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| ESTUDIOS HISTORIOBÉLICOS. EDICIÓN DIGITAL |
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| LUIS DE VALDÉS Y REJANO (1591- ant.1674) |
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| (PRG): He encontrado unas referencias relativas a otro Valdés que también fue castellano de Gante y que yo creo pariente de Gaspar de Valdés: Luis de Valdés y Rejano, natural de Granada, caballero de la Orden de Santiago, 1630, del Consejo Supremo de Guerra en los Estados de Flan- des gobernador y capitán general de las Islas de San Bartolomé y San Martín, y de la provincia de Nueva Vizcaya de 1642 a 1649, y castellano de Gante. Casó con María de Alcega y Urdiñola (o Alceaga) y fueron padres de Francisca de Valdés, mujer del primer Marqués de San Martín de Aguayo. Consultando tu página pienso que lo más probable es que en vez de castellano fuese te- niente de alcaide durante algún periodo de "interregno", quizá por su parentesco con Gaspar de Valdés. (Jesús Ruz de Perceval). (RESP): En efecto, Luis de Valdés y Rejano era pariente o “deudo” del MdC Gaspar de Valdés y Alcaraz, como se dice literalmente en su relación de servicios. El problema es que no se aclara el tipo de parentesco, aunque sospecho que se trataba de un sobrino carnal. Luis de Valdés y Reja- no nació en Almuñécar (Granada), donde fue bautizado el 24 de mayo de 1591; es decir, era 30 años más jóven que el Maestre de campo Valdés, a cuya sombra desarrolló casi toda su carrera militar, que no fue muy dilatada (1611-1649). Comenzó a servir en el presidio de Larache, de soldado, cabo de escuadra y alférez, pasando a su costa a los estados de Flandes (1616), donde el Archiduque Alberto le concedió el sueldo de alfé- rez reformado (10 escudos mensuales) y plaza de soldado en el castillo de Gante. En 1621 ascen- dió a alférez de la compañía del gobernador y maestre de campo Valdés, perteneciente a la dota- ción de dicho castillo, a la que hubo de renunciar en 1624 porque las ordenanzas disponían que «la bandera» (símbolo del alférez aunque sinónimo de la compañía) sólamente podía servirse durante un plazo máximo de tres años. Entonces sentó una plaza de «pica seca» (reservada a los reformados del ejército) en la compañía del capitán don Gabriel de la Torre, del tercio del MdC Simão Antunes (TIE no 1; «gemelo de Sicilia»), con 16 escudos de ventaja al mes: 10 por la alfe- recía reformada y 6 particulares con que fue premiado por haber descubierto y evitado un cona- to de motín de la guarnición del castillo. A principios de 1625 recibió una compañía de Infª en el Tercio de Francisco de Medina Carranza (TIE no 34), por patente de Ambrosio Spinola, mar - qués de los Balbases; pero dicho tercio fue disuelto aquel mismo año por lo que fue «capitán vi- vo» sólamente unos meses, aunque sufiencientes para gozar los 46 escudos mensuales que le co- rrespondían como reformado. El 4.XII.1627 fue nombrado teniente del castillo de Gante, con 56 escudos de sueldo al mes, y poco después, el 27.XII del mismo año, era designado consejero del colateral de Guerra de los estados de Flandes.Sirvió ambos puestos hasta el 2 de febrero de 1635, en que el Cardenal Infante le dió 6 meses de licencia y una carta de recomendación, fechada en Bruselas el 28 de febrero de dicho año, en la que suplicaba a su hermano, el rey Felipe IV, que «se sirva de favorecer y honrar al dicho don Luis por lo bien y puntualmente que ha servido y porque lo merece». Provisto de esa y otras cartas, expedidas —entre otros— por D. Carlos Colo- ma, D. Luis de Benavides —que le sucedió en la tenencia del castillo de Gante y sería MdC del Tercio de Lombardia (TIE no.3 de Italia), don Pedro de Ocampo Mariño y el SgM Manuel Fran- co (luego promovido a MdC del Tº de Sicilia, TIE no. 4 de Italia), se presentó en la Corte a subs- tanciar sus pretensiones, deponiendo que «era deudo del Maestre de Campo Gaspar de Valdés y hermano del Sargento Mayor Gaspar de Valdés (que moriría en la batalla naval de las Dunas de Dover, 1639) y del capitán Baltasar de Valdés» (que murió en mayo de aquel mismo año, pe- leando en Flandes contra los franceses). Las distintas cartas recogían lo más granado de sus ser- vicios militares, destacando su participación en el sitio y toma de Jülich o Juliers (1621), en el frustrado asedio de Bergen-op-Zoom (1622), en la toma de Sonsbeke, fortificación de Sint Vliet y entrada en la isla de Beluwe (1624); sitio de Breda (1625), socorro de Brujas (1631) y, el mismo año, en el del Saso de Gante (Sas van Gent), que mandó personalmente con 600 hombres. Concluye el expediente, que carece de fecha, aunque se formó en la Corte, en 1635, para su pre- sentación ante el Consejo de Indias, con una anotación posterior del siguiente tenor: « Y en con- sideración de los dichos servicios S.M. le proveyó en el gobierno de la isla de San Martin dán- dole comisión para el castigo y pacificación de las revoluciones que hubo en aquella isla, per - diendo los soldados de ella la obediencia a su antecesor, todo lo cual hizo con maduro acuer - do,castigando a los reos como convino y poniendo aquel presidio con la defensa y paz que hoy está, de que S.M. y su Real Consejo de Indias se hallan servidos ». No he localizado la fecha de dicha patente, que data de 1635, pero sí la licencia de embarque a las Indias, expedida el 2 de febrero de 1636, que nos descubre a otra hermana suya, Maria de Valdés, avecindada en Grana- da y casada con Celedonio Enciso, cuyo hijo Luis Enciso, sobrino de Luis de Valdés, se embarcó con él, aparte de cuatro criados. El Archivo de Indias conserva numerosa correspondencia de su breve gestión en San Martin (1636-38), que mereció del rey una recompensa de 2.000 ducados a repartir entre los soldados más fieles aquel presidio —el fuerte de la Punta Blanca, como fue re- bautizado el llamado Fort Amsterdam, construído por los holandeses en 1633—, aprobada el 27. XII.1637, y su inmediata promoción al gobierno de Nueva Vizcaya, que le fue concedido por real provisión de 5.IV.1638. Sin embargo, la última de sus cartas desde San Martín data del 30.VIII. 1639, fecha en que debió entregar el mando a su sucesor, Diego Guajardo Fajardo, aguardando a que éste le tomara la residencia —que parece no le formó entonces, como era preceptivo— an- tes de partir hacia su nuevo destino. No obstante, lo haría con posterioridad, imputándole un cargo por el que sería sentenciado en 1649; por un error en la transcripción del títuto de dicha sentencia (AGI, Escribanía, 1189), consta Santa Marta en lugar de San Martín, de ahí que, con alguna frecuencia, se le haya adjudicado dicha gobernación, aunque nunca la fungió. Su predecesor en Durango, sede del gobierno de Nueva Vizcaya —perteneciente al virreinato de Nueva España (Méjico) y jurisdiccionalmente a la Real Audiencia de Guadalajara— Don Luis de Monsalve Saavedra había fallecido en la cárcel de Guadalajara aguardando el inicio de su juicio de residencia. Desde el 17 de octubre de 1639 le había sucedido en interinidad don Fernando de Sosa y Suárez, de quien se dice lo ejerció durante 28 dias.De ser cierto tal cómputo, lo habría en- tregado a Valdés el 14 de noviembre de 1639. En la lejana Corte metropolitana le suponían ejer - ciendo su cargo el 10 de noviembre del mismo año, cuando se despachó una real cédula a «Don Luis de Valdés, gobernador de Nueva Vizcaya», fechada en Madrid el 10.XI.1639, en recomen- dación de don Diego Bergonza. Lo que sabemos con precisión, porque él mismo lo escribiría, es la fecha en que resignó el gobierno en su sucesor, nuevamente el mencionado Diego Guajardo, que habia desmantelado el castillo de San Martin y abandonado aquella isla, no sin antes haber- se cubierto de gloria al rechazar el ataque holandés de Pieter Stuyvesant, que perdió allí una pierna, en mayo de 1644. Como ya sucediera en San Martín, Guajardo no mostró mucho interés por tomarle la residencia, aunque en esta ocasión quizá obrara instruído por la Corte. Luis de Valdés había sido acusado por el obispo de la Puebla de los Angeles de «fraudes en los azogues de la plata» —que se extraía de las ricas minas de la provincia de Sinaloa— y de obstaculizar la investigación que encomen - dara, por mandato real, a un tercero que el obispo había designado (veáse la carta del Obispo al rey, fechada el 7.IX.1646). El 4 de noviembre de 1649, tan pronto se hizo cargo del gobierno en Durango, Guajardo marchó hacia el Parral para proseguir las operaciones contra lo indios tara- humares. Casi un año después, el 30 de noviembre de 1650, Luis de Valdés escribía al rey una carta exculpatoria, en la que deja claro su interés por concluir cuanto antes el trámite de su resi- dencia a la par que acusaba al mencionado obispo, el Rvdº fray Diego de Hevia y Valdés, de que «anteponiendo a lo sagrado de su dignidad la ambición de mandar y de extender su jurisdic- ción a más de lo permitido por ambos derechos —civil y canónico— y ciego de la pasión que tie- ne contra mí por la oposición que en esto le hecho y por acordado con justicia a los religiosos de San Francisco la propiedad de las doctrinas de los indios que servían este Reino».También refiere como hubo de insistir ante Guajardo para que finalmente éste le tomara su residencia en el Parral, «y enviádome a citar para que pareciese personalmente en este Real del Parral y yo llegado a él con excesivo trabajo por lo dilatado y áspero del camino, de 200 leguas, y por ser el tiempo mas riguroso del verano (30 de agosto), deseoso de satisfacer a esta obligación para que V.M. entienda (que) cumplí con las de mi cargo y que le serví como bueno, fiel y limpio mi- nistro, tan a costa de mi trabajo y cuidado como de mi hacienda, pues de ella, como habrá constado a V.M. de la declaración jurada que remití a su Real Consejo de las Indias, le tengo suplido más de 60.000 pesos en gastos de paz y guerra, sin que se me hayan pagado los 4.000 que V.M. tiene situados en esta Real Casa cada año para dicho efecto, como se pagaron a mis antecesores y pagan a mi sucesor». A Valdés solo podía preocuparle de la residencia el menoscabo a su honor, proyectable a su fa - milia, que pudiera derivarse de una calificación distinta a la que él mismo sugiere de «bueno, fiel y limpio ministro», fórmula habitual y deseable, junto a la de «merecedor de mayores pues- tos», que no ambicionaba. En 1640, habia casado con María de Alcega, heredera de uno de los mayores latifundios de Méjico, que según Pilar Foz «uniendo al poder del oro el poder del go- bierno, se fue consolidando y ensanchando». Se retiró a su vasta hacienda de San Francisco de los Patos, donde falleció antes de 1674. Su juicio de residencia, fallado en la Corte en 1654, le su- puso una única condena, cuyo tenor desconozco al no haberlo consultado (AGI, Escrib., 1190), pero que, en todo caso, prueba la probidez de su gobierno, máxime en Indias, donde a veces se daban situaciones escandalosas, a menudo enjuagadas por el propio rey merced al perdón, salvo en a parte tocante a su Hacienda, siempre que mediara una dilatada prestación de servicios mi- litares. No parece, por la propia deposición jurada del interesado, que éste sea un caso de abuso de beneficio propio, aunque denota uno más de los frecuentes enfrentamientos entre el poder ci- vil y el temporal, a todas luces desigual, ya que el último disponía una herramienta muy podero- sa de intrusismo y coerción (el Santo Oficio). Lo que llama la atención son acusaciones del obis- po, entreveradas sutilmente de una integérrima vocación de lealtad y servicio a la monarquía. Cabe preguntarse como hubiera podido probar el ser cierto «que unos indios bárbaros que se habían levantado en la Nueva Vizcaya, a fuerza de agravios de los alcaldes mayores y doctri- neros que les vendían sus hijos a las haciendas vecinas al Parral y les hacían otras vejaciones, los cuales quemaron las iglesias, mataron a los ministros de justicia y doctrina que los agravi- aban, se hicieron la tierra adentro y se pusieron en guerra». ¿Quizá alguno de elllos reresó de las montañas para darle el soplo? Además, bajo la veladura de doctrineros, alude a los religiosos franciscanos que, por decisión de Valdés, tenían a su cargo la catequesis de los indios. Nuevo in- terrogante: ¿es creíble que estos misioneros venderieran a los hijos de los nativos —a quienes de- bían educar cristianamente— a los estancieros vecinos o les agraviaran con vejaciones cuyo tenor no se aclara en qué consistían y solo se dejan caer, cuando menos, maliciosamente? Con textos de esta jaez, no me extraña que todavía se explote la idea —a la que no hace mucho apelaba cier- to mandatario sudaméricano tras un sonoro incidente diplomático— de que la merienda favori- ta de nuestros colonos fuera un indígena "al dente", tras vuelta y vuelta de barbacoa. JUAN L. SÁNCHEZ |
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