ESTUDIOS HISTORIOBÉLICOS. EDICIÓN DIGITAL
RESEARCHING & DRAGONA
VIRTUAL
PAGINA ANTERIOR
PÁGINA PRINCIPAL
ROCROI, EL TRIUNFO DE LA PROPAGANDA (V).
por JUAN L. SANCHEZ
Publicado en R&D no. 16 (marzo 2002), pgs. 4-35 y R&D no. 21 (nov. 2003), pgs. 18-43.
Una traducción francesa acaba de aparecer en
Rocroy, 1643. Verités et controverses
sur une bataille de légende.
Rocroi, Ville de Rocroi et al., 2007.
En la Habana, desempeñando la gobernación de la isla de Cuba, escribió un libro sobre el
arte de escuadronar que tituló «Política y mecánica militar para Sargento mayor de Ter-
cio», publicado en Madrid en 1669. En dicho libro, para ilustrar la eficacia de un escua -  
drón de picas bien organizado, propuso como ejemplo la defensa del Tercio de Alburquer-
que en la batalla de Rocroi. Sigamos su exposición:.
«Solo se mantenía el escuadrón del tercio que había sido del señor duque de Alburquerque, gober -
nado por su sargento mayor Juan Pérez de Peralta, soldado de muy conocido valor y experiencia,
como dice el ejemplo. Y habíanse recogido a este escuadrón, después de haber defendido los suyos
más que parecía imposible, los maestres de campo el conde de Garciez y D. Jorge de Castelví, quien
a la sazón lo era mío, y otros muchos oficiales y soldados a quienes, aunque la fortuna les venció,
no les rindió el valor, pues con él haciéndose lugar llegaron descompuestos a componerse en este
peñasco de fortaleza, corta comparación a quienes supieron merecer inmortal gloria. Y en él to -
mando parte con buena orden aguardaron como los demás el furor de los vencedores, a los cuales,
para serlo enteramente de la batalla, solo les faltaba romper (a) esta gente. Y no habiéndolo podi-
do conseguir con algunos de los suyos de caballería e infantería, obligó a los enemigos a que con el
todo de su ejército se les arrimase, como lo hicieron, buscándole por todas partes alguna flaqueza
que no pudieron hallar, pues haciendo cuatro frentes de las picas y los mosqueteros y arcabucenos
no mostraron flaqueza ni perdieron tiempo en representar que el valor y la destreza estaban muy
unidas. Enfrenaron de tal forma a los ememigos que les obligaron a desviarse y valerse de su arti-
llería, con la cual (les) batieron, como pudieran a una roca, sin que se reconociese desmayo ni des-
compostura. Lo cual visto por los enemigos, con notable admiración, hicieron alto, lastimándose
de los que no se dolían de sí mismos... Enviaron los enemigos un trompeta, como pudieran (hacer-
lo) a un castillo, preguntando de parte del príncipe de Condé quién mandaba aquel escuadrón; y
habiéndole respondido que el conde de Garcíes, don Jorge Castelví y su propio Sargento Mayor,
mandó replicar que cómo eran tan bárbaros que llegaban a extremos tales, y que en el mundo solo
ellos —como es así— eran el primer ejemplar: que lo mirasen bien, y el poco recurso humano que
les quedaba; que él ofrecía cuartel, que es las vidas, y en suma la cosa se redujo a capitular como
plaza fuerte. Y lo que se les pidió, que no podía ser más, fue que, cediendo las armas, se les conser-
vasen las vidas y todo lo que tuviesen encima; y así lo concedieron y capitularon y cumplieron los
franceses, de quieres no pondero los muchos agasajos y favores que a todos hicieron después de
rendidos, pues nadie conoce más bien el valor que el vencedor».
Cánovas del Castillo fue quien descubrió para la Historia el escrupuloso testimonio de
Dávila Orejón. Nadie pues le disputará su legítima satisfacción cuando escribía:
[68]
«Gracias a éste curioso libro militar poseemos, según se ve, tan seguro conocimiento del desenlace
de la batalla cual si hubiéramos asistido a ella».
Sin embargo, el testimonio de Dávila Orejón no es concluyente ni definitivo para resolver
el problema en los términos hasta aquí planteados. Aunque de riquísimo pormenor, el de-
selance final de la batalla no queda explícito en la suerte del tercio de Alburquerque por-
que éste obtuvo una capitulación condicionada al salvo de la vida y de las pertenencias
que cada uno llevara encima, algo que confirma lo que ya dijeron Montglat, Gualdo Prio-
rato y Vincart, pero que en modo alguno encajaba con lo afirmado por el secretario de Me-
lo y por el proveedor Illán, ambos escribiendo desde Flandes, así como por el R.P. jesuíta
González o el reputado y bien informado Pellicer, éstos haciéndolo desde la Corte.

Quien encaja todas las piezas y testimonios dispersos, quien resuelve y cierra definitiva-
mente el caso es Matías de Novoa. Él es quien nos revela que, antes de la capitulación del
tercio de Alburquerque se había producido otra, la del tercio del conde de Garcíez y con
mejores términos: nada menos que «paso, carruaje y bastimentos hasta Fuenterrabía».

El oscuro ayuda de cámara de Felipe IV no pudo conocer ni la carta del jesuíta, ni la de
Pellicer, ni mucho menos el relato que Dávila Orejón publicaría 17 años después de su
propia muerte, sobrevenida en su cuarto del Buen Retiro, en abril de 1652. Si no hubiera
escrito lo que oyó en la cámara real, o en el mismo Salón de Reinos, o leyó en algún docu-
mento que solo Dios sabe si se conservará todavía, nunca habríamos podido deducir la
suerte del Tercio de Garcíez. Es más, siguiendo a Dávila Orejón cuando escribe:
«Y habíanse recogido a este escuadrón, después de haber defendido los suyos más que parecía impo-
sible, los maestres de campo el conde de Garcies y D. Jorge de Castelví...»
Insinúa la lógica que si el conde hubo de refugiarse en el escuadrón de Alburquerque ha-
bría sido por la pérdida del suyo. Cierto que no lo dice expresamente así Dávila, pero
¿cómo colegir de tal párrafo que Garcíez, después de haber defendido su tercio hasta
lograr una honrosísima capitulación, lejos de conformarse a ella y a la seguridad de su
vuelta a España, hubiera abandonado su escuadrón para seguir la suerte de quienes to-
davía peleaban por la suya? No, definitivamente sin el testimonio de Novoa nunca habría-
mos sabido que fueron dos los escuadrones españoles que capitularon «en campaña rasa»
en aquel calvero junto a Rocroi.

¡Qué desesperado debía andar Enghien, viendo la impotencia de los suyos, ofreciendo ca-
pitulaciones aquí y allá, a diestro y siniestro, temiendo en cualquier momento la apari -
ción de Beck en el campo de batalla! Y qué distinto aquel final del que nos pintaron Au -
male y tantos otros, que pretendieron escribir Historia a espaldas de las fuentes españo -
las, nada inasibles por cierto, ya que hasta ahora no hemos invocado sino documentos
impresos hace más de siglo y cuarto. Qué distinto, por último aquel dignísmo, insólito e
irrepetible final al que pintó Heim para la Sala de Batallas de Versalles, donde aun cuel-
ga como deplorable canto a la falacia, a la infamia y a la estúpida vanidad de quienes no
supieron perseguir ni honrar a la verdad de lo que representaron. Sabiendo ya lo que sig-
nifica, puede seguir exhibiéndose allí por muchos años.
III.—EL ESCUADRÓN CAPITULADO: SU HISTORICIDAD CONTRASTADA CON
OTRAS FUENTES.

Hemos visto como el relato de Novoa ha permitido ligar y dar cohesión a diferentes testi-
monios dispersos. Tampoco sin él habríamos conseguido encajar otras piezas de convic -
ción que, a su luz, van cobrando sentido.

En el artículo sobre el Tercio de la Sangre (R&D-19), vimos como, en 1738, el cuerpo pre-
servaba aún la memoria de que, en Rocroi, «había formado el cuadro que no pudieron
rendir los enemigos». Que dicho tercio, o parte de él, debió quedar comprendido en la ca-
pitulación y ser devuelto a España lo evidenciaba la pronta reincopración al Ejército de
Flandes de los 6 capitanes siguientes, que constan todos promovidos a capitanes de caba-
llos antes de julio de 1644: Silverio de Benavente Quiñones, Diego de Goñi y Peralta, Al-
varo de Miranda, Lope de Obregón Castañeda, Martín de Zayas y Bazán y José de Vera
Osorio.

A esa relación es preciso añadir los 4 capitanes que conservaban sus compañías en la re-
vista de 1644: Bernardino de Castro, Juan Flores, Jerónimo Osorio de Silva y Pedro Sam-
payo. De ellos, sabemos que al menos dos estuvieron presentes en la batalla. En la carta
del secretario de Melo (Mem. Hist, XVII, 128), Bernardino de Castro aparece citado como
uno de los capitanes que se sabían en poder de los franceses. Sin embargo, no aparece en
la relación oficial de prisioneros que se compuso tras la batalla (SHAT, A-1, 98, doc. 7),
como tampoco ninguno de los hasta ahora mencionados. También sabemos que Juan Flo-
res escapó a la suerte de los demás, ya que hubo de cumplir «un servicio partícular al con-
de de Garcíes en la batalla de Rocroi, del cual dio muy buena cuenta» (AHN,E,1299).

¿Cuál fué aquella suerte? Sin duda, la misma que la del tercio de Garcíez. No nos consta
por vía documental aunque es lícito concluírlo por hilación. Sin duda, tras la muerte de su
MdC, el Tercio de Villalba o «de la Sangre» se unió al escuadrón del Tercio de Garcíez,
que inicialmente formaba en dos escuadrones separados y que, para entonces, también
cabe presumir que se hubieran unido entre sí.

Por cierto, en la relación oficial de prisioneros a la que nos hemos referido, y sobre la que
repetidamente volveremos, constan, en cambio, 4 capitanes del tercio: Cristóbal Márquez
[Christophe Marcheze, fol. 3], identificado como SgM; Francisco de Arbaiza [François
D'Albaisse, fol.3]; Alonso de Torres [Alonsº de Torrez, fol.3], que aparece como reformado
cuando aparentemente lo era vivo, y Pedro Luis Dávila [Pierre Louis Davilla].

Como también sabemos que sobrevivieron los capitanes Cristóbal de Bedmar y Raya, fu -
turo SgM del tercio, y Pedro de Valdés, éste seguro actor en la jornada, resulta que de las
18 compañías del tercio, hemos confirmado la presencia de 15 y solo otro capitán, proba -
blemente Juan de Barbón y Arango, pudo haber perdido la vida junto al maestre de cam-
po. Poco sostenible parece pues que el apodo de «Tercio de la Sangre» provenga de su ac -
tuación en Rocroi, sobre todo sabiendo, como sabemos, que en la batalla de Les Avins o
Avein (1635), murieron 8 de sus 15 capitanes y cayeron prisioneros los 7 restantes.

En cuanto al tercio de Garcíez, también las 6 compañías de Jorge de Alvarado, Juan de
Baena, José de Larreategui, Juan Ramírez de Noriega, Francisco de Santander y Diego
de Vargas Machuca, todas ellas  presentes en la batalla, aparecen en la muestra de julio
de 1644. Ninguno de ellos consta en la relación oficial de prisioneros, donde tampoco apa-
rece ningún capitán de éste tercio —única excepción entre la infantería española— salvo
Juan de Rocaful y Ladrón de Guevara (fol.28), que consta como SgM. Sabemos que Roca-
ful fue capitán de Garcíez pero si era ya SgM en Rocroi, es posible que lo fuera sirviendo
en otra unidad.

En cambio, en otros dos curiosos documentos de Vincennes, de la misma serie y libro (A-
1,98), aparecen mencionados como prisioneros diversos soldados del tercio. El primero de
ellos es el documento no. 8 bis, que lleva por título:
«Rolle des prisonniers de guerre Espagnols et d'autres nations, tant officiers que soldats, tombez au
pouvoir du Roy en la bataille de Rocroy, envoyez pour estre gardez en aucunnes villes et lieux de la
Géneralité de Moulins, contenat leurs noms, qualité, naissance et le habillement qui leur sont abso-
lumnet necessaires».
El documento carece de fecha. Lo que aparece en sus 10 folios es una relación nominal de
hombres, agrupados por los lugares donde se hallaban presos y las compañías donde
servían. Así, en la villa de Montluçon constan 28 de la compañía de Cristóbal Godínez
(Godinetz) y 22 de la de Francisco de Santander (Stº Andre); en otra población, ésta
ilegible, 13 de Diego de Bracamonte y 17 de José Salvador de Andueza (don Joseph en
douze); por último, en Aubusson, 43 de la compañía de Juan Jerónimo de Castilla (Jean
Hyeronimo de Castille). Pese a las deformaciones apreciables en la transcripción de
nombres y apellidos, el documento dará jugo, pero hace poco que lo he recibido y expri -
mirlo llevará su tiempo.

Sin embargo, hay algo que puede aprovecharse de inmediato. De las cinco compañías
mencionadas, la de Godínez me era desconocida pero no así las restantes: las de San-
tander, Andueza y Castillo pertenecían al Tercio de Garciez y la de Bracamonte al de
Velandia. Lo más importante es que dos de ellas, las de Francisco de Santander y Jeró-
nimo del Castillo, pasaron la revista de julio de 1644 en Flandes (AH,E,Lb.978): la pri-
mera con 10 oficiales y 55 soldados, y la segunda, con 10 oficiales y 41 soldados. Ésta
aparece ya al mando de Bernardo de Saldaña, el sucesor de Castilla, que no sobrevivió a
la batalla. Por cierto, la misma suerte corrió Andueza, y quizá hasta Bracamonte, de
quien no vuelvo a tener noticias, siendo también lo más probable que sus compañías pa-
saran dicha muestra bajo otros nombres que aun desconocemos.

Pero lo que nos revela el documento ya es bastante para sospechar de qué se trata: una
de las etapas del tránsito de los capitulados en Rocroi, camino de España, que les sor -
prende aun en el centro de Francia, en Auvergne. Otra de las lecturas sugiere que, en
aquel irreductible escuadrón, debieron entrar también compañías del tercio de Velandia.
Así se explica, por otra parte, que fueran 2.500 los que llegaron a España. Sólos, ni los
supervivientes del tercio de Garciez, ni los de Villalba o "de la Sangre" hubieran monta-
do tantos.

El otro documento al que nos referíamos (no. 8), guarda exclusiva relación con el Tercio
de Garciez. Lleva por título:
«Rolle des noms et surnoms des prisonniers de guerre Espagnols du regiment du Comte de Guar -  
cies tant officiers que soldats pris en la Bataille de Rocroy par l'armée du Roy trouvés en la ville de
Reims le dix de septembre 1643....».
En él se relacionan 12 oficiales y soldados de la compañía del maestre de campo
(colone-lle); 28 de la de Juan de Baena (Bagenna) y 38 de la de Juan Ramírez de Noriega
(Norie- gua). Además, lleva una fecha muy posterior a la de la entrega de sus camaradas
en Fuenterrabía, y el lugar de concentración queda muy al norte de Francia, incluso
relati- vamente cerca de Rocroi. Pero esto en nada se opone a aquello. Aparte los
capitulados, es obvio que los franceses hicieron más prisioneros. Hace años que
conocíamos la suerte de Francisco Dávalos, sargento de la compañía de José de
Larreategui en éste tercio. Su compañía fue de las que debió quedar comprendida en la
capitulación, porque de otra forma no se explica que pasara muestra en 1644, pero él
permanecería más de dos años en Francia.

Por cierto, no seja de ser curioso que las 3 compañías a las que cita el documento tam-
bién capitularan, pues pasaron la revista de julio de 1644 en Flandes. Y lo que citamos
por julio de 1644 no es la fecha de la muestra, que no era mes para pasarlas, sino la de
su remisión a la Corte; en realidad la revista debió darse, como muy tarde, en marzo o
abril; siempre antes de salir a campaña. Evidentemente, no pudieron estar allí los que
aquí se relacionan, algo que no deja de excitar mi imaginación. ¿En qué circunstancias
del combate pudo producirse el aislamiento de éstos hombres de sus camaradas y su
posterior captura por el enemigo? Quizá algún día podamos tener respuestas más sóli-
das que hoy solo pueden conjeturarse, porque ahora disponemos de un acervo de 201
nombres y apellidos que corresponden a otros tantos actores de aquel drama, cuyas ca-
rreras pueden rastrearse en los archivos. Ojalá alguna de ellas nos hable pronto!
IV.—EL RASTRO DOCUMENTAL DE LA CAPITULACIÓN.

Capitulación hubo. Y no me refiero aquí a la última, la que con tanta fidelidad narró  Dá-
vila Orejón y puso fin al fragor de aquel combate titánico que fue Rocroi, sino a la del
Tercio del conde de Garcíez. A la que narraron el padre González, García Illán, Pellicer
y Novoa, acusados directa o indirectamente por Cánovas de amañar la verdad. Al final
de nuestro trabajo abordaremos esa cuestión, pero ahora trataremos de verificarla.

Sobre el número de prisioneros capturados en Rocroi se han venido publicando cifras tan
dispares como disparatadas. Las trampas históricas son más duraderas que las minas y,
como éstas, acaban explotando casi siempre. El campo sembrado por la propaganda
francesa fue tan vasto que durante siglos han topado y seguirán topando con ellas legio-
nes de incautos: los merodeadores de la Historia, que solo escarban superficialmente sus
vestigios. En R&D-16, citando a Théodor Iung (Jung o Yung), único estudioso que hasta
ahora se había preocupado de rastrear la lista oficial, trasladamos sus cifras: 578 oficia-
les y 3.895 soldados. Antes que yo, Bernard Gerrer volvió a trabajar dicho documento,
compuesto de 30 folios. Hoy sabemos que Iung no supo interpetar el manuscrito. La cifra
que da para los soldados es el total de prisioneros que arroja la relación: 578 oficiales
más 3.289 soldados, que sumaban 3.867 hombres en lugar de los 3.895 erróneamente
consignados en la propia relación. Bernard, ha ido más lejos. Ha llevado a una hoja de
cálculo las distintas subrelaciones que componen el documento, once en total, agrupán -
dolas por el responsable a cargo de cada grupo y desglosando el número de oficiales y
soldados a repartir en cada uno de los diferentes alojamientos previstos
[69].  Así ha
establecido, ya libre de errores, el número exácto de prisioneros, que resulta ser de 599
oficiales y 3.227 soldados; es decir, un total de 3.826 hombres.

Conviene aclarar que no todos los oficiales gozaban de empleo vivo, porque el grupo más
numeroso es el de reformados; además, como oficiales entran tanto los sargentos —que
lo eran, aunque carecieran de patente— como los cabos, cuando éstos no eran sino solda-
dos aventajados. Las relaciones de oficiales son nominales, añadiendo siempre el grado
y, a veces, la unidad en que servían; en cambio, de los soldados se expresa sólamente su
número, como era habitual en tales documentos en todas partes. Digamos por último
que el total de capitanes de infantería prisioneros asciende a 36; de los cuales, 28 espa -
ñoles. Entre ellos no consta ninguno de los capitulados, pero desde luego si están sus
soldados. Aunque las autoridades francesas les dieron un tratamiento diferenciado, evi-
dente por la preocupación de suplir sus carencias de vestuario, documentalmente cons -
tan registrados como el resto de los prisioneros.

Pues bien, de esa masa de prisoneros, en el otoño de 1644 no quedaban ya en Francia
sino escasamente 1.500. Lo sabemos por un tardío escrito del MdC Baltasar Mercader,
que cayó prisionero en la batalla ejerciendo el cargo de teniente de Maestre de Campo
general
[70]. Hallándose aun en Francia, Melo le remitió fondos para "socorrer a los que
estaban presos y volverlos a aquellos estados cuando se escaparan de la prisión". Parece
que, incluso después de regresar a Flandes, se encargó de coordinar y dirigir otras mi -
siones de este tipo, recibiendo dinero tanto de Melo como de su sucesor, el marqués de
Castelrodrigo. Hasta finales de 1644 justificó haber asistido «a más de 1.500 soldados»,
aunque sospecho que pudieron ser algunos menos porque el escrito trasluce un evidente
temor ante la posibilidad de que se descubriera que o bien había exagerado los gastos o
bien carecía de su justificación suficiente. En todo caso, aun sin constarnos explícita -
mente que los socorridos fueran todos los que quedaban en Francia, ¿cómo pensar que su
actuación fuera discrecional, beneficiando sólamente a unos en lugar de a todos? No era
esa la práctica habitual, sino la contraria: es decir, el auxilio generalizado a todos los
prisioneros, implícito por otra parte en el propio mandamiento que reproduce la carta.

Además, ¿no es casualidad que tal cifra vaya estrechando la solución a nuestro proble -
ma? Aquello que demandaba la razón, la capitulación condicional, se va tornando no ya
más razonable, sino más necesario por momentos. Sabemos que entraron en Francia
unos 3.800 prisioneros y que, pasado un año, el gobierno de los Paises Bajos había dis -
pensado socorros a solo 1.500. ¿Dónde buscar los 2.300 que faltan?
[71]

Es un hecho que dos muestras sucesivas del ejército de Flandes, fechadas el 7 de novi -
embre de 1643 y el 15 de julio de 1644, permiten reconocer que oficiales y soldados que
fueron capturados en la batalla reaparecen allí entre las fechas mencionadas. Cuatro
testimonios diferentes que, lejos de oponerse entre sí; es decir, de incurrir en contradi-
cción, se complementan y encajan tan perfecta como sólidamente, nos han dado cuenta
cabal de lo que aconteció y pasó con ellos. Pero siendo tal lo que queremos probar, es
preciso verificar que su llegada no se produjera por otros medios. Aparte la capitulación,
solo un canje de prisioneros podría explicarlo.

Bernard, que es tan sutil como metódico, me remitió copias de dos documentos que loca-
lizó en Vincennes (A1-97, fols. 8 y 9). Precísamente, ambos se refieren a "un intercambio
generalizado de prisioneros de guerra entre las dos coronas", verificado el 16 de julio de
1643. Aunque no se aclara el número de prisioneros intercambiados, éste debió ser igual
de una y otra parte; sin embargo, un detalle avalaba la hipótesis de que los prisioneros
españoles fueran mucho más recientes que los franceses: la suma de sus rescates y gas-
tos de manutención era 7 veces inferior a la que debían de pagar éstos (13.032 y 92.859
libras respectivamene). Los prisioneros franceses fueron entregados en Péronne y los es-
pañoles en Douai.

Por lo común, los intercambios de ésta naturaleza tardaban en fraguar y, en concreto, se
alude aquí al que Melo propuso a Felipe IV poco después de la batalla de Honnecourt, en
el largo despacho fechado el 27 de mayo donde refiere los pormenores de la batalla. Lo
conocemos gracias a que Novoa se ocupó de reproducirlo en sus Memorias (IV, 36-43):
«Los prisioneros que se hallan hasta ahora pasan de 3.000. Si se acabare la relación a tiempo irá
con este despacho ahí. El mariscal de campo, el sargento mayor de batalla, los coroneles, capitanes
y personas de cuenta, y a todos podremos trocar por los que se perdieron con el marqués de Pobar
en Cataluña, quedando con mucha ventaja en la cantidad».
Los avisos de Pellicer aluden repetidamente a este «change general», sobre el cual fun-
daban su esperanza de libertad el marqués de Pobar (Pedro de Aragón), el marqués de
Toraldo, Vincenzo della Marra, Juanetin Doria y otros. Finalmente, el 4 de agosto de
1643 escribe:
«Don Antonio Pellicer, gobernador que fue de la Caballería del ejército del señor don Pedro de Ara-
gón ha venido sobre su palabra a Madrid a tratar su libertad y ha vuelto a cumplir su obligación a
Montpellier. Halló ya solos a don Pedro y al Juanetin Doria porque ya el change general estaba he-
cho en Flandes, en que el señor don Francisco de Melo pudo incluírlos, o por lo menos retener algu-
nos títulos franceses que allá tenía...»
Y, precísamente, la no inclusión final de los tres citados (Pellicer, Aragón y Doria) justi-
fica el desajuste de rescates, pues sólo el del marqués de Pobar importaba 20.000 doblas
de a 26 reales; o sea, 130.000 florines o 13.000 libras tornesas; equivalente a todo el gas-
to de los soldados españoles liberados. Aquello escandalizó a la opinión pública de su
tiempo, y con razón, pero aquí ya no importa.

V.—CONCLUSIÓN
Como vimos en el artículo anterior, las fuentes francesas y españolas sobre la batalla
son inconciliables. Pero mientras las españolas presentan un rasgo de general
homogenei -dad, pese a su variedad y dispersión, las francesas pueden agruparse en
tres bloques:

1º.—Las que nacieron para montar el doble mito, uno propagandístico sobre la batalla y
otro panegiristista sobre la actuación de Enghien. Entre ellas se cuentan las relaciones
oficiales y oficiosas publicadas coetáneamente (Gazette, Mercure, Cramoisy) o con al-
guna posterioridad pero sobre borradores o documentos preparatorios (La Moussaye -  
Bessé y Lenet).
[72]

2º.—Las que, mas o menos contaminadas, son independientes y ajenas al montaje, como
las memorias de Monglat y de Sirot, éste protagonista de la batalla.

3º.—Las inequívocamente puras, como la carta familiar de Montbas, otro actor de la
jornada. Este documento singular tampoco ha sido utilizado hasta ahora pese a la es-
clarecedora luz que proyecta.

Tanto en el trabajo precedente, fundamentalmente en relación con el combate de la iz-
quierda, como en éste, en relación con el desenlace de la batalla, hemos podido probar
que los comtemporáneos que escribieron en España sobre el asunto fueron veraces. Los
franceses no, pero su juego era otro: allí se utilizó la batalla para los fines que entendie-
ron convenientes a la coyuntura política. Aparentemente lograron sus objetivos y Maza-
rino, La Moussaye, Renaudot, Lenet y los demás pudieron quedar satisfechos de haber
cumplido muy satisfactoriamente su papel.

Pero a nosotros nos interesa la verdad histórica, a la que procuraremos no escamotear
ni una coma en la próxima reconstrucción de la batalla. Aventada ya la paja del trigo,
ha llegado el momento de abordar el reto. Ha costado justamente diez años despejar las
incógnitas y resolver la monumental diofántica, pero ya a nadie escandalizará, ni sona-
rá a burda patraña exculpatoria la siguiente afirmación contenida en el relato del du -
que de Alburquerque:

«De cada diez muertos, seis fueron franceses».

Nunca creí que llegaría a creerle y, sin embargo, ahora sospecho que pudiera quedarse
algo corto.
CONTINUACIÓN
SUBIR AL COMIENZO
PÁGINA PRINCIPAL
© JUAN L. SÁNCHEZ


Researching & Dragona