señoriales. El único que fincaba en el Reino de Nápoles era el marquesado de Oira,
arrebatado a Roberto Bonifacio por haberse sometido a los franceses, aunque éste  
conseguiría recobrarlo tras la muerte de Urbina mediando el pago de una fuerte su-
ma; los restantes se hallaban en Lombardía: el condado de Borgomanero, cerca de
Novara, formaba parte de las tierras confiscadas a Paolo Camillo Trivulzio, arriba
mencionado; el palacio de la Sforzesca, una gran villa rural levantada por Braman-
te para Ludovico el Moro, en 1486, todavía se conserva cerca de Vigevano, y el
Giardino di Milano o Viridarium, otra villa de recreo donde posteriormente se al-
zaría el actual palacio Isimbardi, se hallaba entonces extramuros de Milán, en el
camino de Monforte. La primera se retornó al duque de Milán en 1530, pero la
segunda cambiaría de dueño. En cuanto a los empleos, la castellanía de Aversa le
fue mejorada seguidamente con la del Castillo dell’Ovo, el segundo en importancia
de los que defendían la ciudad de Nápoles, donde también fue promovido a
Maes-
tro Giustiziere
, uno de los llamados “siete grandes oficios del Reino”.

                                                                                     © JUAN L. SÁNCHEZ.
El único retrato conocido de Juan de
Urbina  procede de: Retratos de los
Españoles ilustres, con un epítome de sus
vidas, publicado en Madrid, por la Imprenta
Real, en 1791. El dibujo lo hizo Antonio
Carnicero (1748-1814), grabándolo defi-
nitivamente al buril Manuel Salvador
Carmona (1734-1820), tras haberlo
comenzado  L. Noseret  (el original mide
359 x 235 mm.). En la inscripción al pie de
la estampa, se lee: "JUAN DE URBINA.
Natural de Vizcaya: Maestre de Campo de
los Exércitos de Carlos V, famoso por su
esfuerzo y osadía: fué muerto en el asalto
de Híspelo en el año de 1530."
Gastón de Foix, conde ’d'Étampes y duque
de Nemours (1510-12), que pereció en la
batalla de Ravenna a los 23 años de edad
(Litografía de François Delpech, 1829).
Odet de Foix, señor de Lautrec, en un
conocido dibujo de F. Clouet. El Palacio
del Senado (Madrid) conserva un retrato
suyo, de cuerpo entero, que perteneció a
la pinacoteca del marqués de Leganés.
Prospero Colonna, patricio romano
(aunque nacido en Velletri), al servicio del
Emperador, según la xilografía publicada
por Rendina en Capitani di ventura.
Pierre de Terrail, señor de Bayard,
“chevalier sans peur et sans reproche",
Martin Garcia de Cereceda, soldado y
cronista, refirió al pormenor los últimos
momentos de su lenta agonía, cuya suerte
conmovió a Urbina tanto como si se hu-
biera tratado de un camarada de armas.
Antonio Leiva (1486-1536), había sido
preferido a Urbina cuando, en mayo de
1522, se produjo la vacante de maestre de
campo en el ejército de Lombardía.
Todavía dicho empleo no aparejaba la
autoridad y competencias que posterior-
mente se le añadirían al aparecer los
tercios en la orgánica militar española.
Leiva no asistió a la primera expedición
contra Provenza, que aqui referimos, pero
lo haría en la segunda, en el curso de la
cual hallaría la muerte (1536).
  
La ciudad de Marsella a la que
puso sitio el ejército imperial a
las órdenes del Duque de Borbón
y el Marqués del Vasto, el 23 de
agosto de 1526, no difería mucho
de la que aparece en el Civitatis
Orbis Terrarum, de Georg Braun
y Frans Hogenberg, publicada
entre 1572 y 1617. Sin embargo,
la Tour Royale que ya defendía el
puerto de Toulon (abajo), se rin-
dió a los españoles tras 4 dias de
resistencia y éstos desmontaron
sus cañones para apuntarlos
contra Marsella.
Lope de Vega (1562-1635), el Fénix de
los ingenios, solo trata el drama conyu-
gal de Urbina, en 4 escenas de las 23
que componen el segundo acto de  “La
contienda de Diego Garcia de Paredes y
el Capitán Juan de Urbina" (estrenada el
15 de febrero de1600). Sin embargo, fue
el que más lejos llevó la excuplación de
Urbina de todos cuantos la trataron en
los escenarios. El crimen no fue sino
otra mas de las gestas del soldado.  
Georg von Frundsberg , el padre los
landsquenetes, no pudo sufrir el ver
mermada su autoridad entre sus hom-
bres y sufrió una apopegía de la que ya
no se recuperaría, aunque alcanzó a
morir en su castillo de Mindelheim
(20.VIII.1528)
Alfonso de Avalos Aquino y Aragón
(1502-1546), IV marqués del Vasto y de
Pescara, Caballero del Toisón de Oro,
retratado por Tiziano. Era coronel de la
Infantería del Reino de Nápoles, pero en-
tonces dicho empleo equivalía al de
general de toda ella; es decir, la misma
función que posteriormente tendría el
empleo de maestre de campo general, o
abreviadamente MdCGral.
Francesco Maria della Rovere, duque de
Urbino (1548-1631), general de las tropas
venecianas,  en un grabado decimo-
nónico francés.
Charles III de Bourbon, duque de Bor-
bón, conde de Montpensier y Condes-
table de Francia, de donde tuvo que huir
a finales de 1523. El Emperador le
recibió a su servicio y le dió el mando de
sus tropas en Lombardía, distinguién-
doso en la batalla de Pavía.
La muerte del Duque de Borbón ante los
muros de Roma, en un grisalla del
gaditano Francisco Mota (1915). Abajo,
una ilustración decimonónica sobre el
saqueo de los templos de la ciudad.
El conquense Hernando de Alarcón
(Palomares, 1466 - Nápoles, 1540),
llamado a Nápoles, sería designado cas-
tellano de Sant'Angelo y custodio de
Clemente VII hasta su liberación. El
grabado procede de la misma colección
que referimos en el de Urbina y a la que
también pertenece el de Leiva.
Charles de Lannoy (1487-1527), virrey
de Nápoles desde  marzo de 1522, acu-
dió a Roma en auxilio del Príncipe de
Orange, pero contrajo la peste e
intentó regresar a Nápoles para
curarse. Murió de camino.
Giulio de Medici (1478-1524), Papa
Clemente VII (1523-34), retratado por Se-
bastiano Luciani, ca. 1526-27; es decir,
en fecha próxima a su cautiverio. Sobre
el fin del mismo debo advertir que la
historiografia decimonónica, poco
documentada, expandió la falsa noticia
de su imposible fuga de Sant'Angelo,
disfrazado de comerciante, cuando está
perfectamente documen- tada su puesta
en libertad por orden del Emperador.
Teramo, capital de la provincia de su nom-
bre, en Abruzzo. Panorámica  actual.
Nápoles a finales del siglo XV. En primer
término, el puerto, defendido por Castilno-
vo izquierda); Sant'Elmo, en la cima del  
monte Erasmo, la protegía desde  el inte-
rior ,El valenciano Escrivá convirió en la
fortaleza poligonal que hoy conocemos.
Hugo de Moncada (1478-1528), fue uno
de los más efímeros virreyes de Nápoles,
ya que fungió el cargo sólamente 8 me-
ses. Le sucedió como tal Philibert de
Chalons, Príncipe de Orange.
Vista aérea de la actual fortaleza de
Sant' Elmo, desde la cual salió Urbina, la
noche del 28 de agsoto de 1528 para
romper el cerco francés sobre la ciudad.
Pedro Navarro, el cántabro a cuyas
órdenas había servido Urbina en las
conquistas de Bujía y Trípoli, al que
después —ya al servicio de Francia—
apresaría en Génova (1523), fue
capturado de nuevo en la retirada hacia
Aversa. Conducido a Nápoles y recluído
en Castilnovo, se dice que fue asfixiado
por orden de Alarcón para evitarle la
decapitación pública, a la que el
Emperador le habia condenado
Este retrato de Juan de Urbina, por
mano anónima pero copiado del prece-
dente, fue publicado el el tomo I del
«Tratado de las Camapañas y otros
acontecimeintos del Emperador Carlos
V, en Italia, Francia, Austria, Berbería y
Grecia, desde 1521 hasta 1545, por
Martin Garcia de Cereceda, cordobés,
soldado en aquellos ejércitos», que
aporta un testimonio veraz y valiosísimo
sobre las operaciones militares de
aquellos turbulentos tiempos. Por cierto,
según Guvantes (1802), el dibujo para el
grabado se inspiró en un retrato
atribuído a Pantoja de la Cruz,que en-
tonces se hallaba en el palacio del mar-
qués de Montehermoso, en Vitoria.
Spello, la anrtigua Hispellum, llamada
Hispelo en tiempos de Urbina.
ARRIBA, vista de su estado actual; al
CENTRO, la Porta di Venere (Venus),
desde una de cuyas torres partió el
disparo que le  causaría la muerte
(estado actual); ABAJO: Xilografía de su
porte en 1568; más ajustado al que
prestó marco a la traición perpetrada
contra Urbina, que le costaría la vida.
Una de las 4 torres laterales e idénticas,
que rematan los extremos de la villa
Sforcezca, cerca de Vigevano, en Lom-
bardía, que Urbina señoreó poco tiempo.


JUAN DE URBINA, MARQUÉS DE OIRA
(Urbina de Basabe, Vitoria,  ca. 1486 — Foligno, Italia, 5.IX.1529).