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| «RELACION DE LA CAMPAÑA DEL AÑO 1635, QUE FUÉ LA PRIMERA QUE EL SERENÍSIMO CARDENAL INFANTE DON FERNANDO TUVO EN FLANDES, ESCRITA POR EL CAPITÁN DON DIEGO DE LUNA Y MORA, NATURAL DE PORCUNA, GOBERNADOR DEL FUERTE DE BURQUE [BURCHT] EN LA RIBERA DE AMBERES». Diego de Luna y Mora fue hijo del MdC Gonzalo de Luna y Mora, que concluyó su carrera como teniente de Capitán general de la Provincia de Guipúzcoa —a la sazón, el capitán gene- ral era el virrey de Navarra—, superintendente de la «gente de guerra» de la provincia y al- caide de Fuenterrabía (Hondarribia), donde murió en 1616 tras haber servido el cargo desde 1611. Lope de Insasti, en su Compedio historial de la Provincia de Guipúzcoa, cita al padre y al hijo en la noticia que seguidamente reproducimos: |
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| Fuenterrabía en el siglo XVII. |
«(93).—Gonzalo de Luna y Mora, Maestre de campo, alcaide que fue en esta villa, y teniente de Capitán general de ésta Provin- cia, dejó un hijo legítimo llamado D. Diego de Luna, que es capi- tán de infantería española y casado con doña Clara de Linares. Trae su orígen de la villa de Porcuna, en Andalucía.» |
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El padre se labró una respetable reputación militar a base de valor y esfuerzo. Como muchos jienenses de su tiempo —no en balde la actual provincia fue, a distancia, la mayor proveedo- ra de soldados españoles durante el último tercio del siglo XVI—, se alistó jóven y marchó a Italia, en una de las levas para tercio de Sicilia. Aunque ignoramos los jalones de su carrera, sabemos que sirvió en Flandes, siempre en dicho tercio, hasta su disolución a finales de octubre de 1589. En él obtuvo una compañia de picas antes de 1573, que mantuvo hasta el 1. VIII.1588, en que recibió el mando de otra de arcabuces. Fue uno de los 8 capitanes que mantuvo en pie su compañía, pese a la reforma disciplinaria de su unidad, que se incoporó en el tercio formado de nuevo por Alonso de Idiáquez en 1590. En noviembre de 1591, a la muerte de Simón de Itúrbeda, le sucedió como SgM del tercio, pero no gozó el empleo mu- cho tiempo, dado que el tercio fue reformado en 1593 —también disciplinariamente— e in- corporado en el de Luis de Velasco (futuro SORIA), recién llegado de Italia. El bueno de Diego, capitán vivo desde hacía más de 20 años, tuvo que volver a servir una pica bajo el mando de uno de aquellos bisoños que habrían debido perder sus compañia apenas llega- dos a Flandes; pero el castigo impuesto al tercio de Idiáquez cambió las tornas, siendo ésta vez reformados los veteranos en lugar de los bisoños. Ignoramos por cuanto tiempo se mantuvo la situación porque, evidentemente, ya no consta en las revistas. Pero sospechamos que no debió mucho. Su experiencia y servicios le hacían acreedor a un gobierno de alguna plaza, al menos pequeña y fronteriza, y en tales desempe- ños debieron discurrir sus años, hasta que, en 1606, volvemos a tener noticias suyas. Ya es maestre de campo y su único varón, Diego, tiene edad suficiente para servir de entretenido, quiza junto a su propia persona, como frecuentemente se daba entonces —y a veces se impo- nía desde la corte— para que los propios padres velaran por la formación militar de sus hijos. De Felipe II he visto firmadas numerosas órdenes en tal sentido, aunque muchas menos de Felipe III y ninguna del IV, quizá debido a posibles abusos. Hemos hablado mucho del padre, en parte porque conocemos su carrera mejor que la del hijo, pero no sobra lo dicho, al menos, para saber que Diego nació y se crió en Flandes. Ello no contradice en absoluto su propia afirmación del encabezamiento, ya que la acepción de «naturaleza», en relación con el nacimiento, es ahora más individual que familiar, pero en- tonces aludía al solar paterno. Así Julián Romero, a quien ya hemos citado, se decía de Iba- rrola, el solar paterno, aunque él abrió los ojos en la aldea conquense de Torrejoncillo. Debió servir también junto a su padre en Fuenterrabía, donde tuvo casa propia, como pare- ce desprenderse de la noticia de Isasti (1626) y confirma, indirectamente, el hecho de que también residiera allí su hija Francisca en 1650, cuando solicitaba para su hijo legítimo, Pe- dro —nieto materno de Diego—, habido del MdC Benito Enríquez de Quiroga, una plaza en su presidio. Sin embargo, también sabemos que en 1631 servía de capitán en Flandes, don- de le hallamos en 1635 como gobernador del fuerte de Burcht, en la orilla izquierda del Es- calda (Pais de Waas), que ya no se conserva aunque dio lugar a la actual villa de su nombre, cerca de Amberes, plaza entonces erizada de fuertes. Diego vivía aun en 1650, porque a di- cha fecha su hija le menciona vivo, pero ignoramos donde servía. Quizá continuara en Flan- des, donde es difícil perseguir su pista entre los gobiernos de plazas o fuertes, sobre todo entre los de pequeña o mediana importancia. Tuvo al menos otro hijo, de nombre Gonzalo, como su abuelo, que servía también en Flandes, como soldado aventajado; es decir, que gozaba de ventajas particulares sobre el sueldo, en 1631. Como haremos en otros casos, dejamos a su propia pluma las razones que le impulsaron a escribir el relato de aquella campaña militar de 1635. Lo refiere así: «Han sido tantos y tan varios los sucesos de la guerra del año 1635 en estos Estados, que en setenta años que ha que comenzó y dura la guerra en ellos, no se ha visto tan a riesgo de per- derse ni, por el contrario, en breves dias mejorarse las cosas de S. M., en que se ha conocido que la Divinidad evidentemente vuelve por su causa cuando en mayores peligros está. Si en este año no se hubiera hallado en ellos el infante D. Fernando, que tan victorioso y felizmen- te llegó a ellos por el mes de noviembre pasado [1634], es cierto que las provincias obedien- tes hubieran venido a poder de los rebeldes de Holanda y del rey de Francia, según las ligas y confederaciones que habían hecho y los gruesos ejércitos con que entraron en ellos, más S. A., con su valor y prudencia, las conservó y echó (a) los enemigos dellas, entrando con su ejército tras ellos hasta pasar el Val [Waal], rio que habia muchos años que no habían visto las armas españolas. Lo que en esto pasó escribiré en esta relación con la (mayor) brevedad y verdad posible». © JUAN L. SÁNCHEZ |
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| Luis de Velasco, maestre de campo del tercio donde fue incorporado el de Gonzalo de Luna, cuya compañía fue reformada. |
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| El Cardenal Infante, don Fer- nando de Austria, hermano de Felipe IV. |
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