De la página en que escribía sobre «el medio siglo de la historia ignota del Ter-
cio de Saboya», reproduzco la siguiente reseña biográfica que pergeñé en su
dia cuando preparaba el texto para la conferencia:

«En 1605 constatamos un relevo en su mando, que recayó en Fernando Alvarez de Toledo
(c.1553-1638), VI señor de Higares. Se conserva la patente de su nombramiento (AGS,Esta-
do, leg. 1898), donde se menciona a la unidad de una forma ciertamente curiosa: el «Tercio
de españoles que residen en Saboya». Este Fernando de Toledo, como abreviadamente sue-
le citarle la documentación contemporánea, era pariente del duque de Alba, amigo de Cer-  
vantes y un soldado de cuerpo entero. Uno de los tantísimos que sin recibir la lisonja,  ni
siquiera la menor caricia de la Historia, hicieron grande la de aquella España de su tiempo a
cambio de su ingrato silencio. Perderemos el tiempo al buscar algún raro vestigio de su me-
moria en libros o enciclopedias y, sólo por eso, no sobra evocar aquí el esbozo de su carrera:

Antes de mandar el Tercio de Saboya había sido ya castellano de Pavía y de Perpiñán y había
casado con doña Mariana Vázquez de Acuña, su primera esposa. Después fue castellano de
Finale, alférez mayor de Toledo, embajador en Venecia y Francia, maestre de campo general
de Portugal, capitán general interino del reino de Galicia y castellano de Milán, donde murió
el 29.IX.1638. Se recibió en la Orden de Santiago y sólo alcanzó a tener descendencia de su
tercera esposa, Blanca Enríquez, hija del conde de Alba de Liste, que le dio tres varones y dos
hembras. Los tres varones fueron militares y los tres murieron peleando en combate, por lo
que su casa se afeminó con doña Blanca de Toledo, una de sus hijas, pasando a los marque-  
ses de Valparaíso. Aquel imperio, todavía tan vasto como el caminar del sol, era muy exigen-
te con la sangre de sus hijos, a los que devoraba cual Cronos redivivo. Uno de ellos, no de
Cronos, sino el segundo de Don Fernando, llamado Pedro de Toledo, vino a morir aquí, a
Badajoz, con apenas 23 abriles. A principios de 1657 levantó un tercio en la Corte y lo trajo
muy a tiempo para defender con él la plaza del inopinado asalto que, el jueves 17 de mayo de
aquel mismo año, le dió el portugués conde de São Lourenço. Por aqui deben rondar los hu-
esos, quizá no muy lejos de donde nos hallamos, de aquel «mozo de lo mejor de España y
valeroso como Bernardo», al decir del cronista Barrionuevo.»


EL CASO DE DON FERNANDO ALVAREZ DE TOLEDO,
VI SEÑOR DE HIGARES