IÑIGO DE LA CRUZ MANRIQUE DE LARA Y RAMÍREZ DE ARELLANO
(1673-1733), XI CONDE DE AGUILAR DE INESTRILLAS (1680), IV DE
VILLAMOR (1680) Y III DE FRIGILIANA (1717), V MARQUÉS DE LA
HINOJOSA (1680), XIV SEÑOR DE LOS CAMEROS Y OTRAS VILLAS
(1680), CBº DEL TOISÓN DE ORO (1695-1709), CABº DE CALATRAVA
Y COMENDADOR DE MANZANARES (1709-1733); SOLD.MENOR EDAD
INFª ARMADA (1684), CAPITAN INFª (1691), IDEM CABª (1693), MDC
Tº DE LOMBARDIA (1694), SGTº GENERAL DE BATALLA (1702), CO -
RONEL RR.GG.EE (1704), TENIENTE GRAL RR.EE Y DIRECTOR GENE-
RAL DE LA INFANTERIA (1704), CAPITAN GENERAL DE LOS RR.EE.
(1.X.1710).

FILIACIÓN Y PRIMEROS SERVICIOS.
Hijo de Rodrigo Manuel Manrique de Lara y Tavora (1638-1717), II Conde de Frigi-
liana, y de Maria Antonia de Valvanera Ramírez de Arellano (1649-1680), X condesa
de Aguilar y III de Villamor, IV marquesa de la Hinojosa, XIII señora de los Came -  
ros, etc., GdE, dama de la reina doña Mariana de Austria. Apenas cumplidos los 4 a-
ños de edad, su padre, a la sazón coronel del Regimiento de la Guardia real (llamada
la Chamberga), fue desterrado de la corte por D. Juan José de Austria (23.VII.1677),
residiendo la familia en sus posesiones riojanas hasta la muerte del hijo bastardo de
Felipe IV (1679). Su madre falleció poco después de regresar a la corte (10.IV.1680),
dejándole huérfano a los 7 años aunque en posesión de una importante herencia.No
obstante su doble condición de hijo único y titular de Casa y grandeza,su padre le in-
clinó muy pronto hacia la profesión de las armas, llevándole con él Valencia, donde
fue virrey (1680-83), y después a Cádiz, sede de la capitanía general de Armada del
Mar Océano, que fungió a continuación.

En Cádiz, asentó de soldado «de menor edad» en la compañia de infantería del almi-
rante Nicolás de Gregorio, de servicio en la Armada, con 4 escudos de sueldo al mes
(26.I.1684). La carrera militar —determinada desde su infancia— llegó a ser plena -
mente asumida por el jóven conde que, en la dedicatoria al rey de sus
Theses mathe-
maticas
(22.VI.1688), reconoce haberse «dedicado al estudio a fin de cumplir las
precisas obligaciones con que nació para emplearse en el real servicio
». Aquel traba-
jo supuso el colofón a sus estudios en el Colegio de la Compañía de Jesús de Cádiz,
siendo publicado por los jesuítas y reseñado por Pedro Lucuce en el
Tratado de For-
tificación
que compuso para la instrucción de jóvenes cadetes, impreso muy tardía-
mente (1772). Con el retorno del padre a Madrid (1691), como consejero del Supre -
mo de Guerra, fue promovido aquel mismo año al empleo de capitán de Infantería.
En la primavera de 1693 marchó a servir Cataluña, proveído con el mando sobre dos
compañías de caballos, y el 7 de febrero del año siguiente, fue designado maestre de
campo del tercio de Lombardía, decano de los que servían en el Estado de Milán, va-
cante por la muerte del marqués de Solera (4.X.1693). Como tal, recibió simultánea-
mente el gobierno de la plaza de Novara, aunque en su caso no le representara nin-
gún incremento de gajes dado que,como Grande de España,percibía un sueldo men-
sual de 500 escudos.

MAESTRE DE CAMPO Y CORONEL DE REALES GUARDIAS.
Se incorporó a su nuevo destino el 7.IV.1694, reuniéndose con su regimiento en el
campo
dei Cardi, donde el MdCGral conde de Louvignies le dio entrada en los con-
sejos de guerra y, por razón de su cargo, también tuvo asiento en el Consejo secreto
o colateral de aquel Estado. En 1695 acudió al sitio de Casale Monferrato, fortaleza
ante la que habían fracasado en el pasado el duque de Feria y Ambrosio Spinola. Su
tercio fue el encargado de abrir la trinchera (25.VI), progresando el trabajo hasta lo-
grar la capitulación de los franceses (9.VII), que ofrecieron una débil  resistencia. A
finales de otoño obtuvo licencia para viajar a Roma y Nápoles, donde supo que el rey
le había honrado con el collar del Toisón (28.XII.1695) por su actuación en el ase -
dio; pero en la primavera siguiente hubo de regresar precipitadamente a Milán,ame-
nazado por Catinat, llevando un socorro de 50.000 escudos que le confió el virrey
de Nápoles. Tras reforzar la guarnición de Novara, asistió a la fortificación y defensa
del campo atrincherado en torno a Turin hasta la conclusión del tratado de neutra-
lización de Italia (Vigevano, 7.X.1696).

Se hallaba en Novara cuando el estado fue invadido nuevamente, ahora por el ejér-
cito imperial de Eugenio de Saboya (31.V.1701), que venció a las tropas franco-espa-
ñolas en los combates de Carpi (9.VII) y Chiari (1.IX.701), hallándose en el último
con su tercio. El 23 de febrero siguiente, fue nombrado general de la Caballería ex-
tranjera del Estado con el grado de sargento general de batalla y los accesorios de co-
ronel del regimiento formado para su propia guardia y capitán de su compañía coro-
nela. Aquel mismo año mandó la caballería (napolitana y valona) en el socorro de
Mantua (7.V.1702), batalla de Luzzara (15.VIII) y reconquista de Guastalla (10.IX),
forzando la retirada de los imperiales hacia el alto Bórmida. El año siguiente se com-
pletó su expulsión de Lombardía, pero el conde permaneció bloqueando Ostiglia
mientras el ejército principal invadía el Trentino; sin embargo, se halló en la derrota
de la caballería austriaca del general Visconti junto al Staffora,cerca de San Sebastia-
no (26.X.1703), donde su regimiento tuvo una destacada actuación que él mismo
plasmaría en el certificado de José Basilio de Aramburu (1683-1757), futuro capitán
general, que entonces servía a sus órdenes como simple soldado.

El 21.I.1704 se le expidió título de coronel del Regimiento de las Reales Guardias de
Infantería española, con el encargo de formarlo, para lo cual fue llamado de Italia.El
19 de marzo se hallaba ya en la Corte, avanzando la leva, aunque no daría su primera
guardia al rey hasta el 5.V.1704, en el campo real de Alcántara, la víspera de la inva-
sión de Portugal. El regimiento recibió su bautismo de fuego en aquella campaña,  
donde asistió a las conquistas de Salvatierra (7.V), Penha Garcia (10.V) —en la cual
mandó en jefe—, Castelo-Branco (25.V), Portalegre (8.VI) y Castelo da Vide (25.VI),
amén de otras plazas menores. El conde de Aguilar partió de regresó a la corte el 1 de
julio, dando ecolta al rey, mientras que el ejército contiuaba las operaciones al man-
do del duque de Berwick. Entró con el rey en Madrid el 16 de julio, tras dejar acuar-
telado a su regimiento en Vallecas, acompañándole también en el Te-Deum celebra-
do la tarde siguiente en la iglesia de Atocha por las recientes victorias. El  10 de sep-
tiembre, cuando Felipe V hizo públicas las recompensas de la campaña,  recibió su
ascenso a teniente general de los RR.EE. con el empleo accesorio de Director gene-
ral de la Infantería de España, conservando la coronelía del Regimiento de Guardias.
En la primavera de 1705 abordó la ampliación del regimiento, que pasó a tener 4 ba-
tallones, habilitándose un nuevo cuartel en Vicálvaro para descongestionar el de Va-
llecas.El nuevo pie (14.VII.1705), sería el más perdurable de la unidad,permanecien-
do en vigor hasta 1803; de manera que se debe al Conde no sólamente la formación
del cuerpo sino también su característica composición orgánica.
















CAPITAN DE LA PRIMERA COMPAÑIA DE RR.GG.CC.
En el mes de agosto siguiente, a raiz de un sonoro incidente sobre preeminencias en
los bancos de la capilla de palacio (15.VIII.1705), los capitanes de las dos compañías
españolas de Guardias de Corps dimitieron de sus cargos. Felipe V aceptó ambas y
proveyó sus empleos, siendo nombrado el conde de Aguilar capitán de la primera
compañía española de las Reales Guardias de Corps (1.IX.1705) en sustitución del
duque de Sessa, condestable de Castilla.Aquel mismo año, tras la caída de Barcelona
(9.X.1705), acudió a Versalles en demanda de ayuda francesa para recobrarla. Luis
XIV le recibió dos veces, el 22 y 23 de noviembre, comprometiéndose a enviar otro
contingente igual al que ya operaba en España desde 1704. Esas tropas pusieron si-
tio a Barcelona a primeros de abril de 1706, pero hubieron de levantarlo al acudir la
flota inglesa al socorro de la plaza (8.V.1706), retirándose al Rosellón (10.V) para
regresar posteriormente a España por Navarra. El conde de Aguilar asistió al rey en
las operaciones y mandó la reducida escolta que, desde Pamplona (2.VI), apresuró
la marcha a la Corte (6.VI), amenazada por un ejército anglo-portugués. Tras la eva-
cuación de Madrid (21.VI), escoltó de nuevo al rey hacia Torija y Sopetrán, mientras
el marqués das Minas ocupaba la ciudad (27-VI).

Cuando se trazó la estrategia para recuperar la capital de la monarquía,  se opuso al
parecer mayoritario que proponía marchar hacia Navarra para unirse a la infantería
francesa.En cambio,arguyó la necesidad de establecer el campo real en Jadraque pa-
ra facilitar la llegada de refuerzos desde Extremadura y Andalucía,asi como el replie-
gue de las tropas procedentes del sublevado reino de Valencia. El conde sabía cuan
necesario era entonces apuntalar la delicada moral de los soldados,dado que Catalu-
ña, Valencia y Aragón se habían declarado por el Archiduque, cuyos aliados habían
ocupado Salamanca, Avila, Toledo, Madrid y Cuenca. Una retirada a Navarra, hacia
la protectora seguridad de Francia, habría sido interpretada como una huída, aparte
evidenciar la desconfianza real hacia las tropas españolas, únicas  que a la sazón le
acompañaban porque las francesas no habían regresado aun.Porfiando contra el pa-
recer de todos, logró finalmente covencer al rey de que debía quedarse dando  ejem-
plo y no cabe duda de que salvó su corona, porque desde Navarra dudosamente se
habría recuperado Castilla. Así lo entendió el coetáneo y comprometido austracista
Francesc Castellví, escribiendo hacia 1722 desde su exilio de Viena, que «
no se le po-
día negar la gloria de haber mantenido al rey Felipe la corona
» (Rel. Hist., II,143).
El rey secundó su consejo y poco después se expulsaba de Castilla al ejército anglo-
portugués. La contraofensiva comenzó el 1 de agosto, desde Marchamalo, favorecida
por una acción del día anterior en que 2.000 caballos al mando del conde de Aguilar
sorprendieron y capturaron gran parte del bagaje enemigo cerca de Guadalajara, lo
que permitió recobrar Alcalá de Henares (2.VIII). El dia 4, el conde volvió a atacar el
bagaje confederado, tomando otros 200 carros de suministros y precipitando así su
retirada por falta de subsistencias,lo que permitió recobrar Madrid el mismo dia. Los
austracistas se mantuvieron algún tiempo en torno a Chinchón, gracias a la fértil ve-
ga del Tajuna, pero finalmente pasaron el Tajo por Fuentidueña (9.IX) y, desde Ta-
rancón, se internaron por las estribaciones de la serranía conquense para protegerse
de la temible caballería del conde. Vista ya su determinación de salir de Castilla, el
rey y el conde de Aguilar dejaron el ejército en manos del duque de Berwick, que ha-
bría de seguirles, y desde Huelves (16.IX), tornaron a Madrid por Ocaña y Aranjuez.

REORGANIZA EL EJÉRCITO Y ASCIENDE A CAPITAN GENERAL
Como director general de la Infantería, el conde de Aguilar asumió la tarea de levar,
reclutar, equipar, armar e instruir a las unidades. En la parte normativa, redactó  un
nuevo reglamento para el servicio de la Infantería, que el rey ordenó «
enseñar a to-
do el Ejército, sin que nadie pueda oponerse
» (R.D. de 30.XII.1706).Pese a la escasez
de suministros, provocada por el saqueo de los almacenes reales durante la ocupa-
ción de la Corte,  logró reforzar a tiempo el ejército de Berwick, que pudo derrotar a
su oponente en la batalla de Almansa (25.IV.1707). Él mismo hubo de salir a campa-
ña para explotar los frutos de aquel triunfo y, al frente de las milicias castellanas del
conde de Ablitas, dirigió la reconquista de Ciudad Rodrigo, ante la cual llegó el 30 de
julio, ganándola por asalto el 4 de agosto. Sin duda, se revelaba tan «
admirable en
la acción como en el despacho
», como escribió De Vayrac, pero cabe añadir que po-
cas cosas escapaban a su aguzado oído y ojo avizor. En la primavera de 1709, asumió
la responsabilidad de ordenar la detención de dos oficiales del duque de Orleans, co-
mandante en jefe de los ejércitos franco-españoles desde mayo de 1707, cuyo inte -
rrogatorio destapó la connivencia del mariscal francés, sobrino de Luis XIV, con el
enemigo. El mismo rey de Francia hubo de reconocerlo así en una tardía carta a Fe-
lipe V (5.VIII.1709), aunque tratara de disminuir la importancia del hecho y ocultara
su propia intervención en el mismo, ya que buscaba lograr una paz separada con In-
glaterra. Un mes antes (4.VII.1709), había ordenado repatriar a todas sus tropas de
España,aunque finalmente accedió a una retirada gradual para evitar el colapso mi-
litar de su nieto. No obstante, impuso as éste un nuevo jefe militar francés, el maris-
cal Bezons, que vino para hacer «
una guerra no por el Rey Católico, sino contra él»,
como escribiera el marqués de San Felipe.El Conde tuvo continuas fricciones con el
mariscal hasta que, persuadido de que no depondría su actitud, hubo de despachar
un correo al Rey reclamando su presencia en el ejército. Felipe V se puso en marcha
el 1.IX, escribiendo al mariscal una dura carta de reprobación desde Guadalajara (2.
IX). Sin embargo, ya en el campamento y tras entrevistarse con él (14.IX),cambió de
talante para no irritar a su abuelo.Dos semanas después,el rey regresó a la Corte con
el conde de Aguilar y, de camino en Zaragoza, concedió el Toisón al mariscal  fran-
cés (2.X), que de todas formas regresó a Francia con el resto de sus tropas. En desa-
gravio, el conde de Aguilar recibió del rey la rica encomienda de Manzanares, en la
Orden de Calatrava, aunque para gozarla hubo de renunciar al collar del toisón por
incompatibilidad. Previamente, se cruzó en la Orden, en cuyo expediente aparece ci-
tado como Iñigo de la Cruz Manrique de Lara Valvanera Ramirez de Arellano Men-
doza, Tavora y de Guevara.

Durante el invierno de 1709-10 el conde de Aguilar demostró una sobresaliente ca-
pacidad de organización, aplicación y recursos.Reclutó segundos batallones para los
regimientos españoles, repatrió de Flandes 15 regimientos valones, levantó nuevos
regimientos bisoños y logró restaurar la fortaleza del ejército, mermado por la deser-
ción francesa, pese a tener que reforzar las guarniciones de Toscana y de las islas de
Elba y Sicilia. Sin embargo, aquel ejército hubo de pelear en inferioridad contra un
enemigo muy reforzado, siendo derrotado el año 1710, en Almenara (27.VII) y Mon-
te-Torrero, frente a Zaragoza (20.VIII), tras el indeciso combate defensivo de Peñal-
ba (15.VIII). Retenido por el trabajo de gabinete, no se halló el conde en aquellas li-
des, aunque sí el rey, que delegó el mando del ejército en el
marqués de Villadarias
y después en el de Bay.El 8.IX se reunió con Felipe V en Valladolid, antes de la llega-
da del duque de Vendôme, llamado por éste para mandar el ejército a pesar de que
Luis XIV le había retirado el de los suyos. Para igualar sus rangos, Felipe V despachó
al conde de Aguilar la patente de capitán general de los RR.EE, firmada en Vallado -
lid el 1 de octubre de aquel año de 1710. Poco después, la corte caía por segunda vez
en poder del Archiduque pretendiente.«
En 50 dias que el enemigo estuvo en Madrid
—escribe Alvarez Baena—el conde de Aguilar, ayudado del marqués de Castelar, jun-
tó 22.000 hombres, vistiéndolos y armándolos a expensas de Castilla y Andalucía,
cosa imposible para otro que no fuese él,que era de la mayor eficacia en los negocios
y de incomparable inteligencia en la mecánica de la guerra.Ninguno en esta ocasión
sirvió más a su rey pues con este ejército y su asistencia se ganó el 10 de diciembre la
memorable batalla de Villaviciosa, que el duque de Vendôme juzgaba ya perdida
».




















En aquella jornada, el conde de Aguilar mandó el ala izquierda del ejército, formada
de caballería. Su primera carga fue rechazada por los imperiales,que hicieron lo mis-
mo con los ataques del centro y la derecha española;pero el conde logró evitar la dis-
persión de sus tropas y, reformándolas, se lanzó de nuevo contra la caballería portu-
guesa del conde de Atalaya, logrando descomponer su primera y segunda líneas. A-
quella acción fue decisiva y el necesario eslabón que permitió a la caballería de la de-
recha borbónica, al mando de Valdecañas, doblegar la última resistencia de Stahren-
berg, que pudo replegarse hacia a un bosque,al abrigo de su caballería, y retirarse del
campo a favor de la noche. Quiso el conde de Aguilar perseguir al enemigo y cortar
su  retirada con la caballería, pero se opuso Vendôme, cuyo parecer secundó el rey,
permitiéndose así que el derrotado ejército archiducal, en aceleradas marchas, se re-
fugiase en Aragón y Cataluña. En lo sucesivo, las discrepancias entre los dos genera-
les de Felipe V alcanzarían un punto de imposible retorno, como sucedió el verano
siguiente cuando Vendôme, contra el parecer del conde de Aguilar, decidió tomar
Prats de Rey en lugar de Cardona, objetivo propuesto por éste y de mayor importan-
cia estratégica. El ejército marchó sobre Prats el 16.IX, pero Vendôme, tan torpe tác-
tico como deficiente estratega,fue maniobrado por la habilidad de Stahrenberg, infe-
rior en fuerzas, que supo ganar y conservar siempre la ventaja del terreno, evitando
librar la batalla a que el mariscal quería abocarle. Ya entrado el otoño, viendo que no
era capaz de sacar al general austríaco de sus posiciones, resolvió Vendôme ponerse
sobre Cardona, cuando era demasiado tarde formalizar su asedio. El conde de Agui-
lar, no pudiendo sufrir más dislates, pidió licencia a Felipe V para dejar el ejército y
pasar a la Corte.

DIMITE DE SUS CARGOS Y EMPLEOS REALES.
«No se le respondió — refiere el marqués de San Felipe— y, poco poderoso contra sí
mismo, volvió a escribir en tono de picado, e hizo dejación de los empleos que tenía.
De todos los empleos le admitió el Rey luego la dejación, y se proveyeron en otros.
Llegó a la corte, y aunque le permitieron los Reyes el favor de dejarse obsequiar, se
le insinuó que saliese de Madrid. Así se inutilizó a los fines de esta guerra un general
de los más hábiles y experimentados
». El conde salió de la corte el miércoles 23.XII
de.1711, pero no se retiró a sus estados, como afirman —siguiendo a Baena— cuan-
tos han biografiado al personaje,sino al castillo de Pilas Bonas, en Manzanares, se-
de de su encomienda, que disfrutó hasta el fin de sus dias. Desde allí, escribió al rey
(2.II.1716) solicitando licencia para visitar a su padre, a la sazón Presidente del Con-
sejo de Indias, que se hallaba enfermo. Le fue concedido, aunque la visita fue breve
por su rápido restablecimiento. Regresó el año siguiente, con ocasión de la muerte
paterna, siéndole permitido desde entonces residir a 6 leguas de la corte, en su mag-
nífica quinta de Canillejas, donde estuvo alojado el Archiduque antes de su entrada
en Madrid. No obstante, cuando el embajador francés duque de Saint Simon llegó a
Madrid (1721), residía ya en la villa, aunque todavía no se le había autorizado ver al
rey. Afirma el duque en sus Memorias, que tenía instrucciones de enviarle cumpli -
dos porque «
aunque no contaba para nadie, tenía tanto espíritu, nervio, ambición
y recursos que no era de menospreciar
». El embajador cumplió dicha misión y dio  
entre ambos un corto intercambio de visitas y entrevistas, único y débil basamento
de la aviesa y burda etopeya que nos dejó del conde de Aguilar; tan gratuíta, por cier-
to, como la infundada imputación de que hubiera envenenado a Vendôme o que
conspirara en favor de cierto «partido» italiano.  Supo en cambio Saint Simon, ya en
Paris, que finalmente los reyes autorizaron al conde visitarles, aunque no data el he-
cho. Creemos que debió producirse a finales de 1724, o quizá a lo largo de 1725, una
vez que Felipe V reasumiera el gobierno de la monarquía tras la muerte de Luis I.No
se explicaría de otra forma su nombramiento (14.XII.1725) como patrón del Colegio
de Santa Justa y Rufina,de la Universidad Complutense (Alcalá de Henares),impen-
sable de no haber recuperado el favor real. Para entonces su salud estaba muy dete-
riorada, como años antes había constatado Saint Simon, que de nuevo se engañó al
respecto de su «frustración política». No es creíble que conservara entonces la me-
nor inclinación, como probablemente ni siquiera lugar, aunque aun no eran públi -
cas su resistencia y oposición intelectual al centralismo borbónico, alienante de los
antiguos privilegios, de los que se declararía defensor. Por eso se alejaría y distancia-
ría  cada vez más de la Corte, refugiándose en sus estados sureños (Málaga, Alhau-
rín, Corin, Frigiliana y Granada), intensificando su actividad literaria y su epistolario
erudito; pero sobre todo,centrándose en la conclusión de su
Defensorio de la religio-
sidad de los caballeros militares
, justamente reivindicada por Palau como una de las
obras más importantes de la literatura militar española, cuya publicación precedería
en poco más de un año a su propia muerte.

Saint Simon,que tanto envidiaba su independencia sin poder comprenderla, le repu-
tó como «
el hombre de todas las Españas». Más concreto fue el elogio del marqués
de Santa Cruz de Marcenado, uno de los mas brillantes tratadistas militares españo-
les, que en sus Reflexiones militares (II,145) le llama, «
el Escipión de nuestra Espa-
ña y el Catón de nuestro siglo
». Había casado en Madrid (12.XI.1689) con doña Ro-
salia Maria Pignatelli de Aragón y Pimentel (15.VII.1672 — 10.IX.1736), hija de An-
drés Frabricio (1640-1677), VII duque de Monteleón, marqués de Cerchiara,  caba-
llero del Toisón, y de Juana Teresa Pimentel, hija de los condes de Benavente. El
matrimonio no tuvo más que una hija, Maria Nicolasa, frustrándose así la línea de
los Manrique de Lara en la Casa de Aguilar.

                                                                                         © JUAN L. SÁNCHEZ.
Rodrigo Manuel Manrique de Lara, X
conde de Aguilar, padre de Iñigo, retratado
por Carreño de Miranda en 1665 (Col. Lá-
zaro Galdiano). Lo he visto atríbuído a
Juan Domingo, IX conde y abuelo materno
de Iñigo, pero éste murió en 1668 y, aun-
que no precísamente anciano,  aparenta
un anacronismo salvo que la datación de
la obra no sea correcta.
Retrato de Iñigo Manrique de Lara, XI con-
de de Aguilar, seguan una litografía de J.
Serra publicada en el tomo V de la Historia
de España ilustrada (1878), de Rafael del
Castillo (Barcelona, 6 vols. 1871-80).
Batalla de Luzzara, en un grabado de
Philippo Pallota, ingeniero del Rey y
«ayuda de furriel de la Reyna N.Sra»,
publicado en Madrid en 1703
Fusilero de Reales Guardias de Infantería
española, ca. 1708
La compañía española de RR.GG.CC.
ejercitándose en el patio de armas del
antiguo palacio de los Austrias,
desaparecido en un incendio en 1735.
Retrato a lápiz de conde de Aguilar, por
Javier Alvarez Barroso (Archivo R&D).
Jacques Bazin (1646-1733), conde de
Bezons, nombrado mariscal de Francia en
1709  (Retrato de Luthereau, preservado
en el Museo de Versalles,).
Louis Joseph de Bourbon (1654-1712),
duque de Vendôme, teniente general de
los ejércitos del rey de Francia, no llegó a
alcanzar la dignidad de mariscal de
Francia, aunque fue capitán general de
los de si nieto, Felipe V de España.
IZQUIERDA: La carga decisiva de la
caballería española del conde de
Aguilar en la batalla de Villaviciosa
de Tajuna (10.Xii.1710), grabada al
aguafuerte sobre un dibujo de
Carlos Mújica y Perez (siglo XIX).
Torre Manresana, en Prats de rey, donde
Vendôme fue incapaz de dedicirse a cruzar
el Annoia para cazar al escurrido
Stahrenberg.
Fachada del antiguo colegio de Santa
Justa y Rufina, en Alcalá de Henares, cuyo
patronazgo ostentó el conde de Aguilar
desde 1725 hasta su muerte. Actualmente
se conoce como casa de los Lizana.
Torre del homenaje del castillo de Pilas
Bonas, en Manzanares, donde el conde
de Aguilar residió algún tiempo,
aguardando el perdón real.


IÑIGO DE LA CRUZ MANRIQUE DE LARA Y RAMÍREZ DE
ARELLANO, XI CONDE DE AGUILAR DE INESTRILLAS
(Madrid, 3.V.1673 — Santa Fé, Granada, 9.II.1733).
Jacques Bazin (1646-1733), conde de
Bezons, nombrado mariscal de Francia en
1709  (Retrato de Luthereau, preservado
en el Museo de Versalles,).