| CAMPAÑA DE 1601 (Traducción, edición y notas por Juan L. Sánchez) |
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Pasaba ya el año trigésimo desde que la sublevación de las Provincias de la Alemania inferior, opuestas al dominio del rey católico, había dado lugar a la llamada Guerra de Flandes, cuyos su- cesos habían llegado hasta finales del año 1601 y aún continuaban. Parecía entonces que la posi- ción de los católicos había experimentado últimamente alguna desventaja porque tenían en pie diversos motines en su ejército y los Estados de las Provincias Unidas, vulgarmente llamados ho- landeses, tras apoderarse de Rihnberg, lugar de importancia para el paso del Rhin, habían acam- pado ante la ciudad de Bolduque ['s-Hertogenbosch] mientras el Serenísimo Archiduque Alberto de Austria, empeñado en la empresa de Ostende, en la Provincia de Flandes, encontraba cada día mayores dificultades para llevarla a término. Ostende es una plaza fortísima, situada a la orilla del mar, atravesada por dos canales por los cua- les, en la pleamar, entran y salen de su puerto grandes buques durante las 6 horas de la crecida. La plaza es muy grande, de forma alargada, fortificada con 8 baluartes de desigual tamaño, tam- poco equidistantes, sino alzados como a popósito para cerrar el circuito de la habitación. Tiene un foso muy ancho y profundo, su camino cubierto está bien flanqueado de revelines, a los cua- les sirven de foso los canales; además, los alrededores están cubiertos de numerosos arroyos y pantanos. La parte de la villa que enfila hacia el mar carece de camino cubierto pero en su lugar, además del primer reparo, hay otro flanqueado de cinco cuerpos de defensa, cerrados por dentro y fuera. Ostende está dividida por un canal en dos partes, llamadas la villa vieja y la nueva, comu- nicadas entre sí por puentes; el canal hace de foso y puerto. De la parte de San Alberto, hacia el mar, hay un dique que arrancando del camino cubierto continua a lo largo de la playa y, cuando las crecidas, impide al agua anegar la campiña, expuesta por su bajura a la inundación. A lo largo de la playa hay plantadas gruesas estacas para paliar los daños que causan las crecientes. Con la posesión de esta plaza los holandeses corrían la provincia de Flandes sometiéndola a contribu- ciones, por lo cual los católicos cerraron sus pasos con 5 fuertes llamados San Alberto, Santa Isabel, Santa Clara, San Miguel y Bredenè, además de los anteriormente levantados de Blanken- burg, Oldenburg y Nieuwkerke; los cuales, teniendo buena guarnición, impidieron al enemigo las contribuciones y remediaron en parte los graves daños que sufría la región. |
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| La plaza de Ostende en 1601 |
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| La primera lámina de Gamurini muestra la situación de Ostende, en un entorno dominado por la- gunares y marjales. La rodea un cinturón de fuertes levantados por los españoles para contener las correrías de su guarnición. |
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| COMIENZA EL ASEDIO DE OSTENDE El 5 de julio de 1601 vino el Archiduque* a atacar esta plaza e hizo dos cuarteles: uno junto al fuerte de San Alberto, donde se alojó su persona, y el otro hacia Bredenè. La plaza se hallaba cada dia más comprometida porque don Jerónimo de Monroy, maestre de campo de españoles, y Nicolas de Catrice, de valones, habían llevado en tres días a una colina arenosa, bastante cercana a la plaza, unas piezas de artillería que les causaban gran daño; después, comenzaron un reducto y un trincherón e hicieron del lugar plaza de armas. Entretanto, el Conde Frederick vanden Berg, que tenía a su cargo el cuartel de Bredenè, plantó algunas piezas de artillería en un lugar eminen- te de las dunas desde el cual dañaba a las casas y amenazaba a los enemigos. Era gobernador de Ostende, Charles van der Noot, que había hecho grandes provisiones para la defensa de la plaza. Como los holandeses no tenían otro pie en la Provincia de Flandes decidie- ron mantenerla en su poder, aprovisionándola continua y abundantemente de todo lo necesario y de buen número de gente de refresco para mayor comodidad de su defensa. El gobernador, en- tretanto, se dedicaba con la mayor diligencia a reparar lo demolido y emplazar nuevas piezas de artillería para dañar a los católicos y perturbar más sus trabajos. Y juzgando la parte de la villa hacia el fuerte de Santa Clara como la más débil de defender, comenzó a abrir trincheras exterio- res en aquella parte. Atendía el MdC Catrice a mejorar el fuerte de San Alberto, cuando el MdC Monroy recibió en la cabeza el impacto de una bala de cañón que le mató en el acto. Su tercio se dió a Simão Antunes, que construyó otro reducto al que llamó Valdés, del cual tiró un trincherón hasta el anterior para mejorar la defensa de ambos. Entró en Ostende Francis Vere* con 4.000 infantes, enviado por los holandeses como goberna- dor. Al día siguiente organizó una gran salida, pero teniendo gente nueva fue rechazado por los católicos con pérdida de muchos de los suyos. Los holandeses, conociendo cuan útil era mante- ner los puestos fuera de la villa, para asegurar aquella parte más débil, decidieron avanzarlos más y comenzaron a construir 3 reductos que llamaron pólderes, haciendo además un trincherón cuadrado donde desplegaron 5 compañías, que mantuvieron en tanto no se completó la fortifica- ción de los reductos. El Archiduque, viendo lo que hacía el enemigo, decidió llevar el trabajo hasta la parte de los pól- deres no sólo para impedir que los asediados avanzaran más sino para atacar la plaza por aquella parte. Así ordenó al Conde Frederick que, dejando en su puesto a don Alfonso d'Avalos, pasase con su regimiento de alemanes y más gente a Santa Clara, donde enseguida comenzó otros dos fuertes que fueron llamados San Martín y Santa María. Ante esto, el enemigo empezó a levantar un nuevo reducto; pero el Archiduque, conociendo el daño que causaría si les dejaba acabarlo, mandó que 200 hombres lo acometieran por dos partes. Penetrando a viva fuerza en el reducto, desalojaron a 50 infantes holandeses con su capitán, fortificaron el puesto y lo llamaron Santa Ana, en honor del día en que fue conquistado [26 de julio]. Poco después los sitiados, saliendo desde la plaza en número de 2.000 hombres, divididos en 2 cuerpos, hicieron una nueva salida contra los católicos, pero se retiraron al camino cubierto tras sufrir mucha pérdida. El Conde Frederick atendía los trabajos en el cuartel de Santa Clara; aca- bado el reducto de San Martín, metió en él artillería y comenzó a dañar al enemigo, no olvidando tampoco los católicos avanzar con trincheras y reductos por la parte de San Alberto. Describir todos y cada uno de los combates que casi a diario se produjeron sería largo y tedioso, habiendo durado este asedio tres años. Por lo tanto, sólo se hará mención de los sucesos más importantes. Comenzaron los católicos a construir un dique en el cuartel de San Alberto, hacia la playa, para impedir que entraran por aquella parte en la plaza los navíos holandeses, los cuales, continuamente y con gran facilidad, llevaban a los asediados todo lo que podían necesitar, con- duciendo gente fresca y sacando a sus enfermos y heridos. Se fabricaba dicho dique con troncos de 20 pies de largo y con ladrillos bien ligados para resistir mejor el ímpetu del agua. Aunque esta obra vió morir a mucha gente y el mar la interrumpió muchas veces, se concluyó en unos días y se subieron muchas piezas de artillería, de manera que se prohibió a los barcos enemigos la en- trada a Ostende por aquella parte. En aquel tiempo, de la gente que trajo de Italia D. Juan de Bracamonte, pasaron a Ostende de ór- denes de S.A. su tercio de españoles y el de italianos del Conde Teodoro Trivulzio; los demás de la misma nación, de los MdC Domicio Caracciolo, Marqués de Bella, y de Giovanni Tommaso Spina, marcharon al Brabante. Llegaron también Charles de Longueval, Conde de Bucquoy, con su regimiento de valones y 7 compañías de alemanes del Conde Florent de Berlaymont. A dicho Bucquoy se le dió el mando del cuartel de Bredenè, donde habian mandado el conde Frederick y despues don Alfonso de Avalos, que por orden de S.A. pasó con su tercio a San Alberto, que esta- ba al mando de Eustache d' Oignies, señor de Grusson, MdC de valones. Trabajábase afanosa- mente en dicho cuartel con trincheras, caminos subterráneos y galerías, en donde murieron muchos católicos porque no excusaba el enemigo fatiga o diligencia para ofenderles. Ya habían avanzado hasta la empalizada y banqueta que los sitiados tenían al dique cuando, una noche, los sitiados lo cortaron en pleamar y el agua, con el ímpetu del flujo, hizo el boquete mayor y anegó todo el trabajo, perdiéndose toda esperanza de atacar la plaza por aquella parte. No se creyó que los holandeses vinieran a resolución tan peligrosa porque creíamos que el cortar dicho dique hu- biera debido ocasionar la ruina de la villa, lo cual ellos dudaban, empleándose al remedio con ex- trema diligencia y asiduidad. Metieron por aquella parte palos, leños, troncos, fajinas, traviesas e infinita cantidad de materiales y consiguieron que la embestida del mar les causara poco daño. El Conde de Bucquoy se empleaba en fortificar el cuartel de Bredenè para resistir las salidas y el desembarco que hubiese podido intentar el enemigo en la playa por aquella parte. Y, avanzando cuanto pudo, hizo en la última de las dunas un pequeño reducto que se llamó Buterame, desde el cual castigaba con disparos de artillería a las barcas que entraban en la plaza, pero con poco daño debido a la distancia. Por eso comenzó después, mucho más avanzado, un gran reducto llamado San Carlos, que terminó en pocos dias, en el que apostó muchas piezas de artillería con las que dañó seriamente a las barcas que entraban en Ostende por el canal exterior del camino cubierto. Los holandeses se vieron obligados a cortar el camino cubierto hacia el mar para dar entrada a los barcos por el foso, que les servía de puerto. En estos días Catrice fue mortalmente herido de un mosquetazo y el tercio que dejó Juan de Ri- vas se dió a Bracamonte, siendo reformado el suyo.* Pero pocos dias después cayó muerto de un mosquetazo y se dió su tercio a D. Alvaro Suárez [de Quiñones], con el que pasó a reforzar el cuartel de Santa Clara para prevenir las salidas del enemigo por aquella parte, de las que hasta entonces había salido prácticamente indemne por la falta de apoyo de la caballería y de los demás cuarteles. El enemigo, viendo que el Conde Frederick avanzaba continuamente sus fuertes, rece- lando ser atacado por aquella parte, se dedicó a fortificar con fosos y empalizadas los puestos que había erigido fuera, haciéndolos casi inexpugnables. Mientras tanto, en el cuartel de San Alberto, don Agustín Mexía, castellano de Amberes, que en nombre de S.A. daba las órdenes al Ejército, visitaba los puestos y estimulaba los avances que en diversas partes se iban haciendo, los cuales obstaculizaba el enemigo con su artillería y pequeñas pero frecuentes salidas. Por aquel tiempo, el Archiduque convocó un consejo sobre la empresa. Algunos decían que era preciso atacar el baluarte del mar porque el camino, aunque difícil y peligroso, era el más seguro y reducible, proponiendo muchas máquinas e ingenios al efecto. Otros razonaron la extrema di- ficultad que hallaban en la ejecución de lo anterior, pues siendo preciso caminar mucho trecho enfilados por diversos flancos y caras de baluartes las bajas serían elevadísimas y, además, el flu- jo y reflujo del mar arruinaría todas las máquinas; por ello, proponían levantar primero una gran batería y después asaltar dicho baluarte, trantando de alojarse en él y fortificarlo. Pero muchos contradecían tal opinión afirmando, primero, que el tomar puesto en el dicho baluarte era algo muy difícil, que no se lograría sino con elevadas pérdidas; que, incluso tomado, no podría alojar- se dentro mucha gente y que, con la marea alta, cuando no fuera posible enviarle socorro, serían insuficientes para defenderse del numeroso presidio de la plaza. Además, al estar dominado des- de la Villa Nueva, no aportaría la utilidad que se estimaba, siendo también dudoso que no estu- viese minado, como habían referido algunos desertores. Se alabó la conquista de los pólderes y el atacar por dicha parte a la plaza que, por haberla fortificado, descubría el enemigo ser la parte más débil y de la que tenían mayores recelos, pero objetaron algunos que sería largo y difícil to- mar reductos tan bien fortificados y dificilísimo avanzar después por el daño que se recibiría de tantos flancos; incluso superadas todas las dificultades, como el enemigo tenía tanta gente y po- día traer más de otras partes, con atrincherarse en el campo tenía toda la facilidad para impedir el designio. Algunos propusieron levantar 3 grandes caballeros en las dunas de San Alberto, Santa Clara y Bredenè, y hacerlos tan altos que dominasen a Ostende, y capaces de 10 a 12 piezas de ar- tillería cada uno, y que mediante un fuego continuado arrasasen todo lo que se levantara sobre la plaza, reduciendo a los sitiados a mal partido; pero se adujo que la experiencia enseñaba que las plazas conquistadas por via de caballeros resultaron arrasadas y que debía procurarse el modo de apoderarse de Ostende, no de arruinarla. No faltó quien apuntara la necesidad de cerrar el paso a los barcos que venían al socorro, proponiendo que desde el fuerte de San Carlos, en el cuartel de Bucquoy, se tirase un dique hacia el canal, defendido por un fuerte, para prohibir la entrada a los barcos, pero se objetó que sería imposible adelantar el dique tanto trecho contra el mar si era preciso resistir al tiempo a las baterias enemigas y a la fuerza de las mareas. Finalmente se pro- puso fabricar un fuerte al baluarte de la Iglesia porque así se venía, primero, a dar mano con el cuartel de Bredenè y después, montándole artillería encima, se impediría el socorro por aquella parte porque sus disparos batirían de frente a los barcos que entraran y, al dominar el canal don- de atracaban, acabarían por hundir a los que hubieran logrado pasar sin daño. Además, a favor de dicho fuerte podría levantarse con facilidad un caballero desde donde se podrían batir los pól- deres y las cortinas de la villa vieja, causando notable daño a los sitiados. DIVERSIÓN HOLANDESA SOBRE HERTOGENBOSCH En aquel tiempo los holandeses estrechaban a Bolduque y habiendo llegado con las trincheras ante el foso aparejaban diversas máquinas y cavaban galerías para pasarlo. Se hallaba en la plaza por gobernador Antoine Schetz, barón de Grobbendonck, hombre de mucho valor y experiencia militar, que andaba con el ánimo decaído por no haber en la plaza más que dos compañías de infantería y otras dos de caballería. Y si bien la ciudad, que es grande, tambien era muy populosa, no por eso el pueblo estaba dispuesto a hacer las salidas y demás servicios que la ocasión reque- ría. Por ello, avisó al archiduque del estado en que se hallaba la ciudad y éste, resuelto a socorrer- la, encargó al conde Frederick van den Berg, que desempeñaba el cargo de MdC general en lugar del achacoso conde Peter-Ernst von Mansfeld, y le dió 7.000 infantes y 1.500 caballos; además pidió a los amotinados alojados en Verta [Weert], con quienes se había ya cerrado un acuerdo, que le ayudasen en esta ocasión. Partió el conde y, llegado a Diste [Diest], esparció la voz de querer fortificar Helmond, lugar a 5 leguas de Bolduque. En consecuencia, ordenó partir hacía allí al conde Giovanni Giacomo Bel- giojoso, comisario general de la Caballería, con 1.000 caballos y 800 infantes valones del tercio de Charles de Lalaing, barón d'Achicourt, y escribió a los habitantes de los lugares vecinos al dicho Helmond que se reunieran un determinado dia para dar comienzo a los trabajos. Pero en secreto, ordenó a Belgiojoso que, dejando en Helmond la caballería de los amotinados, procurase introducir los 800 infantes en Bolduque. Este, hecha la diligencia que convenía, llegó a Helmond la víspera de San Andrés [29 de noviembre], al ponerse el sol, e hizo intención de querer alojar la gente, pero al caer la noche marchó con la mayor celeridad posible hacia Bolduque, llegando a sus inmediaciones sin ser descubierto por el enemigo. Después ordenó avanzar al SgM Bleileven, del Tercio de Achicourt, con los 800 infantes de su tercio, que pasando entre dos fuertes de los holandeses y acuchillando a unos 50 enemigos que halló en un reducto, se introdujo en la villa. Belgiojoso, con su caballería, regresó a unirse con el conde van den Berg, que ya avanzaba con el resto del socorro, con cuya noticia levantó el enemigo el asedio de la plaza. |
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| En realidad, en dicha fecha se presentó ante Ostende el con- de Frederick van den Berg con 4 regimientos; acampó en las dunas orientales y, el día siguiente, comenzó a bombar- dear la plaza con 4 piezas. El 6, a medio día, llegó Agustín Mejia, castellano de Amberes, con otros 5 rgtos de Infª y 4 cias de caballos, que acampa- ron entre los fuertes de San Alberto y Santa Isabel. El ar- chiduque no se incoporó has- ta que no se le preparó un alojamiento digno, conve- nientemente fortificado, junto al fuerte de San Alberto, al que se llamó «Westeynde». Llegó el 2 de agosto, acomp- añado por la Infanta, que se alojaría en Nieuwpoort, y 18 carrozas con la nobleza. |
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| Julio Albi depuró el orígen de esta unidad en R&D-4. For- mada en la primavera de 1591 en Nápoles, con elementos del Tercio Fijo, llegó a Flandes en setiembre de dicho año al mando de Luis de Velasco, luego general de la Artillería (1598) del Ejército de Flan- des. Su nombre no aparece en la encuesta de Samaniego pero tal omisión ya la subsa- nó el conde de Clonard. En 1597 le sucedió Gaspar Zape- na (†Ostende, 6-VII-1600), pasando el mando a Juan de Rivas, que lo mantuvo du- rante 13 meses hasta que, en setiembre de 1601, recibió la castellanía de Cambrai. Su nombre tampoco lo cita Sa- maniego, aunque M. Prieto le incluyó como sucesor, en vez de antecesor, de Bracamonte en 1601. Juan de Braca- monte, hermano del conde de Peñaranda y sobrino del mar- qués de Fuentes, murió du- rante el asedio, a primeros de octubre. |
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| La lámina no. 2 de Gamurini muestra la disposición del asedio holandés de Bolduque, que los valones llamaban Bois-le-Duc y los flamencos Hertogenbosch. |
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| Este incidente crearía doctri- na en las capitulaciones de plazas, siendo después fre- cuentemente invocado para castigar a los gobernadores rendidos a la vista del soco- rro. Sin embargo, el mismo Vere evitó referirlo en sus co- mentarios, que concluyen inesperadamente en octubre de 1601. El Rev. William Di- llingham, editor de los mis- mos (1657), incluyó un relato de Henry Hexam, paje de Vere, y la siguiente carta que éste envió al Archiduque, fechada el 25 de diciembre: «Hasta ahora habíamos considerado necesario tratar con los dipu- tados de S.E; pero mientras trabajábamos en concluir las condiciones y artículos han llegado algunos de nuestros buques de guerra que nos han suministrado parte de lo que necesitábamos. Por ello no podemos, por nuestro honor y juramento, continuar los pac- tos, lo cual esperamos que S.E. no considerará como mala fé y cuando su poder nos reduzca a la última extremidad no rehusará, como Príncipe generoso, a concedernos de nuevo una gentil audiencia». |
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| Mientras tanto, en Ostende, una gran borrasca maltrató el lugar, arruinado gran parte de la villa vieja. Viendo los sitiados que los católicos, advertidos de ello, se preparaban para el asalto, la víspera de la Natividad de Cristo (24-XII-1601) parlamentaron para capitular, y se dieron rehenes de una y otra parte. Pero habiendo recibido al dia siguiente un fuerte socorro de gente, con la que remediaron pronto los daños causados por el agua, devolvieron los rehenes diciendo que no podían abandonar la plaza con honor tras haber recibido aquel refuerzo.* © JUAN L. SÁNCHEZ |
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| Lauriers afirma que entró el 15 de julio, de noche, el mis- mo dia que aportaron 2 bar- cos con parte de los nuevos reclutas ingleses, pero el grueso llegaría más tarde. En cambio, su regimiento y el de su hermano Horace le prece- dieron: el 8 de julio llegaron sus 8 cias. y el dia 14 las 12 de Horace, todas procedentes del campo ante Rheinberg. Sin embargo, el propio Sir Fran- cis afirma en sus «Commen- taires» que desembarcó en Ostende el 11 de julio y que halló en la plaza 30 cias. ho- landesas (de los regimientos de Vander Noot y Utten- burg) y las 8 del suyo propio. Tales fuerzas eran, desde luego, las existentes el día 11, pero también el 13, fecha mas probable de su llegada. Vere reconoce que la salida "contra los approches occi- dentales" costó 300 bajas, aunque dice que había ocu- rrido antes de su entrada en la ciudad. Como la salida se produjo el 13, debió llegar esa misma noche, antes del regimiento de su hermano, que lo hizo el 14. |

| El conde de Bucquoy |
| El barón de Grobbendonck |