ESTUDIOS HISTORIOBÉLICOS. EDICIÓN DIGITAL
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ROCROI, EL TRIUNFO DE LA PROPAGANDA .  NOTAS 61-75.
(61).—«La resistencia de su infantería no es creíble. Fue tan grande que obligó a todos los
cuerpos de nuestra caballería a venir unos tras otros a cargarla, cada uno cinco o seis veces,
sin que pudiesen romperla, lo cual hubieran difícilmente conseguido de no haberse
discurrido atacarles de otro lado, al mismo tiempo, por nuestra infantería de la derecha; la
cual, entrando a la española por la retaguardia y en flanco, por donde la tomaba también
nuestra caballería mientras ellos sostenían el fuego frontal. Al fin, fue completamente rota
por nuestra caballería de la derecha, al mando del señor de Gassion, que hizo en esta ocasión
maravillas según acostumbra. En adelante, aquello no fue más que una matanza, a la cual
nuestros suizos, entre otros, no se privaron para vengar la muerte de sus camaradas...».

(62).— A Mr. Belin, médico de Troyes, en Lettres de Guy Patin, 1630-1672, edic. de Paul
Triaire. Paris, 1907 (I,292, carta no. 85).

(63).— Es decir, en el campo español se apreciaban en aquel momento, de 8 a 9.000 bajas,
finalmente reducidas a poco más de 7.000 (3.500 muertos y desertores y 3.800 prisioneros)
cuando fueron apareciendo los dispersos. En Honecourt, el año anterior, los franceses
tuvieron 3.200 muertos y 3.400 prisioneros, perdiéndo también toda su artillería, el bagaje,
numerosas banderas y estandartes, papeles de estado y el dinero de una paga; con la
diferencia de que solo salvaron parte de su caballería y que la presa equina de los españoles
fue riquísima. Honnecourt y Rocroi son dos batallas muy similares en cuanto a sus cifras y
escasa influencia en el transcurso de la guerra que enfrentaba a España y Francia. Sólo el
«efecto mediático» tornaría a una sobresaliente y a la otra olvidada en la Historia. Y la de
Honnecourt lo fue tanto que hace solo unos meses hemos descubierto que el Museo del
Prado conserva, desde hace tres siglos y medio, una pintura de Snayers sobre aquel suceso,
erróneamente atribuída al asedio de Bolduque.

(64).— Della Historia. Parte Terza. La primera edición de éste trabajo, que comprende la
batalla de Rocroi, apareció en Venecia en 1648.

(65).—«No quedó más que la infantería española natural, que se mantuvo firme hasta el
final, pues cerró de tal forma sus batallones, erizando las picas contra la caballería, que fue
preciso traer la artillería para romperla. Pero viendo la batalla perdida y que no tenían otro
recurso, los que la mandaban, tras los primeros cañonazos, solicitaron cuartel, que les fue
concedido con encomio... Todo el campo estaba cubierto de muertos y hubo 7.000
prisioneros».

(66).— No en vano todas las fuentes españolas son unánimes al declarar que los franceses
sufrieron más pérdidas que las propias, algo que no debe sorpender sabiendo que los
franceses hubieron de doblegar a la infanteria mediante repetidas y sucesivas cargas y que
no hubo persecución de los vencidos, en parte por la presencia cercana de un ejército de
socorro y en parte por la resistencia final de la infantería española, que representaba la nada
desdeñable fuerza de la cuarta parte del ejército de Melo.

(67).— Por ejemplo, para componer su relato de la batalla de Rocroi se apoyó, al menos en
dos documentos que no fueron identificados ni conocidos hasta mucho más tarde: el propio
relato de Melo, fechado el 23 de mayo en Boussu (hoy en AGS,E,661) y la carta del duque de
Alburquerque al rey, fechada en Mons el 15 de junio, una de cuyas copias remitió a su Casa
(hoy en el Archivo de la de Alba) y fue publicada por dicha duquesa en 1904.

(68).— Estudio del reinado de Felipe IV. Tomo II. Antecedentes y relación crítica de la batalla
de Rocroi con el principio y fin que tuvo la superioridad militar de los españoles en Europa.
Madrid, 1888, pg. 229.

(69).— Pedí a Bernard autorización para publicar su lista, pero está de vacaciones en los Piri-
neos y hasta que no regrese a Paris no tendré su respuesta. Si no aparece en éste número es
que no ha llegado a tiempo, pero no dudo que la publicaremos al tratar sobre la batalla.

(70).— Por cierto, gracias a éste documento (AHN,E,Lb. 271-D), sabemos que Baltasar Mer-
cader no sucedió en el Tercio de Alburquerque hasta su regreso a Flandes, una vez rescatado
a sus expensas, en octubre de 1643. Por lo tanto, el tercio que llamamos de Mercader, en la
batalla, seguía siendo del duque de Alburquerque, al menos nominalmente, ya que no se le
designó sucesor inmediatamente después de su nombramiento de General de la Caballería.
Entretanto, quedó a cargo del SgM Pérez de Peralta.

(71).— Queda momentáneamente fuera de nuestro objetivo el perfilar tanto las cifras de
capitulados como de socorridos, que probablemente fueran inferiores a las consignadas por
Mercader. De momento, ha de bastarnos con establecer los hechos.

(72).— Recordemos que el texto sobre la batalla que Lenet incluye en sus memorias es uno
que leyó ante Madame de Longueville y otros oficiales, reunidos en 1650 para tratar sobre la
liberación de Condé, preso en Vicennes. Pero como él mismo confiesa, se trataba de uno an-
tiguo, que conservaba en un cofre. Esa antigüedad confirma por tanto que procedía de los
tiempos del montaje, pero en la ocasión iba a rendir otro servicio: su tenor glorificante y pa-
negírico iba a servir de nuevo para elevar la moral de los alli convocados a un acto de rebelión
contra el estado en pos de la libertad del Príncipe.

(73).— A éste Vincart no le habíamos contado entre los secretarios que enumeramos en la
nota 1. Por lo tanto, cabe también la posibilidad de que fuera el autor de la carta anónima a la
que nos referíamos.

(74).— Por cierto, al hilo de lo comentado sobre las cambiantes realidades jurídicas, quizá no
sobre el siguiente comentario de Cánovas sobre la obra de Novoa: «Las cosas que nuestro
improvisado autor escribe, en poquísimas naciones pudieran, sin riesgo, imprimirse hoy en
dia». De hecho, si el manuscrito de Novoa se hubiera conocido, siquiera parcialmente, en
vida del autor, solo por conservar y custodiar tan copiosas como acerbas críticas al gobierno
que contiene, se habría granjeado el cadalso. Cuesta admitir que en estos testimonios tan
caros de preservar, tan celosa como recónditamente guardados, tan íntimos y secretos en
definitiva, pueda hallarse alguna falsedad, ni siquiera inconsciente.

                                                                                                                                      JUAN L. SÁNCHEZ


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